GAZA, LA BARBARIE SIN TREGUA


Israel sigue matando a diario en la Franja a pesar del alto el fuego formal, mientras el silencio internacional fortalece a Netanyahu - Nicolás Aznárez en el País. Aunque oficialmente se encuentre en una situación de alto el fuego desde octubre del año pasado, la franja de Gaza es escenario de una situación humanitaria catastrófica y una intolerable violencia letal diaria. Desde la firma de la tregua formal auspiciada por Estados Unidos, el Ejército israelí ha acabado con la vida de más de 1.200 gazatíes. El 60% del territorio palestino está ocupado por los soldados israelíes sin indicio alguno de retirada. Israel obstaculiza también las labores de reconstrucción de un enclave donde ha destruido completamente el 80% de las viviendas y las infraestructuras básicas de agua, electricidad y alcantarillado.

Ante este escenario, un documento difundido el pasado lunes por la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, junto a otros 18 expertos de Naciones Unidas afirma que “el genocidio continúa” sin tregua. Los datos admiten poca discusión sobre la continuación de la barbarie. De la cifra total de fallecidos en estos 300 días de supuesto silencio de las armas por acciones militares de Israel, 300 son niños, lo que equivale a un promedio de un niño muerto cada día, según ha denunciado Unicef.

Lejos de ser episodios esporádicos, las muertes de civiles palestinos van en aumento en una sistemática escalada sostenida. El Ejército israelí bombardea a diario el reducto de 146 kilómetros cuadrados donde el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha confinado a dos millones de civiles inocentes. Entre los fallecidos, además de niños, hay ancianos y mujeres.

Netanyahu, que ha fracasado en todos los objetivos por los que comenzó la guerra, principalmente la destrucción de Hamás, sigue justificando la permanente violación del alto el fuego en la eliminación de todos los milicianos que perpetraron el brutal ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel. Las fuerzas israelíes han recurrido a las técnicas de reconocimiento facial para elaborar un listado de unas 5.000 personas señaladas como objetivo, pero basta echar un mínimo vistazo a los rostros de los muertos palestinos desde la tregua para constatar que, al igual que ha sucedido desde el inicio de la guerra, lo que hay, como mínimo, son ataques indiscriminados contra civiles inocentes y la voluntad evidente de hacer la vida humana imposible en el territorio de Gaza. Una práctica para cuya definición no hay discusión alguna: es un crimen de guerra.

Mientras esto sucede, Israel mantiene un bloqueo parcial sobre la ayuda humanitaria indispensable para la supervivencia. Las autoridades de Gaza alertan de que sin maquinaria pesada —que Israel prohíbe— no es posible extraer miles de cadáveres que, al margen de los 73.000 muertos confirmados, permanecen bajo los escombros. Alrededor de 1,4 millones de gazatíes padecen inseguridad alimentaria aguda y 212.000 personas sufren inseguridad alimentaria en niveles de emergencia. Dicho en otras palabras: Netanyahu sigue aplicando el hambre como castigo colectivo contra una población civil inocente.

Gaza agoniza mientras Netanyahu cada día que pasa se siente más seguro. La catástrofe humana de la que es el máximo responsable ya no está en el foco principal de la opinión pública mundial ni en las prioridades de la política exterior de casi ningún Gobierno. Así, envalentonado ante la comprobada falta de consecuencias sobre sus decisiones y con unas elecciones en octubre, Netanyahu se permite aumentar su línea intransigente. Además de incumplir los acuerdos, la semana pasada se permitió rechazar el plan de paz de su aliado Donald Trump. El primer ministro israelí está convencido de que no rendirá cuentas sobre los crímenes que siguen sucediendo en Gaza y, desgraciadamente, a la vista de la inacción internacional es posible que tenga razón.

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CONTRAHISTORIAS


 La historia es infinitamente variada e impredecible. Como no está regida por normas de verosimilitud y coherencia, es más sorprendente que cualquier ejercicio de ficción. No recuerdo ahora quién la definió como “la ciencia de las cosas que suceden una sola vez”. La historia no es una ciencia, ni falta que le hace, aunque se ayude cada vez más de procedimientos científicos. Es un saber exigente y tan riguroso como sea posible, pero, al carecer de la posibilidad de la experimentación, le está vedada la facultad, exclusiva de la ciencia, de formular predicciones comprobables. Por eso, las bibliotecas universitarias están llenas de volúmenes obsoletos escritos por historiadores de inclinación idealista o marxista que aspiraban a dilucidar, en el panorama de los hechos del pasado, las leyes históricas del devenir humano, a veces con una tintura de determinismo darwinista que situaba casualmente la cima de la evolución en los varones blancos de clase alta que regían el capitalismo imperial en el tránsito hacia el siglo XX. Decía Simone Weil que muchas personas abandonan la fe religiosa en nombre de la ciencia y a continuación ponen en ella la misma fe que ponían antes en la religión. En la Facultad de Geografía e Historia en la que yo estudiaba, cualquier elemento de religiosidad o providencialismo estaba excluido, pero los procesos históricos se definían como encarnaciones de las leyes históricas que conducirían indefectiblemente al paraíso final del comunismo, apocalipsis y aurora al mismo tiempo.

Como está recordando siempre John Gray, el culto a la racionalidad habría sido una variante del culto a la fe, y la idea del progreso y el triunfo final de la igualdad y la justicia, una adaptación de las predicciones arcaicas del Apocalipsis de san Juan, libro funesto, dicho sea de paso, que debió de incluirse por casualidad en el Nuevo Testamento, y que ha inspirado algunas de las peores calamidades y matanzas de seres humanos.

Frente a narraciones tan atractivas, prometedoras y aterradoras a la vez, la historia en prosa puede resultar tan falta de emoción como una digna película realista de poco presupuesto frente a las superproducciones de fantasías barrocas y violentas de Hollywood. La historia es “una puñetera cosa detrás de otra”, según la escéptica definición que se atribuye unas veces a Winston Churchill y otras a Mark Twain. Pero la necesidad de la superproducción parece incontenible si nos fijamos en la cantidad de libros truculentos de presunta historia y en el volumen megalítico de las novelas históricas que ocupan las librerías, así como en la presencia de alusiones a la historia en las diatribas políticas contemporáneas. Con raras excepciones, a los personajes de la política no se les advierte un interés por el conocimiento histórico, o por cualquier clase de conocimiento, pero todos ellos tienen una ardiente inclinación por aprovechar retales de historia de segunda o tercera mano en sus trifulcas. Me acuerdo de que en los años en que más arreciaba a izquierda y derecha el nacionalismo de lo originario, el afán de encontrar a toda costa diferencias irreconciliables condujo a una paradójica unanimidad: todos los pueblos o naciones “del Estado” habían vivido en un perpetuo paraíso hasta que fueron invadidos por los españoles. En Andalucía, el paraíso era el pasado musulmán, multicultural y tolerante, que habría sido abolido por los castellanos exactamente el 2 de enero de 1492, con la toma de Granada por los Reyes Católicos, fecha tan negra como el 11 de septiembre de 1714, cuando el laborioso y también multicultural y tolerante paraíso catalán dio paso a varios siglos de tiranía borbónica.


Todas estas falsificaciones aspiraban a barrer otras de signo contrario, las que muchos de nosotros padecimos en las escuelas franquistas. Aprendíamos que desde Viriato, Numancia y Sagunto los españoles se habían rebelado a sangre y fuego contra los invasores extranjeros, igual que lo hicieron en los ocho siglos de la Reconquista, en la guerra de la Independencia, y sobre todo, más recientemente, en la otra Reconquista, la Cruzada de Liberación, en realidad otra guerra religiosa contra la impiedad voltairiana y marxista venidas del extranjero. La conquista de América había sido una gesta —palabra entonces muy usada—civilizatoria y evangelizadora. En las películas en blanco y negro, Colón se arrodillaba en una playa con palmeras alzando una cruz, y nativos adornados con pelucas y con improbables calzoncillos le ofrecían bandejas de frutas tropicales y escuchaban con inocente anhelo a los predicadores franciscanos, aceptando mansamente el bautismo. En lejanas islas de Oceanía, misioneros españoles sanaban milagrosamente a los leprosos. Con un tenaz rencor de siglos, los enemigos de España difundían por el mundo las calumnias de la Leyenda Negra.

Hay evidencias documentales suficientes para desmentir tantos embustes. Historiadores mexicanos de la escuela del formidable Miguel León-Portilla han rescatado la visión de los vencidos, por usar el título de un libro apasionante en el que se cuenta la conquista a partir de los testimonios de quienes la vieron y la padecieron mientras sucedía. En España, las leyendas más infundadas sobre Don Pelayo y la llamada Reconquista —¿eran invasores quienes habitaron durante ocho siglos en un territorio?— incendia de nuevo la xenofobia fascista de la ultraderecha y de esa derecha española tan ávida por sumarse a ella, por ahora con guantes. Centenares de libros espléndidos relatan las infinitas interconexiones entre cristianos, musulmanes y judíos en los reinos medievales de la Península, pero el único libro que esta gente parece haber leído es la enciclopedia obligatoria con la que nos adoctrinaban a los niños de hace ya más de medio siglo.

No se trata de determinar si los españoles hemos sido mejores o peores a través de la historia, o incluso de la prehistoria. No hay caracteres nacionales que se mantengan a lo largo de siglos. Ni siquiera hay caracteres nacionales: todas las naciones y sus caracteres indelebles, y hasta sus indumentarias tradicionales, son inventos de mediados del siglo XIX, urdidos por novelistas de segunda fila o poetas con vocación anticipada de estatuas y propensión a los ripios caudalosos.

La momia de Don Pelayo y la del Cid vuelven de sus tumbas para liderar cacerías de esos inmigrantes a los que algunos disfrutan tanto llamando moros. Como una nueva Monja Alférez o Agustina de Aragón, Isabel Díaz Ayuso viaja a México, con gran puntería histórica, para reivindicar la Conquista española y toda la palabrería de las glorias patrióticas, tan apolillada como los estandartes y las pelucas y togas de los maceros en las conmemoraciones municipales. Y en el lado contrario, la presidenta de México afirma que la grandeza de su país “viene de los valores de los pueblos originarios”, valores que su antecesor, López Obrador, también historiador aficionado, define en su último libro basándose no en los hechos históricos, sino en una ficción tan europea y eurocéntrica como la del buen salvaje. Las poblaciones indígenas, dice López Obrador, “tenían nobleza espiritual y no conocían más que la fraternidad”; “no conocían el apego al dinero, la explotación y el egoísmo”; “la honestidad era un distintivo de los antiguos pobladores y se ha conservado como forma de vida en la sociedad mexicana”.

No existe la menor duda sobre el impacto destructor del colonialismo occidental sobre las sociedades originarias en cualquier parte del mundo. A la violencia física consciente y la rapacidad explotadora se une el efecto quizás mayor de las epidemias causadas por la falta de defensas de esas poblaciones contra virus y bacterias traídos por los europeos. “Cada documento de civilización es también un documento de barbarie”, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba. Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a los verdugos - Antonio Muñoz Molina.

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CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

 Imaginen que duermen plácidamente en un lugar que para no huir del tópico definiremos, al menos en verano, como paradisíaco. El día ha transcurrido manso y feliz, entre paseos cortos y copas de vino blanco a la vera del Danubio, a su paso por el pueblecillo de Dürnstein. Es el mismísimo corazón del valle vinícola de Wachau, una de las perlas paisajísticas de la baja Austria. Un lugar en el que nada sobra, nada falta y todo parece estar perfectísimamente en su sitio. La palabra civilizado adquiere pleno sentido ante un paisaje como éste. Uno observa, escudriña, examina, incluso con mala intención, y nada se le ocurre para mejorar lo que tiene delante.

La única molestia son las abejas, abundantísimas y pesadas como si fueran moscas. Pero que haya tantas sólo dice mucho y bien de la salud del valle de Wachau. Sólo son un problema por mi cobarde relación con estos insectos. Aquí es donde estuvo preso Ricardo Corazón de León, un hombre que sin duda no temía a las abejas, a su regreso de la Tercera Cruzada. Por entonces, el vino y el gulasch, aunque fuesen para reyes, a buen seguro que eran peores que los que nos han servido a nosotros.

Todo el cuadro de aire feliz y pastoril se viene abajo en un momento. foto. Stefan Rotter

Llega la hora del descanso. Un hotel de lujo, como confirman las marcas y modelos de los automóviles de los huéspedes. Hay incluso sitio para la excentricidad de un Rolls Royce checo color azul cielo, tan caro como feo. A través de la ventana tocamos con la mano una bellísima iglesia barroca que saluda puntualmente las horas con el tañer de sus campanas. La conciencia se evapora rápido. Sin tiempo siquiera a recordar el nombre imposible de la bodega del último Riesling que se ha descorchado.

Todo este cuadro de aire feliz y pastoril se viene abajo en un momento. Uno intuye desde las profundidades del sueño que algo sucede. Fiel al instinto abre súbitamente los ojos para descubrir, con más pánico que asombro, que tiene ante sí a una pareja de alemanes desconocidos, una mujer y un hombre, desnudos ante él y dispuestos a irrumpir en su cama.

Grita más que lo haría ante un millón de abejas, sin ser consciente de lo que pasa. La pareja dice algo en alemán, incomprensible, y abandona la habitación a la carrera. Lo último que queda grabado en mi retina del episodio son sus traseros a la fuga, entre poco y nada reseñables. Ya lo ven, civilización y barbarie van de la mano. Y esto son hechos, no opiniones. Josep Martí Blanch

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CUANDO FEIJÓO DESPERTÓ, SÁNCHEZ SEGUÍA ALLI


De nada le servirán al PP los bramidos contra Sánchez si no cuenta con los votos para tumbarlo (para lo que haría falta que Junts se suicidara políticamente participando con Vox en una moción de censura), o si los jueces amigos no aprietan al presidente hasta la asfixia, o si los socios de investidura no le dan la espalda - M
arco Schwartz en el diario.es. En la foto: El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. Carlos Castro/Europa Press

Es uno de los microrrelatos más famosos y breves de la literatura en español, escrito por el guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. La interpretación más convincente que he leído del texto es que el dinosaurio simboliza algo que creíamos superado o extinguido –un problema, un miedo, un mal recuerdo–, pero que permanece obstinadamente presente por más que logremos evadirlo durante unas horas de sueño. O unos días de vacaciones, como las que se está pegando Alberto Núñez Feijóo en Moaña entre declaraciones intermitentes a los medios para demostrar que hace algo más que broncearse. Al igual que el protagonista indefinido del relato de Monterroso, al líder del PP lo aguarda el dinosaurio a la vuelta del verano. Nada lo librará del amargo reencuentro. Se me ocurre al respecto un cuento aún más corto que el del autor centroamericano: “Cuando Feijóo despertó, Sánchez seguía allí”.

Está por ver qué estrategia se trae entre manos el líder conservador de cara al otoño. Todo lo que ha hecho hasta el momento para tumbar a Sánchez ha resultado infructuoso. El terco dinosaurio sigue ahí, inamovible. El 8 de mayo, en un acto de partido para celebrar el tercer aniversario de las victorias electorales municipales y autonómicas de 2023, Feijóo proclamó: “He dicho hace mucho tiempo y lo repito hoy: haré todo lo posible para cambiar al Gobierno, y cuando digo todo es todo”. Hay que reconocerle que lo está intentando. Pero no lo consigue. Recordemos que antes de aquellos comicios caldeó el ambiente con denuncias de un supuesto fraude electoral con el peligroso propósito de desconocer el resultado en caso de derrota; tras ganar por goleada, su preocupación por la limpieza electoral desapareció por ensalmo. Pero la alegría solo le duró seis meses, hasta que Sánchez fue investido de nuevo como presidente después de las generales. Desde entonces, la iracundia del líder del PP ha ido in crescendo, porque el tiempo pasa y el dinosaurio sigue ahí, tan ancho.

A finales de junio pasado, PP y Junts presentaron en el Congreso sendas iniciativas para que el Gobierno disolviera las Cortes y convocara elecciones anticipadas. Aunque esa eventual votación no era vinculante, ambas formaciones confiaban en que el debate parlamentario obligara a los demás partidos a “retratarse” acerca de la conveniencia de la continuidad de Sánchez. Pero ninguna de las dos iniciativas llegó al pleno, ya que la Mesa del Congreso, con mayoría del PSOE y Sumar, abortó el debate con el argumento de que se trataba de una velada cuestión de confianza al presidente, cuyo ejercicio le compete en exclusiva al jefe del Ejecutivo. Feijóo dijo entonces: “Si el Gobierno no solamente no quiere poner las urnas a los españoles sino que tampoco nos deja votar a los diputados en la Cámara, lo que tenemos que hacer es desplazar a este gobierno y que el otro gobierno convoque elecciones de forma inmediata. Esta es la propuesta que está puesta encima de la mesa por mi partido”.

Hacer “todo, y cuando digo todo es todo” para tumbar a Sánchez. “Desplazar” al Gobierno. Las palabras no son inocuas. Revelan una forma de entender la política. Feijóo no se tomó la molestia de aclarar si con “todo” se refería exclusivamente a las herramientas que le otorga la Constitución. Tampoco quedó claro por qué utilizó la fórmula retórica de “desplazar” a un Gobierno democráticamente constituido, cuando en la Carta Magna se recogen con nombres precisos los instrumentos disponibles para precipitar el final de la legislatura. ¿Debemos sobreentender que el líder del PP solo piensa en las vías constitucionales cuando habla de derribar al Gobierno? Más vale que sea así. Pero las democracias se construyen también con palabras, y las que esté utilizando Feijóo en su obsesión contra Sánchez solo contribuyen a minar la salud de la nuestra.

España se fue de vacaciones en un ambiente político irrespirable. El llamado de Aznar para que “el que pueda hacer, que haga” se ha instalado en la política de las derechas y es difícil imaginar a estas alturas una marcha atrás. La actuación del PP, sus medios afines y ciertos sectores del poder judicial han tensado las reglas del juego hasta el borde de la ruptura total, y preocupa imaginar cómo se desarrollarán los acontecimientos al regreso del verano una vez verifiquen que el presidente Sánchez está dispuesto a resistir o, peor aún, que se las arregla para recomponer las relaciones con sus socios de investidura. La derecha está apostando cada vez más fuerte, entre otras cosas por la incapacidad de Feijóo para sacar adelante una moción de censura. El líder popular no tiene fuelle ni siquiera para convertir una moción de censura fallida en una victoria política, como hizo Felipe González en 1980. El líder socialista sabía que iba a perder, pero se valió de la vitrina del acontecimiento parlamentario para exponer su programa alternativo y atraer simpatías entre la ciudadanía. Dos años después arrasó en las elecciones generales.

En un momento dado de este verano, Feijóo acarició la idea de que la entrada irregular de unas 70.000 personas a Ceuta hiciera tambalear al presidente del Gobierno. Pero, para su desolación, lo más complejo de la crisis se superó en pocas horas con el regreso de los migrantes a Marruecos. Y lo que se dibujaba como una guerra abierta de una veintena de países de la UE contra España se desinfló, al menos en el tono, quedando algunos flecos abiertos como el contencioso con Italia por la aplicación del acuerdo de Schengen. El tema en todo caso es muy grave y seguirá trayendo cola en la rentrée del otoño. Resulta evidente que el Gobierno se siente tocado; de otro modo no habría endurecido en las últimas horas su discurso anunciando que expulsará a “todos” los que entraron de modo irregular, ignorando que las expulsiones deben hacerse de modo individualizado y cumpliendo estrictos protocolos. Es previsible, pues, que veamos a Feijóo atacando con la inmigración. Pero la política es la política, y de nada le servirán al PP los bramidos contra Sánchez si no cuenta con los votos para tumbarlo (para lo que haría falta que Junts se suicidara políticamente participando con Vox en una moción de censura), o si los jueces amigos no aprietan al presidente hasta la asfixia, llevándolo, si es el caso (todo es ya posible) al banquillo con cualquier ocurrencia jurídica, o si los socios de investidura no le dan la espalda (Sumar anda muy molesto por la prolongación de la vida de la central de Almaraz). Opciones que no dependen exclusivamente de él y de su forma irascible de ejercer la oposición.

Mientras nada de ello ocurra, por mucho que vocifere, Feijóo seguirá despertando y el dinosaurio todavía estará allí.

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“¿QUÉ TAL SE VIAJA EN UN CONTENEDOR DE CATERING, DONALD?”


 ¿Qué fuerza cuántica atrae mutuamente a Trump y Putin? Finiquitados los ideales y perfumando la mentira con eau impériale, se atraen por la radiación del sistema oligárquico, por el poder, la codicia y el reparto como código subatómico. La atracción fatal entre Putin y Trump es tan inquietante como la física cuántica, que busca la naturaleza última de la realidad. Plàcid Garcia-Planas en Cabaret Voltaire.

“Fue como si el suelo que nos sostenía se hubiese esfumado y nada pudiera, en ausencia de todo fundamento sólido, erigirse”, confesó Albert Einstein al descubrir los revolucionarios planteamientos de Max Planck sobre los sistemas atómicos y subatómicos y sus interacciones con fuerzas como la radiación electromagnética. La segunda llegada de Trump a la Casa Blanca ha provocado entre los occidentales (y más allá) la misma sacudida que la física cuántica provocó en Einstein: es como si el suelo que nos sostenía se haya esfumado.

A la espera de que las partículas más ínfimas de la materia nos desvelen en qué consiste la realidad, los analistas tratan de entender esta repentina conexión entre Estados Unidos y Rusia, dos imperios en celo que, como los protones y los neutrones, deberían repelerse pero que se sienten ahora atraídos como esas dos partículas jugando al ping-pong cuántico: protones y neutrones se lanzan sin parar otras partículas subatómicas –los piones– que les generan una atracción irresistible.

¿Qué ping-pong atrae mutuamente a Trump y Putin? Finiquitados los ideales y perfumando la mentira con eau impériale , se atraen por la fuerza de las partículas oligárquicas: el poder y la codicia como código subatómico.

El cambio es tan vertiginoso que ya no nos sirve lo clásico –ni en la física, ni en la política, ni en los diccionarios– para interpretar a la (todavía) primera potencia mundial. Para entender las fuerzas cuánticas de la Casa Dorada –antes conocida como Blanca– hay que aprender su lenguaje y asumir el cómic en el que Trump ha convertido su presidencia: el lunes publicó en Truth Social la imagen de su escritorio en el despacho oval como si fuera el Trono de Hierro de Juego de Tronos en su escenificación más gótica y oscura.

Menos think tanks y más tebeos para descifrar al McHumano de hoy. Reservoir Books acaba de publicar la versión castellana de Rusia, mil años de historia , un interesante cómic pensado y dibujado por los franceses HugoDécrypte, Kris y Kokopello que empieza con la operación militar especial de los vikingos tomando tierras eslavas en el año 862 hasta la operación militar especial rusa intentando tomar hoy Ucrania.

En la última viñeta, aquí reproducida, aparece Putin llamando a Trump: “¿Hola? ¿Donald?”... Es la síntesis del momento cuántico que estamos atravesando y que mareó a Einstein: nada, en ausencia de todo fundamento sólido, puede hoy erigirse con las reglas hasta ahora experimentadas.

Imaginemos, según las últimas noticias, cómo continuaría la viñeta: el ping-pong telefónico de piones entre dos partículas en atracción fatal.

PUTIN: ¿Hola? ¿Donald?

TRUMP: Hola Vlad.

PUTIN: Oye, los iraníes me preguntan si hoy toca paz o toca guerra.

TRUMP: ¡Paz!, que ayer compré acciones petroleras a la baja. Mañana domingo anunciaré un acuerdo para que vuelvan a subir y vendo... Cash! 

PUTIN: Sí, pero no me queda claro si has ganado o perdido la guerra.

TRUMP: Tenemos un control total del estrecho de Ormuz.

PUTIN: Claro, claro...

TRUMP: ¡...! ¿Y tu? ¿Cuántas refinerías te quedan sin quemar, Vlad?

PUTIN: Pues los drones ucranianos, en vuestra última maniobra militar conjunta, os han dado una paliza.

TRUMP: ¿Ah, sí? ¿Y por eso viajas cada vez más hacia las Kuriles y ya nunca hacia el radio de impacto ucraniano?

PUTIN: Venga, que tenemos un acuerdo.

TRUMP: Yo lo cumplo. Sigo disimulando ante los europeos, como quedamos: ahora Patriot sí, ahora Patriot no. Es necesario que antes de las midterms te insulte un pelín para aparentar.

PUTIN: Pero sin pasarte, ¿eh?, algo así como que te he decepcionado.

TRUMP: En unas semanas te envío a Patel para coordinar el reparto.

PUTIN: ¿El Barbie de la guerra?

TRUMP: No. El del FBI. El de los ojos fuera de órbita.

PUTIN: ¡El Gagarin ! Adoro su mirada. Pero espabila con Groenlandia, hay que agilizar el reparto de hemisferios y tu sólo sabes ganar en el Caribe.

TRUMP: Vamos tanteando con perforaciones petroleras por el hielo.

PUTIN: Yo tantearé por el Báltico.

TRUMP: ¿Por Baltimore?

PUTIN: ¡Ay, Donald! Mapas, mapas, mapas... Siempre dices que con los europeos os separa un océano. Recuerda que con Rusia, no, que por el estrecho de Bering, entre nuestra isla Diómedes Mayor y vuestra isla Diómedes Menor, no hay ni cuatro kilómetros.

TRUMP: Oye, Vlad, ¿y porque nos tocó a nosotros la isla pequeña? 

PUTIN : ¿Qué?  Make Diomede Great Again ? No me jodas.

TRUMP: Sigo sin entender por qué vosotros os quedasteis con la grande.

PUTIN: ¿Qué tal se viaja en un contenedor de catering, Donald? ¿Huele más a sandwich o a zumo de tomate?

TRUMP: Puta.

(...)

TRUMP: ¿Vlad?... ¿Sigues ahí?...

[La geopolítica es hoy pura física cuántica, el pánico de Einstein ante la ausencia de todo fundamento sólido].

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HASTA QUE TENGAMOS ROSTRO


En un artículo de la Tribune des Nations, un historiador francés expresa lisa y llanamente el conjunto de insuficiencias intelectuales que suelen mencionarse siempre que se habla del hitlerismo. Analizando la obra: Hitler desenmascarado, publicada por el doc1. Prólogo a El Napoleón de Notting Hill, de Chesterton, Otto Dietrich, que fue durante doce años jefe del servicio de Prensa del Führer, M. Pierre Cazenave escribe: «Sin embargo, el doctor Dietrich se contenta demasiado fácilmente con una frase que, en un siglo positivista, no sirve para explicar a Hitler. "Hitler —dice— era un hombre demoníaco, que se dejaba arrastrar por ideas nacionalistas delirantes." ¿Qué quiere decir demoníaco? En la Edad Media, habría dicho de Hitler que estaba poseso. Pero, ¿y hoy? O la palabra demoníaco no significa nada, o significa poseído del demonio. Pero, ¿qué es el demonio? ¿Cree acaso el doctor Dietrich en la existencia del Diablo? Hay que entenderse. A mí la palabra demoníaco no me satisface. 

»Y la palabra delirante tampoco. Quien dice delirio dice enfermedad mental. Delirio maníaco. Delirio melancólico. Delirio de persecución. Nadie duda de que Hitler era un psicópata e incluso un paranoico, pero los psicópatas e incluso los paranoicos andan por la calle. Pero existe una diferencia entre esto y la locura más o menos sistematizada y cuya observación y diagnóstico hubiesen llevado consigo el internamiento del afectado. 

En otras palabras: ¿Era Hitler responsable? A mi entender, sí. Y por esto descarto la palabra delirio, como descarto el adjetivo demoníaco, ya que a nuestros ojos la demonología solo tiene un valor histórico.» 

A nosotros no nos satisface la explicación del doctor Dietrich. El destino de Hitler y la aventura de un gran pueblo moderno bajo su dirección no podrían describirse enteramente partiendo de la locura y de la posesión demoníaca. Pero tampoco nos satisface la crítica del historiador de la Tribune des Nations. Hitler, afirma, no era clínicamente loco. Y el demonio no existe. No hay que descartar, pues, la noción de responsabilidad. Esto es verdad. Pero nuestro historiador parece atribuir virtudes mágicas a esta noción de responsabilidad. Apenas la ha evocado, la historia fantástica del hitlerismo le parece clara y reducida a las proporciones del siglo positivista en el cual pretende que vivimos. Esta actitud escapa tanto a la razón como la de Otto Dietrich. Y es que el término "responsabilidad" es, en nuestro lenguaje, una transposición de lo que era la «posesión demoníaca» para los tribunales de la Edad Media, según demuestran los grandes procesos políticos modernos. 

Si Hitler no era un loco ni un poseso, lo cual es posible, la historia del nazismo seguiría, empero, siendo inexplicable a la luz de un «siglo positivista». La psicología profunda nos revela que hay acciones aparentemente racionales del hombre que están gobernadas en realidad por fuerzas que él mismo ignora o que están ligadas a un simbolismo absolutamente ajeno a la lógica corriente. Sabemos, por otra parte, no que el Demonio no exista, sino que es algo distinto de la visión que de él tenían en la Edad Media. En la historia del hitlerismo, o mejor, en ciertos aspectos de esta historia, todo ocurre como si las ideas-fuerza escapasen a la crítica histórica habitual, y como si necesitásemos, para comprenderlo, abandonar nuestra visión positiva de las cosas y esforzarnos en penetrar en un universo donde han cesado de conjugarse la razón cartesiana y la realidad. 

Nos hemos impuesto la tarea de escribir estos aspectos del hitlerismo, porque, como dijo muy bien M. Marcel Ray en 1939, la guerra que Hitler impuso al mundo fue «una guerra maniquea, o, como dice la Escritura, una lucha de dioses». No se trata, entiéndase bien, de una lucha entre fascismo y democracia, entre la concepción liberal y la concepción totalitaria de las sociedades. Esto es el exoterismo de la batalla. Y hay un esoterismo. 

Esta lucha de dioses, que se desarrolló detrás de los acontecimientos visibles, no ha terminado en el mundo, sino que los progresos formidables del saber humano en los últimos años se disponen a darle otras formas. Cuando las puertas del conocimiento empiezan a abrirse al infinito, importa capturar el sentido de esta lucha. Si queremos futuro, debemos tener una visión exacta y profunda del momento en que lo fantástico ha empezado a invadir la realidad. Vamos a estudiar este momento. 

«El nacionalsocialismo —concluía— es el baile de San Vito del siglo xx.» Pero, ¿de dónde procedía esta extraña enfermedad? En parte alguna hallaba respuesta satisfactoria. «Sus raíces más profundas arraigan en regiones ocultas.» Estas regiones nos parecen dignas de ser exploradas. Y no será un historiador, sino un poeta, quien nos servirá de guía. 

«En el fondo —decía Rauschning— todo alemán tiene un pie en la Atlántida, donde busca una patria mejor y un mejor patrimonio. Esta doble naturaleza de los alemanes, esta facultad de desdoblamiento que les permite, al mismo tiempo, vivir en el mundo real y proyectarse a un mundo imaginario, se manifiesta de manera especial en Hitler y nos da la clave de su socialismo mágico.» 

Y Rauschning, tratando de explicarse la subida al poder de este «sumo sacerdote de la religión secreta», intentaba persuadirse de que, muchas veces en la Historia, «naciones enteras cayeron en una inexplicable agitación». Entonces emprendían marchas de flageladores. Un baile de San Vito las sacudía». 1. C. S. Lewis, profesor de teología en Oxford, había anunciado, en 1937, en una de sus novelas simbólicas. El silencio de la Tierra, el comienzo de una guerra por la posesión del alma humana, y cuya forma exterior será una terrible guerra material. Después volvió sobre la misma idea en otras dos obras: 'Perelandra' y 'Esa horrenda fortaleza'. 

El último libro de Lewis se titula 'Hasta que tengamos rostros'. En este gran relato poético y profético se encuentra la frase admirable: «Los dioses no nos hablarán cara a cara hasta que nosotros mismos tengamos un rostro.»

Pawels y Bergier, El Retorno de los Brujos (fragmento)

El “rostro” es la forma adquirida del ser. No es biología, es ética: solo cuando un sujeto asume su verdad interior deja de ser una sombra. Sin rostro, no hay interlocutor; solo hay ecos de voluntades ajenas.
El ser humano nace en la ficción de sí mismo: deseo, miedo, resentimiento, autoengaño.
La máscara es la primera ontología; el rostro, la segunda. Pasar de la máscara al rostro es un proceso de despertar, no de ornamento.

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CEUTA, EL RETORNO


 Retorno es la palabra que mejor explica el nuevo rumbo del Gobierno a Ceuta: el de los adultos que todavía permanecen en la ciudad, el de los menores cuando las circunstancias lo permitan –dado que su regreso requiere más garantías y un procedimiento específico– y, sobre todo, el de la normalidad. Porque la prioridad de Moncloa ya no es tanto gestionar la crisis abierta el pasado 30 y 31 de julio, sino cómo cerrarla.

Y por eso es urgente despejar las calles de la ciudad autónoma. Su presencia mantiene visible la impronta de una entrada masiva que desbordó una frontera española durante dos días y colocó junto al colapso el flanco sur. La permisividad con la que Marruecos dejó de vigilar la frontera y sus posteriores manifestaciones expansionistas han motivado que una crisis inicialmente migratoria se haya convertido en un problema político de soberanía.

Al fin y al cabo, lo ocurrido en Ceuta no es solo una crisis puntual: es la demostración de que una frontera puede derrumbarse en dos horas y que un estado puede quedar en evidencia en dos noches. El Gobierno ha optado por la vía del retorno, de la calma calculada, de dejar que el relato madure hasta que la ciudadanía entienda que la frontera no es un debate moral, sino un mecanismo de supervivencia. Y esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en Tarajal en el 2014 bajo el Gobierno del PP, con Jorge Fernández Díaz como ministro del interior, o en el 2017 con el inefable Juan Ignacio Zoido. Actualmente, no ha habido rasgos ni humo: solo una gestión fría, quirúrgica, que ha permitido que la presión social haga el trabajo. Una gestión calculadamente displicente, creo que acertada.

Marruecos ha jugado su partida con la misma habilidad de siempre: abrir la puerta, mirar hacia otro lado y esperar a que Europa tiemble. Y Europa ha temblado. Porque cuando una frontera se desborda, el problema ya no es migratorio: es político, es territorial, es de soberanía. Y aquí es donde el debate se vuelve incómodo: ¿qué hacemos con un territorio que es frontera y símbolo a la vez, que es español por ley pero vulnerable por geografía, que es pieza de un tablero que Rabat mueve con inquietante naturalidad?

Algunos proponen ya soluciones extremas, mapas reescritos, fantasías de desconexión. Pero la realidad es más cruda: Ceuta y Melilla son dos fisuras en el mapa que hace cada crisis más profunda. Y cada episodio, del 2014 al 2017 hasta hoy, recuerda que la frontera no es un sitio: es una advertencia, que Europa sigue sin querer escuchar.

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COLONOS ACOSADORES EXTREMOS EN QUSRA


 Tras cuatro días de asedio a tres casas palestinas por una decena de colonos judíos, Israel ha lanzado este jueves —tras intervenir Estados Unidos— una operación militar para “para proteger a los residentes y mantener la seguridad” en la aldea cisjordana de Qusra, según ha informado el ejército. Las tropas, sin embargo, no han echado aún a los radicales israelíes (que se pasean junto a las viviendas desde el domingo), sino que han evacuado y tomado seis casas palestinas, de acuerdo con el alcalde, Abed Al Athem Wadi. Son los preparativos de una campaña para poner fin a un cerco que ha ido atrayendo atención internacional con el paso de los días.

Los colonos han llegado a cortar el agua y la electricidad a tres familias, atemorizadas de salir y temerosas de quedarse sin comida. “Estamos completamente aislados (…). La familia está enormemente aterrorizada", denunció uno de los asediados, Qusay Abu Ridi, en una publicación en Facebook. La situación ha puesto en el punto de mira al ejército, que está impidiendo acceder a las casas a periodistas y activistas, y que no duda en evacuar por la fuerza a sus propios ciudadanos en otras zonas de Cisjordania cuando se trata de activistas de derechos humanos, y no de colonos.

Un vídeo ha sido particularmente revelador: cuando los radicales judíos levantaron el protoasentamiento (del tipo que no solo el derecho internacional, sino también Israel considera ilegales), los soldados despachados no solo no hicieron nada para remediarlo, sino que rezaron y se sentaron con ellos, haciéndose selfis bajo la carpa que habían instalado, según se puede ver en vídeos. Las Fuerzas Armadas de Israel han anunciado medidas disciplinarias contra ellos.

En la mañana de este jueves, el ejército ha enviado tropas a Qusra, demolido algunas estructuras que levantaron los colonos e instado a los residentes a “permanecer en sus hogares”. También ha precisado que no operará dentro de la casa de la familia palestina ubicada cerca de donde se alzaba la ―ahora desmantelada— tienda de campaña. No hace mención a las otras dos. Los evacuados han sido trasladados de momento a otras dentro de la misma localidad, cercana a la ciudad de Nablus, en el norte del territorio ocupado de Cisjordania.

La prolongación de la situación (sumada a que una de las casas pertenece a un palestino-estadounidense que vive en Ohio y allí tiene encerrados a un hermano y un hijo) ha acabado implicando al embajador de Estados Unidos en Israel. Mike Huckabee es un habitual defensor de la ocupación israelí de Cisjordania, hasta el punto de afirmar que ni una ni la otra realmente existen y se refiere al territorio por su nombre bíblico y oficial en Israel: Judea y Samaria.

A primera hora de este jueves, el embajador desveló que el ejército y la policía israelí habían acudido a Qusra “a petición” de la Embajada de EE UU en Jerusalén. “Las acciones de quienes llevaron a cabo este horrible acto de terrorismo, destinado a intimidar y acosar a esta familia, son repugnantes. No hay excusa para semejante comportamiento de matones”, ha señalado en la red social X.

El ejército ya se había personado en Qusra en la víspera, con el jefe del Estado Mayor, Avi Bluth. Efectuó un arresto y empleó gases lacrimógenos, pero se fue sin desmantelar el asentamiento, ni romper el cerco a las casas palestinas, ante la resistencia de los radicales.

El asedio comenzó el domingo, cuando los colonos bloquearon el camino de acceso a tres viviendas e instalaron una tienda de campaña en sus patios delanteros. Lo llaman una “ampliación” —a menos de 200 metros de las casas palestinas— de Tel Talpiot, otro de los miniasentamientos que proliferan en estos últimos meses de legislatura.

Los ultranacionalistas judíos que pueblan los asentamientos más radicales vienen incrementando sus acciones para tomar tierras y expulsar a los palestinos, adentrándose cada vez más en las zonas de Cisjordania bajo control administrativo de la Autoridad Nacional Palestina, después de lograr que cientos de familias (sobre todo beduinas) abandonasen sus tierras, por los ataques sufridos y la creciente dificultad para alimentar a su ganado o cultivar sus tierras.

En el primer semestre del año, han cometido en Cisjordania un 63% más de delitos —como agresiones físicas o quemas de hogares, mezquitas, olivos o rebaños de ganado— respecto al mismo periodo en 2025, según los propios datos de las fuerzas de seguridad israelíes dados a conocer el lunes por la radiotelevisión ​​pública. Los casos han pasado de 405 a 660, en un recuento inferior al que llevan las organizaciones de derechos humanos. Desde que Benjamín Netanyahu regresó al poder en 2022, concediendo un peso inédito en su coalición a la ultraderecha, la connivencia o inacción de policía y ejército hacia los actos de violencia o delictivos de los colonos se ha hecho más evidente.

Antonio Pita en el pais. La foto es de Associated Press/LaPresse (APN)

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