Después del romanticismo, las literaturas occidentales empiezan a tener - además de color y sabor - olor local.
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La Francesa, olor de alcoba - parisina o provinciana - rumorosa de adulterios,
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La Castellana, de cocido, y de cocido pobre.
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La Alemana, de cervecería mesocrática o universitaria, según.
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La Rusa, de sudor de tísico,
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La Italiana, de camerino
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La Inglesa, de té de señoras estériles,
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La Catalana, de colmado, más bien de tienda de comestibles,
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Todo esto se ajusta a los tópicos consagrados. Que le vamos a hacer! - Decía Joan Fuster - pero yo no tengo la culpa.


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Francesc Puigcarbó

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