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POPULISMO Y DICTADURA


El populismo es un amplio movimiento social con permanente vocación política, que se fundamenta en la existencia cierta de una injusticia grave y evidente; que se nutre de clases medias y populares agraviadas e indignadas por la desigualdad; que se expresa en forma de denuncia simplificadora; que propugna soluciones drásticas; que provoca una ruptura radical, a veces bajo la apariencia de una reforma, y que degenera siempre en una dictadura real aunque esta guarde aparentemente las formas de la democracia.

El populismo puede encarnarse en partidos de derechas o de izquierdas que, allegados al poder, se parecen como dos gotas de agua por su manera de ejercerlo. Esta diferente encarnación del populismo en una formación de derechas o de izquierdas depende de la tradición del país en el que se da la eclosión populista. Si es un país con una fuerte tradición conservadora, como Francia, el populismo anida en un partido de extrema derecha como el Frente Nacional. Y si el sesgo atávico del país es anarcoide, como en España, el populismo se encarna en un partido de izquierda radical como Podemos. Ahora bien, tanto si el populismo político es de derechas como de izquierdas, su objetivo es siempre el mismo: el ejercicio autoritario del poder; es decir, el sacrificio de la libertad en aras de una pretendida justicia, para el populismo de izquierdas, o el sacrificio de la libertad en aras de una exacerbada seguridad, para el populismo de derechas.

Todos los movimientos populistas –de derecha y de izquierda– desembocan en un sistema más o menos autoritario, que ha revestido a lo largo de la historia diversas formas: desde una dictadura pura y dura –de la que no hace falta aducir ejemplos pues los tenemos bien próximos– hasta una dictadura maquillada por la subsistencia formal de unas instituciones democráticas que han abdicado de su función: el control del poder y la corrección de sus abusos. No cabe duda de que, al menos en los países del primer mundo, resulta hoy muy difícil la consolidación de un régimen dictatorial, a diferencia de lo que sucedió –por ejemplo– en los años treinta del pasado siglo. Pero esto no supone que el autoritarismo no pueda hoy tomar cuerpo en dichos países, mediante la adulteración insidiosa del recto funcionamiento de sus instituciones democráticas, si estas son copadas por un partido populista que las pone al servicio de su programa.

Igual da, a estos efectos, que se trate de revolucionarios con la vocación adanista de reiniciar la historia o de representantes de la vieja casta –plutócratas y asimilados– que, con el pretexto de cambiarlo todo para volver a la vieja arcadia feliz de los buenos patriotas, lo que quieren de verdad es que nada cambie para seguir ellos al frente del poder.
Nada hay nuevo bajo el sol. Corría el año 137 a.C. cuando Tiberio Graco, miembro de una de las grandes familias de Roma y héroe de guerra en el sitio de Cartago, viendo la precaria situación de los campesinos, se comprometió con la reforma y dijo que a muchos hombres que combatieron por Roma “les llaman dueños del universo pero no tienen ni un pedazo de tierra propia”. Elegido tribuno de la plebe el 133, presentó una ley en la Asamblea Plebeya para reinstalar a los pequeños agricultores en parcelas de “tierra pública”. Quiso ser reelegido, pero una cuadrilla de senadores y matones acabó con su vida a palos. Igual suerte corrió, años después, su hermano Cayo Sempronio Graco, tras haber seguido una trayectoria similar. A partir de ahí, la historia romana se despeña durante un siglo por una sucesión de complots, guerras, asesinatos masivos, represión y dictaduras (personales o en forma de triunvirato). El conflicto subyacente era la protesta populista de los plebeyos contra la oligarquía de las familias patricias atrincheradas en el Senado. Hasta que Julio César –el más distinguido de los patricios– se puso al frente del partido populista y, tras el ensayo del Primer Triunvirato (César, Pompeyo y Craso, es decir, dos generales y un plutócrata, pues Craso era el hombre más rico de Roma), se hizo con el poder absoluto una vez derrotado Pompeyo. Nunca se supo qué ropaje jurídico formal pensaba dar César a su poder absoluto, cuando la facción tradicionalista y más obtusa de la oligarquía senatorial lo asesinó. Pero, esta vez también, la suerte estaba echada, y un sobrino de César –Octavio– culminó la tarea de aquel consolidando su poder absoluto como imperator, bajo la subsistencia estrictamente formal de las antiguas instituciones republicanas. Roma siguió en manos de la vieja oligarquía –eso sí, renovada y ampliada– pagando el precio de su sumisión al poder absoluto y caprichoso de un dictador: el emperador. Por eso Ronald Syme escribió estas tremendas palabras en su clásica obra La República Romana: “En todas las edades, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno, sea monarquía, república o democracia, detrás de la fachada se oculta una oligarquía, y la historia de Roma, republicana o imperial, es la historia de la clase dominante”.

DEL POPULISMO A LA DICTADURA
Juan José López Burniol
lavanguardia.com
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