CUANDO FEIJÓO DESPERTÓ, SÁNCHEZ SEGUÍA ALLI


De nada le servirán al PP los bramidos contra Sánchez si no cuenta con los votos para tumbarlo (para lo que haría falta que Junts se suicidara políticamente participando con Vox en una moción de censura), o si los jueces amigos no aprietan al presidente hasta la asfixia, o si los socios de investidura no le dan la espalda - M
arco Schwartz en el diario.es. En la foto: El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. Carlos Castro/Europa Press

Es uno de los microrrelatos más famosos y breves de la literatura en español, escrito por el guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. La interpretación más convincente que he leído del texto es que el dinosaurio simboliza algo que creíamos superado o extinguido –un problema, un miedo, un mal recuerdo–, pero que permanece obstinadamente presente por más que logremos evadirlo durante unas horas de sueño. O unos días de vacaciones, como las que se está pegando Alberto Núñez Feijóo en Moaña entre declaraciones intermitentes a los medios para demostrar que hace algo más que broncearse. Al igual que el protagonista indefinido del relato de Monterroso, al líder del PP lo aguarda el dinosaurio a la vuelta del verano. Nada lo librará del amargo reencuentro. Se me ocurre al respecto un cuento aún más corto que el del autor centroamericano: “Cuando Feijóo despertó, Sánchez seguía allí”.

Está por ver qué estrategia se trae entre manos el líder conservador de cara al otoño. Todo lo que ha hecho hasta el momento para tumbar a Sánchez ha resultado infructuoso. El terco dinosaurio sigue ahí, inamovible. El 8 de mayo, en un acto de partido para celebrar el tercer aniversario de las victorias electorales municipales y autonómicas de 2023, Feijóo proclamó: “He dicho hace mucho tiempo y lo repito hoy: haré todo lo posible para cambiar al Gobierno, y cuando digo todo es todo”. Hay que reconocerle que lo está intentando. Pero no lo consigue. Recordemos que antes de aquellos comicios caldeó el ambiente con denuncias de un supuesto fraude electoral con el peligroso propósito de desconocer el resultado en caso de derrota; tras ganar por goleada, su preocupación por la limpieza electoral desapareció por ensalmo. Pero la alegría solo le duró seis meses, hasta que Sánchez fue investido de nuevo como presidente después de las generales. Desde entonces, la iracundia del líder del PP ha ido in crescendo, porque el tiempo pasa y el dinosaurio sigue ahí, tan ancho.

A finales de junio pasado, PP y Junts presentaron en el Congreso sendas iniciativas para que el Gobierno disolviera las Cortes y convocara elecciones anticipadas. Aunque esa eventual votación no era vinculante, ambas formaciones confiaban en que el debate parlamentario obligara a los demás partidos a “retratarse” acerca de la conveniencia de la continuidad de Sánchez. Pero ninguna de las dos iniciativas llegó al pleno, ya que la Mesa del Congreso, con mayoría del PSOE y Sumar, abortó el debate con el argumento de que se trataba de una velada cuestión de confianza al presidente, cuyo ejercicio le compete en exclusiva al jefe del Ejecutivo. Feijóo dijo entonces: “Si el Gobierno no solamente no quiere poner las urnas a los españoles sino que tampoco nos deja votar a los diputados en la Cámara, lo que tenemos que hacer es desplazar a este gobierno y que el otro gobierno convoque elecciones de forma inmediata. Esta es la propuesta que está puesta encima de la mesa por mi partido”.

Hacer “todo, y cuando digo todo es todo” para tumbar a Sánchez. “Desplazar” al Gobierno. Las palabras no son inocuas. Revelan una forma de entender la política. Feijóo no se tomó la molestia de aclarar si con “todo” se refería exclusivamente a las herramientas que le otorga la Constitución. Tampoco quedó claro por qué utilizó la fórmula retórica de “desplazar” a un Gobierno democráticamente constituido, cuando en la Carta Magna se recogen con nombres precisos los instrumentos disponibles para precipitar el final de la legislatura. ¿Debemos sobreentender que el líder del PP solo piensa en las vías constitucionales cuando habla de derribar al Gobierno? Más vale que sea así. Pero las democracias se construyen también con palabras, y las que esté utilizando Feijóo en su obsesión contra Sánchez solo contribuyen a minar la salud de la nuestra.

España se fue de vacaciones en un ambiente político irrespirable. El llamado de Aznar para que “el que pueda hacer, que haga” se ha instalado en la política de las derechas y es difícil imaginar a estas alturas una marcha atrás. La actuación del PP, sus medios afines y ciertos sectores del poder judicial han tensado las reglas del juego hasta el borde de la ruptura total, y preocupa imaginar cómo se desarrollarán los acontecimientos al regreso del verano una vez verifiquen que el presidente Sánchez está dispuesto a resistir o, peor aún, que se las arregla para recomponer las relaciones con sus socios de investidura. La derecha está apostando cada vez más fuerte, entre otras cosas por la incapacidad de Feijóo para sacar adelante una moción de censura. El líder popular no tiene fuelle ni siquiera para convertir una moción de censura fallida en una victoria política, como hizo Felipe González en 1980. El líder socialista sabía que iba a perder, pero se valió de la vitrina del acontecimiento parlamentario para exponer su programa alternativo y atraer simpatías entre la ciudadanía. Dos años después arrasó en las elecciones generales.

En un momento dado de este verano, Feijóo acarició la idea de que la entrada irregular de unas 70.000 personas a Ceuta hiciera tambalear al presidente del Gobierno. Pero, para su desolación, lo más complejo de la crisis se superó en pocas horas con el regreso de los migrantes a Marruecos. Y lo que se dibujaba como una guerra abierta de una veintena de países de la UE contra España se desinfló, al menos en el tono, quedando algunos flecos abiertos como el contencioso con Italia por la aplicación del acuerdo de Schengen. El tema en todo caso es muy grave y seguirá trayendo cola en la rentrée del otoño. Resulta evidente que el Gobierno se siente tocado; de otro modo no habría endurecido en las últimas horas su discurso anunciando que expulsará a “todos” los que entraron de modo irregular, ignorando que las expulsiones deben hacerse de modo individualizado y cumpliendo estrictos protocolos. Es previsible, pues, que veamos a Feijóo atacando con la inmigración. Pero la política es la política, y de nada le servirán al PP los bramidos contra Sánchez si no cuenta con los votos para tumbarlo (para lo que haría falta que Junts se suicidara políticamente participando con Vox en una moción de censura), o si los jueces amigos no aprietan al presidente hasta la asfixia, llevándolo, si es el caso (todo es ya posible) al banquillo con cualquier ocurrencia jurídica, o si los socios de investidura no le dan la espalda (Sumar anda muy molesto por la prolongación de la vida de la central de Almaraz). Opciones que no dependen exclusivamente de él y de su forma irascible de ejercer la oposición.

Mientras nada de ello ocurra, por mucho que vocifere, Feijóo seguirá despertando y el dinosaurio todavía estará allí.

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“¿QUÉ TAL SE VIAJA EN UN CONTENEDOR DE CATERING, DONALD?”


 ¿Qué fuerza cuántica atrae mutuamente a Trump y Putin? Finiquitados los ideales y perfumando la mentira con eau impériale, se atraen por la radiación del sistema oligárquico, por el poder, la codicia y el reparto como código subatómico. La atracción fatal entre Putin y Trump es tan inquietante como la física cuántica, que busca la naturaleza última de la realidad. Plàcid Garcia-Planas en Cabaret Voltaire.

“Fue como si el suelo que nos sostenía se hubiese esfumado y nada pudiera, en ausencia de todo fundamento sólido, erigirse”, confesó Albert Einstein al descubrir los revolucionarios planteamientos de Max Planck sobre los sistemas atómicos y subatómicos y sus interacciones con fuerzas como la radiación electromagnética. La segunda llegada de Trump a la Casa Blanca ha provocado entre los occidentales (y más allá) la misma sacudida que la física cuántica provocó en Einstein: es como si el suelo que nos sostenía se haya esfumado.

A la espera de que las partículas más ínfimas de la materia nos desvelen en qué consiste la realidad, los analistas tratan de entender esta repentina conexión entre Estados Unidos y Rusia, dos imperios en celo que, como los protones y los neutrones, deberían repelerse pero que se sienten ahora atraídos como esas dos partículas jugando al ping-pong cuántico: protones y neutrones se lanzan sin parar otras partículas subatómicas –los piones– que les generan una atracción irresistible.

¿Qué ping-pong atrae mutuamente a Trump y Putin? Finiquitados los ideales y perfumando la mentira con eau impériale , se atraen por la fuerza de las partículas oligárquicas: el poder y la codicia como código subatómico.

El cambio es tan vertiginoso que ya no nos sirve lo clásico –ni en la física, ni en la política, ni en los diccionarios– para interpretar a la (todavía) primera potencia mundial. Para entender las fuerzas cuánticas de la Casa Dorada –antes conocida como Blanca– hay que aprender su lenguaje y asumir el cómic en el que Trump ha convertido su presidencia: el lunes publicó en Truth Social la imagen de su escritorio en el despacho oval como si fuera el Trono de Hierro de Juego de Tronos en su escenificación más gótica y oscura.

Menos think tanks y más tebeos para descifrar al McHumano de hoy. Reservoir Books acaba de publicar la versión castellana de Rusia, mil años de historia , un interesante cómic pensado y dibujado por los franceses HugoDécrypte, Kris y Kokopello que empieza con la operación militar especial de los vikingos tomando tierras eslavas en el año 862 hasta la operación militar especial rusa intentando tomar hoy Ucrania.

En la última viñeta, aquí reproducida, aparece Putin llamando a Trump: “¿Hola? ¿Donald?”... Es la síntesis del momento cuántico que estamos atravesando y que mareó a Einstein: nada, en ausencia de todo fundamento sólido, puede hoy erigirse con las reglas hasta ahora experimentadas.

Imaginemos, según las últimas noticias, cómo continuaría la viñeta: el ping-pong telefónico de piones entre dos partículas en atracción fatal.

PUTIN: ¿Hola? ¿Donald?

TRUMP: Hola Vlad.

PUTIN: Oye, los iraníes me preguntan si hoy toca paz o toca guerra.

TRUMP: ¡Paz!, que ayer compré acciones petroleras a la baja. Mañana domingo anunciaré un acuerdo para que vuelvan a subir y vendo... Cash! 

PUTIN: Sí, pero no me queda claro si has ganado o perdido la guerra.

TRUMP: Tenemos un control total del estrecho de Ormuz.

PUTIN: Claro, claro...

TRUMP: ¡...! ¿Y tu? ¿Cuántas refinerías te quedan sin quemar, Vlad?

PUTIN: Pues los drones ucranianos, en vuestra última maniobra militar conjunta, os han dado una paliza.

TRUMP: ¿Ah, sí? ¿Y por eso viajas cada vez más hacia las Kuriles y ya nunca hacia el radio de impacto ucraniano?

PUTIN: Venga, que tenemos un acuerdo.

TRUMP: Yo lo cumplo. Sigo disimulando ante los europeos, como quedamos: ahora Patriot sí, ahora Patriot no. Es necesario que antes de las midterms te insulte un pelín para aparentar.

PUTIN: Pero sin pasarte, ¿eh?, algo así como que te he decepcionado.

TRUMP: En unas semanas te envío a Patel para coordinar el reparto.

PUTIN: ¿El Barbie de la guerra?

TRUMP: No. El del FBI. El de los ojos fuera de órbita.

PUTIN: ¡El Gagarin ! Adoro su mirada. Pero espabila con Groenlandia, hay que agilizar el reparto de hemisferios y tu sólo sabes ganar en el Caribe.

TRUMP: Vamos tanteando con perforaciones petroleras por el hielo.

PUTIN: Yo tantearé por el Báltico.

TRUMP: ¿Por Baltimore?

PUTIN: ¡Ay, Donald! Mapas, mapas, mapas... Siempre dices que con los europeos os separa un océano. Recuerda que con Rusia, no, que por el estrecho de Bering, entre nuestra isla Diómedes Mayor y vuestra isla Diómedes Menor, no hay ni cuatro kilómetros.

TRUMP: Oye, Vlad, ¿y porque nos tocó a nosotros la isla pequeña? 

PUTIN : ¿Qué?  Make Diomede Great Again ? No me jodas.

TRUMP: Sigo sin entender por qué vosotros os quedasteis con la grande.

PUTIN: ¿Qué tal se viaja en un contenedor de catering, Donald? ¿Huele más a sandwich o a zumo de tomate?

TRUMP: Puta.

(...)

TRUMP: ¿Vlad?... ¿Sigues ahí?...

[La geopolítica es hoy pura física cuántica, el pánico de Einstein ante la ausencia de todo fundamento sólido].

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HASTA QUE TENGAMOS ROSTRO


En un artículo de la Tribune des Nations, un historiador francés expresa lisa y llanamente el conjunto de insuficiencias intelectuales que suelen mencionarse siempre que se habla del hitlerismo. Analizando la obra: Hitler desenmascarado, publicada por el doc1. Prólogo a El Napoleón de Notting Hill, de Chesterton, Otto Dietrich, que fue durante doce años jefe del servicio de Prensa del Führer, M. Pierre Cazenave escribe: «Sin embargo, el doctor Dietrich se contenta demasiado fácilmente con una frase que, en un siglo positivista, no sirve para explicar a Hitler. "Hitler —dice— era un hombre demoníaco, que se dejaba arrastrar por ideas nacionalistas delirantes." ¿Qué quiere decir demoníaco? En la Edad Media, habría dicho de Hitler que estaba poseso. Pero, ¿y hoy? O la palabra demoníaco no significa nada, o significa poseído del demonio. Pero, ¿qué es el demonio? ¿Cree acaso el doctor Dietrich en la existencia del Diablo? Hay que entenderse. A mí la palabra demoníaco no me satisface. 

»Y la palabra delirante tampoco. Quien dice delirio dice enfermedad mental. Delirio maníaco. Delirio melancólico. Delirio de persecución. Nadie duda de que Hitler era un psicópata e incluso un paranoico, pero los psicópatas e incluso los paranoicos andan por la calle. Pero existe una diferencia entre esto y la locura más o menos sistematizada y cuya observación y diagnóstico hubiesen llevado consigo el internamiento del afectado. 

En otras palabras: ¿Era Hitler responsable? A mi entender, sí. Y por esto descarto la palabra delirio, como descarto el adjetivo demoníaco, ya que a nuestros ojos la demonología solo tiene un valor histórico.» 

A nosotros no nos satisface la explicación del doctor Dietrich. El destino de Hitler y la aventura de un gran pueblo moderno bajo su dirección no podrían describirse enteramente partiendo de la locura y de la posesión demoníaca. Pero tampoco nos satisface la crítica del historiador de la Tribune des Nations. Hitler, afirma, no era clínicamente loco. Y el demonio no existe. No hay que descartar, pues, la noción de responsabilidad. Esto es verdad. Pero nuestro historiador parece atribuir virtudes mágicas a esta noción de responsabilidad. Apenas la ha evocado, la historia fantástica del hitlerismo le parece clara y reducida a las proporciones del siglo positivista en el cual pretende que vivimos. Esta actitud escapa tanto a la razón como la de Otto Dietrich. Y es que el término "responsabilidad" es, en nuestro lenguaje, una transposición de lo que era la «posesión demoníaca» para los tribunales de la Edad Media, según demuestran los grandes procesos políticos modernos. 

Si Hitler no era un loco ni un poseso, lo cual es posible, la historia del nazismo seguiría, empero, siendo inexplicable a la luz de un «siglo positivista». La psicología profunda nos revela que hay acciones aparentemente racionales del hombre que están gobernadas en realidad por fuerzas que él mismo ignora o que están ligadas a un simbolismo absolutamente ajeno a la lógica corriente. Sabemos, por otra parte, no que el Demonio no exista, sino que es algo distinto de la visión que de él tenían en la Edad Media. En la historia del hitlerismo, o mejor, en ciertos aspectos de esta historia, todo ocurre como si las ideas-fuerza escapasen a la crítica histórica habitual, y como si necesitásemos, para comprenderlo, abandonar nuestra visión positiva de las cosas y esforzarnos en penetrar en un universo donde han cesado de conjugarse la razón cartesiana y la realidad. 

Nos hemos impuesto la tarea de escribir estos aspectos del hitlerismo, porque, como dijo muy bien M. Marcel Ray en 1939, la guerra que Hitler impuso al mundo fue «una guerra maniquea, o, como dice la Escritura, una lucha de dioses». No se trata, entiéndase bien, de una lucha entre fascismo y democracia, entre la concepción liberal y la concepción totalitaria de las sociedades. Esto es el exoterismo de la batalla. Y hay un esoterismo. 

Esta lucha de dioses, que se desarrolló detrás de los acontecimientos visibles, no ha terminado en el mundo, sino que los progresos formidables del saber humano en los últimos años se disponen a darle otras formas. Cuando las puertas del conocimiento empiezan a abrirse al infinito, importa capturar el sentido de esta lucha. Si queremos futuro, debemos tener una visión exacta y profunda del momento en que lo fantástico ha empezado a invadir la realidad. Vamos a estudiar este momento. 

«El nacionalsocialismo —concluía— es el baile de San Vito del siglo xx.» Pero, ¿de dónde procedía esta extraña enfermedad? En parte alguna hallaba respuesta satisfactoria. «Sus raíces más profundas arraigan en regiones ocultas.» Estas regiones nos parecen dignas de ser exploradas. Y no será un historiador, sino un poeta, quien nos servirá de guía. 

«En el fondo —decía Rauschning— todo alemán tiene un pie en la Atlántida, donde busca una patria mejor y un mejor patrimonio. Esta doble naturaleza de los alemanes, esta facultad de desdoblamiento que les permite, al mismo tiempo, vivir en el mundo real y proyectarse a un mundo imaginario, se manifiesta de manera especial en Hitler y nos da la clave de su socialismo mágico.» 

Y Rauschning, tratando de explicarse la subida al poder de este «sumo sacerdote de la religión secreta», intentaba persuadirse de que, muchas veces en la Historia, «naciones enteras cayeron en una inexplicable agitación». Entonces emprendían marchas de flageladores. Un baile de San Vito las sacudía». 1. C. S. Lewis, profesor de teología en Oxford, había anunciado, en 1937, en una de sus novelas simbólicas. El silencio de la Tierra, el comienzo de una guerra por la posesión del alma humana, y cuya forma exterior será una terrible guerra material. Después volvió sobre la misma idea en otras dos obras: 'Perelandra' y 'Esa horrenda fortaleza'. 

El último libro de Lewis se titula 'Hasta que tengamos rostros'. En este gran relato poético y profético se encuentra la frase admirable: «Los dioses no nos hablarán cara a cara hasta que nosotros mismos tengamos un rostro.»

Pawels y Bergier, El Retorno de los Brujos (fragmento)

El “rostro” es la forma adquirida del ser. No es biología, es ética: solo cuando un sujeto asume su verdad interior deja de ser una sombra. Sin rostro, no hay interlocutor; solo hay ecos de voluntades ajenas.
El ser humano nace en la ficción de sí mismo: deseo, miedo, resentimiento, autoengaño.
La máscara es la primera ontología; el rostro, la segunda. Pasar de la máscara al rostro es un proceso de despertar, no de ornamento.

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CEUTA, EL RETORNO


 Retorno es la palabra que mejor explica el nuevo rumbo del Gobierno a Ceuta: el de los adultos que todavía permanecen en la ciudad, el de los menores cuando las circunstancias lo permitan –dado que su regreso requiere más garantías y un procedimiento específico– y, sobre todo, el de la normalidad. Porque la prioridad de Moncloa ya no es tanto gestionar la crisis abierta el pasado 30 y 31 de julio, sino cómo cerrarla.

Y por eso es urgente despejar las calles de la ciudad autónoma. Su presencia mantiene visible la impronta de una entrada masiva que desbordó una frontera española durante dos días y colocó junto al colapso el flanco sur. La permisividad con la que Marruecos dejó de vigilar la frontera y sus posteriores manifestaciones expansionistas han motivado que una crisis inicialmente migratoria se haya convertido en un problema político de soberanía.

Al fin y al cabo, lo ocurrido en Ceuta no es solo una crisis puntual: es la demostración de que una frontera puede derrumbarse en dos horas y que un estado puede quedar en evidencia en dos noches. El Gobierno ha optado por la vía del retorno, de la calma calculada, de dejar que el relato madure hasta que la ciudadanía entienda que la frontera no es un debate moral, sino un mecanismo de supervivencia. Y esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en Tarajal en el 2014 bajo el Gobierno del PP, con Jorge Fernández Díaz como ministro del interior, o en el 2017 con el inefable Juan Ignacio Zoido. Actualmente, no ha habido rasgos ni humo: solo una gestión fría, quirúrgica, que ha permitido que la presión social haga el trabajo. Una gestión calculadamente displicente, creo que acertada.

Marruecos ha jugado su partida con la misma habilidad de siempre: abrir la puerta, mirar hacia otro lado y esperar a que Europa tiemble. Y Europa ha temblado. Porque cuando una frontera se desborda, el problema ya no es migratorio: es político, es territorial, es de soberanía. Y aquí es donde el debate se vuelve incómodo: ¿qué hacemos con un territorio que es frontera y símbolo a la vez, que es español por ley pero vulnerable por geografía, que es pieza de un tablero que Rabat mueve con inquietante naturalidad?

Algunos proponen ya soluciones extremas, mapas reescritos, fantasías de desconexión. Pero la realidad es más cruda: Ceuta y Melilla son dos fisuras en el mapa que hace cada crisis más profunda. Y cada episodio, del 2014 al 2017 hasta hoy, recuerda que la frontera no es un sitio: es una advertencia, que Europa sigue sin querer escuchar.

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COLONOS ACOSADORES EXTREMOS EN QUSRA


 Tras cuatro días de asedio a tres casas palestinas por una decena de colonos judíos, Israel ha lanzado este jueves —tras intervenir Estados Unidos— una operación militar para “para proteger a los residentes y mantener la seguridad” en la aldea cisjordana de Qusra, según ha informado el ejército. Las tropas, sin embargo, no han echado aún a los radicales israelíes (que se pasean junto a las viviendas desde el domingo), sino que han evacuado y tomado seis casas palestinas, de acuerdo con el alcalde, Abed Al Athem Wadi. Son los preparativos de una campaña para poner fin a un cerco que ha ido atrayendo atención internacional con el paso de los días.

Los colonos han llegado a cortar el agua y la electricidad a tres familias, atemorizadas de salir y temerosas de quedarse sin comida. “Estamos completamente aislados (…). La familia está enormemente aterrorizada", denunció uno de los asediados, Qusay Abu Ridi, en una publicación en Facebook. La situación ha puesto en el punto de mira al ejército, que está impidiendo acceder a las casas a periodistas y activistas, y que no duda en evacuar por la fuerza a sus propios ciudadanos en otras zonas de Cisjordania cuando se trata de activistas de derechos humanos, y no de colonos.

Un vídeo ha sido particularmente revelador: cuando los radicales judíos levantaron el protoasentamiento (del tipo que no solo el derecho internacional, sino también Israel considera ilegales), los soldados despachados no solo no hicieron nada para remediarlo, sino que rezaron y se sentaron con ellos, haciéndose selfis bajo la carpa que habían instalado, según se puede ver en vídeos. Las Fuerzas Armadas de Israel han anunciado medidas disciplinarias contra ellos.

En la mañana de este jueves, el ejército ha enviado tropas a Qusra, demolido algunas estructuras que levantaron los colonos e instado a los residentes a “permanecer en sus hogares”. También ha precisado que no operará dentro de la casa de la familia palestina ubicada cerca de donde se alzaba la ―ahora desmantelada— tienda de campaña. No hace mención a las otras dos. Los evacuados han sido trasladados de momento a otras dentro de la misma localidad, cercana a la ciudad de Nablus, en el norte del territorio ocupado de Cisjordania.

La prolongación de la situación (sumada a que una de las casas pertenece a un palestino-estadounidense que vive en Ohio y allí tiene encerrados a un hermano y un hijo) ha acabado implicando al embajador de Estados Unidos en Israel. Mike Huckabee es un habitual defensor de la ocupación israelí de Cisjordania, hasta el punto de afirmar que ni una ni la otra realmente existen y se refiere al territorio por su nombre bíblico y oficial en Israel: Judea y Samaria.

A primera hora de este jueves, el embajador desveló que el ejército y la policía israelí habían acudido a Qusra “a petición” de la Embajada de EE UU en Jerusalén. “Las acciones de quienes llevaron a cabo este horrible acto de terrorismo, destinado a intimidar y acosar a esta familia, son repugnantes. No hay excusa para semejante comportamiento de matones”, ha señalado en la red social X.

El ejército ya se había personado en Qusra en la víspera, con el jefe del Estado Mayor, Avi Bluth. Efectuó un arresto y empleó gases lacrimógenos, pero se fue sin desmantelar el asentamiento, ni romper el cerco a las casas palestinas, ante la resistencia de los radicales.

El asedio comenzó el domingo, cuando los colonos bloquearon el camino de acceso a tres viviendas e instalaron una tienda de campaña en sus patios delanteros. Lo llaman una “ampliación” —a menos de 200 metros de las casas palestinas— de Tel Talpiot, otro de los miniasentamientos que proliferan en estos últimos meses de legislatura.

Los ultranacionalistas judíos que pueblan los asentamientos más radicales vienen incrementando sus acciones para tomar tierras y expulsar a los palestinos, adentrándose cada vez más en las zonas de Cisjordania bajo control administrativo de la Autoridad Nacional Palestina, después de lograr que cientos de familias (sobre todo beduinas) abandonasen sus tierras, por los ataques sufridos y la creciente dificultad para alimentar a su ganado o cultivar sus tierras.

En el primer semestre del año, han cometido en Cisjordania un 63% más de delitos —como agresiones físicas o quemas de hogares, mezquitas, olivos o rebaños de ganado— respecto al mismo periodo en 2025, según los propios datos de las fuerzas de seguridad israelíes dados a conocer el lunes por la radiotelevisión ​​pública. Los casos han pasado de 405 a 660, en un recuento inferior al que llevan las organizaciones de derechos humanos. Desde que Benjamín Netanyahu regresó al poder en 2022, concediendo un peso inédito en su coalición a la ultraderecha, la connivencia o inacción de policía y ejército hacia los actos de violencia o delictivos de los colonos se ha hecho más evidente.

Antonio Pita en el pais. La foto es de Associated Press/LaPresse (APN)

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MEMORIAS DE 2027

Una imagen conceptual representa la amenaza de una guerra nuclear zpagistock/ Getty

Escribo estas páginas en el verano de 2043. El cielo vuelve a ser azul en días contados, aunque nunca es el azul que recuerdo cuando era un joven estudiante lleno de optimismo e inseguridades. También quisiera comentar que el frío y la nieve continúan llegando en la época equivocada y que la temporada agrícola es varias semanas más corta de lo que era antes de la guerra del 2027. Javier Tejada (Universidad de Barcelona) Eugene Chudnovsky (The City University of New York). lavanguardia.com 

"Muchas son las personas que dicen que el mundo que conocíamos acabó en julio de 2027. Pero se equivocan si hablamos con rigor: las explosiones del verano fueron solo el principio. El mundo terminó de verdad seis meses después, cuando comprendimos que la pérdida de las primeras cosechas no había sido temporal y que las reservas de alimentos se estaban agotando.

Durante las primeras semanas de la gran catástrofe, todavía creíamos que los gobiernos seguían existiendo en algún lugar más allá de las “montañas” y nos mostrábamos seguros de nuestra creencia de que alguien, muchos quizás, habían sobrevivido. Por eso, pensábamos que pronto llegarían los trenes y veríamos aviones surcando el cielo. También decíamos a los más jóvenes que pronto el ejército organizaría la distribución de alimentos y que a bien seguro las ondas de radio volverían a despertarnos. Pero mientras tanto, cada mañana subíamos a la cresta de la montaña más cercana y tendíamos una antena de alambre entre dos pinos. Nada. Solo ruido indescifrable.

El mundo se ha vuelto mucho más silencioso de lo que cualquiera que viviera antes del 2027 podría haber imaginado. Ya no existen los mercados financieros que abrían en Tokio, Londres o Nueva York y avivaban las industrias y el comercio. Con el tiempo supimos que existían comunidades dispersas de supervivientes que, de repente, aprendieron que la civilización es mucho más fácil de destruir que de reconstruir, a la vez que los niños preguntan a los mayores cómo terminó el mundo. La respuesta es que el mundo necesitó de mucho tiempo para desaparecer y terminó por el efecto de mil decisiones equivocadas, cada una de las cuales parecía, curiosamente, razonable para quienes las tomaron.

Mirando hacia atrás, las personas discrepan sobre cuándo comenzó realmente el camino hacia la catástrofe. Algunos señalan febrero del 2022, cuando Rusia lanzó su invasión a gran escala contra Ucrania. Otros se remontan a la agitación en Kiev en 2014, interpretada en Moscú como un golpe respaldado por Occidente y que provocó la ocupación rusa de Crimea. También están los que señalan con el dedo al tablero internacional tras el final de la Guerra Fría: Estados Unidos creyó que la historia lo había elegido como vencedor permanente y comenzó a exhibir su poder en las fronteras rusas. Sea cual fuera el verdadero comienzo, la guerra en Ucrania transformó Europa. 

Al principio, parecía un conflicto regional. Las naciones occidentales suministraban a Ucrania armas, inteligencia, dinero y entrenamiento mientras evitaban cuidadosamente el combate directo. Rusia mostró inicialmente contención. Continuó atacando infraestructuras ucranianas, movilizando reservas y adaptando su ejército, aunque parecía evitar una confrontación directa con la OTAN. Ambos bandos fueron escalando gradualmente.

Cada mes aparecía una nueva “línea roja” que, una vez cruzada, se convertía en la nueva normalidad. Los ataques ucranianos alcanzaban zonas cada vez más profundas del territorio ruso, dañando refinerías de petróleo y cadenas de suministro. Los misiles rusos alcanzaban objetivos cada vez más alejados dentro de Ucrania, diezmando su logística militar y civil. Los drones se volvieron más baratos que los proyectiles de artillería. La inteligencia artificial redujo el tiempo entre la detección y la destrucción. El mundo se acostumbró a los informes diarios de explosiones en ciudades que habían vivido en paz durante generaciones. Quizá ese fue el primer gran error que no supimos ver.

Mientras tanto, otro incendio ardía lentamente en Oriente Medio. La confrontación entre Israel e Irán llevaba décadas desarrollándose mediante fuerzas interpuestas, operaciones encubiertas y sanciones. Sin embargo, hasta febrero del 2026 nunca había alcanzado el nivel del asesinato del Líder Supremo de Irán y de parte de su familia en pleno desarrollo de las negociaciones entre diplomáticos estadounidenses e iraníes. Otra “línea roja” cruzada. Esa audaz acción desencadenó una fuerte respuesta militar de Irán, lo que “obligó” a Estados Unidos, el aliado más cercano de Israel, a entrar en una guerra total en Oriente Medio. Había comenzado la destrucción de la “cuna de la civilización humana”.

Antes de que las hostilidades tomaran un rumbo irreversible, todos los gobiernos insistían en que deseaban evitar una guerra regional. Todos los gobiernos creían que la disuasión requería demostrar fortaleza. Estados Unidos seguía comprometido con la defensa de Israel. Rusia reforzó su cooperación con Irán. China amplió su influencia económica evitando compromisos militares directos.

Cada potencia afirmaba buscar la estabilidad, pero todas se preparaban para la inestabilidad. Los años 2025 y 2026 estuvieron llenos de crisis que nunca llegaron a convertirse del todo en desastres. Se atacaron petroleros. Las rutas marítimas fueron amenazadas. Los precios del petróleo se disparaban y luego retrocedían. Los sistemas de defensa aérea interceptaban misiles sobre ciudades densamente pobladas. Los diplomáticos viajaban sin descanso entre capitales. Cada desescalada exitosa convencía a los dirigentes de que las futuras crisis también seguirían siendo manejables. Esa confianza se convirtió en otra ilusión fatal. A finales del 2026, las guerras ya no estaban separadas. Los ataques con misiles se extendieron por todo Oriente Medio. Las exportaciones de energía colapsaron. Los mercados mundiales entraron en pánico. Los enfrentamientos navales se multiplicaron.

El frente ucraniano se intensificó precisamente en el peor momento. Ataques ucranianos de largo alcance destruyeron infraestructuras militares rusas cruciales. La guerra electrónica dejó ciegos a los satélites. Los cables submarinos de comunicación europeos y de Oriente Medio resultaron dañados por misteriosas explosiones cuya autoría nunca pudo establecerse de manera concluyente. Los sistemas financieros comenzaron a fallar de forma impredecible. Internet se fragmentó. Los gobiernos dejaron de compartir información incluso con sus mejores aliados.

Entonces llegó el acontecimiento que aún hoy permanece envuelto en rumores. Algunos lo llaman el incidente de Kaliningrado. Otros lo llaman el error del Báltico. Nadie sabe exactamente qué ocurrió porque los centros de datos que conservaban las pruebas fueron destruidos durante la semana siguiente. Una versión sostiene que un misil hipersónico sufrió un fallo. Otra, que la guerra electrónica corrompió los sistemas de guiado. Una tercera afirma que una red automatizada de defensa identificó erróneamente un ataque convencional entrante como nuclear.

Sea cual sea la verdad, el caso es que se utilizaron armas nucleares tácticas por primera vez desde 1945. Las primeras explosiones mataron a decenas de miles de personas en Rusia y Europa occidental. El pánico que desataron acabaría costando millones de vidas. Durante décadas, los estrategas militares habían hablado con confianza sobre “opciones nucleares limitadas”. Imaginaban respuestas cuidadosamente calibradas. Escalada medida. Señalización controlada. Esas expresiones desaparecieron en cuarenta y ocho horas.

De repente, todos los bandos temieron perder sus fuerzas nucleares antes de poder responder. Los sistemas de alerta detectaban lanzamientos. Algunos eran reales. Otros eran falsas alarmas. Nadie tenía la certeza suficiente para esperar. La segunda oleada alcanzó bases militares. La tercera alcanzó centros de mando. La cuarta ya no distinguía entre objetivos militares e industriales.

Las grandes ciudades desaparecieron bajo enormes nubes de humo y polvo. Las redes eléctricas colapsaron casi simultáneamente en todos los continentes. Los satélites de comunicaciones dejaron de funcionar. La navegación falló. Los aviones que ya estaban en vuelo tenían enormes dificultades para aterrizar. Los hospitales agotaron sus generadores de emergencia. Los sistemas de abastecimiento de agua dejaron de funcionar.

Los más afortunados murieron rápidamente. El resto entramos en el Gran Silencio. Yo sobreviví porque casualmente asistía a una conferencia científica en una remota región montañosa. Nuestro valle no tenía importancia estratégica. Observamos luces extrañas en el horizonte sur durante la primera noche sin comprender su significado. Los teléfonos enmudecieron. La radio dejó de emitir su programación habitual. Luego dejó de emitir por completo. Pasamos semanas creyendo que alguien restablecería el orden. En cambio, descubrimos que ya no quedaba nadie capaz de hacerlo.

Lo que vino después fue peor que la guerra. Un humo denso se extendió por la alta atmósfera. Los días se volvieron tan oscuros como las noches. La temperatura descendió. Las cosechas murieron. La distribución de alimentos desapareció. Los medicamentos desaparecieron. Las reservas de combustible se agotaron. La confianza entre los humanos dejó de existir: personas que antes debatían de política cordialmente tomando un café, ahora luchaban por sacos de grano. Aprendimos a comer cosas que llamábamos malas hierbas. Las universidades se convirtieron en refugios y las iglesias se usaron como hospitales. Las bibliotecas se convirtieron en fuentes de combustible porque las familias desesperadas quemaban libros antes de darse cuenta de que el conocimiento acumulado durante siglos era mucho más valioso que un poco de calor temporal.

Ahora, dieciséis años después, nuestro asentamiento cuenta con casi dos mil personas. Solo ocasionalmente conseguimos generar electricidad con turbinas hidroeléctricas reparadas. Enseño matemáticas y ciencias a los niños utilizando libros de texto rescatados e impresos antes de la guerra. Los médicos fabrican antibióticos sencillos utilizando técnicas redescubiertas en manuales centenarios. De vez en cuando llegan visitantes con historias de regiones lejanas. Redes de radio primitivas conectan comunidades separadas por cientos de kilómetros.

Cuando los jóvenes preguntan quién inició la guerra, les digo que la historia rara vez ofrece respuestas reconfortantes. Las naciones tomaron decisiones. Los líderes tomaron decisiones. Los generales tomaron decisiones. Los científicos diseñaron mejores armas. Los ingenieros construyeron ordenadores más rápidos. Los periodistas se hicieron eco de los temores de unos y otros. Los ciudadanos eligieron gobiernos. Todos participamos, aunque fuera de manera indirecta, en sistemas que premiaban más la victoria que la comprensión mutua. Cruzar «líneas rojas» tuvo consecuencias catastróficas.

La lección no es que una nación fuera excepcionalmente malvada ni otra excepcionalmente virtuosa. La lección es que todos creían imposible la catástrofe hasta la mañana en que se hizo realidad. Los hombres y mujeres de principios del siglo XXI poseíamos tecnologías asombrosas y un gran conocimiento científico y humanista. De hecho, las máquinas podían traducir idiomas al instante. Los cirujanos operaban mediante robots. La inteligencia artificial descubría medicamentos. Las naves espaciales exploraban planetas lejanos. Sin embargo, la sabiduría no avanzó tan rápidamente como la tecnología. El ansia de poder creció más deprisa que la contención.

Escribo estas palabras para los niños que nunca han usado un teléfono móvil ni han visto una ciudad iluminada por la noche. Si algún día reconstruyen la civilización que heredamos y destruimos, ojalá conserven no solo sus inventos, sino también sus advertencias. Porque las ruinas que nos rodean no son monumentos a un destino inevitable. Más bien son monumentos a decisiones que pudieron evitarse. Y saber que todo pudo evitarse, más que el invierno nuclear, los desiertos radiactivos o las capitales silenciosas, es el recuerdo más difícil de soportar de 2027"

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YO ACUSO (EN NOMBRE DE PALESTINA)


 Solo el populacho y la élite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo. Las masas solo pueden ser ganadas por la propaganda. La propaganda y el terror ofrecen dos caras de la misma moneda; ahí donde el totalitarismo posee un control absoluto, sustituye a la propaganda con el adoctrinamiento y utiliza la violencia para ejecutar sus doctrinas ideológicas y sus mentiras prácticas. HANNAH ARENDT.

 ¿Qué es lo que le ha pasado a un grupo de personas –aquellos que votan a favor de un gobierno altamente agresivo– para que luego de que su pueblo hace ochenta años fuera violentado por los nazis en el Holocausto, se haya transformado ahora en los mismos que los hicieron sufrir de manera insondable? ¿Cómo es que esos rostros se manifiestan ahora así llenos de júbilo ante la muerte de niños y civiles, a los que es más fácil considerar terroristas a priori, prefiriendo falsear la realidad para ofrecer un velo, un espectáculo, que les permita seguir violentando al otro sin distinción alguna?.
Estas preguntas tienen respuesta, evidentemente, desde quien las formula, pero mucho más dadas la subjetividad, la visión de mundo y de la historia desde la que cada ser humano puede responder, si bien podemos convenir en que todo lo anterior sucede en el diálogo que corresponde a la otredad basal en la que se da la existencia humana: la posibilidad de salvaguardar valores y una mirada hacia el mundo es sostenible sólo en la medida en que existen otros, no sólo los que se suponen iguales. Ante los crímenes que el Estado de Israel –de severa impronta sionista– está perpetrando diariamente en la Franja de Gaza –y Cisjordania– en contra del pueblo palestino, habemos un grupo importante de personas en el mundo que creemos que no está justificada su manera de actuar tras el ataque que sufriera ese país este 7 de octubre de parte de Hamás, más allá de lo que ha sido el apartheid al que ha sometido el Estado de Israel al pueblo palestino desde al-Nakba, el año 1948. Quizás todo esto se entienda leyendo las certeras palabras de Hanna Arendt que sirven de epígrafe a este texto. Pero quizás, también, todo se entienda al develar los intereses económicos de Israel y EEUU tanto para frenar a China y el BRICS que buscan recrear la antigua Ruta de la Seda, como también desplazarlos del negocio con Europa del gas y del petróleo, que ha producido consabidos ataques en contra de Siria, El Líbano, Palestina y Ucrania.
Como sea, hecho el punto, más allá de la complejidad del caso, hay claridades evidentes, por lo que quiero decir lo siguiente: 

Yo acuso que los crímenes del Estado de Israel –esta limpieza étnica, este genocidio, cada asentamiento ilegal, asesinato y tortura– dan cuenta de nuestro fracaso como Humanidad.

Yo acuso que los crímenes del Estado de Israel en contra de Palestina se han convertido en una de las grandes vergüenzas de nuestra Historia. 

Yo acuso que el Estado de Israel es amparado por Estados Unidos y su continua política exterior de intervenir violentamente –de manera solapada o no– en el curso e independencia del mundo y los países que lo componen.

Yo acuso que la democracia es el camino del mundo, pero que ya no es representativa, pues ha sido secuestrada en favor de un puñado de seres humanos en detrimento de la mayoría, lo que debe revertirse con urgencia.

Yo acuso que están muriendo a diario miles de inocentes y miles de niños, y como Humanidad hemos sido incapaces de hacer algo para salvarlos.

Yo acuso que un mundo que no es capaz de velar por sus niños debe desaparecer en favor de un mundo que sea nuestro, de los seres humanos que salvaguarden la vida y el bienestar de los niños como primera regla de su existencia.

Yo acuso que la ONU ha fracasado y debe refundarse en favor de hacer cumplir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y de imposibilitar la impunidad de cualquier país u organización que los vulnere.

Yo acuso que nadie puede ser considerado escudo humano más que ser humano.

Yo acuso el silencio cómplice de la Corte Penal Internacional.

Yo acuso que la Humanidad debe levantarse de una vez más allá de los intereses económicos de unos pocos que siguen abusando de su poder en detrimento de la mayoría


«Yo acuso (en nombre de Palestina)», de Juan Carlos Villavicencio - Santiago de Chile. 31 de octubre, 2023
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LA INVASIÓN SILENCIOSA


Zuhair Lakhani es un joven estadounidense de 21 años. Asegura que maneja una granja con unos 4.200 móviles: en un dúplex en Los Ángeles alberga unos 1.200 dispositivos y el resto, unos 3.000, se encuentran repartidos en otros puntos de la ciudad californiana. 

Lakhani explica que todo este ejército de teléfonos los gobierna un agente de inteligencia artificial (IA), que es capaz de crear en cada uno de ellos un perfil en redes sociales, principalmente TikTok. Esa IA consigue engañar al algoritmo de la plataforma navegando durante un par de semanas como si fuera un humano. Lo hace sin llamar la atención: scrollea sin parar, se detiene, da likes, comenta, comparte, se aburre…

Lakhani asegura que puede crear cualquier perfil que se proponga. Podría dar vida a un ama de casa de 58 años de Barcelona, a un runner de 37 años de Riudellots de la Selva o a una joven migrante marroquí que ha llegado con éxito a España tras cruzar por Ceuta. 

Más de 6.000 empresas han llegado a solicitar sus servicios, según relata él mismo en un extenso reportaje en Intelligencer, la sección de tecnología y negocios de New York Magazine. Sus clientes le pagan 450 dólares al mes para que obre su magia. Su objetivo no es otro que el de vender un producto. El propio Lakhani lo detalla de este modo: “Si nos dices: ‘Quiero que vendas mis raquetas de tenis’; crearemos cuentas nuevas para ti en TikTok y las aclimataremos al nicho del tenis. Haremos que esas cuentas vean contenido de tenis, comenten cosas de tenis e interactúen con temas de tenis para que los algoritmos reconozcan a un espectador más de tenis”, explica.

Así, cuando la cuenta creada por la IA de Lakhani empiece a publicar sobre raquetas, TikTok considerará esos vídeos auténticos y los mostrará a otros tenistas, estos sí, reales, algunos de los cuales querrán comprar el producto que ha aparecido en su pantalla por arte de (supuesto) birlibirloque. Dicho en otros términos, influencers sintéticos simulan una tendencia para que usuarios reales terminen comprando un producto. Lo artificial se mezcla con lo auténtico hasta hacerse difícil de distinguir.

Joe Lim también sabe de manipulación en redes sociales. Y también ha utilizado inteligencia artificial para fabricar influencers. Estima que el 90% de lo que uno ve en TikTok, Instagram o X es publicidad encubierta. Si los ojos de millones de personas están en la pantalla de un móvil, es allí donde hay que ir a buscar a los clientes.

Estadounidense de 29 años, Lim dirigió una empresa llamada Floodify (un juego de palabras con inundar, flood, en inglés), que en su momento álgido llegó a gestionar 65.000 cuentas falsas en redes sociales con el objetivo de promover lo que sus clientes desearan. En un solo día, asegura Lim en un artículo en Vulture, podía publicar 50.000 vídeos en TikTok, Instagram, YouTube y X, todos diseñados para que parecieran usuarios normales que espontáneamente decidían comentar sobre algo en concreto.

Esto son solo dos ejemplos de cómo actores invisibles pueden fabricar artificialmente la apariencia de una tendencia o de un consenso, sobre cómo el marketing más turbio y también la propaganda han invadido silenciosamente las conversaciones de usuarios reales en estas plataformas para tratar de influir en su opinión en un sentido u otro.

El pasado 2 de agosto entró en vigor el artículo 50 del Reglamento de IA de la Unión Europea, que establece obligaciones de transparencia para los proveedores y responsables del despliegue de determinados sistemas de IA. Entre otras medidas, exige que los sistemas generativos incorporen mecanismos que permitan detectar el contenido generado o manipulado artificialmente y establece obligaciones específicas de información para determinados contenidos, entre ellos los deepfakes y determinados textos creados por IA sobre asuntos de interés público. Sin embargo, hay algo que la norma no resuelve tan fácilmente: ¿cómo se etiqueta a un usuario que no existe?

La verdad, que ya venía muy tocada, murió en Twitter hace años y lo auténtico ahora ha pasado a mejor vida entre los reels de TikTok e Instagram. ¿Habremos vivido ya algún tipo de revolución, disturbio o agitación social provocado al menos en parte por actores sintéticos y no nos habremos dado ni cuenta?

Marius Fort Armegol, a la vanguardia

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