BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ - ÚLTIMOS ESCRITOS

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¿Y SI CUBA VOTA VOLVER A ESPAÑA?

Si yo fuese asesor en la Moncloa y quisiera hacer méritos, aconsejaría al jefe una jugada audaz, eso que llaman un win-win (no confundir con un gin fizz): proponer a Cuba la reincorporación a España, antes de que lleguen otros y se la queden. 

¿Nos llevamos bien? Sí. ¿Hicimos algo por la isla en tiempos? ¡Construir la primera línea de ferrocarril de España y la séptima del mundo (La Habana-Güines, en 1837, once años antes que la de Barcelona a Mataró). ¿Podría Cuba asociarse a la UE? ¡No iba a ser menos que Canadá!

Al jefe le hacen falta proyectos ilusionantes y la reincorporación de Cuba a España sería un gol por la escuadra. Nada de ir en plan chulo, todo conforme al derecho internacional, el derecho humanitario y el derecho romano.

Va el jefe a Cuba con su guayabera y propone a lo que queda del castrismo –¡a buenas horas quieren reformas como las de China, iniciadas en 1978!– un referéndum de asociación a España sobre los vínculos históricos, las maracas y la afición por el mestizaje. Al fin y al cabo, la población cubana solo asciende a 9,7 millones.

Audacia, presidente: es el momento de ofrecer a Cuba que se asocie a España y a la UE

Los cubanos decidirían que ya son mayorcitos y peores tutelas han tenido (EE.UU., la URSS y Venezuela, por orden de aparición). Y el jefe adelantaría a todo el mundo por la izquierda, amén de soltarle un sopapo a la oposición.

La derecha española siempre se ha lamentado del 98, tiene abuelos a los que expropiaron fincas en Cienfuegos y podría disfrutar de la jubilación en Varadero y no en Torrelodones. Para el nacionalismo catalán, sentimental como pocos, agua de mayo: resurgirían las habaneras, los indianos y la estelada (cubana, eso sí). Y los vascos, por una vez, podrían pagarse algo.

¿Quién vería con malos ojos proponer a Cuba un vínculo permanente, a lo Puerto Rico con Estados Unidos? Nos llevamos bien y, sin saberlo, nos necesitamos porque hay amor del bueno. Y si hace falta, Barcelona le restituye la calle al almirante Cervera, ídolo del mismísimo Fidel Castro y muy respetado en Cuba.

Jefe, hágame caso. O convoca elecciones o plantea lo de Cuba. Ya le veo vitoreado en La Habana y ovacionado en las Cortes...

Joaquín Luna Morales, la foto es de Ernesto Mastrascusa / Efe

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EL SUEÑO DE TALEB BRAHIM


 El sueño de Taleb Brahim, ingeniero agrónomo saharaui: “Producir aquello que necesitamos nos ayudará a preservar nuestra dignidad”. En los campamentos de refugiados en Tinduf se han puesto en marcha desde 2002 más de 1.000 huertos familiares. Producen alimentos frescos y ayudan a la salud mental en un territorio donde la crisis climática golpea con dureza

Taleb Brahim, de 56 años, se mueve entre los estrechos corredores de su huerto con la soltura de quien conoce cada rincón. Arranca las malas hierbas, recoloca las tomateras, agarra una de las plantas y estruja con delicadeza sus flores con los dedos manchados de tierra. “Esto es una lechuga en flor. La dejamos crecer para que produzca semillas y así poder reproducir el cultivo”, dice sacudiéndose las simientes de las manos.

Estos serán pimientos; aquí tenemos albahaca, allí hinojo, aquello son zanahorias. Brahim enumera con orgullo la lista de cultivos que desafían al desierto. “Allí hay una planta de okra, ya se ve su fruto”, añade mientras señala al otro extremo del terreno cubierto con plásticos translúcidos al lado de su hogar en Smara, uno de los cinco campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia).

Este ingeniero agrónomo saharaui ha consagrado gran parte de su vida a una misión: demostrar que incluso en uno de los entornos más extremos del planeta, la hamada argelina, es posible cultivar hortalizas. Una labor hercúlea, casi utópica, que desafía al viento, la arena, al calor asfixiante, a la falta de agua y de terreno fértil.

Su huerto podría parecerse a cualquier otro, si no fuera por los montoncitos de arena rojiza acumulados junto a los bancales. “Aquí había calabacines, pero ya he recogido la cosecha. Ahora estoy preparando el terreno para plantar nuevos cultivos. Por desgracia, al poco de sembrar, toda esta zona quedó cubierta por las tormentas de arena. Tuve que retirar la acumulada y amontonarla”, cuenta resignado.

Desde 2002, se han puesto en marcha en este desierto pedregoso entre 1.200 y 1.500 huertos familiares, como forma de “resiliencia y resistencia”, explica en una entrevista con este diario durante el festival de cine FiSahara, donde participó en una mesa redonda titulada Caminando a nuestra tierra. “Producir aquello que necesitamos nos ayudará a seguir reclamando nuestros derechos. Y también a preservar nuestra dignidad como seres humanos”, expresa convencido.

Brahim es un soñador, lo repite varias veces durante la conversación, pero también, aunque parezca contradictorio, profundamente realista. “Desde 1975 dependemos de la ayuda alimentaria internacional. Llevamos ya más de 50 años en esa situación”, resume.

“No podemos simplemente decir: ‘Bien, vamos a producir nuestros propios alimentos”, continúa. “Eso requiere mucho tiempo. Muchas familias se están beneficiando de estos proyectos, pero todavía estamos lejos de alcanzar la autosuficiencia”, resume el también director nacional de Agricultura del Ministerio de Desarrollo Económico de la República Árabe Saharahui Democrática (RASD).

Producir alimentos y cuidar la salud mental: “Tenemos varios modelos de agricultura. En mi huerto trabajo principalmente con hidroponía, acuaponía y otras técnicas similares. Pero en otros proyectos utilizo agricultura convencional, permacultura y sistemas agroecológicos”, explica. La mayoría de los huertos se encuentran en los campamentos de Dajla y El Aaiún, donde hay algo de agua subterránea. “También hay algunos en Smara, aunque en menor número. Estoy intentando desarrollar sistemas adaptados para Smara, Auserd y Bojador, ya que allí no disponen de suficiente agua”, continúa.

Los huertos no utilizan fertilizantes químicos: “Son perjudiciales y, además, son muy caros. No podemos permitírnoslos”. “La mayoría de los pesticidas que empleamos actualmente provienen del patrimonio y los conocimientos tradicionales saharauis”, relata. “Hemos utilizado distintas plantas y otros productos para tratar infecciones o proteger muebles y otros objetos de los insectos. Ahora usamos esas preparaciones en nuestros huertos. Además, cultivamos especies con propiedades repelentes naturales o cuyo olor resulta desagradable para los insectos”, añade.

Los comienzos no fueron fáciles. El principal desafío no era técnico, recuerda, sino cultural. “Para trabajar con la gente hay que cambiar mentalidades”, explica. “Cuando empecé a trabajar con familias en 2002, mucha gente creía que era una idea descabellada. Decían: ‘Eso no se puede hacer. Nosotros no somos gente que cultive plantas. Somos nómadas y solo sabemos pastorear nuestros animales’. Pero ahora, 24 años después, tenemos más de 1.000 huertos repartidos por los distintos campamentos. Ya no se debate si podemos cultivar o no”, cuenta. “La cuestión ahora es cómo resolver los problemas que tienen esos huertos y hacerlos más productivos”.

Además de producir alimentos, los huertos cumplen otra función para los refugiados saharauis, instalados desde hace 50 años en los campamentos de Tinduf después de abandonar el Sáhara Occidental tras la ocupación marroquí del territorio. “Es bueno para la salud mental. Estás atrapado en un lugar como este, donde solo ves el color marrón y hueles el polvo, pero cuando sales al jardín ves colores diferentes y tienes plantas aromáticas, por lo que puedes oler la menta e incluso escuchas el murmullo del agua regresando desde los bancales hasta el depósito”, detalla.

Uno de sus últimos proyectos son las cúpulas verdes. “Es una combinación de hidroponía, acuaponía y una cubierta vegetal que rodea la estructura, actúa como cortavientos y proporciona sombra. Además, son plantas de hoja caduca y pierden sus hojas en invierno. Así la radiación solar puede penetrar en el interior y hacer que la cúpula sea más cálida. En verano, en cambio, desarrollan hojas que generan sombra, manteniendo la temperatura dentro de la cúpula más baja y aumentando la humedad. Se crea un microclima favorable dentro del huerto, lo que ayuda a producir cultivos durante todo el año”, explica.

Muchas familias se están beneficiando de estos proyectos, pero todavía estamos lejos de alcanzar la autosuficiencia

En el interior de la estructura semicircular, unas tilapias nadan en un pequeño estanque. “Peces en el desierto. Es algo extraordinario”, dice Brahim. Hay plantadas zanahorias, ajos, geranios, remolachas, lavanda, rúcula e hinojo. Incluso un limonero enano que pronto empezará a dar flores y frutos. Los primeros brotes de una planta trepadora se agarran a la estructura, alzándose poco a poco por los metales de la cúpula.

La cúpula, uno de los últimos proyectos de Taleb Brahim, en el campamento de Smara, en Tinduf, Argelia. Mònica Torres

En su huerto y en la cúpula, utiliza un sistema hidropónico, una tecnología de recirculación que permite ahorrar agua: y que no necesita mucha tierra. No es la única cúpula en Smara, donde hay un total de cinco y pronto llegarán a 10. Los resultados, de momento, han sido positivos. “Las familias participantes obtuvieron buenas cosechas este año”, explica.

Taleb Brahim persigue ahora un nuevo sueño. Su idea es instalar condensadores capaces de recoger la humedad del aire y transformarla en agua para alimentar el depósito de su huerto. “Quizá algún día no necesite traer agua desde fuera”, afirma. “Es un sueño. No sé cuándo lo alcanzaré, pero estoy convencido de que algún día lo lograré. Y si no llego a verlo hecho realidad, al menos habré dejado el trabajo avanzado para los que vengan después de mí“.

Taleb Brahim, es un ingeniero saharaui que investiga cómo producir alimentos a través de huertos en condiciones extremas como las que se viven en los campamentos saharauis de Tinduf (Argelia), en una foto tomada el 1 de mayo de 2026 en su huerto en Smara, por Mònica Torres. Silvia Laboreo Longás en el País,

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CONTRA UN APOCALIPSIS LABORAL


En su encíclica Magnifica humanitas, el papa León XIV muestra una profunda preocupación por cómo los avances en la inteligencia artificial (IA) pueden terminar debilitando el valor del trabajo humano. No está solo. Son muchos, especialmente desde dentro de la industria, los que muestran una visión apocalíptica del futuro del empleo. Sin ir más lejos, Dario Amodei, fundador de Anthropic, ha declarado que la IA podría destruir en poco tiempo hasta la mitad de los empleos de oficina. En España, en general, cuesta mucho encontrar voces en los debates públicos que digan cosas positivas sobre la IA.

Cualquiera que haya utilizado estas herramientas de forma mínimamente sofisticada entiende por qué estas advertencias resultan plausibles. En casi cualquier ámbito que podamos imaginar —desde el diseño de producto hasta la economía matemática, pasando por la abogacía o la investigación de materiales— tareas cognitivas que antes requerían horas de trabajo especializado hoy pueden completarse en minutos. Pero, ¿nos enfrentamos efectivamente al apocalipsis del empleo que algunos vaticinan? La realidad es que no lo sabemos. Pero pensar desde la economía puede ayudarnos a tener algunas claves para ser algo más optimistas.

Lo primero es que debemos dejar de pensar en términos de empleos y pensar en términos de tareas. Como explica muy bien Luis Garicano en su libro de reciente publicación Messy Jobs (“Trabajos caóticos”), los trabajos raramente consisten en hacer solamente una tarea. Y la exposición a la IA de las diferentes tareas que hacemos a lo largo de nuestra jornada puede variar mucho. Por ejemplo, piensen en un abogado. Es muy probable que una parte importante de las tareas que hacen abogados como resumir jurisprudencia o redactar denuncias vayan a ser automatizadas. Sin embargo, un abogado tiene que hacer muchas más cosas en un día: convencer a clientes para que le contraten, elegir los argumentos relevantes in situ para persuadir a un jurado o motivar a su equipo para trabajar duro.

Puede ser que esta nueva ola de automatización contribuya a premiar el juicio experto (como predicen Autor y Thompson) o las habilidades sociales. Sin duda, cambiará y mucho el tipo de tareas que los abogados realicen en un día —pasarán más tiempo revisando documentos que redactándolos, por ejemplo—. Pero eso es muy diferente a afirmar que esos trabajos van a desaparecer.

Un segundo argumento está relacionado con lo que los economistas llamamos la elasticidad de la demanda. Cuando una innovación hace que los precios caigan, la demanda puede reaccionar de diferentes maneras. En muchos casos, un precio más bajo puede llevar a que muchas más personas estén interesadas en comprar. El ejemplo clásico es el del transporte aéreo. A mediados del siglo pasado, volar en avión era muy caro. Sin embargo, al reducirse los costes, millones de personas nuevas empezaron a volar. El resultado fue un enorme aumento del tráfico aéreo y un montón de nuevos empleos creados en el sector.

Algo parecido puede estar pasando con el software y la demanda de programadores. Herramientas como Claude Code o Codex han reducido enormemente el coste de desarrollar software. Los propios creadores de Claude declaran que su código lo hace dicha herramienta de manera autónoma en un 80%. Es una transformación brutal. La intuición nos dice que estos cambios deberían llevar asociados una destrucción masiva de empleos. Sin embargo, aunque hay indicios de algunos efectos negativos en los trabajadores más jóvenes, no existe aún evidencia de impacto negativo en el empleo agregado de los programadores.

¿Por qué? Una posible explicación es que, al abaratarse el software, aumenta también su demanda. Por ejemplo, una pyme puede optar ahora por tener una página web mucho más potente, desarrollar nuevas aplicaciones internas o pensar en nuevos productos que antes no podía soñar. Lo relevante para el futuro del empleo de los programadores no es cuántos vamos a necesitar para hacer lo que hacíamos ayer, sino cuántos vamos a necesitar en un futuro dada la demanda al nuevo precio.

Hay un tercer argumento, relacionado con el anterior, que ha investigado en profundidad Alex Imas, de la Universidad de Chicago. Cuando una tecnología abarata mucho los costes, las personas pueden optar por usar esa renta liberada para consumir más de ese bien, pero también para comprar más de otras cosas. Imas usa el ejemplo de la agricultura: cuando su coste se fue abaratando con los progresivos cambios tecnológicos, no continuamos comiendo cada vez más. En un momento determinado, decidimos usar esa renta adicional en otras actividades, como el ocio o los cuidados. A medida que la IA vaya abaratando tareas intelectuales, según Imas, aumentará el valor de las actividades relacionales, puesto que lo humano —un médico que nos escucha o un profesor que nos motiva— será lo escaso. Aunque caiga la demanda de empleo en algunas áreas, crecerá en otras.

Esto tiene que ver con un cuarto argumento: la falacia de la cantidad fija de trabajo (lump of labor fallacy). Los humanos tendemos a centrar el foco en los trabajos que existen hoy y nos cuesta imaginar nuevas tareas o empleos que esa tecnología pueda generar. David Autor y otros investigadores muestran en un análisis con datos del censo estadounidense de un periodo de casi 80 años que alrededor de un 60% del empleo en 2014 se encontraba en ocupaciones que no existían en 1940. Imaginen: ¡en 1940 faltaban 30 años para los primeros ordenadores!

La prueba del algodón de esta realidad económica es la evolución de la población activa (el número total de personas que trabajan). A pesar de los gigantescos cambios tecnológicos, cada vez tenemos más personas ocupadas. En EE UU trabajaban aproximadamente 29 millones de personas en 1900 y hoy superan los 160 millones. La tecnología destruye tareas, pero también crea nuevas tareas, innovaciones y nuevas fuentes de demanda de empleo.

En muchos de esos empleos, el humano es el cuello de botella. Esa es la idea del O Ring, en alusión al desastre del transbordador espacial Challenger en 1986: al fallar una simple junta de goma (un o-ring), estalló toda la nave. Aplicada a la IA, la idea es que no basta con que el 95% de las tareas de un empleo se puedan automatizar. Si un humano es imprescindible para realizar el 5% restante, entonces ese empleo no se va a automatizar. Por ejemplo, si se automatiza el trabajo de cálculo de estructuras de un ingeniero, pero un humano sigue siendo el cuello de botella para revisar los cálculos o poner la firma para hacerse responsable jurídicamente del proyecto, su valor resulta insustituible.

Finalmente, los cambios suelen ser más lentos de lo que a primera vista puede parecer. Eso es lo que el economista de la Universidad de Standford Eric Brynjolfsson llama la curva J de productividad. En revoluciones previas con otras tecnologías de uso general, los cambios en la productividad tardaron mucho tiempo en verse (el rabito de la J). No es suficiente con inventar una tecnología, sino que ha de integrarse en los complejísimos entramados organizativos humanos: regulaciones, incentivos, gobiernos... Además, no basta con la primera ola de innovaciones. Para que haya cambios en el empleo y la productividad profundos ha de haber emprendedores que arriesguen y fracasen desarrollando tecnologías complementarias y aplicaciones diversas para, por ejemplo, crear un motor de combustión para automóviles que sea competitivo. Eso hace que la transición sea inevitablemente incremental y progresiva. Los ordenadores estaban disponibles desde los años setenta, pero las cifras de productividad no empezaron a cambiar hasta principios de este siglo.

Estos argumentos no son en ningún caso una invitación a la complacencia. Los efectos de la IA en el empleo resultarán sin duda muy profundos. Pero quizás el shock será menos catastrófico de lo que algunos pontifican. ElPaís.

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PALANTE, CON TOGAS Y A LO LOCO


Por fin el juez peinado ha concluido su investigación sobre Begoña Gómez y enviado el asunto a juicio. Acaban más de dos años de instrucción, en los que de manera irregular se han ido investigando y descartando sucesivamente numerosos delitos. Si alguien esperaba que su señoría fuera a despachar este último trámite sin una sonora campanada, no ha entendido de qué va el asunto. Joaquín Urías en el diario.es

Cualquiera que haya seguido este procedimiento casi inquisitorial plagado de errores y disparates jurídicos puede razonablemente tener la impresión de que su objetivo principal no es la realización de la justicia. Hay razones de sobra para que gran parte de la ciudadanía sospeche que de lo que se trata en realidad es de intentar tumbar al gobierno.

El empeño del instructor en hurgar en cada detalle de la vida de la esposa del presidente del Gobierno en busca de posibles actos reprobables está fuera de toda duda. Comenzó siendo investigada por recortes de prensa que le atribuían haber participado en la concesión del rescate estatal a una línea aérea. En el auto de 84 páginas que acabamos de conocer no queda rastro de aquello. Se le acusa, en cambio, de haber conseguido una cátedra en la Universidad Complutense de Madrid, de haber registrado a su nombre un software elaborado en ese marco y de que la asistente de la que dispone para su tarea institucional se dedicará también a ayudarla en cuestiones privadas. Las pruebas son esencialmente inconsistentes en todos los delitos. En todo caso, su fundamento tendrá ya que discutirse en un juicio.

Lo que ha llamado la atención, más allá de las acusaciones, es la instrucción en sí misma. A veces ha dado la impresión de que el manejo de los tiempos por este juez peculiar obedeciera al deseo de dañar la fama y la reputación del presidente del Gobierno. Llegó a forzarlo a declarar en un trámite que no aportaba nada a la causa y cuyas imágenes fueron inmediatamente filtradas sin que el magistrado tomará ninguna medida para impedirlo o castigarlo. Incluso imputó sin base alguna al mismísimo ministro de Justicia, en una resolución corregida por la Audiencia Provincial que parecía tener más de vendetta que de Justicia. En fin, los indicios de contaminación política son tantos y tan espectaculares que no merece la pena mencionarlos en detalle.

Con estos antecedentes era de prever que su actuación terminara con unos fuegos artificiales a la altura del personaje. Sobre todo en una semana en la que se empezaba a hablar de nuevo de las presuntas corruptelas de la pareja de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Así ha sido: el instructor ha decidido nada menos que retirarle el pasaporte a la mujer del presidente del Gobierno.

La decisión es difícil de defender con las leyes en la mano. Resulta obvio recordar que no es una sanción. Begoña Gómez no puede ser castigada por nada, puesto que mantiene incólume su presunción de inocencia. Privarla de su pasaporte es tan solo una medida de cautela para asegurar que se la pueda juzgar en su momento, reduciendo el riesgo de fuga.

Sin embargo, constitucionalmente constituye una restricción de derechos fundamentales. Eso significa que solo puede imponerse si realmente es necesaria, no cabe otra opción menos lesiva y no resulta desproporcionada para el fin que se persigue. Nada de eso se cumple en este caso.

Por un lado, el propio juez reconoce que, incluso en la eventualidad de que la señora Gómez fuera hallada culpable de sus delitos, eso no implicaría necesariamente su entrada en prisión. De otra parte, la mera obligación de acudir a firmar al juzgado cada dos semanas serviría de manera similar para esa finalidad. Más allá, parece a todas luces evidente que el riesgo de fuga en este caso es prácticamente nulo.

En ninguna cabeza razonable cabe la idea de que la mujer del presidente del Gobierno en ejercicio huya por sorpresa a algún país lejano. Sus funciones públicas y el impacto que ello tendría en el cargo de su cónyuge hacen que se trate de una hipótesis fantasiosa. En el peor de los casos, resulta que esta señora está todo el día controlada y protegida por agentes de policía. Todo esto lo sabe el juez y lo contesta con el único argumento de que la policía no es de fiar y podría ayudarla a escapar. Un nuevo dislate jurídico de los suyos.

Seguramente sea absurdo rebatir jurídicamente su decisión y evidenciar por qué carece de todo respaldo normativo. Ante la sensación de que se trata de una instrucción con finalidad esencialmente política, los argumentos jurídicos tienen muy poco peso.

Desde esa perspectiva, la decisión del magistrado Peinado supone una gravísima intromisión en el poder ejecutivo . La retirada del pasaporte de Begoña Gómez impide que pueda participar en eventos internacionales a los que sea invitada con su pareja. Se evidenciará así, incluso visualmente, la soledad del presidente del Gobierno, dando pie a que se extienda por la ciudadanía y los medios, incluso internacionales, la impresión de que se trata de un gobernante corrupto. Al juez le correspondía dirigir la instrucción con el máximo respeto a los derechos de las personas, incluidas la fama y la reputación de quien aún es inocente y de sus familias. Parece que no ha sido capaz.

Los jueces de instrucción gozan en nuestro sistema de un poder prácticamente ilimitado. Eso es así porque nuestro sistema está pensado para un modelo de jueces responsables y con capacidad de autolimitación. Algo desgraciadamente más escaso cada día en nuestro país.

No es un problema solo del juez Peinado. Gran parte de la judicatura española no tiene ningún escrúpulo en salir a la calle a participar en manifestaciones políticas ultras vestida con sus togas. Entre nuestros jueces se ha convertido en costumbre presumir en espacios públicos y redes sociales de su ideología conservadora. Lo mismo se niegan a aplicar leyes aprobadas por el Parlamento que aplican diferente vara de medir en sus decisiones según su coincidencia ideológica con los afectados. A la vista de todo ello uno diría que son muchos los que de entre ellos han renunciado a actuar con la necesaria imparcialidad.

En este contexto, se hace muy difícil salir a defender a un juez de instrucción cuyas decisiones, por lo que sea, coinciden, además, con las instrucciones de un oscuro personaje que anunció hace tiempo que Begoña iba p'alante.

Tenemos, pues, un problema con la justicia. Multitud de magistrados y magistradas parecen empeñados con togas y a lo loco en una campaña de desprestigio contra su profesión. Quieren ser obedecidos por su posición, pero han renunciado a toda autoridad moral y legitimación de ejercicio. Es un problema sin solución: no hay alternativa, más que esperar que aprendan a autolimitarse y comportarse como exige su cargo. Cualquier tentación de controlar a los jueces desde fuera nos acerca a la autocracia, así que solo queda esperar por jueces más imparciales.

La interferencia en las funciones del presidente del Gobierno, alterando su agenda y dañando injustificadamente su reputación, puede ser corregida. Contra la decisión cabe recurso. En todo caso, son malos momentos para la democracia.

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LA IA YA ESCRIBE NOVELAS Y POEMAS


La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito de la escritura plantea un dilema crucial: ¿seguirá siendo literatura?, se pregunta Josep Maria Nadal Suau, crítico literario en El País . La IA es hoy el tabú y el terror de la literatura. Cuando la premio Nobel Olga Tokarczuk confesó que la utiliza para investigar o incluso testear estructuras, el templo se partió en dos, y vuelve a hacerlo cada vez que un relato premiado levanta sospechas de haber sido intervenido por algoritmos. Sin embargo, la IA ya no dejará jamás de ser un agente real operando en el mundo, y es en ese mundo en el que escribiremos. A medio y largo plazo, resulta imposible especular con lo que ocurrirá, pero a corto plazo (tan corto que ya estamos ahí) diría que van a convivir tres fenómenos: la escritura de IA, la escritura con IA y la escritura sin IA. Debemos exigir, mientras aún sea posible, que nadie nos cuele una cosa por otra.

Por supuesto que la IA escribirá (ya escribe) artículos, papers, novelas, poemas. Lo hará, además, con cierto grado de competencia, puesto que la mayor parte de la producción escrita responde a fórmulas predecibles. Esto resulta evidente en la literatura comercial rutinaria, basada en repetir tramas, arquetipos o escenas, pero también en la literatura “de prestigio” convencional. En ambos casos, el mercado, sea mainstream o de nicho, le plantea en la práctica prompts ineludibles al autor, al exigir tal tipo de confesiones, giros narrativos o discursos de fondo. Si hablamos de la ficción literaria (esa redundancia anglosajona tonta, pero útil), a eso se añaden los tics que imponen las escuelas de escritura y, sobre todo, los requisitos de las becas de creación, esos paliativos insuficientes de la pobreza, que poco a poco están obligando a que todos los libros parezcan escritos por una sola voz dando vueltas a los mismos temas, imaginario y bibliografía. No parece descabellado que un estándar medio de calidad, homologable en ambas circunscripciones, esté al alcance de Claude —otra cosa son las obras excepcionales—.

Pero aquí topamos con una paradoja. Para que la IA escriba, alguien tiene que proporcionarle directrices que le expliquen qué escribir. De hecho, la escritura de IA implica la aparición de un nuevo género extraño, el prompt, una forma breve de escritura humana que exige precisión, especificidad, y síntesis, eso sí, alejada radicalmente de lo que siempre habíamos considerado literatura. En semejante proceso, ¿el prompt es escritura subsidiaria o central?

La escritura sin IA se irá convirtiendo en escritura contra la IA, obligada a estudiar sus marcas de autoría para esquivarlas.

En segundo lugar, existe la escritura con IA. Me temo que, si hiciéramos una macroencuesta entre periodistas, guionistas, académicos o novelistas suministrándoles una buena dosis previa de Pentotal, pronto descubriríamos que esta ya es hoy la forma de escritura hegemónica: el autor escribe con autonomía, pero acude al chatbot para acelerar el estudio previo, proponer frases o pasajes alternativos para escoger el mejor, corregir ortografía o gramática, someter un inédito a escrutinio, etcétera. ¿Hasta qué punto podrán un lector o un programa fiscalizar esta clase de operaciones? Soy escéptico al respecto.

La escritura con IA tampoco es inocente ni aséptica, y tendrá consecuencias: aplanamiento del estilo, homogenización del trasfondo ideológico, pérdida del control del lenguaje. Por otro lado, parece complicado que la industria y sus trabajadores renuncien indefinidamente a una herramienta tan poderosa. Es aquí donde se sustentan el tabú y el terror, en la vergüenza de admitirlo y en el recelo que despierta la amenaza de que el proceso creativo, por mucho que lo parapetemos tras una mística ancestral, se acabe revelando un hecho tan estadístico y automatizable como otro cualquiera.

Claro que la hipótesis verdaderamente provocativa sería que una colaboración intensa entre la IA y el creador ofreciera posibilidades literarias no ya legítimas, sino estimulantes. De momento, los intentos han sido escasos y decepcionantes, pero no sé si eso significa que vayan a serlo indefinidamente. La clave estará en cómo se aborda el proceso, que es lo único importante en la creación artística.

Por último, la escritura sin IA sobrevivirá en busca de un territorio propio, de unas señas de identidad inconfundibles. De momento, la escritura sin IA es la única que los actores del mundo literario (autores, editores, lectores, libreros, críticos) consideramos legítima, en un consenso que todavía no presenta desgaste. Pero no me extrañaría que en breve tenga que conformarse con ser solo la más prestigiosa. Minoritaria, anticomercial, signo de resistencia, ubicada ahí donde la industria del libro adopta formas y cifras artesanales.

En ese panorama, las prácticas más disruptivas serán las más conservacionistas, y a medida que el mercado y las instituciones normalicen el empleo del algoritmo, la escritura sin IA se irá convirtiendo en una escritura contra la IA, es decir, una escritura obligada a estudiar las marcas de autoría de la IA para esquivarlas y confrontarlas con aquello que un humano siga pudiendo escribir por sí solo, y que se parecerá mucho al error, a la reivindicación del error. La perfección siempre ha sido un objetivo artístico un tanto banal, pero estamos a las puertas de que se convierta en un rasgo directamente sospechoso. Así, escribiremos sin IA, de acuerdo, pero con la IA teniendo un papel activo en nuestro trabajo, condicionándolo, haciéndose presente en forma de ausencia forzada, definiendo lo literario como su negativo. Entonces, lo que haremos, ¿seguirá siendo literatura? Porque lo que no va a ocurrir es que volvamos a un mundo sin IA.

O tal vez haya margen para ciertas alternativas al bucle. Un escritor podría (sin dejar de serlo, ¡menuda alquimia!) no escribir, convertir su propia escritura en ausencia activa. O renunciar a leer su contemporaneidad, aislándose en una cabaña. O no publicar, en un gesto que impugnase las condiciones del juego. Sin embargo, si una literatura no se concreta, no se pregunta por cuánto le rodea ni se comunica, ¿sigue siendo literatura? Al parecer, en el siglo XXI todo conduce a la pregunta por la supervivencia.

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LAS POSESIONES DE LOS INDIGENTES


 No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado, como ya hace Madrid con las personas sin hogar. Desposeído de un espacio propio con muros o cortinas que lo protejan, habitando una perpetua intemperie a la vista de todos, el indigente disfruta de una intimidad paradójica, porque nadie lo mira, y ni siquiera registra su existencia, a no ser los guardias que lo despiertan al amanecer en el banco de un parque, o los bárbaros beodos que amenizan una noche de juerga jugando a prenderle fuego. 

Que la Policía Municipal vaya al amanecer de banco en banco del Retiro sacudiendo a los mendigos dormidos quizás tenga la finalidad moral de disuadirlos de la pereza, según el precepto de que a quien madruga, Dios le ayuda. En mi desnortada juventud, a los mochileros que pernoctábamos malamente en el suelo de las estaciones de ferrocarril italianas, los carabinieri nos expulsaban sin miramientos en cuanto amanecía. Gracias a eso, tuve una vez el privilegio imborrable de caminar por una Florencia desierta con las primeras claridades violetas de una mañana de agosto, con el estómago vacío, el pelo sucio y el espíritu exaltado, llegando por puro azar a la plaza de Santa Croce, delante de los mármoles como de fichas de dominó de la iglesia. Providencialmente, estaba levantándose la persiana metálica de un café en el que el amigo que me acompañaba y yo pudimos tomarnos un capuchino que nos confortó el alma y nos saqueó nuestra mísera bolsa compartida. Todo era tan caro y nosotros tan pobres que nos alimentábamos de cartones de leche, mortadela y pan. En las afueras de las ciudades buscábamos los campings para plantar al lado nuestra tienda. Lo más fatigoso era levantarla todas las mañanas, llenar las dos mochilas con nuestro equipaje, ir a dejarlo hasta la noche en la consigna de la estación. No tener casa era llevarla siempre encima.

Yo también aparto la vista cuando paso cerca de las madrigueras de los indigentes, pero los miro de soslayo, y cuando ellos no miran, me fijo en las cosas que tienen, en sus tentativas o simulacros de vida doméstica. A veces sigo a alguno cuando emigra de un lado a otro empujando su carro tambaleante de supermercado, colmado hasta arriba de todo tipo de cosas, bolsas de ropa, pares colgantes de zapatos, un colchón mugriento, un saco de dormir. Los indigentes parecen nómadas, pero en realidad tienen el mismo apego al sedentarismo que nosotros, los que vivimos al otro lado de la frontera invisible delante de la cual se extinguen las miradas. Aparecen un día en una esquina, en un cierto banco, arrastrando una maleta demasiado grande, o cargando una escueta mochila, y allí se quedan; rondan por las calles cercanas, y alguno toma tanta confianza que, si hace buen tiempo, tiende su colchón en medio de la acera, con una bolsa o una almohada sin funda como cabecero, y ahí se tumba con las dos manos en la nuca, en la intimidad de su dormitorio sin paredes, quizás con un brillo de delirio o de alcohol en los ojos entrecerrados.

En mi vecindario de clase media creo que los conozco de vista a todos, y es probable que ellos me conozcan a mí. Llegó uno nuevo hace años, arrastrando una maleta enorme, sin ruedas, y se instaló en un banco, sobre el que tenía siempre una pila de libros muy usados, que se pasaba gran parte del día leyendo. Le di una vez algo de dinero, y me contó su vida. Hablaba español con la solvencia peculiar de los inmigrantes rumanos. Me dijo que era ingeniero, y que una serie de desgracias, entre las que se incluían el matrimonio roto y el alcohol, lo habían expulsado a la calle. A veces me veía y a veces no. Nos cruzábamos y él iba arrastrando su maleta excesiva, con el agobio de quien ha acumulado más cosas de las que en realidad necesita, avaro y codicioso de su misma indigencia. En Nueva York hay homeless que son así, que llenan tanto los carros metálicos que apenas pueden empujarlos, de modo que parece que viven esclavizados por ellos, como los millonarios aplastados por lo descomunal de sus fortunas. Volví a ver al exingeniero rumano en una acera más ancha, en una zona de más pujanza, la calle de Alcalá. Ahora, los libros los tenía desplegados sobre un banco y sobre una parte de la acera, no sé si con el propósito de vender alguno, con una ambición de progreso en su miseria, el pelo y la barba ahora más desordenados, los ojos más huidizos, como en un descenso gradual hacia la locura.

Hay otro vecino a la intemperie en quien he observado un declive semejante. Hace unos años, lo veía sentado tras la repisa de un café que daba a la calle, junto al ventanal, escribiendo siempre en una libreta, muy absorto. Tomaba un café con leche, y tenía junto a él una pequeña maleta y un maletín de ángulos metálicos, como de ejecutivo. Por las noches lo veía, siempre solo, mirando la televisión en un bar de tapas y raciones, siempre con el cuaderno, con una taza al lado, nunca un plato de comida. Ahora la maleta es más grande, y más deteriorada. El maletín ha desaparecido. El hombre tiene mucho peor aspecto, y ya no lo veo entrar a los bares. Una noche lo descubrí tapando con unos cartones el rincón de acceso al semisótano de una tienda de cosméticos. Ahora lo veo allí cada noche, encogido tras la pantalla de cartones, con su maleta, sus cartapacios como de archivadores, las extrañas láminas en las que escribe columnas de números y listas de palabras. Resulta que era eso lo que escribía cuando yo lo imaginaba poseído por una solitaria inspiración.

No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado. Álvaro Sánchez-Martín ha contado en el periódico la historia de Badr El Merroun, un muchacho marroquí de 19 años que llegó a España en patera cuando tenía 14, y que en el tiempo que lleva en la calle ha aprendido unas cuantas habilidades necesarias para la supervivencia. Sabe que en los barrios de la periferia es más fácil encontrar ropa en los contenedores, pero que la comida es más abundante en los cubos de basura del centro de Madrid, aunque también es mayor la competencia: hay más gente rebuscando, y es probable que otro indigente te robe lo que poseías. Pero el peligro mayor, según la experiencia precoz de El Merroun, son los servicios municipales de limpieza. El Ayuntamiento de Madrid no le ofrece plaza en un albergue, ni acceso a los servicios sociales; la Comunidad ha establecido que los extranjeros no empadronados no tienen derecho a la tarjeta de transporte. Pero, según una nueva directiva municipal, los servicios de limpieza están autorizados a quitarles sus pertenencias a los indigentes, y a tirarlas sin que ellos estén delante. Es una perversidad administrativa parecida a la de poner bancos con extrañas formas oblicuas en las calles, o en forma de sillones, con el fin de que se luzca algún diseñador afecto al municipio y se lucre algún concejal o allegado; y también, sobre todo, para que quienes no tienen casa ni tienen nada tampoco tengan un banco en el que tenderse, igual que se ponen pinchos o excrecencias metálicas en escalones o bordillos en los que pudiera sentarse una persona exhausta que no puede pagarse una silla en un bar.

Dice Badr El Merroun que a él le han quitado y tirado tres veces las cosas que tenía. “Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre”, escribe Sánchez-Martín. En el Madrid de los especuladores urbanos y los ricachones eximidos de pagar impuestos, donde las aceras de todos desaparecen bajo la invasión de las terrazas, y las calles son pistas de velocidad para coches y motos de lujo, verse forzado a dormir en la calle cuando no se tiene dinero ni para alquilar la más pobre habitación ya no es la última ignominia. Vigilaré esta noche por si a mi vecino sin techo lo han desahuciado de su domicilio de cartones. Antonio Muñoz Molina.


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CRÓNICA DE UN ERROR JUDICIAL


 El dos de mayo de 2025 publicaba este escrito:" Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib fueron condenados por varias violaciones que no cometieron. El segundo murió en prisión, y el primero ha pasado 15 años de su vida, aunque su inocencia fue demostrada cuando ya había cumplido seis de condena ahora. Ese error judicial terrible. Cinco magistrados han decidido que ese hombre, cuya vida cambió para siempre, no merece que le sea restituida la inocencia y que el Estado compense el mal que le ha causado. 

Pero un año más tarde, la justicia hizo justicia y  condenó al Estado a indemnizarle con 2,5 millones de euros por el calvario que le hizo pasar por unas condenas injustas y 15 años de cárcel.

Ahmed Tommouhi no varió ayer la rutina de las últimas semanas. A las seis y media de la tarde, tras la oración y tomar sus medicinas, salió con la silla de ruedas de la casa en la que reside con la familia de una de sus hijas y se fue a la plaza de Sant Pere de Riudebitlles (Barcelona). Su abogada, Celia Carbonell, le había asaltado por teléfono por la mañana: “¡Ahmed, que eres rico!”, le dijo para comunicarle la sentencia del Tribunal Supremo que condena al Estado a indemnizarle con 2,5 millones de euros por el calvario que le hizo pasar por unas condenas. Pero al fin se ha hecho justicia”, le respondió sin aparente emoción a la abogada.

El propio pragmatismo gastaba horas después respecto al ingreso que un día de éstos recibirá en su cuenta corriente. Después de años de asumir distintas condenas que para nada le correspondían –“por errores o por racismo”, dice–, ahora señala con sus dos dedos índice a su testa como la fórmula que le ha permitido sobrevivir a una situación que para otros podría haber sido inasumible. "La cuestión", defiende", "es ser rico en la cabeza, templado, con o sin dinero, cuando sales de la cárcel después de haber estado allí muchos años".

Este hombre de 75 años que niega ser “valiente” pero sí capaz de “aguantar” los embates de la vida visita la plaza del pueblo a diario para intentar no perder el tono después de que en verano de 2024 tuvieran que amputarle la pierna izquierda y en abril le volvieran a operar para salvarle la derecha. Sufre problemas de circulación, diabetes y ha sufrido varios infartos. Carbonell cree que ha terminado somatizando el sufrimiento, una versión que él no confirma, pero que tampoco niega tras una sonrisa algo forzada. Si el Supremo le ha dado la razón es porque considera que fue víctima de un error judicial "inequívoco y calificado", ya que el tribunal obvió una prueba pericial biológica cuyo resultado era incompatible con la autoría de las violaciones por las que lo condenaron. El Supremo anuló su condena tras una búsqueda periodística después de que él defendiera siempre su inocencia y mostrara la misma tozudez que con las muletas para defenderse: siempre se negó a participar en terapias para agresores sexuales. Pese a que le habrían ayudado a reducir la pena, era su forma de defender su inocencia hasta el final.

Siempre se sintió inocente, pero el fallo que dio a conocer ayer el Supremo cree que es un paso más en quitarle la mácula. Porque "ahora la justicia está un poco más limpia" y porque la sentencia no sólo le concierne a él: "La gente que desea justicia hoy también debe estar feliz". Y no se refiere solo al dinero, porque, pese a la cuantía, él lamenta que esos 2,5 millones de euros no le permitirán recuperar "la juventud, ni la vida, ni todo el tiempo que no pude pasar con mis hijos y que me robaron". A su mujer, que vive en Marruecos y ahora está unos días en Sant Pere de Riudebitlles, un pequeño municipio de apenas 2.500 habitantes, apenas lo ha visto en todo este tiempo ya una de sus tres hijos (residente en Marruecos) lleva 33 años sin verla. Su nieto Sohaib dice que siempre ha explicado que fue él quien puso distancia por la dificultad de, en su situación, poder dar explicaciones cuando ingresó en prisión con 40 años.

Su vida seguirá siendo la misma. Dice que con ese dinero intentará buscar un piso al que pueda acceder con su silla de ruedas, que ahora le obliga a estar en el garaje de la casa de su hija, que su yerno, albañil como él, le ha adaptado. No sabe dónde. Sohaib dice que le echará de menos después de tantos años compartiendo casa. "Repite las mismas historias, pero es verdad que ha vivido poco", suelta con dos frases que mezclan sorna con realidad. Para el abuelo, la última decisión judicial, como los demás que declararon su inocencia, le devuelve el "honor", aunque queda lo peor. Porque “de la pesadilla no se sale nunca, se olvida un poco, pero la pesadilla…” Con información de El  País .

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MAQUIAVELO Y LA CORRUPCIÓN


 La corrupción es el uso ilegítimo del poder o de los medios públicos para obtener un beneficio privado. Este fenómeno incluye prácticas como el cohecho, la malversación y el tráfico de influencias. Es un problema estructural que afecta a las administraciones ya la confianza ciudadana a nivel global.

"Maquiavelo no se centró en estudiar la corrupción desde una perspectiva moral idealista, sino que la analizó con un enfoque completamente pragmático y realista. Maquiavelo entendía que el hombre, por naturaleza, es egoísta y está motivado por intereses personales. Esa inclinación hacía que las instituciones y los políticos se volvieran vulnerables ante actitudes de corrupciones. inevitable, y es parte intrínseca de la conducta humana y la vida política.

Para Maquiavelo, los actos corruptos no eran meramente defectos morales aislados, sino elementos capaces de socavar la estructura del poder y la estabilidad del Estado. La corrupción favorecía el desorden y la incapacidad de los gobernantes para actuar firmemente frente a las amenazas, lo que podía llevar, a la larga, a la decadencia de la república o principado.

Una de las aportaciones decisivas de Maquiavelo fue establecer que la política opera en una esfera aparte de la moral tradicional. En este sentido, los gobernantes deben priorizar la eficacia y preservación del Estado, aunque ello signifique adoptar medidas que puedan considerarse cuestionables desde una perspectiva ética. Ante la corrupción, el gobernante prudente debe estar dispuesto a tomar decisiones impactantes, puesto que, por él, la finalidad de mantener el orden y la estabilidad a veces justifica la suspensión de ciertos valores morales.

La necesidad de medidas enérgicas para contrarrestarla: Aunque Maquiavelo era consciente de que la corrupción era un producto casi ineludible de la condición humana, también enfatizaba que el gobernante debía estar preparado para combatirla de forma directa. Esto podía implicar el uso de la fuerza, las leyes severas o la aplicación de políticas que, a corto plazo o de forma aparentemente dura, preservaran el orden y fortalecieran al aparato estatal ante la influencia corrosiva de sus funcionarios y ciudadanos.

Estas ideas reflejan la visión maquiavélica de un mundo donde la realidad política es inherentemente conflictiva y donde, para obtener y mantener el poder, muchas veces es necesario actuar de forma decisiva y, a veces, moralmente ambigua. Esta perspectiva ha influido en diversas corrientes del pensamiento político y sigue siendo objeto de estudio para comprender la dinámica entre ética, poder y gobierno. 

En el caso concreto de España hubo durante 40 años una sangrienta dictadura. Como en todas las dictaduras, el sistema que regulaba la sociedad no era la meritocracia, sino la proximidad al poder. Éramos un país en el que no sólo las licencias de obra pública se adjudicaban a dedo: los estancos se regalaban a los amigos del régimen, los puestos en la administración se llenaban con afines al movimiento nacional e incluso las plazas de médico o maestro pasaban primero por el filtro político. Se premiaba la lealtad al régimen, no la competencia. De modo que corromper por aproximarse al poder no sólo no merecía reproche: es que era el modus operandi; era la normalidad.

Por ello, en España algunas conductas que en otros países serían un escándalo tienen menos reproche social. Cómo hacer la reforma de tu casa con “B”, la sede de un Partido, o que la profesora de yoga cobre en mano, o hacer capear los procesos de acceso a la función pública, entre otras cosas. También ocurre que algunos ámbitos de la legislación –como los mecanismos por los que se otorgan las licencias en algunas ciudades y pueblos– son intencionalmente oscuros, para que uno tenga que terminar siempre en manos de un funcionario o de una agencia especializada para conseguir un permiso.

Las inercias económicas y sociales son poderosas y en España la estructura económica y administrativa sigue siendo heredera de un sistema de dones y privilegios, de bienes incautados tras la guerra y recompensas a los fieles. Para comprobarlo, nada como observar la cantidad de concesiones de infraestructuras que todavía están en manos de concesionarios del franquismo. Pero también es cierto que las cosas están cambiando. Sobre todo entre las personas que no vivieron en aquellos años de dictadura y que no tienen ni la tolerancia ni la comprensión cultural con estas prácticas.

Un ejemplo: Cuando el sr. Feijóo habla de su relación con Marcial Dorado refiriéndose a él como un simple narcotraficante, en el contexto de la época, era normal en Galicia, ya que no intervenía más droga que el tabaco, y por aquel entonces el contrabando no estaba mal visto en Galicia, era el modus vivendi de muchos gallegos, y aunque todo el mundo los conocía, Y no se escondían, recuerdo que yendo hacia Finisterre, el representante que teníamos en Vigo señalaba unas cabañas que había a ras de costa con una planeadora en el agua y un coche de lujo junto a la cabaña. Quiere decir que no se escondían.

Sin embargo, reconozco que reducir la problemática a que "en aquellos tiempos nadie denunciaba" y equiparar estas actividades a algo normal resulta ser una interpretación muy parcial. En el caso concreto de Marcial Dorado, aunque su actividad inicial estuviera ligada al contrabando de tabaco, con el tiempo se le relacionó también con hechos que rozaban o involucraban actividades propias del narcotráfico. La utilización del término "narcotraficante" no es simplemente una etiqueta vacía, sino que responde a la evolución y gravedad de sus vínculos dentro de este mundo, especialmente a partir de operativos como la llamada operación Nécora, que involucraron a varias figuras y redes ilegales.

Además, desde una perspectiva ética y política, incluso si cierta práctica era "normal" en un determinado contexto social, esto no la convierte en aceptable ni justificable para individuos que ocupan cargos públicos o que aspiran a posiciones de responsabilidad. El argumento de la "normalidad" del contrabando en Galicia en estos años puede entenderse como una tentativa de relativizar hechos que, independientemente de su cotidianidad histórica, no dejan de tener consecuencias sociales y legales".


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