Hay un momento de la mañana en que la ciudad parece andar sola: ruedas pequeñas rozando la acera, pasos cortos, respiraciones profundas. Son mujeres mayores —y también hombres— que empujan al carro de la compra como quien empuja un pedazo de vida que todavía quiere avanzar.
Cuando yo era pequeño, en los años cincuenta, no había carros. Sólo el capazo de mimbre, inmenso, áspero, que las mujeres llevaban como un ala de paja colgada del brazo. El mundo pesaba más, y ellas también. Ahora, en cambio, el carro es un mancha-mancha discreto, una forma de sostenerse sin pedir permiso. Pero cuando los veo, lo que me llega no es solo fragilidad: es soledad que busca compañía, es un deseo antiguo de hablar con alguien, aunque solo sea para decir “buenos días”.
Muchos de estos hombres y mujeres son viudas y viudos de la vida, personas que amaron, criaron, trabajaron, y que un día descubrieron que la ciudad ya no los miraba. El carro los hace de brújula y de pretexto: los saca de casa, los lleva a la calle, les recuerda que todavía forman parte del mapa humano. Para ellos, este carro modesto es un avión supersónico: les eleva unos centímetros del silencio, les atraviesa el aire denso de la indiferencia, les permite aterrizar, por unos instantes, en una comunidad que todavía les debe una mirada.
En casa tenemos un carro nuevo de la compra, de estos de cuatro ruedas, pero – de momento – para conducirlo cuando está cargado, va mejor con dos. Cuando me preguntan en el super si necesito una bolsa les digo: tengo el todoterreno aparcado en la entrada". Ya sé que es una bromita de abuelo, pero es lo que soy, un abuelo, o un adulto evolucionado, longevity le llaman ahora de la gente mayor. De vez en cuando, en el supermercado del barrio, sí pido una o más bolsas de plástico, las utilizamos para poner los desechos, pero esto es una historia de reciclaje muy compleja. En casa tenemos cuatro contenedores de basura, más una bolsa suplementaria para el día a día, como restos de pescado o cualquier alimento que pueda dejar mal olor.
