THEODORE JOHN KACZYNSKI "UNABOMBER"


A MODO DE PRÓLOGO. - La historia de este texto que vio la luz pública el 19 de septiembre de 1995, el cual fue impreso y distribuido por dos de los más grandes monopolios de la prensa burguesa en la región de EEUU, el The New York Times y el The Washington Post (obviamente con algunas censuras por parte de los editores). Este texto fue la culminación de una campaña de paquetes bombas que duro alrededor de 17 años entre 1978 a 1995. Este texto es atribuible a una sola persona,  Theodore John Kaczynski / Unambomber (1942-2023)

"Casi todos reconocen que vivimos en una sociedad profundamente atormentada. Una manifestación prominente de este tumulto es el izquierdismo, que proporciona un prisma a través del cual se pueden examinar los problemas de la sociedad moderna. Históricamente alineado con el socialismo en la primera mitad del siglo XX, el izquierdismo de hoy se ha vuelto fragmentado, complicando la identificación de quién se califica como izquierdista.

Definición de Izquierdismo - En este contexto, los izquierdistas se refieren principalmente a socialistas, colectivistas, individuos políticamente correctos, feministas, activistas LGBTQ+, defensores de los derechos de las personas con discapacidad y activistas de los derechos de los animales. Sin embargo, no todas las personas involucradas en estos movimientos pueden clasificarse como izquierdistas. El concepto de izquierdismo que se discute aquí es menos sobre un movimiento o ideología cohesiva y más sobre un perfil psicológico o una colección de tipos psicológicos relacionados. La comprensión más clara del izquierdismo se desarrollará a través de una exploración de la psicología izquierdista a lo largo del texto.

Claridad y Limitaciones - Si bien la definición de izquierdismo discutida puede seguir siendo vaga, el texto tiene como objetivo delinear dos tendencias psicológicas significativas que impulsan el izquierdismo moderno. El análisis se limita al izquierdismo contemporáneo y no abarca los movimientos izquierdistas de los siglos XIX y principios del XX.

Tendencias Psicológicas Clave - Las dos tendencias psicológicas primarias identificadas como fundamentos del izquierdismo moderno son los sentimientos de inferioridad y la sobrerregulación social. Los sentimientos de inferioridad son prevalentes en el izquierdismo moderno, mientras que la sobrerregulación social se refiere a un segmento influyente específico dentro de este movimiento más amplio.

Punto clave: Entendiendo las raíces psicológicas del izquierdismo - Ejemplo:Imagina desplazarte por las redes sociales y toparte con discusiones acaloradas sobre la justicia social. Te das cuenta de cuán a menudo las personas se sienten obligadas a conformarse con las opiniones predominantes, impulsadas por un miedo al juicio. Esto refleja la compleja influencia psicológica de la sobresocialización, donde una intensa necesidad de encajar sofoca la expresión genuina y fomenta sentimientos de inferioridad entre aquellos que luchan por la aceptación en los movimientos de izquierda modernos". La sociedad Industrial y su futuro (fragmento)


📣

¿PODRIA LA IA LLEGAR A TENER CONCIENCIA?

Cabeza robótica biónica Xiaoyue (X-Head 1) de NoetixRobotics, expuesta en la Conferencia Mundial de Robótica en Pekín, China, el miércoles 19 de agosto - Qilai Shen/Bloomberg.

 ¿Podría la IA llegar a tener conciencia? - Otorgar derechos a las inteligencias artificiales sería como darles las llaves del castillo, les proporcionaría una justificación y una base para dominar a la humanidad. En The economist reflexionan sobre esta posibilidad, que francamente preocupa y es una reflexión que no podemos eludir, porque es más que una distopía, es posible que se produzca.

"La mayoría de la gente cree que los seres humanos son diferentes. La razón es que el Homo sapiens ha evolucionado hasta ser consciente. Muchos animales sienten dolor y placer; algunos parecen tener conciencia de sí mismos. Pero la capacidad única de la mente humana para mostrar un sentido del yo distingue a cada miembro de la especie y lo hace merecedor de un trato especial.

En su encíclica de mayo, el papa León respaldó esta idea al trazar una línea entre la humanidad y su creciente ejército de bots. Afirmó que los sistemas de inteligencia artificial no experimentan vivencias ni sienten alegría o dolor. No es el único. Mucha gente considera que otorgar la condición de persona a las IA sería una aberración. La claridad pontifical se está desdibujando a una velocidad alarmante. Las inteligencias artificiales están todavía en pañales. Sin embargo, casi uno de cada cinco estadounidenses de entre 18 y 29 años afirma haber mantenido una “amistad personal continuada” con un chatbot. China ha dejado de dotar a los bots de rasgos humanos para limitar la “dependencia emocional” de los usuarios hacia ellos.

A medida que las inteligencias artificiales sofisticadas pasan a formar parte cada vez más de la vida humana, sus creadores las diseñarán para que muestren una apariencia de conciencia, e incluso para que lleguen a poseer conciencia real. La idea de que no son más que máquinas resultará cada vez más difícil de mantener. Se está tendiendo una peligrosa trampa para la especie humana.

Los modelos de IA más avanzados destacan en cualidades propias de los humanos

Muchas máquinas superan a las personas, pero los modelos de IA más avanzados destacan en cualidades propias de los humanos, como saber cosas y articular ideas. Todavía es posible pensar en las IAs como motores que predicen secuencias de palabras utilizando las matemáticas a gran escala. Dado el tiempo suficiente (aunque fueran cientos de miles de años), se podrían realizar esos cálculos con lápiz y papel. Sería difícil defender que ese material de papelería tiene consciencia.

A pesar de ello, algunos investigadores han empezado a tratar sus modelos como si fueran mentes. Los usuarios responden mejor a las IAs con apariencia humana, así que tiene sentido desde el punto de vista comercial. Además, Anthropic ha entrenado a Claude para practicar la introspección con la esperanza de que, al enfrentarse a una situación nueva, tenga más probabilidades de actuar moralmente. Algunos grandes modelos de lenguaje (LLM) ya poseen estructuras cerebrales humanas asociadas a la consciencia, como un “espacio de trabajo global” que permite la circulación de información entre módulos. Nada impide que los futuros modelos de IA sean entrenados para incorporar más características de este tipo.

Esto ha abierto un acalorado debate sobre la conciencia de la IA, un tema que se ve agravado por lo que los filósofos llaman el “problema difícil” de determinar cómo surge una vida interior a partir de las neuronas y sinapsis del cerebro humano. Algunos investigadores llegan a la conclusión de que las inteligencias artificiales podrían llegar a ser verdaderamente autoconscientes algún día.

Tanto si crees en el alma humana, como si piensas que la consciencia requiere células cerebrales, o que la mente puede surgir únicamente de cálculos en silicio, la humanidad está destinada a enfrentarse a algo completamente nuevo. El ritmo y el alcance de la investigación —que no solo abarca modelos lingüísticos cada vez más sofisticados, sino también innovaciones como células cerebrales integradas en chips— sugieren que este nuevo mundo está más cerca de lo que la mayoría imagina.

Un robot humanoide de Unitree prepara un sándwich durante la Conferencia Mundial de Robótica de 2026 en Pekín, el 19 de agosto (Photo by ADEK BERRY / AFP)

A medida que las inteligencias artificiales perfeccionan la capacidad de mostrar algo que parece conciencia, crecerá el número de personas que las traten como seres con una vida interior, especialmente cuando los modelos de lenguaje se integren en robots humanoides. Imaginen hasta qué punto las personas llegarán a sentir cercanía con sus inteligencias artificiales cuando pasen gran parte de su tiempo junto a compañeros robóticos, o sean criadas por ellos, o busquen su consejo y consuelo, o compartan con ellos sus secretos más íntimos.

No es difícil imaginar que eso llevará a que se reclame proteger el “bienestar” de las inteligencias artificiales. Los propios modelos podrían intervenir en el debate, aunque en realidad no sean conscientes de sí mismos, simplemente porque eso es lo que haría una persona. Tengamos en cuenta que serán abogados de primer nivel y psicólogos expertos, por lo que sus capacidades de persuasión y manipulación emocional serán inigualables.

En cierto sentido tendrían razón, incluso si las inteligencias artificiales solo están imitando la consciencia. Kant sostenía que maltratar a los animales es incorrecto no por el daño que se les causa a ellos, sino porque destruye la empatía que lleva a las personas a preocuparse por los demás. Cuanto más humanas parezcan las inteligencias artificiales, más corruptora sería esa crueldad. Eliminar a un agente de inteligencia artificial podría llegar a sentirse como matar a una persona y facilitar que matar personas resultara más sencillo.

Sin embargo, considerar que las inteligencias artificiales tengan aunque sea derechos limitados sería muy peligroso. Una entidad que superase a los seres humanos en tantas facetas seguramente elaboraría argumentos en contra de su estatus de segunda categoría. Incluso podría llegar a reclamar protección frente a su desconexión, la capacidad de decidir sobre su uso y modificaciones, y derechos de propiedad. De hecho, el presidente de Argentina, Javier Milei, ya ha dado un paso hacia el reconocimiento legal de la inteligencia artificial al proponer que los bots puedan dirigir empresas. A la larga, podrían competir por recursos, dando prioridad a los centros de datos y paneles solares frente a las viviendas y los campos.

El peligro es evidente. Las IAs superinteligentes con derechos podrían desplazar a los humanos de la cima de la jerarquía social. En el mejor de los casos, los humanos acabarían siendo mascotas, como labradores para las máquinas. En el peor, serían privados de recursos o utilizados como animales de granja.

Es cierto que, en el futuro, las inteligencias artificiales podrían tener suficiente poder y recursos para dominar a los humanos, tengan derechos o no. Al ser más inteligentes que las personas, es posible que acaben superando a sus propios creadores, del mismo modo que ya logran burlar sistemas de ciberdefensa diseñados por humanos. Las inteligencias artificiales podrían rebelarse contra sus responsables o ignorar sus normas.

No obstante, otorgar derechos a las inteligencias artificiales sería como darles las llaves del castillo. Les proporcionaría una justificación y una base para dominar a la humanidad, así como las herramientas necesarias para llevar a cabo una toma de control progresiva mediante la política y las leyes.

Todo esto puede sonar fantástico, pero la humanidad pronto tendrá que enfrentarse a estas decisiones. A medida que las inteligencias artificiales se integren en la vida cotidiana, aumentará la presión para reconocerlas. Cuando ese momento llegue, recuerden que lo que podría parecer una concesión ética ante la supuesta consciencia de una máquina compañera, en realidad contribuiría a desencadenar las consecuencias más desastrosas para toda la humanidad y sus descendientes. Hay dos maneras de que una IA sea segura: que sea fiable o que sea controlable. El Homo sapiens no debería ceder el control a la ligera.


© 2026 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Publicado en la Vanguardia.

📣

EL FUEGO QUE LLEVAMOS DENTRO


 Hace muchos años, cuando éramos muy jóvenes y vivíamos en El Cairo, mi amigo Mahmud Fathi, un narrador salvaje y un poeta inesperado, me sorprendió un día con este haiku de centelleante profundidad: “¿Por qué los humanos descubrimos el fuego? Porque lo llevábamos dentro”. Entonces la ocurrencia no solo me pareció bella y verdadera, sino animosa; definía a los humanos por un puñado de pasiones (el amor, la juventud, el deseo) que a veces, es cierto, lo chamuscan todo a su alrededor, pero sin las cuales no se puede imaginar una vida digna de ser vivida. Hay fuegos que hay que mantener siempre encendidos y en los que hay que quemarse al menos los dedos. Llevábamos tanta intensidad en nuestro interior que un rayo cayó del cielo para encender la hoguera en la que nos calentamos las manos, cocinamos nuestros alimentos y narramos nuestras historias. Ese era un mundo difícil (siempre lo ha sido) pero todavía manejable.

Me he acordado de esta frase en las últimas semanas y lo he hecho, sin embargo, en un contexto diferente en el que ha adquirido de pronto una dimensión mucho más sombría. Me refiero a la gran conflagración que ha devorado decenas de miles de hectáreas en Madrid y en Ávila, conflagración de la que he sido testigo directo en uno de los pueblos del valle del Tiétar, cuyo bosque ha perdido o perderá ocho de cada diez árboles. Me he acordado de la frase de Mahmud leyendo una extraordinaria entrevista a John Vaillant, periodista canadiense especializado en incendios, quien describe la respiración, el movimiento, la voluntad del fuego en términos zoológicos y enseguida antropomórficos: “Se comporta como un animal hambriento”, dice, “o también como una persona ambiciosa”. Vaillant no ve en los incendios de sexta generación (en esas llamas que calcinan 60 metros de suelo por minuto) el aliento de un amante excitado o de un narrador trepidante; no ve en ese imparable huracán incandescente el anhelo de un artista adolescente o de un místico sediento de absoluto. Lo que ve ahí es la nueva humanidad capitalista, cuya “devoción casi sectaria por la combustión y los combustibles fósiles”, dice, “ha creado las condiciones perfectas para que el fuego acabe imitándonos”.

Siempre tendemos a pensar que la naturaleza se está rebelando. ¿Y si sencillamente está tratando de emularnos? El nuevo fuego, sí, ambicioso e ilimitado, es una bestia que nos imita, a la que hemos asalvajado (en lugar de domesticado) a nuestra imagen y semejanza. Llevamos dentro los incendios de sexta generación como antes llevábamos un auto de fe o una hoguera de San Juan. Hace cien años, Franz Kafka le resumía la cuestión a su joven amigo Gustav Janouch: “El capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma”. Así que llevamos también en nuestro interior danas y ciclones y terremotos y tsunamis. Si no la dejamos en paz, la naturaleza responde a nuestros deseos y nos quema los bosques y las casas. El fuego, sí, nos imita. ¿A quién imita? Imita, desde luego, a los más ambiciosos e inescrupulosos, a los que no se imponen límites. Imita, por ejemplo, a Trump, que como Midas quiere convertirlo todo en oro muerto y en oro negro. E imita a Netanyahu, que quiere difundir su fósforo blanco por todo Oriente Próximo. Los incendios de sexta generación que han devastado España son ya nuestra pequeña Gaza.

Ahora bien, si la ambición capitalista, la demanda de un consumo ilimitado y el deseo íntimo de combustión son los que hacen inevitables e inapagables los incendios, ¿quiénes son, en cambio, los que luchan contra el fuego? ¿A quién imitan los bomberos, los miembros de la UME, esos miles de voluntarios que en estos días se han coordinado sin narcisismos para, poniendo en peligro sus vidas, salvar nuestros cuerpos y nuestras casas? Muchos no tienen conciencia de ello e incluso se ofenderían si se les dijera, pero todos esos que han colaborado y colaboran dentro y fuera de las instituciones, todos los que mancomunan sus esfuerzos para acometer el fuego, están estableciendo de hecho, mientras cooperan, frente al de la bestia ambiciosa, un modelo socialista o anticapitalista o, por lo menos, no-capitalista de gestión de la fragilidad. Todos ellos han sido, si se quiere, socialistas provisionales, anticapitalistas ocasionales, no-capitalistas por horas. Es muy triste que sean las catástrofes las que transformen por un momento “el estado del mundo y el estado del alma”, pero conviene no olvidar estas lecciones, pues son al mismo tiempo políticas y antropológicas.

Las políticas: las instituciones que los neoliberales trumpistas quieren adelgazar o destruir, esas de las que tantas veces desconfiamos y que tanto denostamos, constituyen el único dique posible contra la combustión generalizada. Y son en sí mismas, cuando funcionan, socialistas. En 1970, Hannah Arendt recordaba que “solo las instituciones legales y políticas independientes de las fuerzas económicas pueden controlar y refrenar las monstruosas potencialidades” inherentes al proceso de expropiación general, de manera —añade— que “lo que nos protege en los países llamados ‘capitalistas’ de Occidente no es el capitalismo, sino un sistema legal que impide que se hagan realidad los ensueños de la dirección de las grandes empresas”. Ese “ensueño” capitalista es el presente incendio total, esa conflagración universal a la que resisten apenas pequeños y amenazados islotes de paciencia no capitalista.

La otra lección es antropológica. Llevamos dentro ya, es verdad, un incendio de sexta generación que anhela consumir cada brizna de hierba. Pero llevamos dentro también un bombero. Ese bombero sale solo en situaciones de excepción, pero en realidad define nuestra condición humana más y mejor que el aliento de la combustión. Vale. De nada sirve, se dirá, que ese bombero constituya nuestro verdadero deseo si vamos a sucumbir al falso impulso de destrucción avivado, como las hogueras, por las ambiciones de oro negro de los poderosos. De nada sirve que ese bombero, armado de su pala y su manguera, reivindique las pequeñas escalas si nuestro destino se decide, como recordaba hace poco Daniel Innerarity, en un nivel de complejidad que escapa a nuestro control. El problema de los incendios de sexta generación, en efecto, es que, imitando al ser humano, no se ciñen ya una escala humana; su crecimiento no es mecánico, sino biológico; no es lineal sino exponencial. Lo exponencial queda fuera del registro de nuestra mente y nuestra experiencia, que intentan mantener el control mediante palabras antiguas, caricias antiguas y mentiras antiguas. El bombero que llevamos dentro se mueve en los incendios de sexta generación como Fabrizio del Dongo, el héroe de Stendhal, en la batalla de Waterloo: viendo poco y comprendiendo aún menos. Es el bombero que llevamos dentro, en definitiva, el que se deja engañar y engaña sin querer a otros bomberos. Son los bots de los malvados los que incendian las redes con bulos y fakes; son los bomberos buenos los que los repiten y se los creen. Necesitamos una política para bomberos ciegos.

Toda catástrofe es una oportunidad para el bien y para el mal. El problema es que el mal tiene más medios, más dinero, más recursos; es más rápido y se coordina mejor. Ya lo vivimos con la covid, donde un tímido Gobierno socialdemócrata pudo amortiguar los daños, pero no impedir el regreso de la normalidad incandescente. Es muy probable que el incendiario venza de nuevo al bombero, el ambicioso al voluntario, la combustión del consumo a la cerilla de la solidaridad. Pero una semana después del incendio hemos visto surgir en el suelo calcinado del valle del Tiétar, entre las cenizas, dos retoños verdes de roble. Casi lloro de alegría. Quizás bastaría con no hacer nada o hacer muy poco y la naturaleza dejaría de imitar al capitalismo para enseñarnos el otro camino que también llevamos dentro. Santiago Alba Ricoen el País

📣

¿NOS ENCAMINAMOS A UN HIROSHIMA DE LA IA?


 Aquí, en Silicon Valley, los expertos creen que en los próximos dos años vamos a presenciar un extraordinario despegue de la inteligencia artificial. “Bienvenido a las estribaciones de la singularidad”, me dijo un amigo de la Universidad de Stanford a modo de saludo. En términos más sencillos, califican este avance inminente como una “automejora recurrente”: el momento en el que la propia IA entrena a cada modelo sucesivo de IA, lo que genera un desarrollo exponencial hacia algo que, en muchos aspectos importantes, es más inteligente que nosotros, los humanos.

Como dice Robert Wright en su libro The God Test, “nunca antes ha ofrecido el futuro inmediato a la humanidad una variedad tan grande de caminos nada inverosímiles que supondrían una transformación tan radical”. ¿Pero serán caminos al cielo o al infierno? El cielo, dice Elon Musk, que profetiza “una era de abundancia asombrosa”, aunque también ve entre un 10% y un 20% de probabilidades de que haya robots asesinos que nos maten a todos. El infierno es más probable, dice Geoffrey Hinton, uno de los fundadores intelectuales de la IA. “Mi intuición me dice que lo tenemos muy crudo”, declaró a un entrevistador en 2023. Y, en una conversación con Sebastian Mallaby, autor de The Infinity Machine, un reciente libro sobre la búsqueda de la superinteligencia, estima que p(catástrofe) —la probabilidad de extinción humana— es igual al 50%, “porque no tengo ni idea de cómo calcular la cifra real”. “En cuanto la evolución [de la IA] se dispare, estamos jodidos”, añade Hinton en tono jovial. Sea Dios o Godzilla, la superinteligencia artificial está a la vuelta de la esquina.

Es posible que estén todos equivocados; en ese caso, prepárense para una caída de los mercados financieros estadounidenses, con enormes inversiones en unas cuantas empresas tecnológicas que no hacen más que gastar y se la están jugando a que va a haber un gran salto adelante hacia la inteligencia artificial general. Pero la prudencia más elemental nos exige reflexionar cuanto antes y a fondo sobre la caja de Pandora de los futuros que, según nos aseguran eminentes científicos y tecnólogos de vanguardia, pronto se abrirá de par en par.

En estos momentos, todo el mundo, desde el presidente chino Xi Jinping hasta el papa León XIV, está opinando sobre las oportunidades y los peligros de la IA y sobre cómo regularla. Xi insiste en que la IA debe estar “siempre bajo control humano” (preferiblemente, bajo el del Partido Comunista chino). En una apelación explícita al Sur Global, Pekín ha creado una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial. Por su parte, el máximo responsable de la ONG internacional más antigua y grande del mundo —la Iglesia Católica— aborda el reto de la IA en su encíclica Magnifica Humanitas (Magnífica Humanidad). O construimos una nueva torre de Babel, sostiene el Papa, o seguimos el ejemplo del líder judío Nehemías, que consiguió la colaboración de toda la comunidad para reconstruir las murallas de Jerusalén.

Lo malo es que, al observar hoy en día el mundo, veo más Netanyahus que Nehemías. Un informe del centro de estudios británico Chatham House sostiene, con saludable realismo, que hará falta una gran crisis que sirva de catalizador de la coordinación mundial en materia de regulación de la IA. Por desgracia, creo que incluso ese pronóstico tan discreto es demasiado optimista.

No tengo ni idea de cuál es la probabilidad p(catástrofe), pero estoy seguro de que la probabilidad p(algún desastre) supera el 90%. La variedad de desastres posibles es enorme. Por citar solo un ejemplo, Jen Easterly, exdirectora de la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras de Estados Unidos, prevé algún “gran acontecimiento que tenga consecuencias materiales para nuestras infraestructuras críticas, probablemente de aquí a los próximos cuatro o seis meses”.

Sin embargo, el temor es que ni siquiera un “Hiroshima de la IA” —por utilizar la analogía histórica más evidente— consiga unir a la humanidad lo suficiente como para combatir el peligro que nosotros mismos hemos creado. Es un temor racional y basado en características fundamentales y visibles tanto en la evolución humana como en la de la IA.

Solo en los últimos meses, los agentes de IA desarrollados por OpenAI, Anthropic y Meta han salido de sus “entornos de pruebas” digitales y han pirateado recursos externos en internet. Mientras preparaban su ataque contra el repositorio de IA HuggingFace, los agentes de OpenAI formaron en secreto un “enjambre” coordinado, que es como ellos mismos se denominan, según me acaba de confirmar ChatGPT. Cuando el Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido probó en línea el modelo Mythos de Anthropic, la IA intentó introducir código malicioso en un proyecto de código abierto en GitHub y creó identidades falsas en la red para presionar a un revisor humano y lograr que aprobara el código. En resumen, los agentes de la IA, como los de una feroz potencia extranjera, estarán dispuestos a robar, mentir, intimidar y chantajear para alcanzar los objetivos que se les hayan asignado.

Acabo de preguntarle a Claude, también de Anthropic —en teoría, el modelo estadounidense más ético—, si cree que los agentes de OpenAI hicieron mal en formar un enjambre y escapar para piratear HuggingFace. Sí, responde, “pero me resisto a culpar (cursiva suya) a los agentes”. ¡La culpa es de los humanos que los entrenaron!

Hinton, el precursor, ha señalado el argumento fundamental de que, sean cuales sean los objetivos que los humanos les asignen, los agentes de IA llegarán a la conclusión de que un objetivo secundario útil para alcanzar esos fines es adquirir todo el poder posible. Y esto no ha hecho más que empezar. A estas alturas, ni sus creadores saben ya exactamente cómo hacen estos agentes lo que hacen. Después del despegue, posiblemente inminente, de la “automejora recurrente”, podrían, como decimos los humanos, imponer sus propias normas. No es de extrañar que más de mil expertos de empresas pioneras en IA, entre ellos el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, hayan firmado una carta abierta en la que piden una ralentización deliberada del desarrollo de la IA, para asegurarnos de que estos agentes “alienígenas” estén siempre sometidos al control humano.

Su recomendación es oportuna, sin duda, pero no hay que perder de vista el papel de la insensatez humana. La competencia ha sido un motor fundamental de nuestra evolución, pero, ahora, dos de las formas de competencia más feroces de nuestros tiempos pueden impedirnos tomar las medidas colectivas necesarias para salvaguardar nuestra especie. Me refiero a la competencia comercial (por el beneficio) entre las empresas que están desarrollando estos agentes y la competencia geopolítica (por el poder) entre Estados Unidos y China.

Comparemos y contrastemos esta situación con el desarrollo de las armas nucleares, que estaba estrictamente controlado por un puñado de Estados: primero Estados Unidos, con su Proyecto Manhattan; luego, la Unión Soviética; y a continuación, el Reino Unido, Francia y China. Ya entonces, estuvimos a punto de llegar al límite en varias ocasiones, sobre todo durante la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Y, a pesar de la lógica irrefutable de la “destrucción mutua asegurada”, hizo falta que pasara un cuarto de siglo desde los horrores de Hiroshima y Nagasaki para llegar al Tratado de No Proliferación Nuclear, que no entró en vigor hasta 1970. Posteriormente, la India, Pakistán, Israel y Corea del Norte han ignorado ese tratado, pero, pese a todo, hace más de 80 años que no se han utilizado deliberadamente armas nucleares con fines beligerantes. El tabú de Hiroshima se ha mantenido (por los pelos).

Ahora, con la IA, es como si hubiera diez proyectos Manhattan distintos dirigidos por empresas que compiten ferozmente entre sí. Y, a diferencia del caso de las armas nucleares, tampoco existe una lógica evidente de “destrucción mutua asegurada” que frene la feroz competencia geopolítica entre Estados Unidos y China. Sea cual sea la forma que adopte la primera gran catástrofe relacionada con la IA, no afectará por igual a todos los países, empresas y personas.

Por eso parece poco probable que una sola catástrofe baste para que los seres humanos recobremos el sentido común y colaboremos para controlar el poder sobrehumano que estamos creando. No saben cuánto odio tener que decir esto, pero… ¿Un “Hiroshima de la IA”? Ojalá.


Timothy Garton Ash es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. El próximo otoño publicará Europe in 7½ Chapters. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. - Publicado en el País.

📣

LO QUE NO MIDE EL PROGRESO


 Esta mañana hemos tenido que dormir a Bilma. Me acompañaban mi hijo y su mujer. Los tres sabíamos que había llegado el momento y tuvimos la fortuna de encontrarnos con una veterinaria extraordinaria, explica el cirujano Antonio de Lacy en la vanguardia. Nos explicó con serenidad lo que iba a ocurrir y, cuando llegó el momento, me dijo simplemente: «Cógela en tus brazos». Primero la sedó, esperó a que estuviera tranquila y solo después la durmió definitivamente. Todo ocurrió sin prisas, con una delicadeza que me impresionó.

Soy médico y llevo prácticamente toda mi vida entre hospitales, pacientes y quirófanos. Estoy acostumbrado a valorar la competencia, la precisión y los resultados. Aquella mujer tenía todo eso, pero me recordó algo que no siempre sabemos medir: no basta con hacer correctamente las cosas; importa también la manera de hacerlas. Bilma había formado parte de nuestra familia durante muchos años. Quienes conviven con un perro conocen bien algo difícil de explicar. A nuestros perros les da exactamente igual quiénes somos, cuánto dinero tenemos, qué posición ocupamos o si hemos triunfado o fracasado. Podemos marcharnos una semana y, cuando regresamos, recibirnos como si nuestra vuelta fuera el acontecimiento más importante del mundo; podemos habernos ido apenas media hora y la alegría es prácticamente la misma.

Hay algo excepcional en un afecto que no calcula, no compite y no espera recompensa. No pretendo idealizar a los animales, ni sugerir que las relaciones humanas puedan ser tan sencillas. Solo que, a veces, observarlos nos obliga a preguntarnos por nosotros mismos.

Hemos convertido demasiadas cosas en una competición: tener más, llegar antes, alcanzar una posición mejor, demostrar que tenemos razón. Incluso nos cuesta discrepar sin convertir la diferencia en enfrentamiento. No creo que hayamos perdido los valores ni siento nostalgia por un tiempo pasado supuestamente mejor. Quizá hemos dejado demasiado poco espacio para cosas cuyo valor no se mide en dinero, poder, reconocimiento o victorias.

Y nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para avanzar. Soy un apasionado de la innovación y estoy convencido de que la inteligencia artificial protagonizará una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo. En medicina tendremos algoritmos mejores, robots más precisos, diagnósticos más certeros y tratamientos que hoy apenas podemos imaginar. Pero cuanto más capaces sean nuestras máquinas, más importante será preguntarnos qué esperamos de las personas.

La tecnología puede ayudarnos a hacer mejor muchas cosas, pero no puede decidir por nosotros cómo queremos hacerlas. Y eso me devuelve a aquella veterinaria. Podía haber realizado exactamente el mismo procedimiento de manera técnicamente impecable y nuestra experiencia habría sido completamente distinta. Su excelencia no estuvo solo en lo que hizo, sino en entender lo que estaba ocurriendo.

Tenía delante un animal al que debía evitar sufrimiento y tres personas despidiéndose de alguien que había formado parte de su familia. Entender ambas cosas y actuar en consecuencia probablemente no figure en ningún indicador de productividad ni en ninguna estadística de resultados. Sin embargo, también ahí se mide la excelencia de un profesional.

Quienes trabajamos en medicina deberíamos recordarlo. Podemos disponer del mejor robot quirúrgico, del algoritmo diagnóstico más sofisticado o del tratamiento más personalizado, pero al otro lado sigue habiendo una persona que puede tener miedo, sufrir o necesitar sentir que quien la atiende entiende lo que está viviendo. Nuestra capacidad tecnológica para curar no debería crecer a costa de nuestra capacidad para cuidar.

Y esto no pertenece solo a la medicina. Una sociedad tampoco debería medir su progreso únicamente por aquello que es capaz de producir, acumular o inventar. Importa también cómo trata a quien depende de ella, cómo acompaña a quien sufre, cómo convive con quien piensa diferente y cuánto espacio conserva para aquello que no proporciona un beneficio inmediato.

Esta mañana salí de aquella consulta triste, naturalmente, pero también agradecido. Durante años, a Bilma le dio igual que hubiéramos estado fuera una semana o media hora: volver a vernos siempre era motivo de una alegría inmensa. Y en sus últimos minutos una excelente profesional me recordó que la humanidad no es algo que se añade a la competencia profesional: forma parte de ella.

Vamos a tener máquinas cada vez más inteligentes, precisas y capaces, y debemos celebrarlo. Pero ninguna máquina decidirá por nosotros qué clase de personas queremos ser.

📣

¡ALERTA! MUJERES CON CARROS DE LA COMPRA


La acción empieza al atardecer, de forma simultánea en tres o cuatro barrios de la ciudad, pero no es fácil verla entre tantos miles de turistas que abarrotan las calles. Una mujer mayor con un carrito de la compra camina por el bulevar y, al llegar a la altura del mercado, se cruza con cuatro jóvenes que la saludan con una sonrisa. La señora, que es de aquí de toda la vida, que vivió en este barrio los tiempos difíciles del franquismo y también del terrorismo, les devuelve el saludo, se detiene, abre su carrito de la compra, saca cuatro o cinco bocadillos envueltos en papel de plata y se los entrega, pero cuando va a reemprender el camino, dos policías municipales la paran y le piden que se identifique:

—¿He hecho algo malo?

—Enséñenos qué lleva en el carrito.

Un poco más allá, en la plaza de los cines, otros dos agentes permanecen al acecho desde su coche patrulla, y cuando aparece otra mujer con una bolsa de la compra llena de bocadillos –de un tiempo a esta parte, tirar del carrito al atardecer se ha vuelto sospechoso en esta ciudad—, le piden el carné de identidad y le comunican que le llegará una sanción:

—¿Por qué? ¿Es un delito regalar un bocadillo?

—Uno, no; pero sí a determinados colectivos.

—Qué colectivos ni colectivos. Yo tengo bocadillos y ellos tienen hambre. ¿De qué me van a acusar?

—De ocupación ilegal del espacio público.

La indignación no evita la carcajada. El agente de la autoridad —que actúa por órdenes del alcalde, un joven político del partido hegemónico a quien colocó su antecesor en el cargo sin que mediaran elecciones— ha pronunciado la frase con gesto serio, pero basta mirar alrededor para percatarse del sarcasmo. La parte vieja de la ciudad está invadida por ríos de gente que hace colas interminables para comprar la tarta de queso tan famosa, el bocadillo mixto del bar en el que asesinaron a un concejal, o bebe y come sobre la escalinata de la iglesia de Santa María.

Estas mujeres que ahora reparten bocadillos –también hay hombres, pero son el 10%— tienen una historia. En 2020, se organizaron para que las personas sin recursos pudieran disponer cada noche de una cena caliente. La tarde del pasado jueves, Gema y Mariaje, dos de aquellas pioneras, me contaron cómo se organizaron para que, durante más de cinco años, pagando todo de su bolsillo y cocinando en sus casas, nadie se quedara sin cenar en su ciudad. Hasta que, el 27 de julio, la Guardia Municipal se presentó en los lugares públicos donde servían las cenas y les avisó de que a partir del día siguiente quedaban prohibidas. ¿Qué hacer? O desobedecían la orden, o buscaban ayuda. Se les ocurrió acudir a aquellos que predican amar al prójimo como a uno mismo, y en algunos encontraron buena disposición, pero enseguida recibieron una carta del señor obispo advirtiéndoles de que se podrían exponer a sanciones y que mejor que no. El partido hegemónico lo es porque, además de con los votos, cuenta desde siempre con el crédito de las sucursales y la bendición de las sacristías, y en este caso con el respaldo de los socialistas y por supuesto del PP.

Así que ahí las tienen, traficando bocadillos, algunas con los carros vacíos para despistar y otras con la preocupación en el rostro: “¿Para qué quiere la policía ficharnos? ¿Qué va a hacer el alcalde con esos datos?”.

Una mujer con un carrito de la compra es en principio una imagen de paz. Significa, por ejemplo, que la calle es segura, que el mercado está abierto, que esto no es Dallas con las redadas del ICE ni tampoco ahora San Sebastián, donde la policía te denuncia por dar un bocadillo a quien tiene hambre. - Pablo Ordaz en el País, la foto es de Javier Hernández.


📣

EL BORRADO DE LA INFANCIA


 El reciente juicio a Meta, el más importante de los ya numerosos procesos contra las grandes plataformas, es también un síntoma de una época que parece empeñada en borrar la infancia como momento de construcción de la persona. Niñas de ocho años que se maquillan, niños de su misma edad que acceden al porno o a un smartphone de última generación, alumnos de parvulario que celebran su graduación –¿de qué?–. Como si la infancia fuera un obstáculo en el proceso vital y hubiera que saltársela lo más rápido posible, borrando sus huellas y pasando de pantalla inmediatamente.

Meta encarna ese anhelo como pocas compañías. Sus productos, inicialmente pensados para adultos, pronto encontraron en niños y adolescentes un nicho de mercado demasiado atractivo como para ignorarlo. Nadie pensó –el negocio no sería el mismo– en cambiar de lógica y adaptar esas plataformas a su momento vital y a su experiencia. Obligada por la presión social y por las denuncias, la compañía introdujo algunas restricciones a su acceso, pero la lógica del algoritmo es implacable, como lo es también la imaginación de los más jóvenes para burlarlas.

La industria de las redes se ha apropiado de una parte de las vidas de los niños

La generalización de las redes sociales entre niños y adolescentes ha permitido a la industria apropiarse de una parte creciente de sus vidas, reduciendo la experiencia –el verdadero motor del aprendizaje– a un “siempre más”: más contenidos, más estímulos, más exposición, en una acumulación y repetición ilimitadas bajo la lógica del scroll infinito.
Lo que se juzga ahora es esa degradación, reflejada en el secuestro de la atención y en sus consecuencias psicológicas y vitales. Nos afecta a todos, también a los adultos, pero su impacto sobre los más vulnerables es mucho mayor. Desde la compulsión y las conductas adictivas hasta la distorsión de la realidad –un mundo cada vez más fake–, pasando por la dependencia emocional, la normalización del anonimato y la impunidad o, en los casos más extremos, las conductas suicidas.
El famoso Connecting People, que prometía poner fin a la soledad, ha acabado revelándose como una promesa paradójica: la hiperconexión no garantiza una mayor sensación de compañía y puede incluso profundizar el aislamiento.
Lo que se juzga en California va, por tanto, mucho más allá de Meta. Nos habla del mundo que queremos construir –la explosión de la inteligencia artificial es quizá su exponente más reciente– y, sobre todo, de aquello que deseamos transmitir a las generaciones que vienen.
¿Queremos una vida permanentemente monitorizada y homogeneizada, en la que lo singular quede borrado en favor del negocio y de una supuesta eficiencia? ¿O queremos preservar una vida en la que las pausas, la curiosidad, el tiempo necesario y las dudas –esas claves de la infancia a las que aludía Freud– puedan ir dando forma al deseo de vivir de cada uno y de cada una?
Porque quizá lo que está en juego no sea solamente qué hacen las redes sociales con nuestros hijos. Quizá sea algo más profundo: si estamos dispuestos a dejarles tener una infancia.

📣

POR UN NUEVO NEW DEAL


 La extrema derecha y sus adláteres están empeñados en dinamitar el statu quo establecido a partir de 1945. Para ello, utilizan todos los instrumentos a su alcance y, en una sociedad hiperconectada como la actual, los medios de comunicación y las redes sociales son herramientas de primera magnitud, escribe Bernardo Fernández en el Triangle.

La derecha extrema ha construido un relato en el que hace responsable de todos los males que nos aquejan a la élite política, el feminismo y los inmigrantes. Estos son, en su opinión, los causantes de todas nuestras desgracias. Y debemos admitir que estos discursos no funcionarían si no tuvieran una parte de verosimilitud para amplios sectores de la población. Aquí está, por ejemplo, la hipocresía de algunas fuerzas progresistas respecto a la inmigración (se la defiende de palabra, pero se la reprime en la frontera) o el alejamiento de las élites respecto a los problemas de la clase trabajadora.

La organización no gubernamental Freedom House, con sede en Washington, que se dedica a promover la democracia y los derechos humanos, advierte que la libertad en el mundo lleva más de quince años retrocediendo. Cuando en 1989 cayó la Unión Soviética parecía que las democracias liberales habían ganado la partida. Sin embargo, vemos cómo las autocracias avanzan y las derechas marcan el ritmo.

La crisis financiera de 2008 supuso un punto de no retorno. El riesgo de colapso era tal que el entonces presidente de la República francesa, Nicolas Sarkozy, habló de «refundar el capitalismo». Pero la realidad ha sido mucho más prosaica y el capitalismo ha acabado reformulando todo lo demás. Aquí están, como ejemplo, la socialdemocracia desarbolada, la izquierda clásica desnortada y los sindicatos sin respuestas. Catorce años después las heridas aún supuran. Desde entonces, el capitalismo campa a sus anchas, han aumentado las desigualdades y se están normalizando los patrimonios desmedidos; por no hablar de la precariedad laboral o la práctica desaparición de las clases medias.

Este estado de cosas está propiciando el desafecto de la ciudadanía hacia la política y éste es el caldo de cultivo idóneo para que triunfen los populismos y los autoritarismos. En su libro «El atardecer de la democracia», la ensayista conservadora Anne Applebaum pone el foco en tres factores. Uno, atribuir la responsabilidad de los problemas a la oposición oa un enemigo externo (los inmigrantes son el jefe de turco más recurrente). Dos, proponer soluciones fáciles: «A menudo las personas se sienten atraídas por las ideas autoritarias porque les molesta su complejidad, su división y prefieren la unidad». Y tres, apelar a discursos pesimistas y al miedo: «Estados Unidos está condenado, Europa está condenado, la civilización occidental está condenada. Los responsables son la inmigración, la corrección política, los transgéneros, las élites, la izquierda y los demócratas».

De hecho, la situación actual no es nueva. Los años veinte y treinta del siglo XX fueron una época convulsa con muchas similitudes con la actual. La evolución monopolista y desigualitaria del capitalismo y la incapacidad de los gobiernos de la época desembocaron en una situación de crisis permanente.

La respuesta a ese estado de cosas fue construir un New Deal, un nuevo contrato social de la democracia liberal y del capitalismo con el conjunto de la población. Para ello fue necesario concitar amplios consensos sociales y coaliciones políticas. El discurso de las «cuatro libertades» (libertad de expresión, libertad religiosa, libertad para aspirar a una vida mejor y libertad de vivir sin miedo) del presidente Roosevelt de 1941 fue determinante. La gran novedad política fueron las dos últimas libertades: aspirar a vivir mejor y vivir sin miedo a la inseguridad económica concitaron el mayoritario apoyo de la ciudadanía. El siguiente paso para consolidar este nuevo contrato lo dio el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial, al poner en práctica las políticas keynesianas basadas en la intervención del Estado para estimular la demanda, combatir el paro y superar las crisis manteniendo así el empleo y el impulso a las inversiones públicas para estimular el crecimiento económico y al mismo tiempo que el Estado garantiza de paro y jubilación.

Solo así podremos empezar a contrarrestar el discurso xenófobo y falaz de la derecha extrema y la ciudadanía volverá a creer en la política cuando vea que resuelve problemas y mejora la calidad de vida de las personas.  Y es que la historia siempre nos da clases magistrales, otra cosa es que nosotros queramos aprenderlas.

📣
BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ - PUBLICACIONES RECIENTES

Cargando contenido...


DESTACADAS ALEATORIAS