INCIERTA GLORIA DE UN DIA DE ABRIL

La película 'Incierta gloria' de Agustí Villaronga adapta la novela de Joan Sala Massa d'Or Produccions

Hay libros que llevan en sí mismos algo más que literatura, libros que sin querer se han convertido en testimonios de su tiempo y de cómo el relato oficial de cada época puede influir, no solo en la acogida, sino en la génesis misma de una creación literaria. Incierta gloria, que Joan Sales (Barcelona, 1912 - 1983) había comenzado a escribir en 1948, aún exiliado en México, vio la luz por primera vez en 1956, aunque continuó revisándola y ampliándola durante años, hasta que en 1971 se publicó su edición definitiva. El texto no ha variado desde entonces; lo que sí lo ha hecho, y por fortuna, es su consideración. Cristina Ros en el diario.es

Y algo ocurrió: por un lado, Club Editor, capitaneado ahora por Maria Bohigas, nieta de Sales, volvió a editar Incierta gloria en 2012, coincidiendo con el centenario del autor, junto con El vent de la nit, una especie de continuación, con el propósito de acercarla a una nueva generación de lectores; por otro, en 2017 el director Agustí Villaronga, que en 2010 había adaptado con éxito Pa negre (2003), la novela homónima de Emili Teixidor, la llevó a la gran pantalla. La película despertó el interés por el libro y el público encontró una edición a la altura.

Hoy, ningún lector con unos mínimos rudimentos de literatura catalana se atreve a dudar de su relevancia, que la propia Rodoreda ponía en relación, por la riqueza de su estilo y por su radiografía de los años de la guerra y la posguerra, con su propia obra. Con todo, y a pesar de que también se editó en castellano, fuera del ámbito catalán sigue siendo un libro desconocido para mucha gente. Ahora Anagrama, que el año pasado ya apostó por otro ilustre de la literatura catalana, Jesús Moncada, la recupera con una nueva traducción y posfacio de Gonzalo Torné, setenta años después de que la primera versión llegara a las librerías.

Vencidos en el frente, vencidos en la retaguardia. Se han escrito muchas novelas sobre los derrotados en la Guerra Civil, pero no tantas que, dentro de los vencidos, cuestionen también algunas creencias del propio bando. En su juventud, Joan Sales fue encarcelado tres meses por oponerse a la dictadura de Primo de Rivera; y durante la República se afilió al Partit Comunista Català. Sin embargo, al igual que les ocurrió a muchos intelectuales alrededor del globo, con el tiempo acabó decepcionado por la deriva del marxismo y su compromiso político se centró, por encima de todo, en el catalanismo. Esa mirada crítica subyace tras la novela, que, sin entonar discursos panfletarios, deja entrever su verdad a través de la vida del elenco.

Incierta gloria se divide en tres partes que casi funcionan como libros independientes, en forma, tiempo y punto de vista, unidos por la relación entre los personajes, y, para ser más exactos, por gravitar en torno al protagonista indirecto, Juli Soleràs, un joven reclutado en el frente republicano que sobresale por sus ideales elevados, su cinismo y su vasta cultura humanística. Es una suerte de antihéroe emparentado con los grandes personajes de Dostoievski (autor venerado por Joan Sales, a quien llegó incluso a traducir del francés), que tiene la particularidad de mostrarse solo a través de los ojos de los demás personajes, al lector nunca en primera persona.

Las dos primeras partes tienen un registro epistolar: la primera se sitúa en el frente de Aragón en 1937 y quien escribe es Lluís de Brocà, un joven soldado que en sus cartas se dirige a su hermano religioso, Ramon. Lluís, de familia burguesa y compañero del mencionado Juli Soleràs, es un personaje lleno de claroscuros, que simpatiza con el anarquismo y durante su paso por el campo de batalla se siente atraído por una mujer, una viuda de pasado turbio, madre de dos hijos. En la segunda parte, toma el relevo Trini, la esposa de Lluís, que escribe desde Barcelona: sus misivas revelan la guerra desde el punto de vista de la población civil, en la ciudad.

Por último, la tercera parte cambia de tono y adopta una primera persona introspectiva: la voz de Cruells, un joven seminarista que fue compañero de Lluís y Juli en el frente. Ha pasado el tiempo, por lo que su narración gira alrededor de los primeros años de la posguerra, lo que entraña una profunda meditación existencial, con esa conciencia del ser humano caído, pero sobre todo de la pérdida de algo más: la juventud, los ideales, el proyecto común al que aferrarse. No es baladí que se trate de un personaje religioso: el propio Joan Sales reconocía el catolicismo como una parte importante de su identidad (y esto, aunque desde el laicismo contemporáneo pueda suscitar suspicacias, no reduce en modo alguno las cualidades extraordinarias de su obra).

En El vent de la nit (1981), que en las últimas ediciones se ha publicado por separado, pero puede leerse como una cuarta parte, reencontramos a Cruells, unos años después, con la posguerra más avanzada, convertido en un hombre maduro que en su discurso reflexiona sobre la memoria, ahora que ve la guerra desde la distancia, y deja entrever muchos de los abusos del franquismo, de la censura a los condenados a muerte. Es una novela bastante diferente a Incierta gloria, que para algunos lectores no está a la altura, pero que demuestra, en cualquier caso, cómo el autor no quiso limitarse a escribir una gran novela, sino que, en su literatura, había algo más: la convicción de ser un testigo de la historia del siglo XX; de expresar, con los recursos literarios, la verdad íntima de los derrotados como él, unos acontecimientos –o más bien un aliento, una atmósfera–, que no debían borrarse, no debían olvidarse.

Guerra, sentimientos, intelecto, espiritualidad - Un punto sobresaliente de la narración de Joan Sales es la naturalidad con la que navega entre la dimensión intelectual del estudiante o el sacerdote, que se prodigan en alusiones eruditas de tipo literario y filosófico, y la cualidad “mundana” inherente a la existencia, más si cabe en tiempos de guerra, que sacan a cada uno de su reducto particular. En el parlamento de los personajes se mezclan la verborrea coloquial –el autor tiene oído para captar las voces de la calle, con sus giros genuinos– con los principios del idealismo y la búsqueda espiritual. En un mismo bando caben todo tipo de hombres, remando juntos por una causa común.

Es interesante detenerse asimismo en el tratamiento del amor y el rol de los personajes femeninos. En una novela sobre un conflicto bélico, más aún si se sitúa (en parte) en el mismo frente de batalla, es poco habitual dar cabida a las mujeres, que viven la guerra desde otro lugar. Aquí es relevante no solo la presencia de Trini –su parte es espléndida, lo mismo que su evolución como personaje, que va descubriéndose al lector–, sino el papel de la viuda, esa mujer en quien se intuye algo sucio, algo oscuro, pero por quien el narrador de la primera parte no puede evitar sentir fascinación.

Todos los personajes están hechos de claroscuros, con más zonas de sombra a medida que avanza la narración y se ven envueltos en situaciones que los ponen a prueba, que los sumen en la violencia, el miedo, la culpa o la desesperación. No era la intención del autor crear ídolos ni héroes; lo que hay aquí son hombres y mujeres heridos, complejos, que viven situaciones límite en las que actúan en contra de sus propios principios. Todos se enfrentan tarde o temprano a algún dilema ético que los cambia de manera irreversible, y sus relaciones con los demás están bajo la sospecha de la traición.

Historia de una novela, historia de un país - Los libros cuentan una historia a través de sus páginas, pero a veces ellos mismos son en sí mismos, casi sin pretenderlo una lección de Historia, con mayúscula. El caso de Incierta gloria es un paradigma del impacto de la dictadura en la producción literaria, en el circuito cultural en general; y también, por qué no, una demostración práctica de aquel viejo dicho de hacer de la necesidad virtud. En aquella temprana versión de 1956 –entonces solo contaba con la primera parte, con la que había ganado el Premi Joanot Martorell de 1955–, el manuscrito no superó la censura, como era de esperar. El autor hizo sus reclamaciones, pero, aunque al final autorizaron la publicación, tuvo que resignarse a someter el texto original a la poda. Siguió escribiendo, eso sí, ampliando esa primera parte con vistas a una futura nueva edición.

La oportunidad de publicar sin recortes le llegó, como a muchos compatriotas, en el extranjero. En concreto, fue la traducción al francés de la versión más reciente hasta la fecha, en 1962, que recibió buenas críticas. Más adelante, en 1968, la presentó a un premio de la editorial Planeta, destinado a obras escritas en catalán que todavía no se habían traducido al castellano. La edición que resultó era distinta a la anterior, ya que por aquel entonces la censura se había relajado mucho. Pudo publicar la obra en catalán y en castellano en 1970; y un año después, en 1971, salió ya con unos últimos retoques que la daban, esta vez sí, por concluida.

Una década más tarde, se publicó una edición que incorporaba una cuarta parte, El vent de la nit (El viento de la noche). Sin embargo, el autor consideraba este libro como una novela al margen, pese a compartir personajes, de modo que en las últimas reediciones, ya en el siglo XXI, se ha editado aparte. Hoy, a Joan Sales se le reconoce como el autor de estas dos novelas, además de la poesía, las cartas y su crucial labor como editor.

Al seguir el hilo que va de la primera a la última edición se puede comprobar cómo se fue dejando atrás la censura: el autor no solo añadía capítulos nuevos, sino que volvía sobre los anteriores, porque a medida que pasaba el tiempo se permitía decir más cosas. Por otra parte, el papel de las traducciones resultó crucial para estimular la carrera de los escritores silenciados por el franquismo; y estas obras, a su vez, contaron al mundo la realidad de lo que ocurría bajo la dictadura (tras su buena acogida en Francia, de hecho, el régimen de Franco retiró el pasaporte a Joan Sales).

La recepción crítica también ha tenido sus vaivenes; Incierta gloria no ha sido siempre reverenciada como una de las grandes obras de la literatura catalana del siglo XX, ni como una de las mejores novelas que se han escrito como la Guerra Civil española. En un principio, provocó reacciones de todo tipo, algo que el autor asociaba al hecho de que generaba incomodidad hasta en los de su propio lado, al poner bajo la lupa esos viejos valores del anarquismo y el comunismo.

Joan Sales no se casaba con nadie, literariamente hablando, y para gozar del favor de la crítica a veces es necesario saber hacer amigos. Sin embargo, esta independencia suele ser un rasgo de la buena literatura, y el tiempo siempre sopla a su favor. Ya nadie duda de la hazaña que es Incierta gloria, un novelón que, como Shakespeare (del que toma el título: “The uncertain glory of an April day…”, de Los dos hidalgos de Verona, 1623), tiene en sus páginas lo profundo y lo terrenal, la carcajada y lo existencial, porque en su guerra caben todas las guerras y, en sus personajes, toda la humanidad.

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LA SOMBRA DEL OFICIO


 Hay veranos que no se acaban nunca, aunque el calendario diga el contrario. Incluso el sol, protagonista de la temporada más deseada, parece pedir la hora entre acusaciones en complicidad con lo sanchismo. Acusar un eclipse de social comunista es una cosa que ni los más convencidos de las enormes capacidades de la derecha española vimos venir.

Todos ateos, hasta que la azafata señala las salidas de emergencia del avión y anuncia el despegue. Todos repitiendo que el periodismo es el oficio más bonito del mundo hasta que te obligan a ponerte al día sobre un montón de sandeces. Lo recuerda Gerardo Tecé ctxt.es: el periodismo es un oficio bello, sí, pero también agotador, contradictorio y a menudo cruel con quien lo practica. “Cuando vuelvo a la redacción y me obligan a ponerme al día sobre un montón de tonterías, te juro que me haría «sexador de pollos”, me decía hace poco un compañero. Y si de sexador de pollos se trata, el título ya lo tenía Joan Manuel Serrat.

No ha sido un verano fácil para nadie. No lo ha estado para Pedro Sánchez, pero tampoco para los pobres periodistas que, en lugar de pasar el agosto con sus familias, se han dedicado a asediar la familia del presidente porque el sinvergüenza se ha cogido vacaciones. Viva el rey, por cierto. Que nadie le pregunte a Isabel Díaz Ayuso si ha descansado. Quería aprovechar los días libres para los típicos papeles pendientes —como comprarse un ático de seis millones con dinero público— y, después de insultar los bomberos y dar 480 versiones diferentes, ha acabado hablando de ETA. Es decir, trabajando.

Empezamos el curso más achicharrados que la Sierra Oeste de Madrid o la provincia onubense. Y en mi jefe solo cabe una pregunta: cómo es posible que, año tras año, se repita el mismo drama con récord todavía más grande? Aunque sea por egoísmo, por no perder las vacaciones cada verano, ¿a los presidentes autonómicos no se los acut hacer caso a los bomberos e invertir en prevención?

Pirómanos e imprudentes siempre habrá, el problema es cuando cobran un sueldo público y se dedican a provocar incendios, incluso en ciudades de costa como Ceuta. Allá han desplegado la alfombra roja del fascismo las estrellas más brillantes de la galaxia del asco. Después de plantarse al lugar para sembrar odio y racismo —es decir, trabajar en vacaciones—, tipos como Abascal continúan sin atreverse a criticar el dictador marroquí, amigo de sus amigos de Israel y de los Estados Unidos. Ya conocen la canción de Mecano. A cambio, siempre dirigiéndose al más lento y corto de luces de la clase, desde Vox culpan los inmigrantes, así, en abstracto. Todavía bueno que Feijóo lo arreglará todo, suerte hay de él.

Si a todo esto suman la llegada de un nuevo psicópata a la escena internacional, en este caso en Colombia, y que ministras de Netanyahu piden que cada noche se asesinen en Gaza cuarenta o cincuenta personas, ya tienen el mapa de situación de cómo está el mundo. Y los periodistas, la explicación de por qué a usted, lógicamente, le venden ganas de dimitir de la actualidad, como al periodista amigo aspirante a sexador.
Le pedimos que no lo haga. Que nos coja la mano a nosotros, quienes nos dedicamos al periodismo de servicio público, porque si tienen el mundo así mientras miramos, imagine como lo tendrían si dejáramos de mirar, acaba el artículo Tecé.

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EMERGENCIA CLIMÁTICA: EUROPA ZONA CERO


 Incendios dantescos en España y Francia con el resultado de muertes, 300.000 personas evacuadas y la brutal destrucción de propiedades y sistemas naturales. Nuestro país declara por primera vez la emergencia nacional a causa de los incendios. El otrora lluvioso Reino Unido, en alerta grave por sequía. Hungría y Rumania, obligadas a detener sus reactores nucleares por falta de agua del Danubio con la que refrigerarlos. Miles de muertes prematuras como consecuencia de durísimas olas de calor en Alemania, Francia y España. El Rin, en mínimos históricos de profundidad, lo que afecta a la navegabilidad de una arteria clave en el transporte alemán de mercancías. Noruega tiene que verter miles de litros de agua para enfriar el ardiente asfalto de sus aeropuertos. El centro de Barcelona, con temperaturas mínimas ininterrumpidas superiores a los 24 grados durante más de un mes, lo que afecta seriamente a la calidad del sueño de la gente.

La emergencia climática está aquí, y Europa es su zona cero. El año 2026 será posiblemente recordado como el momento en el que nuestras sociedades e instituciones tomaron conciencia de que Europa franqueó un umbral, el de la era de las consecuencias. Por tanto, es imperativo que la Gran Adaptación ocupe un lugar central en la agenda del Consejo, la Comisión y el Parlamento europeos en los próximos meses y a lo largo del resto de la legislatura. La aprobación del marco integrado de resiliencia frente al cambio climático prevista para el último trimestre de este año habría de significar, en ese sentido, un punto de inflexión ambicioso y sistémico en la preparación de nuestro continente, situándola en un nivel de máxima prioridad junto con la neutralidad climática y blindándola por ley.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Algunos datos clave nos ayudan a entender lo ocurrido desde que en 1990 el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por su siglas en inglés) emitió su primer informe de síntesis alertando sobre lo que venía.

Advertencias de la ciencia. El IPCC ha supuesto el mayor proceso colaborativo en la historia universal de la ciencia. Decenas de miles de científicos han contribuido a lo largo de estos 35 años a sus seis informes de síntesis y trabajos complementarios. A título personal, yo mismo publicaba en este diario, basándome en esos informes, mi primera tribuna de opinión sobre el cambio climático, en 1996. Unía mi voz a la que llegaba desde la comunidad científica y las organizaciones ecologistas internacionales.

Respuesta internacional insuficiente. En ese tiempo, se han realizado 30 Conferencias de las Partes (COP) en el marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, la última de ellas en Belem (Brasil). Si bien el Acuerdo de París fue un éxito importante, ya que ha evitado las peores trayectorias de emisiones, la respuesta internacional vertebrada por dichas COP ha sido muy insuficiente para evitar una interferencia antropogénica grave en el sistema climático. La Convención ha carecido de poder para embridar las emisiones de los sistemas nacionales.

Emisiones mundiales. Como reflejo de esa insuficiente respuesta, en las tres décadas y media transcurridas entre 1990 y 2025 se han emitido (sin incluir las procedentes de los usos del suelo) un total aproximado de 1.508.000 millones de toneladas de CO₂ equivalentes, lo que supone alrededor del 50% de las realizadas desde la Revolución Industrial. Las tres cuartas partes del total de emisiones desde 1990 han sido originadas por los combustibles fósiles. China ha generado en torno al 25% de las emisiones mundiales en esos 35 años.

Alteración en la química de la atmósfera. Como consecuencia de lo anterior, la concentración de CO₂ en la atmósfera ha pasado de las 354 partes por millón (ppm) en 1990 a 427 ppm en 2025. A mayor concentración de CO₂, mayor aumento de la temperatura media de la atmósfera.

Impactos. En los 30 últimos años, el incremento de la temperatura continental europea ha sido de 0,53 grados por década, mientras que a nivel global ha sido de 0,27 grados por década. Europa es el continente que más rápido se está calentando en el mundo. Los durísimos impactos de este verano de 2026 son consecuencia directa de la profunda alteración del sistema climático que expresan estos datos.

Ahora bien, no es suficiente saber cómo hemos llegado hasta aquí. Es preciso comprender de manera realista hacia dónde nos conducen los procesos globales en curso para preparar a nuestras sociedades y economías adecuadamente. Así, el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París, mantener el incremento de la temperatura en torno a los 1,5 grados, está ya virtualmente fuera de alcance, ya que en 2025 se encontraba en 1,4 grados. Lo que resulta aún más serio: va a ser difícil evitar que el objetivo central de los dos grados no sea sobrepasado para mediados de siglo. Tendría que modificarse de manera sustancial la trayectoria actual de las emisiones y, lamentablemente, no es lo que se prevé a la vista de los planes presentados a las Naciones Unidas por emisores clave como China e India, por no mencionar el actual contexto internacional con un presidente irresponsablemente negacionista en la Casa Blanca.

Ante esta compleja situación, Francia ha hecho un movimiento importante de realismo climático al aprobar, en marzo de 2025, un plan nacional de preparación ante un escenario en el que se sobrepasan a nivel global los 1,5 grados en 2030, los dos grados en 2050 y los tres grados en 2100. Ese escenario climático implica que el país vecino asume que se ha de preparar para aumentos de la temperatura en su geografía nacional de dos grados en 2030, 2,7 grados en 2050 y cuatro grados en 2100, reflejando el hecho de que Europa se está calentando más rápido que la media mundial.

En la estela de dicho país, la Comisión Europea ha dado recientemente un paso significativo en la misma dirección al fijar que, en la preparación del mencionado marco integrado de resiliencia y adaptación, la Unión Europea adopte una referencia común en su planificación basada en los riesgos físicos climáticos que se derivan de la trayectoria de emisiones denominada SSP2-4.5, de entre las utilizadas por el IPCC, que conduce a un aumento de la temperatura media de la atmósfera de 2,8-3,3 grados para 2100. Dicha trayectoria es coherente con las últimas proyecciones que el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (UNEP, por sus siglas en inglés) ha realizado sobre los incrementos de la temperatura esperados a finales de siglo a la luz de las políticas que han sido ya formalmente adoptadas por los gobiernos.

Cabe esperar que ese nuevo marco de referencia europeo ayude a desbloquear el acuerdo entre los mayores partidos políticos de nuestro país. La situación es grave y va a empeorar. La necesidad de un pacto de Estado frente a la emergencia climática habría de ser la prioridad nacional. - Antxon Olabe en el País.

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EL GAMBITO MARROQUÍ


 Bismarck –quien decía que las leyes son como las salchichas y que es mejor no saber cómo están hechas– escribió que hay épocas en las que el fuerte es débil por causa de sus escrúpulos y el débil es fuerte por causa de su audacia. No creo que el problema de las últimas semanas en Ceuta sea que España peque de demasiado escrupulosa. Me temo que se trata de algo menos noble. Los escrúpulos, al menos, nacen de una convicción moral y lo de España parece más prosaico: mera ausencia de estrategia. - Javier Melero, la vanguardia - foto: Mar Marín/Efe.

Cuesta encontrar un ejemplo más elocuente que Marruecos. Un país cuya economía apenas alcanza una décima parte de la española, con recursos limitados y una capacidad militar modesta, aunque creciente, ha conseguido mantener una relación privilegiada con EE.UU., normalizar sus vínculos con Israel, convertir su propuesta para el Sáhara en la posición asumida por buena parte de las potencias occidentales e introducir poco a poco en el debate internacional la idea de que Ceuta y Melilla son los últimos enclaves coloniales europeos en África. No está mal para un país que seguimos mirando con esa mezcla tan española de condescendencia y preocupación.

España responde a estos logros innegables con argumentos de otra índole. Como recordar que Ceuta y Melilla son españolas desde antes de que existiera el actual Estado marroquí. Es una idea tan cierta como tranquilizadora, pero intelectualmente pobre. Antes de 1956 existía donde ahora está Marruecos y desde hacía siglos una continuidad política, dinástica, religiosa y cultural perfectamente reconocible, y cualquier marroquí puede identificarse con ella sin consultar un tratado internacional ni creer que en 1956 los marroquíes aterrizaron de Marte. Además, ese argumento conduce a un laberinto del que luego es difícil salir. Ciudad de México fue española tres siglos, más tiempo del que lleva siendo mexicana. Bosnia estuvo bajo dominio otomano durante siglos. Si empezamos a repartir soberanías según quién llegó primero, la historia se convertirá en una finca rústica con demasiados propietarios.

La cuestión importante no es quién puede exhibir el mejor argumento cronológico, sino quién tiene una política de Estado. Y ahí la diferencia resulta abismal. España necesita saber qué quiere de Marruecos y qué está dispuesta a pagar por conseguirlo

Marruecos sabe lo que quiere. El Sáhara es una política nacional que sobrevive a gobiernos y generaciones. La aproximación a Washington, la relación con Israel, el control de las rutas migratorias, la expansión económica hacia África y la presión sobre Ceuta y Melilla forman parte de una estrategia reconocible. Puede discutirse su legitimidad. Lo difícil es discutir su coherencia.

España, en cambio, practica una modalidad menos conocida de la diplomacia: la improvisación pomposa. Un día habla de firmeza, otro de amistad estratégica y al siguiente descubre alguna nueva razón para no molestar a Rabat. Marruecos mueve sus piezas pensando en la siguiente década; España suele mover las suyas para resolver el problema de la semana.

La diferencia entre ambas políticas no es ideológica. Es estructural. Hay además una razón, bastante más incómoda, para comprender la cautela española –y europea, no hay que olvidarlo–. No hace falta admirar la monarquía alauí para reconocer que su desaparición no garantiza una democracia liberal al otro lado del Estrecho. Basta mirar a Irak, Siria, Libia o la experiencia argelina. Ya Kissinger advertía del peligro de que esos estados se desintegrasen en unidades tribales, sectarias o confesionales y allí donde desaparece el Estado, rara vez aparece Suiza. Por eso Marruecos dispone de un argumento que España no puede permitirse ignorar: es, con todos sus defectos, un Estado. Y un Estado sólido en esa parte del mundo tiene un valor geopolítico al que Europa no puede renunciar.

Lo razonable, pues, no es una política de hostilidad hacia Rabat, que sería además poco realista, ni ese apaciguamiento permanente que acaba confundiendo la prudencia con el miedo. España necesita algo bastante más difícil: saber qué quiere de Marruecos y qué está dispuesta a pagar por conseguirlo. Marruecos lleva décadas jugando su partida mientras España sigue discutiendo las reglas de la anterior. En política exterior no pierde necesariamente quien tiene menos piezas. Pierde quien no sabe a qué demonios está jugando.

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GAZA, LA BARBARIE SIN TREGUA


Israel sigue matando a diario en la Franja a pesar del alto el fuego formal, mientras el silencio internacional fortalece a Netanyahu - Nicolás Aznárez en el País. Aunque oficialmente se encuentre en una situación de alto el fuego desde octubre del año pasado, la franja de Gaza es escenario de una situación humanitaria catastrófica y una intolerable violencia letal diaria. Desde la firma de la tregua formal auspiciada por Estados Unidos, el Ejército israelí ha acabado con la vida de más de 1.200 gazatíes. El 60% del territorio palestino está ocupado por los soldados israelíes sin indicio alguno de retirada. Israel obstaculiza también las labores de reconstrucción de un enclave donde ha destruido completamente el 80% de las viviendas y las infraestructuras básicas de agua, electricidad y alcantarillado.

Ante este escenario, un documento difundido el pasado lunes por la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, junto a otros 18 expertos de Naciones Unidas afirma que “el genocidio continúa” sin tregua. Los datos admiten poca discusión sobre la continuación de la barbarie. De la cifra total de fallecidos en estos 300 días de supuesto silencio de las armas por acciones militares de Israel, 300 son niños, lo que equivale a un promedio de un niño muerto cada día, según ha denunciado Unicef.

Lejos de ser episodios esporádicos, las muertes de civiles palestinos van en aumento en una sistemática escalada sostenida. El Ejército israelí bombardea a diario el reducto de 146 kilómetros cuadrados donde el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha confinado a dos millones de civiles inocentes. Entre los fallecidos, además de niños, hay ancianos y mujeres.

Netanyahu, que ha fracasado en todos los objetivos por los que comenzó la guerra, principalmente la destrucción de Hamás, sigue justificando la permanente violación del alto el fuego en la eliminación de todos los milicianos que perpetraron el brutal ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel. Las fuerzas israelíes han recurrido a las técnicas de reconocimiento facial para elaborar un listado de unas 5.000 personas señaladas como objetivo, pero basta echar un mínimo vistazo a los rostros de los muertos palestinos desde la tregua para constatar que, al igual que ha sucedido desde el inicio de la guerra, lo que hay, como mínimo, son ataques indiscriminados contra civiles inocentes y la voluntad evidente de hacer la vida humana imposible en el territorio de Gaza. Una práctica para cuya definición no hay discusión alguna: es un crimen de guerra.

Mientras esto sucede, Israel mantiene un bloqueo parcial sobre la ayuda humanitaria indispensable para la supervivencia. Las autoridades de Gaza alertan de que sin maquinaria pesada —que Israel prohíbe— no es posible extraer miles de cadáveres que, al margen de los 73.000 muertos confirmados, permanecen bajo los escombros. Alrededor de 1,4 millones de gazatíes padecen inseguridad alimentaria aguda y 212.000 personas sufren inseguridad alimentaria en niveles de emergencia. Dicho en otras palabras: Netanyahu sigue aplicando el hambre como castigo colectivo contra una población civil inocente.

Gaza agoniza mientras Netanyahu cada día que pasa se siente más seguro. La catástrofe humana de la que es el máximo responsable ya no está en el foco principal de la opinión pública mundial ni en las prioridades de la política exterior de casi ningún Gobierno. Así, envalentonado ante la comprobada falta de consecuencias sobre sus decisiones y con unas elecciones en octubre, Netanyahu se permite aumentar su línea intransigente. Además de incumplir los acuerdos, la semana pasada se permitió rechazar el plan de paz de su aliado Donald Trump. El primer ministro israelí está convencido de que no rendirá cuentas sobre los crímenes que siguen sucediendo en Gaza y, desgraciadamente, a la vista de la inacción internacional es posible que tenga razón.

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CONTRAHISTORIAS


 La historia es infinitamente variada e impredecible. Como no está regida por normas de verosimilitud y coherencia, es más sorprendente que cualquier ejercicio de ficción. No recuerdo ahora quién la definió como “la ciencia de las cosas que suceden una sola vez”. La historia no es una ciencia, ni falta que le hace, aunque se ayude cada vez más de procedimientos científicos. Es un saber exigente y tan riguroso como sea posible, pero, al carecer de la posibilidad de la experimentación, le está vedada la facultad, exclusiva de la ciencia, de formular predicciones comprobables. Por eso, las bibliotecas universitarias están llenas de volúmenes obsoletos escritos por historiadores de inclinación idealista o marxista que aspiraban a dilucidar, en el panorama de los hechos del pasado, las leyes históricas del devenir humano, a veces con una tintura de determinismo darwinista que situaba casualmente la cima de la evolución en los varones blancos de clase alta que regían el capitalismo imperial en el tránsito hacia el siglo XX. Decía Simone Weil que muchas personas abandonan la fe religiosa en nombre de la ciencia y a continuación ponen en ella la misma fe que ponían antes en la religión. En la Facultad de Geografía e Historia en la que yo estudiaba, cualquier elemento de religiosidad o providencialismo estaba excluido, pero los procesos históricos se definían como encarnaciones de las leyes históricas que conducirían indefectiblemente al paraíso final del comunismo, apocalipsis y aurora al mismo tiempo.

Como está recordando siempre John Gray, el culto a la racionalidad habría sido una variante del culto a la fe, y la idea del progreso y el triunfo final de la igualdad y la justicia, una adaptación de las predicciones arcaicas del Apocalipsis de san Juan, libro funesto, dicho sea de paso, que debió de incluirse por casualidad en el Nuevo Testamento, y que ha inspirado algunas de las peores calamidades y matanzas de seres humanos.

Frente a narraciones tan atractivas, prometedoras y aterradoras a la vez, la historia en prosa puede resultar tan falta de emoción como una digna película realista de poco presupuesto frente a las superproducciones de fantasías barrocas y violentas de Hollywood. La historia es “una puñetera cosa detrás de otra”, según la escéptica definición que se atribuye unas veces a Winston Churchill y otras a Mark Twain. Pero la necesidad de la superproducción parece incontenible si nos fijamos en la cantidad de libros truculentos de presunta historia y en el volumen megalítico de las novelas históricas que ocupan las librerías, así como en la presencia de alusiones a la historia en las diatribas políticas contemporáneas. Con raras excepciones, a los personajes de la política no se les advierte un interés por el conocimiento histórico, o por cualquier clase de conocimiento, pero todos ellos tienen una ardiente inclinación por aprovechar retales de historia de segunda o tercera mano en sus trifulcas. Me acuerdo de que en los años en que más arreciaba a izquierda y derecha el nacionalismo de lo originario, el afán de encontrar a toda costa diferencias irreconciliables condujo a una paradójica unanimidad: todos los pueblos o naciones “del Estado” habían vivido en un perpetuo paraíso hasta que fueron invadidos por los españoles. En Andalucía, el paraíso era el pasado musulmán, multicultural y tolerante, que habría sido abolido por los castellanos exactamente el 2 de enero de 1492, con la toma de Granada por los Reyes Católicos, fecha tan negra como el 11 de septiembre de 1714, cuando el laborioso y también multicultural y tolerante paraíso catalán dio paso a varios siglos de tiranía borbónica.

Todas estas falsificaciones aspiraban a barrer otras de signo contrario, las que muchos de nosotros padecimos en las escuelas franquistas. Aprendíamos que desde Viriato, Numancia y Sagunto los españoles se habían rebelado a sangre y fuego contra los invasores extranjeros, igual que lo hicieron en los ocho siglos de la Reconquista, en la guerra de la Independencia, y sobre todo, más recientemente, en la otra Reconquista, la Cruzada de Liberación, en realidad otra guerra religiosa contra la impiedad voltairiana y marxista venidas del extranjero. La conquista de América había sido una gesta —palabra entonces muy usada—civilizatoria y evangelizadora. En las películas en blanco y negro, Colón se arrodillaba en una playa con palmeras alzando una cruz, y nativos adornados con pelucas y con improbables calzoncillos le ofrecían bandejas de frutas tropicales y escuchaban con inocente anhelo a los predicadores franciscanos, aceptando mansamente el bautismo. En lejanas islas de Oceanía, misioneros españoles sanaban milagrosamente a los leprosos. Con un tenaz rencor de siglos, los enemigos de España difundían por el mundo las calumnias de la Leyenda Negra.

Hay evidencias documentales suficientes para desmentir tantos embustes. Historiadores mexicanos de la escuela del formidable Miguel León-Portilla han rescatado la visión de los vencidos, por usar el título de un libro apasionante en el que se cuenta la conquista a partir de los testimonios de quienes la vieron y la padecieron mientras sucedía. En España, las leyendas más infundadas sobre Don Pelayo y la llamada Reconquista —¿eran invasores quienes habitaron durante ocho siglos en un territorio?— incendia de nuevo la xenofobia fascista de la ultraderecha y de esa derecha española tan ávida por sumarse a ella, por ahora con guantes. Centenares de libros espléndidos relatan las infinitas interconexiones entre cristianos, musulmanes y judíos en los reinos medievales de la Península, pero el único libro que esta gente parece haber leído es la enciclopedia obligatoria con la que nos adoctrinaban a los niños de hace ya más de medio siglo.

No se trata de determinar si los españoles hemos sido mejores o peores a través de la historia, o incluso de la prehistoria. No hay caracteres nacionales que se mantengan a lo largo de siglos. Ni siquiera hay caracteres nacionales: todas las naciones y sus caracteres indelebles, y hasta sus indumentarias tradicionales, son inventos de mediados del siglo XIX, urdidos por novelistas de segunda fila o poetas con vocación anticipada de estatuas y propensión a los ripios caudalosos.

La momia de Don Pelayo y la del Cid vuelven de sus tumbas para liderar cacerías de esos inmigrantes a los que algunos disfrutan tanto llamando moros. Como una nueva Monja Alférez o Agustina de Aragón, Isabel Díaz Ayuso viaja a México, con gran puntería histórica, para reivindicar la Conquista española y toda la palabrería de las glorias patrióticas, tan apolillada como los estandartes y las pelucas y togas de los maceros en las conmemoraciones municipales. Y en el lado contrario, la presidenta de México afirma que la grandeza de su país “viene de los valores de los pueblos originarios”, valores que su antecesor, López Obrador, también historiador aficionado, define en su último libro basándose no en los hechos históricos, sino en una ficción tan europea y eurocéntrica como la del buen salvaje. Las poblaciones indígenas, dice López Obrador, “tenían nobleza espiritual y no conocían más que la fraternidad”; “no conocían el apego al dinero, la explotación y el egoísmo”; “la honestidad era un distintivo de los antiguos pobladores y se ha conservado como forma de vida en la sociedad mexicana”.

No existe la menor duda sobre el impacto destructor del colonialismo occidental sobre las sociedades originarias en cualquier parte del mundo. A la violencia física consciente y la rapacidad explotadora se une el efecto quizás mayor de las epidemias causadas por la falta de defensas de esas poblaciones contra virus y bacterias traídos por los europeos. “Cada documento de civilización es también un documento de barbarie”, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba. Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a los verdugos - Antonio Muñoz Molina.

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CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

 Imaginen que duermen plácidamente en un lugar que para no huir del tópico definiremos, al menos en verano, como paradisíaco. El día ha transcurrido manso y feliz, entre paseos cortos y copas de vino blanco a la vera del Danubio, a su paso por el pueblecillo de Dürnstein. Es el mismísimo corazón del valle vinícola de Wachau, una de las perlas paisajísticas de la baja Austria. Un lugar en el que nada sobra, nada falta y todo parece estar perfectísimamente en su sitio. La palabra civilizado adquiere pleno sentido ante un paisaje como éste. Uno observa, escudriña, examina, incluso con mala intención, y nada se le ocurre para mejorar lo que tiene delante.

La única molestia son las abejas, abundantísimas y pesadas como si fueran moscas. Pero que haya tantas sólo dice mucho y bien de la salud del valle de Wachau. Sólo son un problema por mi cobarde relación con estos insectos. Aquí es donde estuvo preso Ricardo Corazón de León, un hombre que sin duda no temía a las abejas, a su regreso de la Tercera Cruzada. Por entonces, el vino y el gulasch, aunque fuesen para reyes, a buen seguro que eran peores que los que nos han servido a nosotros.

Todo el cuadro de aire feliz y pastoril se viene abajo en un momento. foto. Stefan Rotter

Llega la hora del descanso. Un hotel de lujo, como confirman las marcas y modelos de los automóviles de los huéspedes. Hay incluso sitio para la excentricidad de un Rolls Royce checo color azul cielo, tan caro como feo. A través de la ventana tocamos con la mano una bellísima iglesia barroca que saluda puntualmente las horas con el tañer de sus campanas. La conciencia se evapora rápido. Sin tiempo siquiera a recordar el nombre imposible de la bodega del último Riesling que se ha descorchado.

Todo este cuadro de aire feliz y pastoril se viene abajo en un momento. Uno intuye desde las profundidades del sueño que algo sucede. Fiel al instinto abre súbitamente los ojos para descubrir, con más pánico que asombro, que tiene ante sí a una pareja de alemanes desconocidos, una mujer y un hombre, desnudos ante él y dispuestos a irrumpir en su cama.

Grita más que lo haría ante un millón de abejas, sin ser consciente de lo que pasa. La pareja dice algo en alemán, incomprensible, y abandona la habitación a la carrera. Lo último que queda grabado en mi retina del episodio son sus traseros a la fuga, entre poco y nada reseñables. Ya lo ven, civilización y barbarie van de la mano. Y esto son hechos, no opiniones. Josep Martí Blanch

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CUANDO FEIJÓO DESPERTÓ, SÁNCHEZ SEGUÍA ALLI


De nada le servirán al PP los bramidos contra Sánchez si no cuenta con los votos para tumbarlo (para lo que haría falta que Junts se suicidara políticamente participando con Vox en una moción de censura), o si los jueces amigos no aprietan al presidente hasta la asfixia, o si los socios de investidura no le dan la espalda - M
arco Schwartz en el diario.es. En la foto: El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. Carlos Castro/Europa Press

Es uno de los microrrelatos más famosos y breves de la literatura en español, escrito por el guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. La interpretación más convincente que he leído del texto es que el dinosaurio simboliza algo que creíamos superado o extinguido –un problema, un miedo, un mal recuerdo–, pero que permanece obstinadamente presente por más que logremos evadirlo durante unas horas de sueño. O unos días de vacaciones, como las que se está pegando Alberto Núñez Feijóo en Moaña entre declaraciones intermitentes a los medios para demostrar que hace algo más que broncearse. Al igual que el protagonista indefinido del relato de Monterroso, al líder del PP lo aguarda el dinosaurio a la vuelta del verano. Nada lo librará del amargo reencuentro. Se me ocurre al respecto un cuento aún más corto que el del autor centroamericano: “Cuando Feijóo despertó, Sánchez seguía allí”.

Está por ver qué estrategia se trae entre manos el líder conservador de cara al otoño. Todo lo que ha hecho hasta el momento para tumbar a Sánchez ha resultado infructuoso. El terco dinosaurio sigue ahí, inamovible. El 8 de mayo, en un acto de partido para celebrar el tercer aniversario de las victorias electorales municipales y autonómicas de 2023, Feijóo proclamó: “He dicho hace mucho tiempo y lo repito hoy: haré todo lo posible para cambiar al Gobierno, y cuando digo todo es todo”. Hay que reconocerle que lo está intentando. Pero no lo consigue. Recordemos que antes de aquellos comicios caldeó el ambiente con denuncias de un supuesto fraude electoral con el peligroso propósito de desconocer el resultado en caso de derrota; tras ganar por goleada, su preocupación por la limpieza electoral desapareció por ensalmo. Pero la alegría solo le duró seis meses, hasta que Sánchez fue investido de nuevo como presidente después de las generales. Desde entonces, la iracundia del líder del PP ha ido in crescendo, porque el tiempo pasa y el dinosaurio sigue ahí, tan ancho.

A finales de junio pasado, PP y Junts presentaron en el Congreso sendas iniciativas para que el Gobierno disolviera las Cortes y convocara elecciones anticipadas. Aunque esa eventual votación no era vinculante, ambas formaciones confiaban en que el debate parlamentario obligara a los demás partidos a “retratarse” acerca de la conveniencia de la continuidad de Sánchez. Pero ninguna de las dos iniciativas llegó al pleno, ya que la Mesa del Congreso, con mayoría del PSOE y Sumar, abortó el debate con el argumento de que se trataba de una velada cuestión de confianza al presidente, cuyo ejercicio le compete en exclusiva al jefe del Ejecutivo. Feijóo dijo entonces: “Si el Gobierno no solamente no quiere poner las urnas a los españoles sino que tampoco nos deja votar a los diputados en la Cámara, lo que tenemos que hacer es desplazar a este gobierno y que el otro gobierno convoque elecciones de forma inmediata. Esta es la propuesta que está puesta encima de la mesa por mi partido”.

Hacer “todo, y cuando digo todo es todo” para tumbar a Sánchez. “Desplazar” al Gobierno. Las palabras no son inocuas. Revelan una forma de entender la política. Feijóo no se tomó la molestia de aclarar si con “todo” se refería exclusivamente a las herramientas que le otorga la Constitución. Tampoco quedó claro por qué utilizó la fórmula retórica de “desplazar” a un Gobierno democráticamente constituido, cuando en la Carta Magna se recogen con nombres precisos los instrumentos disponibles para precipitar el final de la legislatura. ¿Debemos sobreentender que el líder del PP solo piensa en las vías constitucionales cuando habla de derribar al Gobierno? Más vale que sea así. Pero las democracias se construyen también con palabras, y las que esté utilizando Feijóo en su obsesión contra Sánchez solo contribuyen a minar la salud de la nuestra.

España se fue de vacaciones en un ambiente político irrespirable. El llamado de Aznar para que “el que pueda hacer, que haga” se ha instalado en la política de las derechas y es difícil imaginar a estas alturas una marcha atrás. La actuación del PP, sus medios afines y ciertos sectores del poder judicial han tensado las reglas del juego hasta el borde de la ruptura total, y preocupa imaginar cómo se desarrollarán los acontecimientos al regreso del verano una vez verifiquen que el presidente Sánchez está dispuesto a resistir o, peor aún, que se las arregla para recomponer las relaciones con sus socios de investidura. La derecha está apostando cada vez más fuerte, entre otras cosas por la incapacidad de Feijóo para sacar adelante una moción de censura. El líder popular no tiene fuelle ni siquiera para convertir una moción de censura fallida en una victoria política, como hizo Felipe González en 1980. El líder socialista sabía que iba a perder, pero se valió de la vitrina del acontecimiento parlamentario para exponer su programa alternativo y atraer simpatías entre la ciudadanía. Dos años después arrasó en las elecciones generales.

En un momento dado de este verano, Feijóo acarició la idea de que la entrada irregular de unas 70.000 personas a Ceuta hiciera tambalear al presidente del Gobierno. Pero, para su desolación, lo más complejo de la crisis se superó en pocas horas con el regreso de los migrantes a Marruecos. Y lo que se dibujaba como una guerra abierta de una veintena de países de la UE contra España se desinfló, al menos en el tono, quedando algunos flecos abiertos como el contencioso con Italia por la aplicación del acuerdo de Schengen. El tema en todo caso es muy grave y seguirá trayendo cola en la rentrée del otoño. Resulta evidente que el Gobierno se siente tocado; de otro modo no habría endurecido en las últimas horas su discurso anunciando que expulsará a “todos” los que entraron de modo irregular, ignorando que las expulsiones deben hacerse de modo individualizado y cumpliendo estrictos protocolos. Es previsible, pues, que veamos a Feijóo atacando con la inmigración. Pero la política es la política, y de nada le servirán al PP los bramidos contra Sánchez si no cuenta con los votos para tumbarlo (para lo que haría falta que Junts se suicidara políticamente participando con Vox en una moción de censura), o si los jueces amigos no aprietan al presidente hasta la asfixia, llevándolo, si es el caso (todo es ya posible) al banquillo con cualquier ocurrencia jurídica, o si los socios de investidura no le dan la espalda (Sumar anda muy molesto por la prolongación de la vida de la central de Almaraz). Opciones que no dependen exclusivamente de él y de su forma irascible de ejercer la oposición.

Mientras nada de ello ocurra, por mucho que vocifere, Feijóo seguirá despertando y el dinosaurio todavía estará allí.

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