—¿Me permite hacerle una entrevista?
—Sí, pero que sea breve.
—¿Ya sabe que es usted el autor más joven que ha ganado este premio?
—¿De verdad?
—Acabo de hablar con uno de los organizadores. Me dio la impresión de que estaban conmovidos.
—No sé qué decirle... Es un honor... Me siento muy contento.
—Todo el mundo parece contento. ¿Qué ha bebido usted?
—Tequila.
—Yo, vodka. El vodka es una bebida extraña, ¿no cree? No son muchas las mujeres
que lo tomamos. Vodka puro.
—No sé qué beben las mujeres.
—¿Ah, no? En fin, da igual, la bebida de las mujeres siempre es secreta. Me refiero a la auténtica. Al bebercio infinito. Pero no hablemos de eso. Hace una noche clarísima, ¿no le parece? Desde aquí se pueden contemplar los pueblos más lejanos y las estrellas más distantes.
—Es un efecto óptico, señorita. Si se fija con cuidado observará que los ventanales están empañados de una forma muy curiosa. Salga a la terraza, creo que estamos justo en medio del bosque. Prácticamente sólo podemos ver ramas de árboles.
—Entonces esas estrellas son de papel, por supuesto. ¿Y las luces de los pueblos?
—Arena fosforescente.
—Qué listo es usted. Por favor, hábleme de su obra. De usted y de su obra.
—Me siento un poco nervioso, ¿sabe? Toda esa gente allí cantando y bailando sin
parar, no sé...
—¿No le gusta la fiesta?
—Creo que todo el mundo está borracho.
—Son los ganadores y finalistas de todos los premios anteriores.
—Dios santo.
—Están celebrando el fin de otro certamen. Es... natural.
Por la cabeza de Jan pasaron los fantasmas y los días fantasmales, creo que fue rápido, un suspiro y ya sólo quedaba Jan en el suelo transpirando y dando gritos de dolor. También hay que destacar sus gestos, la carrera de sus gestos helados, como dándome a entender que había algo en el techo, ¿qué?, dije mientras mi índice subía y bajaba con una lentitud exasperante, ay, mierda, dijo Jan, cómo me duele, ratas, ratas alpinistas, huevón, y después dijo ah ah ah y yo lo sostuve de los brazos, o lo sujeté, y fue entonces cuando me di cuenta que no sólo sudaba a mares sino que el mar era frío. Sé que hubiera debido salir disparado a buscar un médico pero intuí que no quería quedarse solo. O tal vez tuve temor de salir. (Esa noche supe que la noche era verdaderamente grande.) En realidad, visto con una cierta perspectiva, creo que a Jan le daba igual que me quedara o me fuera. Pero no quería un médico.
Así que le dije no te mueras, estás igualito que el Príncipe Idiota, te traería un espejo si tuviéramos un espejo, pero como no lo tenemos, créeme, y trata de relajarte y no te vayas a morir. Entonces, pero antes por lo menos transpiró un río noruego, dijo que el techo de nuestro cuarto estaba plagado de ratas mutantes, ¿no las oyes?, susurró con mi mano sobre su frente y yo dije sí, es la primera vez que escucho chillidos de ratas en el techo de un cuarto de azotea de un octavo piso. Ah, dijo Jan.
Pobre Posadas, dijo. Su cuerpo era tan delgado y largo que me prometí que en el futuro me preocuparía más de su comida. Luego pareció quedarse dormido, los ojos semicerrados, de cara a la pared. Encendí un cigarrillo. Por nuestra única ventana comenzaron a aparecer las primeras rayitas del amanecer. La avenida, abajo, seguía oscura y desierta de gente, pero los coches circulaban con cierta regularidad. De pronto, a mis espaldas, sentí los ronquidos de Jan. Lo miré, dormía, desnudo sobre la colchoneta sin sábanas, sobre su frente un mechón de pelo rubio que poco a poco se iba secando. Me apoyé en la pared y me dejé resbalar hasta quedar sentado en un rincón. Por el marco de la ventana pasó un avión: luces rojas, verdes, azules, amarillas, el huevo de un arcoíris. Cerré los ojos y pensé en los últimos días, en las grandes escenas tristes y en lo que podía palpar y ver, después me desnudé y me tiré sobre mi colchoneta y traté de imaginar las pesadillas de Jan y de golpe, antes de
caer dormido, como si me lo dictaran, tuve la certeza de que Jan había sentido
muchas cosas aquella noche, pero no miedo.
El espíritu de la ciencia ficción
(fragmento) Roberto Bolaño
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