BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ - ÚLTIMOS ESCRITOS

CARREGANT CONTINGUT...

LA IA YA ESCRIBE NOVELAS Y POEMAS


La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito de la escritura plantea un dilema crucial: ¿seguirá siendo literatura?, se pregunta Josep Maria Nadal Suau, crítico literario en El País . La IA es hoy el tabú y el terror de la literatura. Cuando la premio Nobel Olga Tokarczuk confesó que la utiliza para investigar o incluso testear estructuras, el templo se partió en dos, y vuelve a hacerlo cada vez que un relato premiado levanta sospechas de haber sido intervenido por algoritmos. Sin embargo, la IA ya no dejará jamás de ser un agente real operando en el mundo, y es en ese mundo en el que escribiremos. A medio y largo plazo, resulta imposible especular con lo que ocurrirá, pero a corto plazo (tan corto que ya estamos ahí) diría que van a convivir tres fenómenos: la escritura de IA, la escritura con IA y la escritura sin IA. Debemos exigir, mientras aún sea posible, que nadie nos cuele una cosa por otra.

Por supuesto que la IA escribirá (ya escribe) artículos, papers, novelas, poemas. Lo hará, además, con cierto grado de competencia, puesto que la mayor parte de la producción escrita responde a fórmulas predecibles. Esto resulta evidente en la literatura comercial rutinaria, basada en repetir tramas, arquetipos o escenas, pero también en la literatura “de prestigio” convencional. En ambos casos, el mercado, sea mainstream o de nicho, le plantea en la práctica prompts ineludibles al autor, al exigir tal tipo de confesiones, giros narrativos o discursos de fondo. Si hablamos de la ficción literaria (esa redundancia anglosajona tonta, pero útil), a eso se añaden los tics que imponen las escuelas de escritura y, sobre todo, los requisitos de las becas de creación, esos paliativos insuficientes de la pobreza, que poco a poco están obligando a que todos los libros parezcan escritos por una sola voz dando vueltas a los mismos temas, imaginario y bibliografía. No parece descabellado que un estándar medio de calidad, homologable en ambas circunscripciones, esté al alcance de Claude —otra cosa son las obras excepcionales—.

Pero aquí topamos con una paradoja. Para que la IA escriba, alguien tiene que proporcionarle directrices que le expliquen qué escribir. De hecho, la escritura de IA implica la aparición de un nuevo género extraño, el prompt, una forma breve de escritura humana que exige precisión, especificidad, y síntesis, eso sí, alejada radicalmente de lo que siempre habíamos considerado literatura. En semejante proceso, ¿el prompt es escritura subsidiaria o central?

La escritura sin IA se irá convirtiendo en escritura contra la IA, obligada a estudiar sus marcas de autoría para esquivarlas.

En segundo lugar, existe la escritura con IA. Me temo que, si hiciéramos una macroencuesta entre periodistas, guionistas, académicos o novelistas suministrándoles una buena dosis previa de Pentotal, pronto descubriríamos que esta ya es hoy la forma de escritura hegemónica: el autor escribe con autonomía, pero acude al chatbot para acelerar el estudio previo, proponer frases o pasajes alternativos para escoger el mejor, corregir ortografía o gramática, someter un inédito a escrutinio, etcétera. ¿Hasta qué punto podrán un lector o un programa fiscalizar esta clase de operaciones? Soy escéptico al respecto.

La escritura con IA tampoco es inocente ni aséptica, y tendrá consecuencias: aplanamiento del estilo, homogenización del trasfondo ideológico, pérdida del control del lenguaje. Por otro lado, parece complicado que la industria y sus trabajadores renuncien indefinidamente a una herramienta tan poderosa. Es aquí donde se sustentan el tabú y el terror, en la vergüenza de admitirlo y en el recelo que despierta la amenaza de que el proceso creativo, por mucho que lo parapetemos tras una mística ancestral, se acabe revelando un hecho tan estadístico y automatizable como otro cualquiera.

Claro que la hipótesis verdaderamente provocativa sería que una colaboración intensa entre la IA y el creador ofreciera posibilidades literarias no ya legítimas, sino estimulantes. De momento, los intentos han sido escasos y decepcionantes, pero no sé si eso significa que vayan a serlo indefinidamente. La clave estará en cómo se aborda el proceso, que es lo único importante en la creación artística.

Por último, la escritura sin IA sobrevivirá en busca de un territorio propio, de unas señas de identidad inconfundibles. De momento, la escritura sin IA es la única que los actores del mundo literario (autores, editores, lectores, libreros, críticos) consideramos legítima, en un consenso que todavía no presenta desgaste. Pero no me extrañaría que en breve tenga que conformarse con ser solo la más prestigiosa. Minoritaria, anticomercial, signo de resistencia, ubicada ahí donde la industria del libro adopta formas y cifras artesanales.

En ese panorama, las prácticas más disruptivas serán las más conservacionistas, y a medida que el mercado y las instituciones normalicen el empleo del algoritmo, la escritura sin IA se irá convirtiendo en una escritura contra la IA, es decir, una escritura obligada a estudiar las marcas de autoría de la IA para esquivarlas y confrontarlas con aquello que un humano siga pudiendo escribir por sí solo, y que se parecerá mucho al error, a la reivindicación del error. La perfección siempre ha sido un objetivo artístico un tanto banal, pero estamos a las puertas de que se convierta en un rasgo directamente sospechoso. Así, escribiremos sin IA, de acuerdo, pero con la IA teniendo un papel activo en nuestro trabajo, condicionándolo, haciéndose presente en forma de ausencia forzada, definiendo lo literario como su negativo. Entonces, lo que haremos, ¿seguirá siendo literatura? Porque lo que no va a ocurrir es que volvamos a un mundo sin IA.

O tal vez haya margen para ciertas alternativas al bucle. Un escritor podría (sin dejar de serlo, ¡menuda alquimia!) no escribir, convertir su propia escritura en ausencia activa. O renunciar a leer su contemporaneidad, aislándose en una cabaña. O no publicar, en un gesto que impugnase las condiciones del juego. Sin embargo, si una literatura no se concreta, no se pregunta por cuánto le rodea ni se comunica, ¿sigue siendo literatura? Al parecer, en el siglo XXI todo conduce a la pregunta por la supervivencia.

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LAS POSESIONES DE LOS INDIGENTES


 No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado, como ya hace Madrid con las personas sin hogar. Desposeído de un espacio propio con muros o cortinas que lo protejan, habitando una perpetua intemperie a la vista de todos, el indigente disfruta de una intimidad paradójica, porque nadie lo mira, y ni siquiera registra su existencia, a no ser los guardias que lo despiertan al amanecer en el banco de un parque, o los bárbaros beodos que amenizan una noche de juerga jugando a prenderle fuego. 

Que la Policía Municipal vaya al amanecer de banco en banco del Retiro sacudiendo a los mendigos dormidos quizás tenga la finalidad moral de disuadirlos de la pereza, según el precepto de que a quien madruga, Dios le ayuda. En mi desnortada juventud, a los mochileros que pernoctábamos malamente en el suelo de las estaciones de ferrocarril italianas, los carabinieri nos expulsaban sin miramientos en cuanto amanecía. Gracias a eso, tuve una vez el privilegio imborrable de caminar por una Florencia desierta con las primeras claridades violetas de una mañana de agosto, con el estómago vacío, el pelo sucio y el espíritu exaltado, llegando por puro azar a la plaza de Santa Croce, delante de los mármoles como de fichas de dominó de la iglesia. Providencialmente, estaba levantándose la persiana metálica de un café en el que el amigo que me acompañaba y yo pudimos tomarnos un capuchino que nos confortó el alma y nos saqueó nuestra mísera bolsa compartida. Todo era tan caro y nosotros tan pobres que nos alimentábamos de cartones de leche, mortadela y pan. En las afueras de las ciudades buscábamos los campings para plantar al lado nuestra tienda. Lo más fatigoso era levantarla todas las mañanas, llenar las dos mochilas con nuestro equipaje, ir a dejarlo hasta la noche en la consigna de la estación. No tener casa era llevarla siempre encima.

Yo también aparto la vista cuando paso cerca de las madrigueras de los indigentes, pero los miro de soslayo, y cuando ellos no miran, me fijo en las cosas que tienen, en sus tentativas o simulacros de vida doméstica. A veces sigo a alguno cuando emigra de un lado a otro empujando su carro tambaleante de supermercado, colmado hasta arriba de todo tipo de cosas, bolsas de ropa, pares colgantes de zapatos, un colchón mugriento, un saco de dormir. Los indigentes parecen nómadas, pero en realidad tienen el mismo apego al sedentarismo que nosotros, los que vivimos al otro lado de la frontera invisible delante de la cual se extinguen las miradas. Aparecen un día en una esquina, en un cierto banco, arrastrando una maleta demasiado grande, o cargando una escueta mochila, y allí se quedan; rondan por las calles cercanas, y alguno toma tanta confianza que, si hace buen tiempo, tiende su colchón en medio de la acera, con una bolsa o una almohada sin funda como cabecero, y ahí se tumba con las dos manos en la nuca, en la intimidad de su dormitorio sin paredes, quizás con un brillo de delirio o de alcohol en los ojos entrecerrados.

En mi vecindario de clase media creo que los conozco de vista a todos, y es probable que ellos me conozcan a mí. Llegó uno nuevo hace años, arrastrando una maleta enorme, sin ruedas, y se instaló en un banco, sobre el que tenía siempre una pila de libros muy usados, que se pasaba gran parte del día leyendo. Le di una vez algo de dinero, y me contó su vida. Hablaba español con la solvencia peculiar de los inmigrantes rumanos. Me dijo que era ingeniero, y que una serie de desgracias, entre las que se incluían el matrimonio roto y el alcohol, lo habían expulsado a la calle. A veces me veía y a veces no. Nos cruzábamos y él iba arrastrando su maleta excesiva, con el agobio de quien ha acumulado más cosas de las que en realidad necesita, avaro y codicioso de su misma indigencia. En Nueva York hay homeless que son así, que llenan tanto los carros metálicos que apenas pueden empujarlos, de modo que parece que viven esclavizados por ellos, como los millonarios aplastados por lo descomunal de sus fortunas. Volví a ver al exingeniero rumano en una acera más ancha, en una zona de más pujanza, la calle de Alcalá. Ahora, los libros los tenía desplegados sobre un banco y sobre una parte de la acera, no sé si con el propósito de vender alguno, con una ambición de progreso en su miseria, el pelo y la barba ahora más desordenados, los ojos más huidizos, como en un descenso gradual hacia la locura.

Hay otro vecino a la intemperie en quien he observado un declive semejante. Hace unos años, lo veía sentado tras la repisa de un café que daba a la calle, junto al ventanal, escribiendo siempre en una libreta, muy absorto. Tomaba un café con leche, y tenía junto a él una pequeña maleta y un maletín de ángulos metálicos, como de ejecutivo. Por las noches lo veía, siempre solo, mirando la televisión en un bar de tapas y raciones, siempre con el cuaderno, con una taza al lado, nunca un plato de comida. Ahora la maleta es más grande, y más deteriorada. El maletín ha desaparecido. El hombre tiene mucho peor aspecto, y ya no lo veo entrar a los bares. Una noche lo descubrí tapando con unos cartones el rincón de acceso al semisótano de una tienda de cosméticos. Ahora lo veo allí cada noche, encogido tras la pantalla de cartones, con su maleta, sus cartapacios como de archivadores, las extrañas láminas en las que escribe columnas de números y listas de palabras. Resulta que era eso lo que escribía cuando yo lo imaginaba poseído por una solitaria inspiración.

No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado. Álvaro Sánchez-Martín ha contado en el periódico la historia de Badr El Merroun, un muchacho marroquí de 19 años que llegó a España en patera cuando tenía 14, y que en el tiempo que lleva en la calle ha aprendido unas cuantas habilidades necesarias para la supervivencia. Sabe que en los barrios de la periferia es más fácil encontrar ropa en los contenedores, pero que la comida es más abundante en los cubos de basura del centro de Madrid, aunque también es mayor la competencia: hay más gente rebuscando, y es probable que otro indigente te robe lo que poseías. Pero el peligro mayor, según la experiencia precoz de El Merroun, son los servicios municipales de limpieza. El Ayuntamiento de Madrid no le ofrece plaza en un albergue, ni acceso a los servicios sociales; la Comunidad ha establecido que los extranjeros no empadronados no tienen derecho a la tarjeta de transporte. Pero, según una nueva directiva municipal, los servicios de limpieza están autorizados a quitarles sus pertenencias a los indigentes, y a tirarlas sin que ellos estén delante. Es una perversidad administrativa parecida a la de poner bancos con extrañas formas oblicuas en las calles, o en forma de sillones, con el fin de que se luzca algún diseñador afecto al municipio y se lucre algún concejal o allegado; y también, sobre todo, para que quienes no tienen casa ni tienen nada tampoco tengan un banco en el que tenderse, igual que se ponen pinchos o excrecencias metálicas en escalones o bordillos en los que pudiera sentarse una persona exhausta que no puede pagarse una silla en un bar.

Dice Badr El Merroun que a él le han quitado y tirado tres veces las cosas que tenía. “Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre”, escribe Sánchez-Martín. En el Madrid de los especuladores urbanos y los ricachones eximidos de pagar impuestos, donde las aceras de todos desaparecen bajo la invasión de las terrazas, y las calles son pistas de velocidad para coches y motos de lujo, verse forzado a dormir en la calle cuando no se tiene dinero ni para alquilar la más pobre habitación ya no es la última ignominia. Vigilaré esta noche por si a mi vecino sin techo lo han desahuciado de su domicilio de cartones. Antonio Muñoz Molina.


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CRÓNICA DE UN ERROR JUDICIAL


 El dos de mayo de 2025 publicaba este escrito:" Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib fueron condenados por varias violaciones que no cometieron. El segundo murió en prisión, y el primero ha pasado 15 años de su vida, aunque su inocencia fue demostrada cuando ya había cumplido seis de condena ahora. Ese error judicial terrible. Cinco magistrados han decidido que ese hombre, cuya vida cambió para siempre, no merece que le sea restituida la inocencia y que el Estado compense el mal que le ha causado. 

Pero un año más tarde, la justicia hizo justicia y  condenó al Estado a indemnizarle con 2,5 millones de euros por el calvario que le hizo pasar por unas condenas injustas y 15 años de cárcel.

Ahmed Tommouhi no varió ayer la rutina de las últimas semanas. A las seis y media de la tarde, tras la oración y tomar sus medicinas, salió con la silla de ruedas de la casa en la que reside con la familia de una de sus hijas y se fue a la plaza de Sant Pere de Riudebitlles (Barcelona). Su abogada, Celia Carbonell, le había asaltado por teléfono por la mañana: “¡Ahmed, que eres rico!”, le dijo para comunicarle la sentencia del Tribunal Supremo que condena al Estado a indemnizarle con 2,5 millones de euros por el calvario que le hizo pasar por unas condenas. Pero al fin se ha hecho justicia”, le respondió sin aparente emoción a la abogada.

El propio pragmatismo gastaba horas después respecto al ingreso que un día de éstos recibirá en su cuenta corriente. Después de años de asumir distintas condenas que para nada le correspondían –“por errores o por racismo”, dice–, ahora señala con sus dos dedos índice a su testa como la fórmula que le ha permitido sobrevivir a una situación que para otros podría haber sido inasumible. "La cuestión", defiende", "es ser rico en la cabeza, templado, con o sin dinero, cuando sales de la cárcel después de haber estado allí muchos años".

Este hombre de 75 años que niega ser “valiente” pero sí capaz de “aguantar” los embates de la vida visita la plaza del pueblo a diario para intentar no perder el tono después de que en verano de 2024 tuvieran que amputarle la pierna izquierda y en abril le volvieran a operar para salvarle la derecha. Sufre problemas de circulación, diabetes y ha sufrido varios infartos. Carbonell cree que ha terminado somatizando el sufrimiento, una versión que él no confirma, pero que tampoco niega tras una sonrisa algo forzada. Si el Supremo le ha dado la razón es porque considera que fue víctima de un error judicial "inequívoco y calificado", ya que el tribunal obvió una prueba pericial biológica cuyo resultado era incompatible con la autoría de las violaciones por las que lo condenaron. El Supremo anuló su condena tras una búsqueda periodística después de que él defendiera siempre su inocencia y mostrara la misma tozudez que con las muletas para defenderse: siempre se negó a participar en terapias para agresores sexuales. Pese a que le habrían ayudado a reducir la pena, era su forma de defender su inocencia hasta el final.

Siempre se sintió inocente, pero el fallo que dio a conocer ayer el Supremo cree que es un paso más en quitarle la mácula. Porque "ahora la justicia está un poco más limpia" y porque la sentencia no sólo le concierne a él: "La gente que desea justicia hoy también debe estar feliz". Y no se refiere solo al dinero, porque, pese a la cuantía, él lamenta que esos 2,5 millones de euros no le permitirán recuperar "la juventud, ni la vida, ni todo el tiempo que no pude pasar con mis hijos y que me robaron". A su mujer, que vive en Marruecos y ahora está unos días en Sant Pere de Riudebitlles, un pequeño municipio de apenas 2.500 habitantes, apenas lo ha visto en todo este tiempo ya una de sus tres hijos (residente en Marruecos) lleva 33 años sin verla. Su nieto Sohaib dice que siempre ha explicado que fue él quien puso distancia por la dificultad de, en su situación, poder dar explicaciones cuando ingresó en prisión con 40 años.

Su vida seguirá siendo la misma. Dice que con ese dinero intentará buscar un piso al que pueda acceder con su silla de ruedas, que ahora le obliga a estar en el garaje de la casa de su hija, que su yerno, albañil como él, le ha adaptado. No sabe dónde. Sohaib dice que le echará de menos después de tantos años compartiendo casa. "Repite las mismas historias, pero es verdad que ha vivido poco", suelta con dos frases que mezclan sorna con realidad. Para el abuelo, la última decisión judicial, como los demás que declararon su inocencia, le devuelve el "honor", aunque queda lo peor. Porque “de la pesadilla no se sale nunca, se olvida un poco, pero la pesadilla…” Con información de El  País .

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MAQUIAVELO Y LA CORRUPCIÓN


 La corrupción es el uso ilegítimo del poder o de los medios públicos para obtener un beneficio privado. Este fenómeno incluye prácticas como el cohecho, la malversación y el tráfico de influencias. Es un problema estructural que afecta a las administraciones ya la confianza ciudadana a nivel global.

"Maquiavelo no se centró en estudiar la corrupción desde una perspectiva moral idealista, sino que la analizó con un enfoque completamente pragmático y realista. Maquiavelo entendía que el hombre, por naturaleza, es egoísta y está motivado por intereses personales. Esa inclinación hacía que las instituciones y los políticos se volvieran vulnerables ante actitudes de corrupciones. inevitable, y es parte intrínseca de la conducta humana y la vida política.

Para Maquiavelo, los actos corruptos no eran meramente defectos morales aislados, sino elementos capaces de socavar la estructura del poder y la estabilidad del Estado. La corrupción favorecía el desorden y la incapacidad de los gobernantes para actuar firmemente frente a las amenazas, lo que podía llevar, a la larga, a la decadencia de la república o principado.

Una de las aportaciones decisivas de Maquiavelo fue establecer que la política opera en una esfera aparte de la moral tradicional. En este sentido, los gobernantes deben priorizar la eficacia y preservación del Estado, aunque ello signifique adoptar medidas que puedan considerarse cuestionables desde una perspectiva ética. Ante la corrupción, el gobernante prudente debe estar dispuesto a tomar decisiones impactantes, puesto que, por él, la finalidad de mantener el orden y la estabilidad a veces justifica la suspensión de ciertos valores morales.

La necesidad de medidas enérgicas para contrarrestarla: Aunque Maquiavelo era consciente de que la corrupción era un producto casi ineludible de la condición humana, también enfatizaba que el gobernante debía estar preparado para combatirla de forma directa. Esto podía implicar el uso de la fuerza, las leyes severas o la aplicación de políticas que, a corto plazo o de forma aparentemente dura, preservaran el orden y fortalecieran al aparato estatal ante la influencia corrosiva de sus funcionarios y ciudadanos.

Estas ideas reflejan la visión maquiavélica de un mundo donde la realidad política es inherentemente conflictiva y donde, para obtener y mantener el poder, muchas veces es necesario actuar de forma decisiva y, a veces, moralmente ambigua. Esta perspectiva ha influido en diversas corrientes del pensamiento político y sigue siendo objeto de estudio para comprender la dinámica entre ética, poder y gobierno. 

En el caso concreto de España hubo durante 40 años una sangrienta dictadura. Como en todas las dictaduras, el sistema que regulaba la sociedad no era la meritocracia, sino la proximidad al poder. Éramos un país en el que no sólo las licencias de obra pública se adjudicaban a dedo: los estancos se regalaban a los amigos del régimen, los puestos en la administración se llenaban con afines al movimiento nacional e incluso las plazas de médico o maestro pasaban primero por el filtro político. Se premiaba la lealtad al régimen, no la competencia. De modo que corromper por aproximarse al poder no sólo no merecía reproche: es que era el modus operandi; era la normalidad.

Por ello, en España algunas conductas que en otros países serían un escándalo tienen menos reproche social. Cómo hacer la reforma de tu casa con “B”, la sede de un Partido, o que la profesora de yoga cobre en mano, o hacer capear los procesos de acceso a la función pública, entre otras cosas. También ocurre que algunos ámbitos de la legislación –como los mecanismos por los que se otorgan las licencias en algunas ciudades y pueblos– son intencionalmente oscuros, para que uno tenga que terminar siempre en manos de un funcionario o de una agencia especializada para conseguir un permiso.

Las inercias económicas y sociales son poderosas y en España la estructura económica y administrativa sigue siendo heredera de un sistema de dones y privilegios, de bienes incautados tras la guerra y recompensas a los fieles. Para comprobarlo, nada como observar la cantidad de concesiones de infraestructuras que todavía están en manos de concesionarios del franquismo. Pero también es cierto que las cosas están cambiando. Sobre todo entre las personas que no vivieron en aquellos años de dictadura y que no tienen ni la tolerancia ni la comprensión cultural con estas prácticas.

Un ejemplo: Cuando el sr. Feijóo habla de su relación con Marcial Dorado refiriéndose a él como un simple narcotraficante, en el contexto de la época, era normal en Galicia, ya que no intervenía más droga que el tabaco, y por aquel entonces el contrabando no estaba mal visto en Galicia, era el modus vivendi de muchos gallegos, y aunque todo el mundo los conocía, Y no se escondían, recuerdo que yendo hacia Finisterre, el representante que teníamos en Vigo señalaba unas cabañas que había a ras de costa con una planeadora en el agua y un coche de lujo junto a la cabaña. Quiere decir que no se escondían.

Sin embargo, reconozco que reducir la problemática a que "en aquellos tiempos nadie denunciaba" y equiparar estas actividades a algo normal resulta ser una interpretación muy parcial. En el caso concreto de Marcial Dorado, aunque su actividad inicial estuviera ligada al contrabando de tabaco, con el tiempo se le relacionó también con hechos que rozaban o involucraban actividades propias del narcotráfico. La utilización del término "narcotraficante" no es simplemente una etiqueta vacía, sino que responde a la evolución y gravedad de sus vínculos dentro de este mundo, especialmente a partir de operativos como la llamada operación Nécora, que involucraron a varias figuras y redes ilegales.

Además, desde una perspectiva ética y política, incluso si cierta práctica era "normal" en un determinado contexto social, esto no la convierte en aceptable ni justificable para individuos que ocupan cargos públicos o que aspiran a posiciones de responsabilidad. El argumento de la "normalidad" del contrabando en Galicia en estos años puede entenderse como una tentativa de relativizar hechos que, independientemente de su cotidianidad histórica, no dejan de tener consecuencias sociales y legales".


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CUANDO TODO PARECE VERDAD


La idea de que vivimos en una era de la posverdad es, en el fondo, un mal diagnóstico —o, como diría Orwell, una forma demasiado cómoda de evitar mirar el mecanismo real del poder. El aumento de falsedades no proviene de una mutación moral repentina en gobernantes y periodistas, sino de algo mucho más prosaico: hay más comunicación que nunca. Cuando las decisiones no debían justificarse, cuando el poder no estaba obligado a dar explicaciones, la verdad y la mentira eran categorías secundarias. Simplemente no hacían falta.

Sin embargo, con la democracia aparece la obligación de justificar. Y cuando es necesario justificar, hay que apelar a la verdad. Y cuando la verdad no es evidente —que es casi siempre— se abre un espacio público en el que conviven argumentos, intereses, interpretaciones e, inevitablemente, distorsiones. El pluralismo político no es un síntoma de decadencia, sino la consecuencia natural de esa diversidad de criterios y puntos de vista.

Orwell lo vio antes que nadie: el problema no es que la verdad desaparezca, sino que se queda sepultada bajo un ruido inmenso. Y el ruido no es un complot, sino el resultado de un ecosistema comunicativo hipertrofiado.

Un recurso aparentemente sensato es refugiarse en la ciencia, como si fuera un tribunal supremo de la realidad. Pero esto es también un error de diagnóstico. Las ciencias son múltiples, a menudo en desacuerdo, y no todas sus afirmaciones tienen el mismo grado de evidencia. Confiar acríticamente es una forma de empirismo ingenuo, una versión moderna del viejo deseo de una autoridad que nos ahorre pensar.

No vivimos en la era de la posverdad, sino en una era donde demasiadas voces reclaman ser la verdad. Y confundir ese ruido con la inexistencia de la verdad es exactamente lo que pretenden aquellos que no le tienen ningún aprecio. Orwell lo habría dicho con su precisión habitual: cuando todo parece verdad, la mentira solo necesita pasar desapercibida.

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NIÑO, DEJA YA DE JODER CON LA PELOTA


 Vecinos y comerciantes de la ronda de Sant Antoni quieren que el Ayuntamiento de Barcelona restrinja los juegos de pelota en los espacios pacificados de este eje. Que delimite los lugares autorizados, que defina los horarios permitidos... Unos y otros denuncian que de algún tiempo acá cada vez más adolescentes convierten farolas y árboles en porterías de fútbol, que sus encuentros, sobre todo al atardecer cuando oscurece, amedrantan a las personas mayores, que por las noches sus pelotazos vuelan de lado a lado de lado establecimientos... No son quejas puntuales ni anecdóticas.

Hace años que, sobre todo desde los mandatos de Ada Colau, el Ayuntamiento se muestra reacio a vetar los juegos de pelota en el espacio público barcelonés y, en caso de conflicto, trata de mediar y encontrar soluciones a medida. El Ayuntamiento entiende así el juego como un derecho ciudadano y también como uso legítimo del espacio público. Sin embargo, en el caso de la ronda de Sant Antoni, la filosofía del "prohibido prohibir" no ha dado frutos. El distrito del Eixample activó su servicio de mediación hace más de un año y también destinó a agentes cívicos, pero la situación no ha mejorado. El cansancio, en cambio, sí.

La ronda de Sant Antoni es hoy un escenario de aquellos que explican más de lo que parece. Por la tarde, cuando la luz decae y las farolas todavía no han tomado el relevo, la calle se convierte en una especie de teatro improvisado: los adolescentes ocupan el centro de la escena, los vecinos hacen de público involuntario y los comerciantes, desde las puertas medio abiertas, observan con esa mezcla de resignación y alerta que sólo da el oficio.

La pelota, mientras, hace su vida propia. Rebota contra fachadas, se desliza entre piernas, se escapa hacia las terrazas, entra en las tiendas como un animalito desorientado. Y en algún momento, inevitablemente, alguien piensa —o susurra— aquella frase de Serrat que resuena como una verdad doméstica: “Niño, deja ya de joder con la pelota.” No es un grito, es un suspiro. Una forma de decir que la paciencia también tiene límites, que la convivencia no es infinita, que la ciudad no puede ser siempre un patio de escuela.

Pero tampoco es tan simple. Porque estos chicos no tienen otro sitio. Barcelona ha ido borrando espacios para ellos con la misma eficacia con la que ha multiplicado terrazas, zonas de paso y rincones instagramables. Los pequeños tienen parques; los adultos, bares; los turistas, la ciudad entera. Los adolescentes, en cambio, sólo tienen la calle, y la calle —cuando no está pensada para ellos— se convierte en un campo de batalla de usos, miradas, derechos que chocan.

La gente mayor, que anda con paso corto y memoria larga, no ve juego: ve imprevisibilidad. Y la imprevisibilidad, a cierta edad, pesa. Los comerciantes tampoco ven juego: ven cristales que pueden romperse, alarmas que pueden saltar, clientes que pueden irse. Y los chicos, que sólo quieren estar juntos, moverse, gritar, existir, tampoco entienden por qué el mundo adulto les mira como un problema ambulante.

La ciudad, mientras, hace equilibrios. Habla de mediación, de sensibilización, de convivencia. Pero la convivencia no es un cartel ni un agente cívico: es urbanismo. Es planificación. Es entender que si no existen espacios para cada edad, cada edad acabará luchando por el espacio que encuentre.

Y así, la ronda de Sant Antoni se convierte en un espejo: vemos una ciudad que quiere ser amable pero que a menudo improvisa; una ciudad que defiende el derecho a jugar pero no sabe dónde poner el juego; una ciudad que habla de comunidad pero que, cuando llega la noche, se divide entre quienes quieren descansar y quienes aún no han aprendido a estar quietos.

Quizás la solución no es prohibir ni tolerarlo todo, sino asumir que la ciudad necesita más espacios intermedios, más lugares donde los adolescentes no sean intrusos ni sospechosos, más criterio y menos resignación. Y quizás también hay que recordar que, detrás de cada pilotada, hay una energía que la ciudad no sabe dónde poner. Y que, si no le da un sitio, acabará estallando allí donde pueda.

Mientras, la pelota seguirá rodando por Sant Antoni, tozuda, alegre, inoportuna. Y alguien, desde un balcón o desde una silla plegable, volverá a pensar -con una sonrisa cansada- que Serrat, como siempre, tenía razón.

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VENDRÁN TIEMPOS MEJORES

 
En el fútbol, lo que de verdad importa es meter más goles que el rival. Si no lo haces, pierdes. O, en el mejor de los casos, empatas. España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0.

Comenzó el Mundial de fútbol para España. Por primera vez, el Mundial se celebra en tres países. Algunos equipos se verán obligados a recorrer más de 10.000 kilómetros solo en la fase de grupos. El número de selecciones pasa de 32 a 48 y será este el Mundial de mayor duración de la historia. El precio de las entradas es el más elevado desde que existe el campeonato. Generarán más ingresos que cualquier otro y algunos, más preocupados por estas cuestiones que por el balón, estarán muy contentos. Veremos si los que somos aficionados al fútbol podemos disfrutar como ellos, sobre todo en los partidos de la primera fase. Tengo más que serias dudas de que eso vaya a ser así, pero no me sumo a los que piensan que muchos partidos van a provocar el mismo interés y entusiasmo que algunos de la liga turca. Yo creo que hay que pensar en positivo, así que disfrutemos del Mundial.

Ciñéndonos a lo estrictamente deportivo, resulta obvio que España no inició su andadura con muy buen pie. Esperábamos otra cosa y, desde luego, otro resultado. La selección de Cabo Verde, dicho sea con todos los respetos, no es el Brasil del año 70, ni nada que se le parezca. Mucho físico, mucha fe y poco fútbol. El partido no pasará a los anales de la historia del fútbol, ni por bueno ni tampoco por malo. No hay muchas cosas que destacar en el debut de la selección. Tuvimos muchas oportunidades, fuimos mejores que Cabo Verde, pero no hubo acierto ni goles. Los delanteros no tuvieron su día, pero yo estoy convencido de que pronto lo tendrán.

Ahora nos espera Arabia Saudí. No hay que perderle el respeto a ningún rival, pero lo normal es que España saque el partido adelante sin mayores problemas. Esto nos tranquilizará a todos y evitará que algunos comiencen a darle instrucciones al seleccionador, algo que, por otra parte, solo les servirá para perder el tiempo. Es evidente que no las va a leer y hará muy bien.

Yo soy optimista. Cualquier otra cosa no sirve absolutamente para nada. Recuerdo que, cuando ganamos el Mundial de 2010, perdimos el primer partido con Suiza y recuerdo que no hace mucho tiempo ganamos el primer partido por 7-0 y luego nos eliminaron en octavos. Así que les digo a todos ustedes: vendrán tiempos mejores, disfrutemos del Mundial y no nos enfademos si algo no nos gusta. No sirve absolutamente para nada. Apoyemos a la selección, es uno de los pocos instrumentos de unión entre españoles que tenemos hoy en día. Y necesitamos esa unión, puesto que los que tienen la obligación de hacerlo han apostado por lo contrario, por dividirnos. Mala cosa, mal asunto. Mariano Rajoy en el Debate.

Este artículo no ha sido escrito por una inteligencia artificial, aunque parece que tampoco lo ha redactado una inteligencia natural. ¿Y la Europea?

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UN MUNDO RICO SIN CRECIMIENTO


El recién publicado informe del 'Global Justice Report' (GJR), elaborado por el equipo de Thomas Piketty, se esfuerza por demostrar que la lucha contra la desigualdad va necesariamente de la mano de la defensa del planeta que sostiene la vida. Esto es ir a contracorriente de una forma de pensar que todavía invade la mayor parte del pensamiento económico progresista y, por supuesto, conservador. Alberto Garzón Espinosa - @agarzon, en el diario.es

¿Te imaginas vivir en una sociedad en la que toda la población, a lo largo de todo el planeta, recibiera un ingreso anual de 60.000 euros? Esa cifra se corresponde con unos 5.000 euros al mes, lo que está algo por encima de la media actual en Norte América, pero muy por encima de los 290 euros de media del África subsahariana. Pues esa es la cifra que el recién publicado informe del Global Justice Report (GJR) considera viable para lograr combatir la desigualdad mundial y sus consecuencias y, al mismo tiempo, evitar el calentamiento global.

El informe ha sido elaborado por el equipo del economista Thomas Piketty, y merece un reconocimiento especial porque se esfuerza por demostrar que la lucha contra la desigualdad va necesariamente de la mano de la defensa del planeta que sostiene la vida. Esto es ir a contracorriente de una larga tradición que entiende que la lucha contra la desigualdad —así como la cuestión económica en general— es sólo posible mediante el crecimiento económico y a costa del medio natural; una forma de pensar que todavía invade la mayor parte del pensamiento económico progresista y, por supuesto, conservador.

La clave de bóveda del informe es, de hecho, la constatación de que la actividad económica conlleva necesariamente un consumo de recursos naturales y energía que genera impactos ecológicos, destacadamente el cambio climático. Así, la única manera de que en el año 2100 la temperatura promedio global se mantenga por debajo de los 2 °C respecto a la era preindustrial —y evitar así una catástrofe de costes impredecibles— es reducir desde hoy la actividad económica, esto es, el crecimiento económico. En este sentido, el informe comparte intuiciones centrales de la tradición del 'decrecimiento', aunque sus autores no asumen la etiqueta. Y aporta, además, matices de calado propios.

Para empezar, no se trata sólo de un reescalado hacia abajo de la actividad económica, como ocurriría con una crisis económica, una pandemia o una guerra. Lo que se defiende es una reorientación general del modelo de producción y consumo buscando una desmaterialización de la economía, lo que significa el crecimiento de sectores poco intensivos en consumo de materiales y energía, pero muy intensivos en proporcionar bienestar: por ejemplo, los sectores de educación y sanidad crecerían enormemente. Como señalaba el economista ecológico Herman Daly, es importante recordar que crecimiento y desarrollo no son lo mismo y que, mientras el primero se refiere al valor monetario de la producción, el segundo nos interpela sobre los servicios que nos proporcionan directamente bienestar o felicidad. El GJR se centra en las condiciones biofísicas y sociales que hacen viable el desarrollo del conjunto de la población mundial; nada más y nada menos.

En estas páginas hemos hablado a menudo del paradójico papel que juega la tecnología y la productividad bajo el sistema económico capitalista. El punto es que aunque las innovaciones permiten producir la misma cantidad de bienes en menos tiempo, bajo el capitalismo esta opción está clausurada. La razón es que la lógica del sistema obliga a todos los agentes a competir entre ellos y, en consecuencia, a recurrir a la tecnología no para producir lo mismo en menos tiempo, sino para producir más en el mismo tiempo. La opción liberadora —trabajar menos manteniendo el bienestar— queda así bloqueada. De este modo, durante dos siglos la productividad ha aumentado de forma extraordinaria, pero la mayor parte de ese incremento se ha traducido en más producción y consumo antes que en más tiempo libre. Solo la lucha del movimiento obrero logró compensarlo en parte, consiguiendo que una fracción de esas ganancias se destinara a reducir la jornada. El informe del GJR abunda en esta idea al plantear que las horas de trabajo deben ser reducidas desde la media actual de 2.100 horas por año hacia las 1.000 horas para 2100. Equivaldría, grosso modo, a jornadas de algo más de cuatro horas o a semanas laborales notablemente más cortas que las actuales.

La idea es desplazar el bienestar desde la acumulación de bienes materiales hacia el acceso universal a servicios, tiempo libre y seguridad económica.

Una de las variables centrales que ajusta todo el modelo es precisamente la que llaman suficiencia, y que tiene que ver con el consumo. Con jornadas laborales mucho más reducidas y con un crecimiento de los sectores inmateriales como educación y sanidad, el consumo necesariamente tiene que basarse en un cambio de hábitos: una dieta más sostenible ecológicamente (con una reducción del 25% del consumo de carne a nivel mundial) e incluso con impuestos no lineales donde las primeras compras de un bien (como un vuelo) sean asequibles, pero no tanto las siguientes. Todas estas propuestas responden a una misma idea: desplazar el bienestar desde la acumulación de bienes materiales hacia el acceso universal a servicios, tiempo libre y seguridad económica. La suficiencia también implica una rápida y contundente transición energética para descarbonizar la economía, así como una reforestación que permita recuperar la masa de bosques que existía en 1900. Es decir, no hay un decrecimiento que pretenda volver a los parámetros de las sociedades preindustriales sino un aprovechamiento del conocimiento y tecnología acumulados para “saltar” hacia un nuevo modelo energético renovable.

Para que todo ello sea posible, el informe subraya la necesidad de combatir ferozmente la desigualdad de ingresos entre países (para permitir que los más pobres crezcan y puedan converger hacia un nivel de vida digno) así como dentro de cada país. No sólo por razones de índole moral sino también económica: de una fuerte imposición a los estratos más ricos sale el dinero necesario para comenzar el programa. El informe no apela a la creación monetaria, sino a la redistribución, ya que el gasto se financia al principio gravando a quienes más tienen. Luego, en cambio, se crea un fondo común (de todos los países) que invierte en las empresas sostenibles para obtener la financiación necesaria: una idea con ecos de las propuestas socialdemócratas radicales. En todo caso, esta transferencia de renta y riqueza desde los estratos altos hacia la base de la sociedad explica por qué en el modelo se compatibiliza el crecimiento económico casi cero de los países más ricos con el hecho de que la mayoría de su población pueda mejorar considerablemente tanto sus ingresos como su bienestar. De la misma forma que actualmente el crecimiento económico no “llega” a una gran parte de la población, la ausencia de crecimiento agregado es compatible con la mejora del bienestar individual de la mayoría.

Aunque el informe contiene mucha más información y datos, es importante quedarse con la imagen general: es posible imaginar un mundo donde toda la población tiene unos mínimos de vida muy razonables (sanidad, educación, tiempo libre), donde el bienestar no depende del crecimiento económico ni de un consumo ilimitado de recursos naturales, y donde la desigualdad ha sido drásticamente reducida como consecuencia de una gran ofensiva contra las élites económicas. Gracias a eso, los parámetros del Sistema-Tierra pueden mantenerse dentro de unos márgenes que, sin estar exentos de riesgo, evitan los puntos de no retorno. Suena radical, y en cierto sentido lo es (lo que no es malo, porque supone ir a la raíz del problema), pero cualquier otra alternativa —como seguir como hasta ahora— supondría adentrarse en un terreno muy oscuro para la civilización humana y para la vida en general.

Frente a ese terreno oscuro, el informe del GJR se inscribe en la tradición utópica, pero en su connotación positiva: aquella que, como en News from Nowhere de William Morris, hizo soñar a la población con mundos deseables y la activó políticamente. La principal virtud de aquellas utopías clásicas, desde Moro hasta las esbozadas por Marx, es el deseo de proyectar en el futuro horizontes deseables que, en el presente, debían empezar a construirse. Necesitamos estas guías utópicas porque dibujan el perímetro de lo que es posible, y trazan un camino que, aunque no esté perfectamente definido —nunca lo estará—, es ya claramente la senda que tenemos que recorrer.

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