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NIÑO, DEJA YA DE JODER CON LA PELOTA


 Vecinos y comerciantes de la ronda de Sant Antoni quieren que el Ayuntamiento de Barcelona restrinja los juegos de pelota en los espacios pacificados de este eje. Que delimite los lugares autorizados, que defina los horarios permitidos... Unos y otros denuncian que de algún tiempo acá cada vez más adolescentes convierten farolas y árboles en porterías de fútbol, que sus encuentros, sobre todo al atardecer cuando oscurece, amedrantan a las personas mayores, que por las noches sus pelotazos vuelan de lado a lado de lado establecimientos... No son quejas puntuales ni anecdóticas.

Hace años que, sobre todo desde los mandatos de Ada Colau, el Ayuntamiento se muestra reacio a vetar los juegos de pelota en el espacio público barcelonés y, en caso de conflicto, trata de mediar y encontrar soluciones a medida. El Ayuntamiento entiende así el juego como un derecho ciudadano y también como uso legítimo del espacio público. Sin embargo, en el caso de la ronda de Sant Antoni, la filosofía del "prohibido prohibir" no ha dado frutos. El distrito del Eixample activó su servicio de mediación hace más de un año y también destinó a agentes cívicos, pero la situación no ha mejorado. El cansancio, en cambio, sí.

La ronda de Sant Antoni es hoy un escenario de aquellos que explican más de lo que parece. Por la tarde, cuando la luz decae y las farolas todavía no han tomado el relevo, la calle se convierte en una especie de teatro improvisado: los adolescentes ocupan el centro de la escena, los vecinos hacen de público involuntario y los comerciantes, desde las puertas medio abiertas, observan con esa mezcla de resignación y alerta que sólo da el oficio.

La pelota, mientras, hace su vida propia. Rebota contra fachadas, se desliza entre piernas, se escapa hacia las terrazas, entra en las tiendas como un animalito desorientado. Y en algún momento, inevitablemente, alguien piensa —o susurra— aquella frase de Serrat que resuena como una verdad doméstica: “Niño, deja ya de joder con la pelota.” No es un grito, es un suspiro. Una forma de decir que la paciencia también tiene límites, que la convivencia no es infinita, que la ciudad no puede ser siempre un patio de escuela.

Pero tampoco es tan simple. Porque estos chicos no tienen otro sitio. Barcelona ha ido borrando espacios para ellos con la misma eficacia con la que ha multiplicado terrazas, zonas de paso y rincones instagramables. Los pequeños tienen parques; los adultos, bares; los turistas, la ciudad entera. Los adolescentes, en cambio, sólo tienen la calle, y la calle —cuando no está pensada para ellos— se convierte en un campo de batalla de usos, miradas, derechos que chocan.

La gente mayor, que anda con paso corto y memoria larga, no ve juego: ve imprevisibilidad. Y la imprevisibilidad, a cierta edad, pesa. Los comerciantes tampoco ven juego: ven cristales que pueden romperse, alarmas que pueden saltar, clientes que pueden irse. Y los chicos, que sólo quieren estar juntos, moverse, gritar, existir, tampoco entienden por qué el mundo adulto les mira como un problema ambulante.

La ciudad, mientras, hace equilibrios. Habla de mediación, de sensibilización, de convivencia. Pero la convivencia no es un cartel ni un agente cívico: es urbanismo. Es planificación. Es entender que si no existen espacios para cada edad, cada edad acabará luchando por el espacio que encuentre.

Y así, la ronda de Sant Antoni se convierte en un espejo: vemos una ciudad que quiere ser amable pero que a menudo improvisa; una ciudad que defiende el derecho a jugar pero no sabe dónde poner el juego; una ciudad que habla de comunidad pero que, cuando llega la noche, se divide entre quienes quieren descansar y quienes aún no han aprendido a estar quietos.

Quizás la solución no es prohibir ni tolerarlo todo, sino asumir que la ciudad necesita más espacios intermedios, más lugares donde los adolescentes no sean intrusos ni sospechosos, más criterio y menos resignación. Y quizás también hay que recordar que, detrás de cada pilotada, hay una energía que la ciudad no sabe dónde poner. Y que, si no le da un sitio, acabará estallando allí donde pueda.

Mientras, la pelota seguirá rodando por Sant Antoni, tozuda, alegre, inoportuna. Y alguien, desde un balcón o desde una silla plegable, volverá a pensar -con una sonrisa cansada- que Serrat, como siempre, tenía razón.

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VENDRÁN TIEMPOS MEJORES

 
En el fútbol, lo que de verdad importa es meter más goles que el rival. Si no lo haces, pierdes. O, en el mejor de los casos, empatas. España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0.

Comenzó el Mundial de fútbol para España. Por primera vez, el Mundial se celebra en tres países. Algunos equipos se verán obligados a recorrer más de 10.000 kilómetros solo en la fase de grupos. El número de selecciones pasa de 32 a 48 y será este el Mundial de mayor duración de la historia. El precio de las entradas es el más elevado desde que existe el campeonato. Generarán más ingresos que cualquier otro y algunos, más preocupados por estas cuestiones que por el balón, estarán muy contentos. Veremos si los que somos aficionados al fútbol podemos disfrutar como ellos, sobre todo en los partidos de la primera fase. Tengo más que serias dudas de que eso vaya a ser así, pero no me sumo a los que piensan que muchos partidos van a provocar el mismo interés y entusiasmo que algunos de la liga turca. Yo creo que hay que pensar en positivo, así que disfrutemos del Mundial.

Ciñéndonos a lo estrictamente deportivo, resulta obvio que España no inició su andadura con muy buen pie. Esperábamos otra cosa y, desde luego, otro resultado. La selección de Cabo Verde, dicho sea con todos los respetos, no es el Brasil del año 70, ni nada que se le parezca. Mucho físico, mucha fe y poco fútbol. El partido no pasará a los anales de la historia del fútbol, ni por bueno ni tampoco por malo. No hay muchas cosas que destacar en el debut de la selección. Tuvimos muchas oportunidades, fuimos mejores que Cabo Verde, pero no hubo acierto ni goles. Los delanteros no tuvieron su día, pero yo estoy convencido de que pronto lo tendrán.

Ahora nos espera Arabia Saudí. No hay que perderle el respeto a ningún rival, pero lo normal es que España saque el partido adelante sin mayores problemas. Esto nos tranquilizará a todos y evitará que algunos comiencen a darle instrucciones al seleccionador, algo que, por otra parte, solo les servirá para perder el tiempo. Es evidente que no las va a leer y hará muy bien.

Yo soy optimista. Cualquier otra cosa no sirve absolutamente para nada. Recuerdo que, cuando ganamos el Mundial de 2010, perdimos el primer partido con Suiza y recuerdo que no hace mucho tiempo ganamos el primer partido por 7-0 y luego nos eliminaron en octavos. Así que les digo a todos ustedes: vendrán tiempos mejores, disfrutemos del Mundial y no nos enfademos si algo no nos gusta. No sirve absolutamente para nada. Apoyemos a la selección, es uno de los pocos instrumentos de unión entre españoles que tenemos hoy en día. Y necesitamos esa unión, puesto que los que tienen la obligación de hacerlo han apostado por lo contrario, por dividirnos. Mala cosa, mal asunto. Mariano Rajoy en el Debate.

Este artículo no ha sido escrito por una inteligencia artificial, aunque parece que tampoco lo ha redactado una inteligencia natural. ¿Y la Europea?

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UN MUNDO RICO SIN CRECIMIENTO


El recién publicado informe del 'Global Justice Report' (GJR), elaborado por el equipo de Thomas Piketty, se esfuerza por demostrar que la lucha contra la desigualdad va necesariamente de la mano de la defensa del planeta que sostiene la vida. Esto es ir a contracorriente de una forma de pensar que todavía invade la mayor parte del pensamiento económico progresista y, por supuesto, conservador. Alberto Garzón Espinosa - @agarzon, en el diario.es

¿Te imaginas vivir en una sociedad en la que toda la población, a lo largo de todo el planeta, recibiera un ingreso anual de 60.000 euros? Esa cifra se corresponde con unos 5.000 euros al mes, lo que está algo por encima de la media actual en Norte América, pero muy por encima de los 290 euros de media del África subsahariana. Pues esa es la cifra que el recién publicado informe del Global Justice Report (GJR) considera viable para lograr combatir la desigualdad mundial y sus consecuencias y, al mismo tiempo, evitar el calentamiento global.

El informe ha sido elaborado por el equipo del economista Thomas Piketty, y merece un reconocimiento especial porque se esfuerza por demostrar que la lucha contra la desigualdad va necesariamente de la mano de la defensa del planeta que sostiene la vida. Esto es ir a contracorriente de una larga tradición que entiende que la lucha contra la desigualdad —así como la cuestión económica en general— es sólo posible mediante el crecimiento económico y a costa del medio natural; una forma de pensar que todavía invade la mayor parte del pensamiento económico progresista y, por supuesto, conservador.

La clave de bóveda del informe es, de hecho, la constatación de que la actividad económica conlleva necesariamente un consumo de recursos naturales y energía que genera impactos ecológicos, destacadamente el cambio climático. Así, la única manera de que en el año 2100 la temperatura promedio global se mantenga por debajo de los 2 °C respecto a la era preindustrial —y evitar así una catástrofe de costes impredecibles— es reducir desde hoy la actividad económica, esto es, el crecimiento económico. En este sentido, el informe comparte intuiciones centrales de la tradición del 'decrecimiento', aunque sus autores no asumen la etiqueta. Y aporta, además, matices de calado propios.

Para empezar, no se trata sólo de un reescalado hacia abajo de la actividad económica, como ocurriría con una crisis económica, una pandemia o una guerra. Lo que se defiende es una reorientación general del modelo de producción y consumo buscando una desmaterialización de la economía, lo que significa el crecimiento de sectores poco intensivos en consumo de materiales y energía, pero muy intensivos en proporcionar bienestar: por ejemplo, los sectores de educación y sanidad crecerían enormemente. Como señalaba el economista ecológico Herman Daly, es importante recordar que crecimiento y desarrollo no son lo mismo y que, mientras el primero se refiere al valor monetario de la producción, el segundo nos interpela sobre los servicios que nos proporcionan directamente bienestar o felicidad. El GJR se centra en las condiciones biofísicas y sociales que hacen viable el desarrollo del conjunto de la población mundial; nada más y nada menos.

En estas páginas hemos hablado a menudo del paradójico papel que juega la tecnología y la productividad bajo el sistema económico capitalista. El punto es que aunque las innovaciones permiten producir la misma cantidad de bienes en menos tiempo, bajo el capitalismo esta opción está clausurada. La razón es que la lógica del sistema obliga a todos los agentes a competir entre ellos y, en consecuencia, a recurrir a la tecnología no para producir lo mismo en menos tiempo, sino para producir más en el mismo tiempo. La opción liberadora —trabajar menos manteniendo el bienestar— queda así bloqueada. De este modo, durante dos siglos la productividad ha aumentado de forma extraordinaria, pero la mayor parte de ese incremento se ha traducido en más producción y consumo antes que en más tiempo libre. Solo la lucha del movimiento obrero logró compensarlo en parte, consiguiendo que una fracción de esas ganancias se destinara a reducir la jornada. El informe del GJR abunda en esta idea al plantear que las horas de trabajo deben ser reducidas desde la media actual de 2.100 horas por año hacia las 1.000 horas para 2100. Equivaldría, grosso modo, a jornadas de algo más de cuatro horas o a semanas laborales notablemente más cortas que las actuales.

La idea es desplazar el bienestar desde la acumulación de bienes materiales hacia el acceso universal a servicios, tiempo libre y seguridad económica.

Una de las variables centrales que ajusta todo el modelo es precisamente la que llaman suficiencia, y que tiene que ver con el consumo. Con jornadas laborales mucho más reducidas y con un crecimiento de los sectores inmateriales como educación y sanidad, el consumo necesariamente tiene que basarse en un cambio de hábitos: una dieta más sostenible ecológicamente (con una reducción del 25% del consumo de carne a nivel mundial) e incluso con impuestos no lineales donde las primeras compras de un bien (como un vuelo) sean asequibles, pero no tanto las siguientes. Todas estas propuestas responden a una misma idea: desplazar el bienestar desde la acumulación de bienes materiales hacia el acceso universal a servicios, tiempo libre y seguridad económica. La suficiencia también implica una rápida y contundente transición energética para descarbonizar la economía, así como una reforestación que permita recuperar la masa de bosques que existía en 1900. Es decir, no hay un decrecimiento que pretenda volver a los parámetros de las sociedades preindustriales sino un aprovechamiento del conocimiento y tecnología acumulados para “saltar” hacia un nuevo modelo energético renovable.

Para que todo ello sea posible, el informe subraya la necesidad de combatir ferozmente la desigualdad de ingresos entre países (para permitir que los más pobres crezcan y puedan converger hacia un nivel de vida digno) así como dentro de cada país. No sólo por razones de índole moral sino también económica: de una fuerte imposición a los estratos más ricos sale el dinero necesario para comenzar el programa. El informe no apela a la creación monetaria, sino a la redistribución, ya que el gasto se financia al principio gravando a quienes más tienen. Luego, en cambio, se crea un fondo común (de todos los países) que invierte en las empresas sostenibles para obtener la financiación necesaria: una idea con ecos de las propuestas socialdemócratas radicales. En todo caso, esta transferencia de renta y riqueza desde los estratos altos hacia la base de la sociedad explica por qué en el modelo se compatibiliza el crecimiento económico casi cero de los países más ricos con el hecho de que la mayoría de su población pueda mejorar considerablemente tanto sus ingresos como su bienestar. De la misma forma que actualmente el crecimiento económico no “llega” a una gran parte de la población, la ausencia de crecimiento agregado es compatible con la mejora del bienestar individual de la mayoría.

Aunque el informe contiene mucha más información y datos, es importante quedarse con la imagen general: es posible imaginar un mundo donde toda la población tiene unos mínimos de vida muy razonables (sanidad, educación, tiempo libre), donde el bienestar no depende del crecimiento económico ni de un consumo ilimitado de recursos naturales, y donde la desigualdad ha sido drásticamente reducida como consecuencia de una gran ofensiva contra las élites económicas. Gracias a eso, los parámetros del Sistema-Tierra pueden mantenerse dentro de unos márgenes que, sin estar exentos de riesgo, evitan los puntos de no retorno. Suena radical, y en cierto sentido lo es (lo que no es malo, porque supone ir a la raíz del problema), pero cualquier otra alternativa —como seguir como hasta ahora— supondría adentrarse en un terreno muy oscuro para la civilización humana y para la vida en general.

Frente a ese terreno oscuro, el informe del GJR se inscribe en la tradición utópica, pero en su connotación positiva: aquella que, como en News from Nowhere de William Morris, hizo soñar a la población con mundos deseables y la activó políticamente. La principal virtud de aquellas utopías clásicas, desde Moro hasta las esbozadas por Marx, es el deseo de proyectar en el futuro horizontes deseables que, en el presente, debían empezar a construirse. Necesitamos estas guías utópicas porque dibujan el perímetro de lo que es posible, y trazan un camino que, aunque no esté perfectamente definido —nunca lo estará—, es ya claramente la senda que tenemos que recorrer.

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Y SÁNCHEZ ABRAZÓ AL PAPA


 Dio Pedro Sánchez un efusivo abrazo a León XIV? ¿Rompió hasta ese punto el protocolo un presidente necesitado de cariño? La plataforma de detección de mentiras Verificat lo desmiente en el artículo que publicamos en Sociedad. Ha analizado la fotografía que circuló profusamente a través de las redes y ha certificado que era un montaje de IA. Tirando a zafio. 

La imagen del falso abrazo lleva una marca de aguas invisible para el ojo humano que la propia OpenAI coloca en las fotos generadas con su tecnología. Pero, cuidado, no todo el mundo dará por buena esta explicación. Para algunos, los más proclives a creerse lo que desean creer, la foto del achuchón será la prueba de que Sánchez no tiene límites en su obsesión de aferrarse al poder, de que es capaz de agarrarse al Papa igual que el boxeador grogui sujeta por la cintura al rival para impedir que lo siga triturando.

La fascinación tecnológica convierte en verosímiles los embustes digitales

Por desgracia, no hay verificats ni periódicos rigurosos suficientes para contener el uso epidémico de la tecnología en aras de imponer un relato. La impecable factura de los embustes digitales los convierte en verosímiles. Asistimos solo al principio de una nueva era definida por la manipulación extrema de las historias con fines inconfesables, pero también por la candidez de una 

Quedaba el consuelo de que lo que está escrito en libros de papel iba a durar siempre, pero ni siquiera podemos estar seguros de ello. Lara Gómez advertía en un artículo publicado la semana pasada de que algunas plataformas están comprando libros antiguos a gran escala para escanearlos y entrenar así sus modelos de IA. Con el agravante de que este proceso industrial destruye para siempre los viejos ejemplares. 

Ray Bradbury intuyó un futuro de pesadilla en su Farenheit 451 . El sistema quemaba los libros en una pira para extinguir el pensamiento crítico. Lo de hoy es más perverso: los destruye para asimilar su contenido y tergiversarlo a discreción. Es lo más parecido a los presos que son obligados a cavar su propia tumba.

Pero hay barricadas posibles. Si la danza, el teatro o la música en vivo son la respuesta más revolucionaria a la cultura artificial, en este caso son los diarios, las librerías o las bibliotecas la primera línea de resistencia ante la última ofensiva algorítmica.

Miquel Molina Muntané, en la Vanguardia. Foto Elvira Urquijo A. / EFE

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COMO RESPONDER A UN MARCIANO

 

Lo único que sé sobre El día de la revelación, la última película de Steven Spielberg, es que no le ha gustado a Carlos Boyero —lo que no es precisamente una noticia de primera página—, así que no te preocupes, que no puedo hacer espóiler. Entiendo, en cualquier caso, que la cinta reflexiona sobre el posible descubrimiento de que no estamos solos en el cosmos, y sobre cuál sería la reacción de la humanidad ante esa evidencia. Ya conocía precedentes de ficción que tratan el mismo tema, como la novela Contact, publicada en 1985 por el astrofísico y divulgador Carl Sagan y llevada al cine en 1997 por Robert Zemeckis, con Jodie Foster y Matthew McConaughey. Aunque esta película no le gusta a nadie más que a mí, sigo pensando que Contact es la especulación más interesante que se ha escrito sobre la cuestión, y la que tiene una mayor profundidad científica. Ya veré la nueva de Spielberg, nunca tengo prisa con estas cosas.Javier Sampedro en el País. Mala de solemnidad y aburrida como una ostra es Proyecto Salvación, a la que le sobra hora y media de metraje, y no la salva ni la actuación disparatada de Ryan Gosling, añade un servidor de ustedes.

Lo que no sabía es que el asunto había saltado hace tiempo a la estantería de no ficción. La Academia Internacional de Astronáutica, con sede en París, ha actualizado este año su declaración de principios sobre la conducta a seguir en la búsqueda de inteligencia extraterrestre. La declaración pretende, entre otras cosas, establecer directrices para que los expertos confirmen los posibles indicios de vida extraterrestre inteligente, comuniquen las evidencias y encuentren un equilibrio entre informar a la población de los descubrimientos y “una consideración apropiada de la seguridad y la exposición de los científicos individuales implicados”. No especifica contra qué o quién deben defenderse estos científicos, aunque se entiende que no es contra los marcianos, sino más bien contra los congéneres, lleven o no galones.

La Academia de París considera crucial “mantener los mayores estándares de responsabilidad e integridad científicas durante el proceso, incluido el reconocimiento de los intereses de la humanidad en el descubrimiento”. Para saber cuáles son los intereses de la humanidad hará falta una inteligencia extraterrestre, desde luego, pero bueno, queda bien por escrito. Luego dice que, si los medios y las redes sociales preguntan algo, los científicos deberán dar respuestas “rápidas, exactas y honradas”. Esa sí que es buena. “Las declaraciones y conclusiones especulativas o no confirmadas deben ser identificadas claramente como tales”. Se ve que estos astronautas no tienen mucha práctica en tratar con los medios.

Pero lo mejor viene luego: qué les tendríamos que responder a los extraterrestres. La Academia Internacional de Astronáutica, como buen organismo oficial, propone nombrar un subcomité. No hay nada que le guste más a un burócrata que un subcomité. Este debería reclutar a expertos en ciencia, ética, derecho, sociología y comunicación. Es curioso que se hayan olvidado de contratar a un lingüista, que algo tendrá que decir sobre mandar mensajes a las estrellas, pero el caso es que habrá que decidir dos cuestiones capitales: ¿hay que responder o no? Y, en caso afirmativo, ¿qué decimos? “Estas consultas deben conducirse a través de Naciones Unidas y otros cuerpos internacionales representativos”, decreta la academia. Vano deseo, ya que será Elon Musk quien responda.

Entonces, ¿estamos preparados para nuestro primer contacto con una inteligencia extraterrestre? Tres comentarios sobre esto. Primero, una de las formulaciones de la ley de Murphy: toda estrategia militar dura exactamente hasta el momento de enfrentarse con el enemigo. Segundo, una de las llamadas leyes de Clarke (por el escritor Arthur C. Clarke): toda tecnología lo bastante avanzada resultaría indistinguible de la magia. Y tercero, lo que le dijo Isaac Asimov a su editor: sería materialmente imposible vencer a una inteligencia hostil capaz de llegar a la Tierra. Dicho lo cual, un ejercicio de fin de semana para el lector: ¿en qué lenguaje nos podemos entender con los marcianos? Venga, a trabajar.

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LA HIPOCRESIA DE LAS JOYAS DE ZAPATERO

 


Junio de 2008. Apenas llevo 3 meses como ministro de Industria, Turismo y Comercio (además de Energía y Telecomunicaciones), pero la agenda es enloquecida. Mi colega, el ministro de Asuntos Exteriores (MAE) español me pide que vaya a Arabia Saudí el fin de semana, para asistir a una reunión internacional de ministros de energía en Jedah. No era un viaje previsto en la agenda, era fin de semana y me resistí porque mi equipo estaba muy tensionado. El ministro me insistió, porque se trataba de un deseo personal del rey Abdalá, importante para las relaciones de Estado y me ofrecía uno de los Falcon para ese viaje, poder estar de vuelta el domingo por la noche y no tener que alterar más la agenda. Y allá que nos fuimos, explica Miquel Sebastan.

El rey, en efecto, estaba muy contento con mi presencia y, cuando íbamos a despegar de vuelta, un emisario real trae a pie de pista un regalo envuelto en papel de seda. Se trataba de una bonita cartera de piel. Como yo tenía varias, le ofrecí el regalo a los miembros de mi equipo, que se habían sacrificado tanto o más que yo con este viaje. El asesor que se quedó con la cartera, cuando ya estábamos en vuelo, descubrió que la cartera no estaba vacía. Contenía diversas joyas: una pulsera, unos pendientes, un anillo, todos de esmeraldas y brillantes, así como un reloj de brillantes. Todos ellos aparecen en la foto que encabeza este artículo.

Nuestro avión aterrizó en el aeropuerto militar de Torrejón, donde me esperaba el coche oficial, también a pie de pista, para trasladarme a mi domicilio, pues ya era una hora bastante intempestiva. Pedí a mi equipo que las joyas las llevaran al Ministerio al día siguiente, para ver qué hacía con ellas. Y ahí surgió el debate. Mi equipo estaba dividido sobre qué hacer con el obsequio, las secretarias me señalaban que todos los ministros se llevaban sus regalos, pues eran personales.

Consulté a mi oficiala mayor, la recientemente fallecida Laura Morso, que me indicó que lo habitual era que los obsequios se los quedaran los ministros, pues se trataba de regalos a la persona y, más en mi caso, cuyo motivo era satisfacer un empeño personal del monarca saudí. Me dijo que no había un protocolo establecido, que no se trataba de renta en especie, porque no era remuneración por ningún trabajo (los ministros nunca cobramos por ningún servicio, dentro o fuera de España), por lo que no se tenía que declarar y que era una decisión personal mía.

Nunca pudimos sospechar el valor de esas joyas, a nadie se le ocurrió pedir una valoración a Ansorena ni a ningún joyero. Tampoco quise elevar el tema al resto del gobierno y, discretamente, mandé construir una vitrina en la sala de espera de las visitas al Ministerio, donde iríamos colocando todos los regalos de un cierto valor y ahí siguen, propiedad de Patrimonio Nacional y convenientemente registrados.

Nunca he considerado que dejarlos en el Ministerio en vez de llevármelos a mi casa, fuera una decisión “moralmente superior”. Detesto la moralina puritana que se ha instalado en nuestro país y nunca he sacado pecho de este gesto. Tampoco lo he mantenido en secreto, pues las joyas están a la vista del que quiera verlas. He guardado un discreto silencio sobre este episodio hasta hoy, en que ya no puedo soportar más las barbaridades que se están diciendo, en medios y redes, sobre las joyas encontradas en el registro del despacho profesional de Zapatero.

Me repugna escuchar que las joyas estaban “ocultas”. Curioso lugar para “ocultar” unas joyas: guardarlas en un despacho. Siempre he considerado “ocultar” el dárselas a otra persona, enterrarlas, esconderlas en un altillo o, si me apuran, llevarlas a una caja de un banco. Pero ¿tenerlas a la vista en una caja fuerte de un despacho es “ocultar”? Es el lugar habitual para guardar, y eso es lo contrario a “ocultar”.

Lo segundo que me repugna es apelar al “origen turbio” de las joyas. No hay ningún origen turbio. No lo hubo en mi caso y, con toda seguridad, no lo habrá en el caso de Zapatero. Se tratará de un regalo de algún país árabe con motivo de alguno de sus viajes. En cuanto vi sus fotos en la prensa, por cierto, un secreto revelado a toda la población, pese a tratarse de muchas joyas familiares, violentando su derecho a la privacidad, vi que algunas de ellas guardaban una semejanza con las que yo había recibido en 2008 y que adjunto en la foto. Ni turbio ni remuneración por ningún servicio.

Y lo tercero que más me repugna es la hipocresía de la clase política española con respecto a este tema. Sobre todo, del Partido Popular, que ha gobernado 15 años en España, algunos de ellos con importantes negocios bilaterales con Arabia Saudí, como, por ejemplo, el AVE de La Meca a Medina. ¿Es que hemos sido Zapatero y yo los únicos ministros, presidentes de gobierno, alcaldes o presidentes de comunidades autónomas que hemos recibido joyas o regalos valiosos de los países árabes? Por mis sesgos cuantitativos, sé que la probabilidad de ese suceso es cero. No hemos podido ser los únicos. Por otra parte, ¿en serio se puede considerar “contrabando” aceptar un regalo personal y llevártelo a tu casa? ¿Por qué no se ha llenado entonces la vitrina ya habilitada en el Ministerio? ¿De verdad hay que declarar todos los regalos que se reciban? Es posible que en la actualidad lo sea, lo desconozco, porque llevo 15 años fuera de la política. Pero no lo era en 2008. E insisto, no me parece “moralmente superior” el dejarlo en una vitrina en el ministerio correspondiente. Es una opción personal tan aceptable como la otra.

Para terminar, por mis sesgos estadísticos, considero imposible que España haya sido el único país al que los monarcas del Golfo hayan hecho regalos. Pero no conozco ningún otro Estado en el que esto haya sido motivo de escándalo nacional y de vapuleo personal de una familia. Esta hipocresía no nos la merecemos como país.

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ACTOS Y AUTOS DE FE

 

A Jorge Luis Borges le intrigaba que a todo lo largo de los Evangelios Cristo escribe una sola vez; lo hace sobre tierra o arena, y no llega a saberse lo que ha escrito. La escena está en el Evangelio de Juan, contada con la prosa seca del Nuevo Testamento, que, según el gran especialista Antonio Piñero, fue escrita en un griego más bien rústico y nada literario. El resultado es de una austera eficacia visual, que le hace a uno pensar en El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Unos letrados y fariseos le presentan a Cristo a una mujer acusada de adulterio. Hay mucha gente alrededor. Con el propósito de tenderle una trampa, los hombres citan la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte por lapidación, y le preguntan qué considera él que se debe hacer. Cristo no dice nada. Se inclina sobre la tierra y escribe algo en ella con un dedo. Los acusadores siguen preguntando. Él se incorpora y dice, en la edición castellana de Piñero: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojarle una piedra”. A continuación, vuelve a inclinarse, y escribe de nuevo. Mientras tanto, los acusadores y los curiosos y testigos, quizás lapidadores voluntarios, “salieron uno por uno comenzando por los ancianos, y se quedaron él solo y la mujer”. 

El relato no puede ser más lacónico, y más lleno de sugerencias que nuestra imaginación añade: el silencio después del clamor colectivo, la retirada gradual, la escena que se queda vacía, esa mujer de pie, el hombre que deja de escribir y se incorpora cuando han quedado solos los dos. Parece que es entonces cuando mira a su alrededor y se da cuenta de que toda esa gente que parecía tan dispuesta a ejercer su bárbara justicia se ha ido. Dice: “Mujer, ¿dónde están? Ninguno te ha condenado?”. Y añade, y aquí termina sin más el pasaje: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”.

A nosotros el detalle del dedo que escribe sobre la tierra nos parece una sutileza literaria. Según Piñero, tiene un sentido simbólico, porque los mandamientos de la ley de Moisés los escribió el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Uno puede pensar que una nueva ley escrita sobre la tierra común que todos pisamos será más compasiva, menos sujeta a la rigidez del dogma, al ser tan fácil de borrar y de escribir de nuevo.

Tuve una infancia y una primera adolescencia católicas, como todo el mundo de mi generación, pero a la lectura atenta de los Evangelios he llegado muy tarde, después de una vida entera apartado a conciencia de cualquier práctica o creencia religiosa. A la Iglesia española, y a un cierto número de sus representantes en la Tierra, les debo un valioso regalo intelectual: el rechazo precoz de toda forma de creencia en una divinidad providencial y justiciera, en la vida eterna, en el premio del cielo y el castigo del infierno. Hacerse ateo, racionalista y anticlerical a los 14 o 15 años, en la España de Franco y de una Iglesia franquista y tridentina, era una pequeña rebelión personal que no habría sido tan precoz sin el rechazo que aquella gente provocaba. A nosotros no se nos daba a leer el Nuevo Testamento, ni se nos educaba la sensibilidad literaria con las muchas bellezas del Antiguo. El arte religioso que veíamos eran blandas estampitas piadosas, santos y vírgenes de escayola, cuando no cuadros ennegrecidos de torturas de mártires o de almas aterradas quemándose en el infierno. En cuanto a la música, pasamos de los cánticos sombríos a las simplezas de las guitarras y las flautas que tocaban El cóndor pasa en el momento de la consagración.

La vulgaridad estética, el feísmo sanguinario de los mártires desollados o amputados y de los crucificados con pelo natural y manos y pies atravesados por clavos, eran el espejo de la corrupción política y moral de una Iglesia parasitada en toda la mugre de la dictadura, beneficiaria del botín de guerra de la enseñanza, instalada en una supremacía sobre lo cotidiano que le costará mucho imaginar a quien no la vivió. Si aparecía un cura por la calle, los niños teníamos que ir corriendo a besarle la mano. En las puertas de las iglesias había unas fichas con la “clasificación moral” de las películas, que podían recibir un 3R (mayores con reparos) o incluso un 4, que las calificaba como “gravemente peligrosas”. Que unas películas ya autorizadas por la censura franquista pudieran contener tales extremos de pecado da una idea de la mentalidad eclesiástica de aquellos tiempos. Ir a verlas era pecado mortal. Y, como los buenos catequistas nos advertían, morir en pecado mortal garantizaba el fuego del infierno, que no era metafórico. Un cura encendía una cerilla y te retaba a que pusieras un momento el dedo en la llama: si apenas lo podíamos aguantar, ¿cómo sería quemarse así, sin tregua, sin alivio, sin fin, no un año, ni diez, ni cien, ni mil, sino toda la aterradora eternidad? Sembrar ese grado de angustia en una imaginación de siete años, edad a la que hacíamos la comunión, es sin duda una hazaña pedagógica que tarda en olvidarse. Que alguno de aquellos bondadosos agoreros cayera además en la tentación de meternos mano no es un matiz secundario.

La saludable rebeldía puede también derivar en prejuicio, en negación irreflexiva. En la militancia antifranquista encontré por primera vez a cristianos con los que tenía más cosas en común de las que había imaginado. Uno de ellos, que sigue siendo amigo mío, me dio a leer un libro que hablaba de las enseñanzas de Cristo bajo una luz del todo ajena a la de los curas de mi infancia: Lectura materialista del Evangelio de Marcos, de Fernando Belo. Poco a poco, a lo largo de los años, he sido siguiendo rastros éticos y estéticos que me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo que fui haciendo míos desde el final de la adolescencia, y a los que no he renunciado nunca. Hay una profunda sensación de lo sagrado que puede ser ajena a toda idea religiosa —al menos en el sentido occidental de la palabra— y que a uno lo exalta, por ejemplo, en una obra de Bach o de Tomás Luis de Victoria, en un Negro spiritual, en una saeta flamenca, en cualquiera de las escenas evangélicas de Caravaggio, en un poema de san Juan de la Cruz; y, sobre todo, en la plena contemplación silenciosa de la naturaleza, o en esos estados nada místicos ni vaporosos de la meditación budista, en los cuales, con disciplinado adiestramiento, se pueden ver las cosas como son, dentro y fuera de uno, en lo que Manuel Machado llamó “la tranquila belleza del presente”.

Monjas y curas católicos, rabinos, pastores luteranos, marxistas de espíritu abierto, desfilaban del brazo de Martin Luther King en las marchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Nada es simple, ni fácil. La misma Iglesia católica que se alía con los ricos y con la derecha española para privatizar cada vez más la educación, ejerce a través de Cáritas y de sus voluntarios una asistencia imprescindible a quienes ese amigo mío que me ayudó a leer de otro modo el Evangelio llama “los últimos de los últimos, los que no quiere nadie”. El Papa que defiende la justicia y la paz con una rotunda claridad y una elocuencia que han desaparecido del idioma de la izquierda también condena el derecho al aborto y a la muerte digna y elegida. Los llamados evangélicos en Estados Unidos propagan el capitalismo y el racismo extremos y anuncian con júbilo el apocalipsis. A la mujer adúltera a la que Cristo disculpó hay millones de voluntarios dispuestos a ejecutarla, con una piedra en una mano y un libro de feroz monoteísmo en la otra. Antonio Muñoz Molina en el País.

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DESTRUIR LIBROS PARA ENTRENAR INTELIGENCIAS ARTIFICIALES


Parece una distopía, pero es real. Laboratorios de Silicon Valley, a través de empresas intermediarias, están comprando libros de segunda mano de todo el mundo para escanearlos y entrenar inteligencias artificiales. Los grandes modelos (ChatGPT, de OpenAI; Llama, de Meta; Claude, de Anthrophic…) necesitan de las palabras para ‘sobrevivir’ y no sufrir un estancamiento cognitivo: contra más tengan, más eficientes y precisas son. Su ‘inteligencia’, por tanto, es mayor.

En una primera fase, las conseguían en Internet de forma gratuita. Luego, cuando ya asumieron los textos que necesitaban, prosiguieron con las bibliotecas pirata online, lo que terminó con demandas por violación de derechos de autor. Surgió entonces la necesidad de buscar una nueva fuente de alimentación, que no tardaron en encontrar: los libros físicos. Estos tenían una ventaja respecto a los recursos anteriores, y es que su calidad estaba garantizada, dado que han tenido que pasar por un proceso editorial y de corrección antes de publicarse. Eso sí, para evitar al máximo nuevas demandas, no sirve un libro cualquiera. Las compras son siempre ejemplares de segunda mano que, en su mayoría, llevan tiempo en un almacén sin apenas circulación y es más fácil que estén libres de derechos.

“El problema no es la compra actual de libros, sino el tsunami que viene. El patrimonio se pierde”, dice Marçal Font

Guste más o menos que esos libros comprados se destinen a entrenar una IA –cuestiones éticas a un lado–, el verdadero problema llega luego: esos libros se destruyen. ¿Por qué? Porque, para escanearlos mejor (y de forma más rápida, no hay que olvidar que el tiempo es oro), se terminan partiendo sus lomos, lo que los convierte en no aptos para su posterior difusión. Una investigación de The Washington Post desveló a principios de año un “proyecto secreto” de la startup Anthropic, que opera la herramienta de IA Claude, para “escanear y destruir todos los libros del mundo”, según señalaba un informe interno de la compañía. Una operación, conocida como Proyecto Panamá, de la que ellos mismos admitían que preferían que fuera “secreta”.

“El problema de todo esto no es la compra actual de libros, sino el tsunami que viene. El patrimonio bibliográfico se pierde”, advierte el librero Marçal Font, al frente de la Llibreria Fènix de Badalona, durante una conversación con La Vanguardia . Fue él uno de los que dio la voz de alarma de que esta realidad ya había llegado a Catalunya tras recibir una serie de pedidos “algo extraños” entre el 30 de abril y el 8 de mayo. Todos a una misma sede de Estados Unidos para una empresa radicada en Canadá, Zoom Books. 

Se interesaban por manuales técnicos de producción de vino, actas de congresos de los años 80, dietarios de la Guerra Civil… “Libros que cuentan con pocos centenares de ejemplares, que son carne de desafección de biblioteca pública y difíciles de encontrar en cualquier otro lugar”, señala en la plataforma de newsletters Substack, donde ha publicado una investigación realizada junto a Xavier Vinaixa, director técnico de Sorensen.ai, empresa tecnológica que desarrolla soluciones de IA.

¿Se sabe a ciencia cierta que Zoom Books es una de esas empresas intermediarias que trabajan para Silicon Valley? No, pero, según apunta Vinaixa, “por los patrones irracionales de compras y gastos de envíos elevados, todo encaja con esta industria súper dopada de dinero. Es evidente que no los compran para vender”. Los libros nunca viajan a oficinas de tecnología, sino a la atención de PrepFort, un proveedor privado de logística para terceros, situado en Illinois. 

Si bien Zoom Books asegura no estar relacionada con el Proyecto Panamá, pues dicen ser una empresa que recoge, compra, dona y recicla libros usados, hay quien tuvo tiempo de hacer pantallazos de un post de su web, que explicaba que se ofrecían a laboratorios de IA como antídoto a la falta de datos y como conseguidores de facturas. Sobre este último punto, mencionaban el juicio de Bartz contra Anthropic, que creó un precedente, pues el juez dictaminó que entrenar IA con libros adquiridos legalmente (es decir, comprados y con una factura) es algo legítimo. Una información que ha sido borrada, pero que se puede llegar a rescatar si se le pregunta a las propias IAs. La Vanguardia ha intentado contactar con la entidad, pero no ha obtenido respuesta.

De todos modos, la urgencia ante este escenario es encontrar soluciones. Font y Vinaixa insisten en que esto es lo primordial. En lo que a nivel Catalunya se refiere –pero que se podía ampliar a cualquier parte del mundo–, Vinaixa es partidario de “cobrar a estas empresas por lo que quieren (los datos) y quedarnos con el patrimonio. Hacer negocio nosotros y no un intermediario”. Plantea “un consorcio catalán que ofrezca fondo documental de dominio público con metadatos limpios, contrato único, atribución y auditoría de uso” y aprovecha este reportaje para presentar proyectos como Cedulari.cat. “Por un lado es una base de datos con foco en el corpus pre-ISBN”, es decir, que no está catalogado ni consta en ningún lugar. “Y por otro es un conjunto de herramientas para grandes modelos de lenguaje que les ofrece aquello que le falta a la IA generalista: procedencia, trazabilidad y fuentes verificables”.

Vinaixa plantea “cobrar a estas empresas por los datos y quedarnos con el patrimonio”, sin intermediarios

Desde la Conselleria de Cultura, escuchan las propuestas pero recomiendan que no cunda el pánico, pues, desde el punto de vista patrimonial, “en Catalunya difícilmente se puede hablar de un riesgo de desaparición de libros editados”. Recuerdan que existe la figura del depósito legal, que obliga a editores a librar ejemplares de sus publicaciones para garantizar la conservación permanente. Varios de esos ejemplares quedan preservados en instituciones públicas, como la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca de Catalunya y las bibliotecas públicas provinciales. Igual que los libreros, aseguran asimismo no compartir la “destrucción innecesaria de libros”, y también optan por utilizar “sistemas de digitalización no destructiva”.

Ahora bien, añaden que “no se debe confundir la destrucción de algunos ejemplares comerciales con la destrucción del patrimonio bibliográfico” y concluyen que en Catalunya “existen mecanismos de preservación pública que garantizan la conservación de obras a largo plazo”. Insisten en la necesidad de “encontrar un equilibrio entre la protección de los derechos de los creadores, la preservación del patrimonio cultural y la necesidad de que lenguas como el catalán tengan una presencia significativa en las tecnologías que configurarán el futuro”.

Experiencia previa en escaneo de códigos de barras o documentos, habilidades de mecanografía rápidas y precisas (se prefiere más de 60 palabras por minuto o más de 10.000 pulsaciones por hora) y capacidad para permanecer de pie durante un turno completo de ocho horas. Estos son algunos de los requisitos que pide PrepFort para ser un escaneador. Algo que no deja de llamar la atención pues en teoría esta empresa se dedica solo a recibir millones de paquetes globales y enviarlos hacia su destino final. Lo que viene a ser un proveedor privado de logística para terceros. Los libros que compra Zoom Books se envían a este destino. La oferta de trabajo, pública en internet, está caducada, seguramente porque ya se ha contratado a alguien, pero añadía alguna cláusula más que, si bien no era obligatoria, era “deseable”, como tener capacidad para agacharse y levantar hasta 18 kg con regularidad (¿pilas de libros?) o experiencia en procesamiento de libros, sistemas de bibliotecas y gestión de pedidos de comercio electrónico. Lara Gómez Ruiz

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