¡ALERTA! MUJERES CON CARROS DE LA COMPRA


La acción empieza al atardecer, de forma simultánea en tres o cuatro barrios de la ciudad, pero no es fácil verla entre tantos miles de turistas que abarrotan las calles. Una mujer mayor con un carrito de la compra camina por el bulevar y, al llegar a la altura del mercado, se cruza con cuatro jóvenes que la saludan con una sonrisa. La señora, que es de aquí de toda la vida, que vivió en este barrio los tiempos difíciles del franquismo y también del terrorismo, les devuelve el saludo, se detiene, abre su carrito de la compra, saca cuatro o cinco bocadillos envueltos en papel de plata y se los entrega, pero cuando va a reemprender el camino, dos policías municipales la paran y le piden que se identifique:

—¿He hecho algo malo?

—Enséñenos qué lleva en el carrito.

Un poco más allá, en la plaza de los cines, otros dos agentes permanecen al acecho desde su coche patrulla, y cuando aparece otra mujer con una bolsa de la compra llena de bocadillos –de un tiempo a esta parte, tirar del carrito al atardecer se ha vuelto sospechoso en esta ciudad—, le piden el carné de identidad y le comunican que le llegará una sanción:

—¿Por qué? ¿Es un delito regalar un bocadillo?

—Uno, no; pero sí a determinados colectivos.

—Qué colectivos ni colectivos. Yo tengo bocadillos y ellos tienen hambre. ¿De qué me van a acusar?

—De ocupación ilegal del espacio público.

La indignación no evita la carcajada. El agente de la autoridad —que actúa por órdenes del alcalde, un joven político del partido hegemónico a quien colocó su antecesor en el cargo sin que mediaran elecciones— ha pronunciado la frase con gesto serio, pero basta mirar alrededor para percatarse del sarcasmo. La parte vieja de la ciudad está invadida por ríos de gente que hace colas interminables para comprar la tarta de queso tan famosa, el bocadillo mixto del bar en el que asesinaron a un concejal, o bebe y come sobre la escalinata de la iglesia de Santa María.

Estas mujeres que ahora reparten bocadillos –también hay hombres, pero son el 10%— tienen una historia. En 2020, se organizaron para que las personas sin recursos pudieran disponer cada noche de una cena caliente. La tarde del pasado jueves, Gema y Mariaje, dos de aquellas pioneras, me contaron cómo se organizaron para que, durante más de cinco años, pagando todo de su bolsillo y cocinando en sus casas, nadie se quedara sin cenar en su ciudad. Hasta que, el 27 de julio, la Guardia Municipal se presentó en los lugares públicos donde servían las cenas y les avisó de que a partir del día siguiente quedaban prohibidas. ¿Qué hacer? O desobedecían la orden, o buscaban ayuda. Se les ocurrió acudir a aquellos que predican amar al prójimo como a uno mismo, y en algunos encontraron buena disposición, pero enseguida recibieron una carta del señor obispo advirtiéndoles de que se podrían exponer a sanciones y que mejor que no. El partido hegemónico lo es porque, además de con los votos, cuenta desde siempre con el crédito de las sucursales y la bendición de las sacristías, y en este caso con el respaldo de los socialistas y por supuesto del PP.

Así que ahí las tienen, traficando bocadillos, algunas con los carros vacíos para despistar y otras con la preocupación en el rostro: “¿Para qué quiere la policía ficharnos? ¿Qué va a hacer el alcalde con esos datos?”.

Una mujer con un carrito de la compra es en principio una imagen de paz. Significa, por ejemplo, que la calle es segura, que el mercado está abierto, que esto no es Dallas con las redadas del ICE ni tampoco ahora San Sebastián, donde la policía te denuncia por dar un bocadillo a quien tiene hambre. - Pablo Ordaz en el País, la foto es de Javier Hernández.


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EL BORRADO DE LA INFANCIA


 El reciente juicio a Meta, el más importante de los ya numerosos procesos contra las grandes plataformas, es también un síntoma de una época que parece empeñada en borrar la infancia como momento de construcción de la persona. Niñas de ocho años que se maquillan, niños de su misma edad que acceden al porno o a un smartphone de última generación, alumnos de parvulario que celebran su graduación –¿de qué?–. Como si la infancia fuera un obstáculo en el proceso vital y hubiera que saltársela lo más rápido posible, borrando sus huellas y pasando de pantalla inmediatamente.

Meta encarna ese anhelo como pocas compañías. Sus productos, inicialmente pensados para adultos, pronto encontraron en niños y adolescentes un nicho de mercado demasiado atractivo como para ignorarlo. Nadie pensó –el negocio no sería el mismo– en cambiar de lógica y adaptar esas plataformas a su momento vital y a su experiencia. Obligada por la presión social y por las denuncias, la compañía introdujo algunas restricciones a su acceso, pero la lógica del algoritmo es implacable, como lo es también la imaginación de los más jóvenes para burlarlas.

La industria de las redes se ha apropiado de una parte de las vidas de los niños

La generalización de las redes sociales entre niños y adolescentes ha permitido a la industria apropiarse de una parte creciente de sus vidas, reduciendo la experiencia –el verdadero motor del aprendizaje– a un “siempre más”: más contenidos, más estímulos, más exposición, en una acumulación y repetición ilimitadas bajo la lógica del scroll infinito.
Lo que se juzga ahora es esa degradación, reflejada en el secuestro de la atención y en sus consecuencias psicológicas y vitales. Nos afecta a todos, también a los adultos, pero su impacto sobre los más vulnerables es mucho mayor. Desde la compulsión y las conductas adictivas hasta la distorsión de la realidad –un mundo cada vez más fake–, pasando por la dependencia emocional, la normalización del anonimato y la impunidad o, en los casos más extremos, las conductas suicidas.
El famoso Connecting People, que prometía poner fin a la soledad, ha acabado revelándose como una promesa paradójica: la hiperconexión no garantiza una mayor sensación de compañía y puede incluso profundizar el aislamiento.
Lo que se juzga en California va, por tanto, mucho más allá de Meta. Nos habla del mundo que queremos construir –la explosión de la inteligencia artificial es quizá su exponente más reciente– y, sobre todo, de aquello que deseamos transmitir a las generaciones que vienen.
¿Queremos una vida permanentemente monitorizada y homogeneizada, en la que lo singular quede borrado en favor del negocio y de una supuesta eficiencia? ¿O queremos preservar una vida en la que las pausas, la curiosidad, el tiempo necesario y las dudas –esas claves de la infancia a las que aludía Freud– puedan ir dando forma al deseo de vivir de cada uno y de cada una?
Porque quizá lo que está en juego no sea solamente qué hacen las redes sociales con nuestros hijos. Quizá sea algo más profundo: si estamos dispuestos a dejarles tener una infancia.

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POR UN NUEVO NEW DEAL


 La extrema derecha y sus adláteres están empeñados en dinamitar el statu quo establecido a partir de 1945. Para ello, utilizan todos los instrumentos a su alcance y, en una sociedad hiperconectada como la actual, los medios de comunicación y las redes sociales son herramientas de primera magnitud, escribe Bernardo Fernández en el Triangle.

La derecha extrema ha construido un relato en el que hace responsable de todos los males que nos aquejan a la élite política, el feminismo y los inmigrantes. Estos son, en su opinión, los causantes de todas nuestras desgracias. Y debemos admitir que estos discursos no funcionarían si no tuvieran una parte de verosimilitud para amplios sectores de la población. Aquí está, por ejemplo, la hipocresía de algunas fuerzas progresistas respecto a la inmigración (se la defiende de palabra, pero se la reprime en la frontera) o el alejamiento de las élites respecto a los problemas de la clase trabajadora.

La organización no gubernamental Freedom House, con sede en Washington, que se dedica a promover la democracia y los derechos humanos, advierte que la libertad en el mundo lleva más de quince años retrocediendo. Cuando en 1989 cayó la Unión Soviética parecía que las democracias liberales habían ganado la partida. Sin embargo, vemos cómo las autocracias avanzan y las derechas marcan el ritmo.

La crisis financiera de 2008 supuso un punto de no retorno. El riesgo de colapso era tal que el entonces presidente de la República francesa, Nicolas Sarkozy, habló de «refundar el capitalismo». Pero la realidad ha sido mucho más prosaica y el capitalismo ha acabado reformulando todo lo demás. Aquí están, como ejemplo, la socialdemocracia desarbolada, la izquierda clásica desnortada y los sindicatos sin respuestas. Catorce años después las heridas aún supuran. Desde entonces, el capitalismo campa a sus anchas, han aumentado las desigualdades y se están normalizando los patrimonios desmedidos; por no hablar de la precariedad laboral o la práctica desaparición de las clases medias.

Este estado de cosas está propiciando el desafecto de la ciudadanía hacia la política y éste es el caldo de cultivo idóneo para que triunfen los populismos y los autoritarismos. En su libro «El atardecer de la democracia», la ensayista conservadora Anne Applebaum pone el foco en tres factores. Uno, atribuir la responsabilidad de los problemas a la oposición oa un enemigo externo (los inmigrantes son el jefe de turco más recurrente). Dos, proponer soluciones fáciles: «A menudo las personas se sienten atraídas por las ideas autoritarias porque les molesta su complejidad, su división y prefieren la unidad». Y tres, apelar a discursos pesimistas y al miedo: «Estados Unidos está condenado, Europa está condenado, la civilización occidental está condenada. Los responsables son la inmigración, la corrección política, los transgéneros, las élites, la izquierda y los demócratas».

De hecho, la situación actual no es nueva. Los años veinte y treinta del siglo XX fueron una época convulsa con muchas similitudes con la actual. La evolución monopolista y desigualitaria del capitalismo y la incapacidad de los gobiernos de la época desembocaron en una situación de crisis permanente.

La respuesta a ese estado de cosas fue construir un New Deal, un nuevo contrato social de la democracia liberal y del capitalismo con el conjunto de la población. Para ello fue necesario concitar amplios consensos sociales y coaliciones políticas. El discurso de las «cuatro libertades» (libertad de expresión, libertad religiosa, libertad para aspirar a una vida mejor y libertad de vivir sin miedo) del presidente Roosevelt de 1941 fue determinante. La gran novedad política fueron las dos últimas libertades: aspirar a vivir mejor y vivir sin miedo a la inseguridad económica concitaron el mayoritario apoyo de la ciudadanía. El siguiente paso para consolidar este nuevo contrato lo dio el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial, al poner en práctica las políticas keynesianas basadas en la intervención del Estado para estimular la demanda, combatir el paro y superar las crisis manteniendo así el empleo y el impulso a las inversiones públicas para estimular el crecimiento económico y al mismo tiempo que el Estado garantiza de paro y jubilación.

Solo así podremos empezar a contrarrestar el discurso xenófobo y falaz de la derecha extrema y la ciudadanía volverá a creer en la política cuando vea que resuelve problemas y mejora la calidad de vida de las personas.  Y es que la historia siempre nos da clases magistrales, otra cosa es que nosotros queramos aprenderlas.

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INCIERTA GLORIA DE UN DIA DE ABRIL

La película 'Incierta gloria' de Agustí Villaronga adapta la novela de Joan Sala Massa d'Or Produccions

Hay libros que llevan en sí mismos algo más que literatura, libros que sin querer se han convertido en testimonios de su tiempo y de cómo el relato oficial de cada época puede influir, no solo en la acogida, sino en la génesis misma de una creación literaria. Incierta gloria, que Joan Sales (Barcelona, 1912 - 1983) había comenzado a escribir en 1948, aún exiliado en México, vio la luz por primera vez en 1956, aunque continuó revisándola y ampliándola durante años, hasta que en 1971 se publicó su edición definitiva. El texto no ha variado desde entonces; lo que sí lo ha hecho, y por fortuna, es su consideración. Cristina Ros en el diario.es

Y algo ocurrió: por un lado, Club Editor, capitaneado ahora por Maria Bohigas, nieta de Sales, volvió a editar Incierta gloria en 2012, coincidiendo con el centenario del autor, junto con El vent de la nit, una especie de continuación, con el propósito de acercarla a una nueva generación de lectores; por otro, en 2017 el director Agustí Villaronga, que en 2010 había adaptado con éxito Pa negre (2003), la novela homónima de Emili Teixidor, la llevó a la gran pantalla. La película despertó el interés por el libro y el público encontró una edición a la altura.

Hoy, ningún lector con unos mínimos rudimentos de literatura catalana se atreve a dudar de su relevancia, que la propia Rodoreda ponía en relación, por la riqueza de su estilo y por su radiografía de los años de la guerra y la posguerra, con su propia obra. Con todo, y a pesar de que también se editó en castellano, fuera del ámbito catalán sigue siendo un libro desconocido para mucha gente. Ahora Anagrama, que el año pasado ya apostó por otro ilustre de la literatura catalana, Jesús Moncada, la recupera con una nueva traducción y posfacio de Gonzalo Torné, setenta años después de que la primera versión llegara a las librerías.

Vencidos en el frente, vencidos en la retaguardia. Se han escrito muchas novelas sobre los derrotados en la Guerra Civil, pero no tantas que, dentro de los vencidos, cuestionen también algunas creencias del propio bando. En su juventud, Joan Sales fue encarcelado tres meses por oponerse a la dictadura de Primo de Rivera; y durante la República se afilió al Partit Comunista Català. Sin embargo, al igual que les ocurrió a muchos intelectuales alrededor del globo, con el tiempo acabó decepcionado por la deriva del marxismo y su compromiso político se centró, por encima de todo, en el catalanismo. Esa mirada crítica subyace tras la novela, que, sin entonar discursos panfletarios, deja entrever su verdad a través de la vida del elenco.

Incierta gloria se divide en tres partes que casi funcionan como libros independientes, en forma, tiempo y punto de vista, unidos por la relación entre los personajes, y, para ser más exactos, por gravitar en torno al protagonista indirecto, Juli Soleràs, un joven reclutado en el frente republicano que sobresale por sus ideales elevados, su cinismo y su vasta cultura humanística. Es una suerte de antihéroe emparentado con los grandes personajes de Dostoievski (autor venerado por Joan Sales, a quien llegó incluso a traducir del francés), que tiene la particularidad de mostrarse solo a través de los ojos de los demás personajes, al lector nunca en primera persona.

Las dos primeras partes tienen un registro epistolar: la primera se sitúa en el frente de Aragón en 1937 y quien escribe es Lluís de Brocà, un joven soldado que en sus cartas se dirige a su hermano religioso, Ramon. Lluís, de familia burguesa y compañero del mencionado Juli Soleràs, es un personaje lleno de claroscuros, que simpatiza con el anarquismo y durante su paso por el campo de batalla se siente atraído por una mujer, una viuda de pasado turbio, madre de dos hijos. En la segunda parte, toma el relevo Trini, la esposa de Lluís, que escribe desde Barcelona: sus misivas revelan la guerra desde el punto de vista de la población civil, en la ciudad.

Por último, la tercera parte cambia de tono y adopta una primera persona introspectiva: la voz de Cruells, un joven seminarista que fue compañero de Lluís y Juli en el frente. Ha pasado el tiempo, por lo que su narración gira alrededor de los primeros años de la posguerra, lo que entraña una profunda meditación existencial, con esa conciencia del ser humano caído, pero sobre todo de la pérdida de algo más: la juventud, los ideales, el proyecto común al que aferrarse. No es baladí que se trate de un personaje religioso: el propio Joan Sales reconocía el catolicismo como una parte importante de su identidad (y esto, aunque desde el laicismo contemporáneo pueda suscitar suspicacias, no reduce en modo alguno las cualidades extraordinarias de su obra).

En El vent de la nit (1981), que en las últimas ediciones se ha publicado por separado, pero puede leerse como una cuarta parte, reencontramos a Cruells, unos años después, con la posguerra más avanzada, convertido en un hombre maduro que en su discurso reflexiona sobre la memoria, ahora que ve la guerra desde la distancia, y deja entrever muchos de los abusos del franquismo, de la censura a los condenados a muerte. Es una novela bastante diferente a Incierta gloria, que para algunos lectores no está a la altura, pero que demuestra, en cualquier caso, cómo el autor no quiso limitarse a escribir una gran novela, sino que, en su literatura, había algo más: la convicción de ser un testigo de la historia del siglo XX; de expresar, con los recursos literarios, la verdad íntima de los derrotados como él, unos acontecimientos –o más bien un aliento, una atmósfera–, que no debían borrarse, no debían olvidarse.

Guerra, sentimientos, intelecto, espiritualidad - Un punto sobresaliente de la narración de Joan Sales es la naturalidad con la que navega entre la dimensión intelectual del estudiante o el sacerdote, que se prodigan en alusiones eruditas de tipo literario y filosófico, y la cualidad “mundana” inherente a la existencia, más si cabe en tiempos de guerra, que sacan a cada uno de su reducto particular. En el parlamento de los personajes se mezclan la verborrea coloquial –el autor tiene oído para captar las voces de la calle, con sus giros genuinos– con los principios del idealismo y la búsqueda espiritual. En un mismo bando caben todo tipo de hombres, remando juntos por una causa común.

Es interesante detenerse asimismo en el tratamiento del amor y el rol de los personajes femeninos. En una novela sobre un conflicto bélico, más aún si se sitúa (en parte) en el mismo frente de batalla, es poco habitual dar cabida a las mujeres, que viven la guerra desde otro lugar. Aquí es relevante no solo la presencia de Trini –su parte es espléndida, lo mismo que su evolución como personaje, que va descubriéndose al lector–, sino el papel de la viuda, esa mujer en quien se intuye algo sucio, algo oscuro, pero por quien el narrador de la primera parte no puede evitar sentir fascinación.

Todos los personajes están hechos de claroscuros, con más zonas de sombra a medida que avanza la narración y se ven envueltos en situaciones que los ponen a prueba, que los sumen en la violencia, el miedo, la culpa o la desesperación. No era la intención del autor crear ídolos ni héroes; lo que hay aquí son hombres y mujeres heridos, complejos, que viven situaciones límite en las que actúan en contra de sus propios principios. Todos se enfrentan tarde o temprano a algún dilema ético que los cambia de manera irreversible, y sus relaciones con los demás están bajo la sospecha de la traición.

Historia de una novela, historia de un país - Los libros cuentan una historia a través de sus páginas, pero a veces ellos mismos son en sí mismos, casi sin pretenderlo una lección de Historia, con mayúscula. El caso de Incierta gloria es un paradigma del impacto de la dictadura en la producción literaria, en el circuito cultural en general; y también, por qué no, una demostración práctica de aquel viejo dicho de hacer de la necesidad virtud. En aquella temprana versión de 1956 –entonces solo contaba con la primera parte, con la que había ganado el Premi Joanot Martorell de 1955–, el manuscrito no superó la censura, como era de esperar. El autor hizo sus reclamaciones, pero, aunque al final autorizaron la publicación, tuvo que resignarse a someter el texto original a la poda. Siguió escribiendo, eso sí, ampliando esa primera parte con vistas a una futura nueva edición.

La oportunidad de publicar sin recortes le llegó, como a muchos compatriotas, en el extranjero. En concreto, fue la traducción al francés de la versión más reciente hasta la fecha, en 1962, que recibió buenas críticas. Más adelante, en 1968, la presentó a un premio de la editorial Planeta, destinado a obras escritas en catalán que todavía no se habían traducido al castellano. La edición que resultó era distinta a la anterior, ya que por aquel entonces la censura se había relajado mucho. Pudo publicar la obra en catalán y en castellano en 1970; y un año después, en 1971, salió ya con unos últimos retoques que la daban, esta vez sí, por concluida.

Una década más tarde, se publicó una edición que incorporaba una cuarta parte, El vent de la nit (El viento de la noche). Sin embargo, el autor consideraba este libro como una novela al margen, pese a compartir personajes, de modo que en las últimas reediciones, ya en el siglo XXI, se ha editado aparte. Hoy, a Joan Sales se le reconoce como el autor de estas dos novelas, además de la poesía, las cartas y su crucial labor como editor.

Al seguir el hilo que va de la primera a la última edición se puede comprobar cómo se fue dejando atrás la censura: el autor no solo añadía capítulos nuevos, sino que volvía sobre los anteriores, porque a medida que pasaba el tiempo se permitía decir más cosas. Por otra parte, el papel de las traducciones resultó crucial para estimular la carrera de los escritores silenciados por el franquismo; y estas obras, a su vez, contaron al mundo la realidad de lo que ocurría bajo la dictadura (tras su buena acogida en Francia, de hecho, el régimen de Franco retiró el pasaporte a Joan Sales).

La recepción crítica también ha tenido sus vaivenes; Incierta gloria no ha sido siempre reverenciada como una de las grandes obras de la literatura catalana del siglo XX, ni como una de las mejores novelas que se han escrito como la Guerra Civil española. En un principio, provocó reacciones de todo tipo, algo que el autor asociaba al hecho de que generaba incomodidad hasta en los de su propio lado, al poner bajo la lupa esos viejos valores del anarquismo y el comunismo.

Joan Sales no se casaba con nadie, literariamente hablando, y para gozar del favor de la crítica a veces es necesario saber hacer amigos. Sin embargo, esta independencia suele ser un rasgo de la buena literatura, y el tiempo siempre sopla a su favor. Ya nadie duda de la hazaña que es Incierta gloria, un novelón que, como Shakespeare (del que toma el título: “The uncertain glory of an April day…”, de Los dos hidalgos de Verona, 1623), tiene en sus páginas lo profundo y lo terrenal, la carcajada y lo existencial, porque en su guerra caben todas las guerras y, en sus personajes, toda la humanidad.

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LA SOMBRA DEL OFICIO


 Hay veranos que no se acaban nunca, aunque el calendario diga el contrario. Incluso el sol, protagonista de la temporada más deseada, parece pedir la hora entre acusaciones en complicidad con lo sanchismo. Acusar un eclipse de social comunista es una cosa que ni los más convencidos de las enormes capacidades de la derecha española vimos venir.

Todos ateos, hasta que la azafata señala las salidas de emergencia del avión y anuncia el despegue. Todos repitiendo que el periodismo es el oficio más bonito del mundo hasta que te obligan a ponerte al día sobre un montón de sandeces. Lo recuerda Gerardo Tecé ctxt.es: el periodismo es un oficio bello, sí, pero también agotador, contradictorio y a menudo cruel con quien lo practica. “Cuando vuelvo a la redacción y me obligan a ponerme al día sobre un montón de tonterías, te juro que me haría «sexador de pollos”, me decía hace poco un compañero. Y si de sexador de pollos se trata, el título ya lo tenía Joan Manuel Serrat.

No ha sido un verano fácil para nadie. No lo ha estado para Pedro Sánchez, pero tampoco para los pobres periodistas que, en lugar de pasar el agosto con sus familias, se han dedicado a asediar la familia del presidente porque el sinvergüenza se ha cogido vacaciones. Viva el rey, por cierto. Que nadie le pregunte a Isabel Díaz Ayuso si ha descansado. Quería aprovechar los días libres para los típicos papeles pendientes —como comprarse un ático de seis millones con dinero público— y, después de insultar los bomberos y dar 480 versiones diferentes, ha acabado hablando de ETA. Es decir, trabajando.

Empezamos el curso más achicharrados que la Sierra Oeste de Madrid o la provincia onubense. Y en mi jefe solo cabe una pregunta: cómo es posible que, año tras año, se repita el mismo drama con récord todavía más grande? Aunque sea por egoísmo, por no perder las vacaciones cada verano, ¿a los presidentes autonómicos no se los acut hacer caso a los bomberos e invertir en prevención?

Pirómanos e imprudentes siempre habrá, el problema es cuando cobran un sueldo público y se dedican a provocar incendios, incluso en ciudades de costa como Ceuta. Allá han desplegado la alfombra roja del fascismo las estrellas más brillantes de la galaxia del asco. Después de plantarse al lugar para sembrar odio y racismo —es decir, trabajar en vacaciones—, tipos como Abascal continúan sin atreverse a criticar el dictador marroquí, amigo de sus amigos de Israel y de los Estados Unidos. Ya conocen la canción de Mecano. A cambio, siempre dirigiéndose al más lento y corto de luces de la clase, desde Vox culpan los inmigrantes, así, en abstracto. Todavía bueno que Feijóo lo arreglará todo, suerte hay de él.

Si a todo esto suman la llegada de un nuevo psicópata a la escena internacional, en este caso en Colombia, y que ministras de Netanyahu piden que cada noche se asesinen en Gaza cuarenta o cincuenta personas, ya tienen el mapa de situación de cómo está el mundo. Y los periodistas, la explicación de por qué a usted, lógicamente, le venden ganas de dimitir de la actualidad, como al periodista amigo aspirante a sexador.
Le pedimos que no lo haga. Que nos coja la mano a nosotros, quienes nos dedicamos al periodismo de servicio público, porque si tienen el mundo así mientras miramos, imagine como lo tendrían si dejáramos de mirar, acaba el artículo Tecé.

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EMERGENCIA CLIMÁTICA: EUROPA ZONA CERO


 Incendios dantescos en España y Francia con el resultado de muertes, 300.000 personas evacuadas y la brutal destrucción de propiedades y sistemas naturales. Nuestro país declara por primera vez la emergencia nacional a causa de los incendios. El otrora lluvioso Reino Unido, en alerta grave por sequía. Hungría y Rumania, obligadas a detener sus reactores nucleares por falta de agua del Danubio con la que refrigerarlos. Miles de muertes prematuras como consecuencia de durísimas olas de calor en Alemania, Francia y España. El Rin, en mínimos históricos de profundidad, lo que afecta a la navegabilidad de una arteria clave en el transporte alemán de mercancías. Noruega tiene que verter miles de litros de agua para enfriar el ardiente asfalto de sus aeropuertos. El centro de Barcelona, con temperaturas mínimas ininterrumpidas superiores a los 24 grados durante más de un mes, lo que afecta seriamente a la calidad del sueño de la gente.

La emergencia climática está aquí, y Europa es su zona cero. El año 2026 será posiblemente recordado como el momento en el que nuestras sociedades e instituciones tomaron conciencia de que Europa franqueó un umbral, el de la era de las consecuencias. Por tanto, es imperativo que la Gran Adaptación ocupe un lugar central en la agenda del Consejo, la Comisión y el Parlamento europeos en los próximos meses y a lo largo del resto de la legislatura. La aprobación del marco integrado de resiliencia frente al cambio climático prevista para el último trimestre de este año habría de significar, en ese sentido, un punto de inflexión ambicioso y sistémico en la preparación de nuestro continente, situándola en un nivel de máxima prioridad junto con la neutralidad climática y blindándola por ley.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Algunos datos clave nos ayudan a entender lo ocurrido desde que en 1990 el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por su siglas en inglés) emitió su primer informe de síntesis alertando sobre lo que venía.

Advertencias de la ciencia. El IPCC ha supuesto el mayor proceso colaborativo en la historia universal de la ciencia. Decenas de miles de científicos han contribuido a lo largo de estos 35 años a sus seis informes de síntesis y trabajos complementarios. A título personal, yo mismo publicaba en este diario, basándome en esos informes, mi primera tribuna de opinión sobre el cambio climático, en 1996. Unía mi voz a la que llegaba desde la comunidad científica y las organizaciones ecologistas internacionales.

Respuesta internacional insuficiente. En ese tiempo, se han realizado 30 Conferencias de las Partes (COP) en el marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, la última de ellas en Belem (Brasil). Si bien el Acuerdo de París fue un éxito importante, ya que ha evitado las peores trayectorias de emisiones, la respuesta internacional vertebrada por dichas COP ha sido muy insuficiente para evitar una interferencia antropogénica grave en el sistema climático. La Convención ha carecido de poder para embridar las emisiones de los sistemas nacionales.

Emisiones mundiales. Como reflejo de esa insuficiente respuesta, en las tres décadas y media transcurridas entre 1990 y 2025 se han emitido (sin incluir las procedentes de los usos del suelo) un total aproximado de 1.508.000 millones de toneladas de CO₂ equivalentes, lo que supone alrededor del 50% de las realizadas desde la Revolución Industrial. Las tres cuartas partes del total de emisiones desde 1990 han sido originadas por los combustibles fósiles. China ha generado en torno al 25% de las emisiones mundiales en esos 35 años.

Alteración en la química de la atmósfera. Como consecuencia de lo anterior, la concentración de CO₂ en la atmósfera ha pasado de las 354 partes por millón (ppm) en 1990 a 427 ppm en 2025. A mayor concentración de CO₂, mayor aumento de la temperatura media de la atmósfera.

Impactos. En los 30 últimos años, el incremento de la temperatura continental europea ha sido de 0,53 grados por década, mientras que a nivel global ha sido de 0,27 grados por década. Europa es el continente que más rápido se está calentando en el mundo. Los durísimos impactos de este verano de 2026 son consecuencia directa de la profunda alteración del sistema climático que expresan estos datos.

Ahora bien, no es suficiente saber cómo hemos llegado hasta aquí. Es preciso comprender de manera realista hacia dónde nos conducen los procesos globales en curso para preparar a nuestras sociedades y economías adecuadamente. Así, el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París, mantener el incremento de la temperatura en torno a los 1,5 grados, está ya virtualmente fuera de alcance, ya que en 2025 se encontraba en 1,4 grados. Lo que resulta aún más serio: va a ser difícil evitar que el objetivo central de los dos grados no sea sobrepasado para mediados de siglo. Tendría que modificarse de manera sustancial la trayectoria actual de las emisiones y, lamentablemente, no es lo que se prevé a la vista de los planes presentados a las Naciones Unidas por emisores clave como China e India, por no mencionar el actual contexto internacional con un presidente irresponsablemente negacionista en la Casa Blanca.

Ante esta compleja situación, Francia ha hecho un movimiento importante de realismo climático al aprobar, en marzo de 2025, un plan nacional de preparación ante un escenario en el que se sobrepasan a nivel global los 1,5 grados en 2030, los dos grados en 2050 y los tres grados en 2100. Ese escenario climático implica que el país vecino asume que se ha de preparar para aumentos de la temperatura en su geografía nacional de dos grados en 2030, 2,7 grados en 2050 y cuatro grados en 2100, reflejando el hecho de que Europa se está calentando más rápido que la media mundial.

En la estela de dicho país, la Comisión Europea ha dado recientemente un paso significativo en la misma dirección al fijar que, en la preparación del mencionado marco integrado de resiliencia y adaptación, la Unión Europea adopte una referencia común en su planificación basada en los riesgos físicos climáticos que se derivan de la trayectoria de emisiones denominada SSP2-4.5, de entre las utilizadas por el IPCC, que conduce a un aumento de la temperatura media de la atmósfera de 2,8-3,3 grados para 2100. Dicha trayectoria es coherente con las últimas proyecciones que el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (UNEP, por sus siglas en inglés) ha realizado sobre los incrementos de la temperatura esperados a finales de siglo a la luz de las políticas que han sido ya formalmente adoptadas por los gobiernos.

Cabe esperar que ese nuevo marco de referencia europeo ayude a desbloquear el acuerdo entre los mayores partidos políticos de nuestro país. La situación es grave y va a empeorar. La necesidad de un pacto de Estado frente a la emergencia climática habría de ser la prioridad nacional. - Antxon Olabe en el País.

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EL GAMBITO MARROQUÍ


 Bismarck –quien decía que las leyes son como las salchichas y que es mejor no saber cómo están hechas– escribió que hay épocas en las que el fuerte es débil por causa de sus escrúpulos y el débil es fuerte por causa de su audacia. No creo que el problema de las últimas semanas en Ceuta sea que España peque de demasiado escrupulosa. Me temo que se trata de algo menos noble. Los escrúpulos, al menos, nacen de una convicción moral y lo de España parece más prosaico: mera ausencia de estrategia. - Javier Melero, la vanguardia - foto: Mar Marín/Efe.

Cuesta encontrar un ejemplo más elocuente que Marruecos. Un país cuya economía apenas alcanza una décima parte de la española, con recursos limitados y una capacidad militar modesta, aunque creciente, ha conseguido mantener una relación privilegiada con EE.UU., normalizar sus vínculos con Israel, convertir su propuesta para el Sáhara en la posición asumida por buena parte de las potencias occidentales e introducir poco a poco en el debate internacional la idea de que Ceuta y Melilla son los últimos enclaves coloniales europeos en África. No está mal para un país que seguimos mirando con esa mezcla tan española de condescendencia y preocupación.

España responde a estos logros innegables con argumentos de otra índole. Como recordar que Ceuta y Melilla son españolas desde antes de que existiera el actual Estado marroquí. Es una idea tan cierta como tranquilizadora, pero intelectualmente pobre. Antes de 1956 existía donde ahora está Marruecos y desde hacía siglos una continuidad política, dinástica, religiosa y cultural perfectamente reconocible, y cualquier marroquí puede identificarse con ella sin consultar un tratado internacional ni creer que en 1956 los marroquíes aterrizaron de Marte. Además, ese argumento conduce a un laberinto del que luego es difícil salir. Ciudad de México fue española tres siglos, más tiempo del que lleva siendo mexicana. Bosnia estuvo bajo dominio otomano durante siglos. Si empezamos a repartir soberanías según quién llegó primero, la historia se convertirá en una finca rústica con demasiados propietarios.

La cuestión importante no es quién puede exhibir el mejor argumento cronológico, sino quién tiene una política de Estado. Y ahí la diferencia resulta abismal. España necesita saber qué quiere de Marruecos y qué está dispuesta a pagar por conseguirlo

Marruecos sabe lo que quiere. El Sáhara es una política nacional que sobrevive a gobiernos y generaciones. La aproximación a Washington, la relación con Israel, el control de las rutas migratorias, la expansión económica hacia África y la presión sobre Ceuta y Melilla forman parte de una estrategia reconocible. Puede discutirse su legitimidad. Lo difícil es discutir su coherencia.

España, en cambio, practica una modalidad menos conocida de la diplomacia: la improvisación pomposa. Un día habla de firmeza, otro de amistad estratégica y al siguiente descubre alguna nueva razón para no molestar a Rabat. Marruecos mueve sus piezas pensando en la siguiente década; España suele mover las suyas para resolver el problema de la semana.

La diferencia entre ambas políticas no es ideológica. Es estructural. Hay además una razón, bastante más incómoda, para comprender la cautela española –y europea, no hay que olvidarlo–. No hace falta admirar la monarquía alauí para reconocer que su desaparición no garantiza una democracia liberal al otro lado del Estrecho. Basta mirar a Irak, Siria, Libia o la experiencia argelina. Ya Kissinger advertía del peligro de que esos estados se desintegrasen en unidades tribales, sectarias o confesionales y allí donde desaparece el Estado, rara vez aparece Suiza. Por eso Marruecos dispone de un argumento que España no puede permitirse ignorar: es, con todos sus defectos, un Estado. Y un Estado sólido en esa parte del mundo tiene un valor geopolítico al que Europa no puede renunciar.

Lo razonable, pues, no es una política de hostilidad hacia Rabat, que sería además poco realista, ni ese apaciguamiento permanente que acaba confundiendo la prudencia con el miedo. España necesita algo bastante más difícil: saber qué quiere de Marruecos y qué está dispuesta a pagar por conseguirlo. Marruecos lleva décadas jugando su partida mientras España sigue discutiendo las reglas de la anterior. En política exterior no pierde necesariamente quien tiene menos piezas. Pierde quien no sabe a qué demonios está jugando.

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GAZA, LA BARBARIE SIN TREGUA


Israel sigue matando a diario en la Franja a pesar del alto el fuego formal, mientras el silencio internacional fortalece a Netanyahu - Nicolás Aznárez en el País. Aunque oficialmente se encuentre en una situación de alto el fuego desde octubre del año pasado, la franja de Gaza es escenario de una situación humanitaria catastrófica y una intolerable violencia letal diaria. Desde la firma de la tregua formal auspiciada por Estados Unidos, el Ejército israelí ha acabado con la vida de más de 1.200 gazatíes. El 60% del territorio palestino está ocupado por los soldados israelíes sin indicio alguno de retirada. Israel obstaculiza también las labores de reconstrucción de un enclave donde ha destruido completamente el 80% de las viviendas y las infraestructuras básicas de agua, electricidad y alcantarillado.

Ante este escenario, un documento difundido el pasado lunes por la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, junto a otros 18 expertos de Naciones Unidas afirma que “el genocidio continúa” sin tregua. Los datos admiten poca discusión sobre la continuación de la barbarie. De la cifra total de fallecidos en estos 300 días de supuesto silencio de las armas por acciones militares de Israel, 300 son niños, lo que equivale a un promedio de un niño muerto cada día, según ha denunciado Unicef.

Lejos de ser episodios esporádicos, las muertes de civiles palestinos van en aumento en una sistemática escalada sostenida. El Ejército israelí bombardea a diario el reducto de 146 kilómetros cuadrados donde el Gobierno de Benjamín Netanyahu ha confinado a dos millones de civiles inocentes. Entre los fallecidos, además de niños, hay ancianos y mujeres.

Netanyahu, que ha fracasado en todos los objetivos por los que comenzó la guerra, principalmente la destrucción de Hamás, sigue justificando la permanente violación del alto el fuego en la eliminación de todos los milicianos que perpetraron el brutal ataque del 7 de octubre de 2023 contra Israel. Las fuerzas israelíes han recurrido a las técnicas de reconocimiento facial para elaborar un listado de unas 5.000 personas señaladas como objetivo, pero basta echar un mínimo vistazo a los rostros de los muertos palestinos desde la tregua para constatar que, al igual que ha sucedido desde el inicio de la guerra, lo que hay, como mínimo, son ataques indiscriminados contra civiles inocentes y la voluntad evidente de hacer la vida humana imposible en el territorio de Gaza. Una práctica para cuya definición no hay discusión alguna: es un crimen de guerra.

Mientras esto sucede, Israel mantiene un bloqueo parcial sobre la ayuda humanitaria indispensable para la supervivencia. Las autoridades de Gaza alertan de que sin maquinaria pesada —que Israel prohíbe— no es posible extraer miles de cadáveres que, al margen de los 73.000 muertos confirmados, permanecen bajo los escombros. Alrededor de 1,4 millones de gazatíes padecen inseguridad alimentaria aguda y 212.000 personas sufren inseguridad alimentaria en niveles de emergencia. Dicho en otras palabras: Netanyahu sigue aplicando el hambre como castigo colectivo contra una población civil inocente.

Gaza agoniza mientras Netanyahu cada día que pasa se siente más seguro. La catástrofe humana de la que es el máximo responsable ya no está en el foco principal de la opinión pública mundial ni en las prioridades de la política exterior de casi ningún Gobierno. Así, envalentonado ante la comprobada falta de consecuencias sobre sus decisiones y con unas elecciones en octubre, Netanyahu se permite aumentar su línea intransigente. Además de incumplir los acuerdos, la semana pasada se permitió rechazar el plan de paz de su aliado Donald Trump. El primer ministro israelí está convencido de que no rendirá cuentas sobre los crímenes que siguen sucediendo en Gaza y, desgraciadamente, a la vista de la inacción internacional es posible que tenga razón.

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