BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ - NOTICIAS 24/7

LA HIPOCRESIA DE LAS JOYAS DE ZAPATERO

 


Junio de 2008. Apenas llevo 3 meses como ministro de Industria, Turismo y Comercio (además de Energía y Telecomunicaciones), pero la agenda es enloquecida. Mi colega, el ministro de Asuntos Exteriores (MAE) español me pide que vaya a Arabia Saudí el fin de semana, para asistir a una reunión internacional de ministros de energía en Jedah. No era un viaje previsto en la agenda, era fin de semana y me resistí porque mi equipo estaba muy tensionado. El ministro me insistió, porque se trataba de un deseo personal del rey Abdalá, importante para las relaciones de Estado y me ofrecía uno de los Falcon para ese viaje, poder estar de vuelta el domingo por la noche y no tener que alterar más la agenda. Y allá que nos fuimos, explica Miquel Sebastan.

El rey, en efecto, estaba muy contento con mi presencia y, cuando íbamos a despegar de vuelta, un emisario real trae a pie de pista un regalo envuelto en papel de seda. Se trataba de una bonita cartera de piel. Como yo tenía varias, le ofrecí el regalo a los miembros de mi equipo, que se habían sacrificado tanto o más que yo con este viaje. El asesor que se quedó con la cartera, cuando ya estábamos en vuelo, descubrió que la cartera no estaba vacía. Contenía diversas joyas: una pulsera, unos pendientes, un anillo, todos de esmeraldas y brillantes, así como un reloj de brillantes. Todos ellos aparecen en la foto que encabeza este artículo.

Nuestro avión aterrizó en el aeropuerto militar de Torrejón, donde me esperaba el coche oficial, también a pie de pista, para trasladarme a mi domicilio, pues ya era una hora bastante intempestiva. Pedí a mi equipo que las joyas las llevaran al Ministerio al día siguiente, para ver qué hacía con ellas. Y ahí surgió el debate. Mi equipo estaba dividido sobre qué hacer con el obsequio, las secretarias me señalaban que todos los ministros se llevaban sus regalos, pues eran personales.

Consulté a mi oficiala mayor, la recientemente fallecida Laura Morso, que me indicó que lo habitual era que los obsequios se los quedaran los ministros, pues se trataba de regalos a la persona y, más en mi caso, cuyo motivo era satisfacer un empeño personal del monarca saudí. Me dijo que no había un protocolo establecido, que no se trataba de renta en especie, porque no era remuneración por ningún trabajo (los ministros nunca cobramos por ningún servicio, dentro o fuera de España), por lo que no se tenía que declarar y que era una decisión personal mía.

Nunca pudimos sospechar el valor de esas joyas, a nadie se le ocurrió pedir una valoración a Ansorena ni a ningún joyero. Tampoco quise elevar el tema al resto del gobierno y, discretamente, mandé construir una vitrina en la sala de espera de las visitas al Ministerio, donde iríamos colocando todos los regalos de un cierto valor y ahí siguen, propiedad de Patrimonio Nacional y convenientemente registrados.

Nunca he considerado que dejarlos en el Ministerio en vez de llevármelos a mi casa, fuera una decisión “moralmente superior”. Detesto la moralina puritana que se ha instalado en nuestro país y nunca he sacado pecho de este gesto. Tampoco lo he mantenido en secreto, pues las joyas están a la vista del que quiera verlas. He guardado un discreto silencio sobre este episodio hasta hoy, en que ya no puedo soportar más las barbaridades que se están diciendo, en medios y redes, sobre las joyas encontradas en el registro del despacho profesional de Zapatero.

Me repugna escuchar que las joyas estaban “ocultas”. Curioso lugar para “ocultar” unas joyas: guardarlas en un despacho. Siempre he considerado “ocultar” el dárselas a otra persona, enterrarlas, esconderlas en un altillo o, si me apuran, llevarlas a una caja de un banco. Pero ¿tenerlas a la vista en una caja fuerte de un despacho es “ocultar”? Es el lugar habitual para guardar, y eso es lo contrario a “ocultar”.

Lo segundo que me repugna es apelar al “origen turbio” de las joyas. No hay ningún origen turbio. No lo hubo en mi caso y, con toda seguridad, no lo habrá en el caso de Zapatero. Se tratará de un regalo de algún país árabe con motivo de alguno de sus viajes. En cuanto vi sus fotos en la prensa, por cierto, un secreto revelado a toda la población, pese a tratarse de muchas joyas familiares, violentando su derecho a la privacidad, vi que algunas de ellas guardaban una semejanza con las que yo había recibido en 2008 y que adjunto en la foto. Ni turbio ni remuneración por ningún servicio.

Y lo tercero que más me repugna es la hipocresía de la clase política española con respecto a este tema. Sobre todo, del Partido Popular, que ha gobernado 15 años en España, algunos de ellos con importantes negocios bilaterales con Arabia Saudí, como, por ejemplo, el AVE de La Meca a Medina. ¿Es que hemos sido Zapatero y yo los únicos ministros, presidentes de gobierno, alcaldes o presidentes de comunidades autónomas que hemos recibido joyas o regalos valiosos de los países árabes? Por mis sesgos cuantitativos, sé que la probabilidad de ese suceso es cero. No hemos podido ser los únicos. Por otra parte, ¿en serio se puede considerar “contrabando” aceptar un regalo personal y llevártelo a tu casa? ¿Por qué no se ha llenado entonces la vitrina ya habilitada en el Ministerio? ¿De verdad hay que declarar todos los regalos que se reciban? Es posible que en la actualidad lo sea, lo desconozco, porque llevo 15 años fuera de la política. Pero no lo era en 2008. E insisto, no me parece “moralmente superior” el dejarlo en una vitrina en el ministerio correspondiente. Es una opción personal tan aceptable como la otra.

Para terminar, por mis sesgos estadísticos, considero imposible que España haya sido el único país al que los monarcas del Golfo hayan hecho regalos. Pero no conozco ningún otro Estado en el que esto haya sido motivo de escándalo nacional y de vapuleo personal de una familia. Esta hipocresía no nos la merecemos como país.

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ACTOS Y AUTOS DE FE

 

A Jorge Luis Borges le intrigaba que a todo lo largo de los Evangelios Cristo escribe una sola vez; lo hace sobre tierra o arena, y no llega a saberse lo que ha escrito. La escena está en el Evangelio de Juan, contada con la prosa seca del Nuevo Testamento, que, según el gran especialista Antonio Piñero, fue escrita en un griego más bien rústico y nada literario. El resultado es de una austera eficacia visual, que le hace a uno pensar en El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Unos letrados y fariseos le presentan a Cristo a una mujer acusada de adulterio. Hay mucha gente alrededor. Con el propósito de tenderle una trampa, los hombres citan la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte por lapidación, y le preguntan qué considera él que se debe hacer. Cristo no dice nada. Se inclina sobre la tierra y escribe algo en ella con un dedo. Los acusadores siguen preguntando. Él se incorpora y dice, en la edición castellana de Piñero: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojarle una piedra”. A continuación, vuelve a inclinarse, y escribe de nuevo. Mientras tanto, los acusadores y los curiosos y testigos, quizás lapidadores voluntarios, “salieron uno por uno comenzando por los ancianos, y se quedaron él solo y la mujer”. 

El relato no puede ser más lacónico, y más lleno de sugerencias que nuestra imaginación añade: el silencio después del clamor colectivo, la retirada gradual, la escena que se queda vacía, esa mujer de pie, el hombre que deja de escribir y se incorpora cuando han quedado solos los dos. Parece que es entonces cuando mira a su alrededor y se da cuenta de que toda esa gente que parecía tan dispuesta a ejercer su bárbara justicia se ha ido. Dice: “Mujer, ¿dónde están? Ninguno te ha condenado?”. Y añade, y aquí termina sin más el pasaje: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”.

A nosotros el detalle del dedo que escribe sobre la tierra nos parece una sutileza literaria. Según Piñero, tiene un sentido simbólico, porque los mandamientos de la ley de Moisés los escribió el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Uno puede pensar que una nueva ley escrita sobre la tierra común que todos pisamos será más compasiva, menos sujeta a la rigidez del dogma, al ser tan fácil de borrar y de escribir de nuevo.

Tuve una infancia y una primera adolescencia católicas, como todo el mundo de mi generación, pero a la lectura atenta de los Evangelios he llegado muy tarde, después de una vida entera apartado a conciencia de cualquier práctica o creencia religiosa. A la Iglesia española, y a un cierto número de sus representantes en la Tierra, les debo un valioso regalo intelectual: el rechazo precoz de toda forma de creencia en una divinidad providencial y justiciera, en la vida eterna, en el premio del cielo y el castigo del infierno. Hacerse ateo, racionalista y anticlerical a los 14 o 15 años, en la España de Franco y de una Iglesia franquista y tridentina, era una pequeña rebelión personal que no habría sido tan precoz sin el rechazo que aquella gente provocaba. A nosotros no se nos daba a leer el Nuevo Testamento, ni se nos educaba la sensibilidad literaria con las muchas bellezas del Antiguo. El arte religioso que veíamos eran blandas estampitas piadosas, santos y vírgenes de escayola, cuando no cuadros ennegrecidos de torturas de mártires o de almas aterradas quemándose en el infierno. En cuanto a la música, pasamos de los cánticos sombríos a las simplezas de las guitarras y las flautas que tocaban El cóndor pasa en el momento de la consagración.

La vulgaridad estética, el feísmo sanguinario de los mártires desollados o amputados y de los crucificados con pelo natural y manos y pies atravesados por clavos, eran el espejo de la corrupción política y moral de una Iglesia parasitada en toda la mugre de la dictadura, beneficiaria del botín de guerra de la enseñanza, instalada en una supremacía sobre lo cotidiano que le costará mucho imaginar a quien no la vivió. Si aparecía un cura por la calle, los niños teníamos que ir corriendo a besarle la mano. En las puertas de las iglesias había unas fichas con la “clasificación moral” de las películas, que podían recibir un 3R (mayores con reparos) o incluso un 4, que las calificaba como “gravemente peligrosas”. Que unas películas ya autorizadas por la censura franquista pudieran contener tales extremos de pecado da una idea de la mentalidad eclesiástica de aquellos tiempos. Ir a verlas era pecado mortal. Y, como los buenos catequistas nos advertían, morir en pecado mortal garantizaba el fuego del infierno, que no era metafórico. Un cura encendía una cerilla y te retaba a que pusieras un momento el dedo en la llama: si apenas lo podíamos aguantar, ¿cómo sería quemarse así, sin tregua, sin alivio, sin fin, no un año, ni diez, ni cien, ni mil, sino toda la aterradora eternidad? Sembrar ese grado de angustia en una imaginación de siete años, edad a la que hacíamos la comunión, es sin duda una hazaña pedagógica que tarda en olvidarse. Que alguno de aquellos bondadosos agoreros cayera además en la tentación de meternos mano no es un matiz secundario.

La saludable rebeldía puede también derivar en prejuicio, en negación irreflexiva. En la militancia antifranquista encontré por primera vez a cristianos con los que tenía más cosas en común de las que había imaginado. Uno de ellos, que sigue siendo amigo mío, me dio a leer un libro que hablaba de las enseñanzas de Cristo bajo una luz del todo ajena a la de los curas de mi infancia: Lectura materialista del Evangelio de Marcos, de Fernando Belo. Poco a poco, a lo largo de los años, he sido siguiendo rastros éticos y estéticos que me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo que fui haciendo míos desde el final de la adolescencia, y a los que no he renunciado nunca. Hay una profunda sensación de lo sagrado que puede ser ajena a toda idea religiosa —al menos en el sentido occidental de la palabra— y que a uno lo exalta, por ejemplo, en una obra de Bach o de Tomás Luis de Victoria, en un Negro spiritual, en una saeta flamenca, en cualquiera de las escenas evangélicas de Caravaggio, en un poema de san Juan de la Cruz; y, sobre todo, en la plena contemplación silenciosa de la naturaleza, o en esos estados nada místicos ni vaporosos de la meditación budista, en los cuales, con disciplinado adiestramiento, se pueden ver las cosas como son, dentro y fuera de uno, en lo que Manuel Machado llamó “la tranquila belleza del presente”.

Monjas y curas católicos, rabinos, pastores luteranos, marxistas de espíritu abierto, desfilaban del brazo de Martin Luther King en las marchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Nada es simple, ni fácil. La misma Iglesia católica que se alía con los ricos y con la derecha española para privatizar cada vez más la educación, ejerce a través de Cáritas y de sus voluntarios una asistencia imprescindible a quienes ese amigo mío que me ayudó a leer de otro modo el Evangelio llama “los últimos de los últimos, los que no quiere nadie”. El Papa que defiende la justicia y la paz con una rotunda claridad y una elocuencia que han desaparecido del idioma de la izquierda también condena el derecho al aborto y a la muerte digna y elegida. Los llamados evangélicos en Estados Unidos propagan el capitalismo y el racismo extremos y anuncian con júbilo el apocalipsis. A la mujer adúltera a la que Cristo disculpó hay millones de voluntarios dispuestos a ejecutarla, con una piedra en una mano y un libro de feroz monoteísmo en la otra. Antonio Muñoz Molina en el País.

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DESTRUIR LIBROS PARA ENTRENAR INTELIGENCIAS ARTIFICIALES


Parece una distopía, pero es real. Laboratorios de Silicon Valley, a través de empresas intermediarias, están comprando libros de segunda mano de todo el mundo para escanearlos y entrenar inteligencias artificiales. Los grandes modelos (ChatGPT, de OpenAI; Llama, de Meta; Claude, de Anthrophic…) necesitan de las palabras para ‘sobrevivir’ y no sufrir un estancamiento cognitivo: contra más tengan, más eficientes y precisas son. Su ‘inteligencia’, por tanto, es mayor.

En una primera fase, las conseguían en Internet de forma gratuita. Luego, cuando ya asumieron los textos que necesitaban, prosiguieron con las bibliotecas pirata online, lo que terminó con demandas por violación de derechos de autor. Surgió entonces la necesidad de buscar una nueva fuente de alimentación, que no tardaron en encontrar: los libros físicos. Estos tenían una ventaja respecto a los recursos anteriores, y es que su calidad estaba garantizada, dado que han tenido que pasar por un proceso editorial y de corrección antes de publicarse. Eso sí, para evitar al máximo nuevas demandas, no sirve un libro cualquiera. Las compras son siempre ejemplares de segunda mano que, en su mayoría, llevan tiempo en un almacén sin apenas circulación y es más fácil que estén libres de derechos.

“El problema no es la compra actual de libros, sino el tsunami que viene. El patrimonio se pierde”, dice Marçal Font

Guste más o menos que esos libros comprados se destinen a entrenar una IA –cuestiones éticas a un lado–, el verdadero problema llega luego: esos libros se destruyen. ¿Por qué? Porque, para escanearlos mejor (y de forma más rápida, no hay que olvidar que el tiempo es oro), se terminan partiendo sus lomos, lo que los convierte en no aptos para su posterior difusión. Una investigación de The Washington Post desveló a principios de año un “proyecto secreto” de la startup Anthropic, que opera la herramienta de IA Claude, para “escanear y destruir todos los libros del mundo”, según señalaba un informe interno de la compañía. Una operación, conocida como Proyecto Panamá, de la que ellos mismos admitían que preferían que fuera “secreta”.

“El problema de todo esto no es la compra actual de libros, sino el tsunami que viene. El patrimonio bibliográfico se pierde”, advierte el librero Marçal Font, al frente de la Llibreria Fènix de Badalona, durante una conversación con La Vanguardia . Fue él uno de los que dio la voz de alarma de que esta realidad ya había llegado a Catalunya tras recibir una serie de pedidos “algo extraños” entre el 30 de abril y el 8 de mayo. Todos a una misma sede de Estados Unidos para una empresa radicada en Canadá, Zoom Books. 

Se interesaban por manuales técnicos de producción de vino, actas de congresos de los años 80, dietarios de la Guerra Civil… “Libros que cuentan con pocos centenares de ejemplares, que son carne de desafección de biblioteca pública y difíciles de encontrar en cualquier otro lugar”, señala en la plataforma de newsletters Substack, donde ha publicado una investigación realizada junto a Xavier Vinaixa, director técnico de Sorensen.ai, empresa tecnológica que desarrolla soluciones de IA.

¿Se sabe a ciencia cierta que Zoom Books es una de esas empresas intermediarias que trabajan para Silicon Valley? No, pero, según apunta Vinaixa, “por los patrones irracionales de compras y gastos de envíos elevados, todo encaja con esta industria súper dopada de dinero. Es evidente que no los compran para vender”. Los libros nunca viajan a oficinas de tecnología, sino a la atención de PrepFort, un proveedor privado de logística para terceros, situado en Illinois. 

Si bien Zoom Books asegura no estar relacionada con el Proyecto Panamá, pues dicen ser una empresa que recoge, compra, dona y recicla libros usados, hay quien tuvo tiempo de hacer pantallazos de un post de su web, que explicaba que se ofrecían a laboratorios de IA como antídoto a la falta de datos y como conseguidores de facturas. Sobre este último punto, mencionaban el juicio de Bartz contra Anthropic, que creó un precedente, pues el juez dictaminó que entrenar IA con libros adquiridos legalmente (es decir, comprados y con una factura) es algo legítimo. Una información que ha sido borrada, pero que se puede llegar a rescatar si se le pregunta a las propias IAs. La Vanguardia ha intentado contactar con la entidad, pero no ha obtenido respuesta.

De todos modos, la urgencia ante este escenario es encontrar soluciones. Font y Vinaixa insisten en que esto es lo primordial. En lo que a nivel Catalunya se refiere –pero que se podía ampliar a cualquier parte del mundo–, Vinaixa es partidario de “cobrar a estas empresas por lo que quieren (los datos) y quedarnos con el patrimonio. Hacer negocio nosotros y no un intermediario”. Plantea “un consorcio catalán que ofrezca fondo documental de dominio público con metadatos limpios, contrato único, atribución y auditoría de uso” y aprovecha este reportaje para presentar proyectos como Cedulari.cat. “Por un lado es una base de datos con foco en el corpus pre-ISBN”, es decir, que no está catalogado ni consta en ningún lugar. “Y por otro es un conjunto de herramientas para grandes modelos de lenguaje que les ofrece aquello que le falta a la IA generalista: procedencia, trazabilidad y fuentes verificables”.

Vinaixa plantea “cobrar a estas empresas por los datos y quedarnos con el patrimonio”, sin intermediarios

Desde la Conselleria de Cultura, escuchan las propuestas pero recomiendan que no cunda el pánico, pues, desde el punto de vista patrimonial, “en Catalunya difícilmente se puede hablar de un riesgo de desaparición de libros editados”. Recuerdan que existe la figura del depósito legal, que obliga a editores a librar ejemplares de sus publicaciones para garantizar la conservación permanente. Varios de esos ejemplares quedan preservados en instituciones públicas, como la Biblioteca Nacional de España, la Biblioteca de Catalunya y las bibliotecas públicas provinciales. Igual que los libreros, aseguran asimismo no compartir la “destrucción innecesaria de libros”, y también optan por utilizar “sistemas de digitalización no destructiva”.

Ahora bien, añaden que “no se debe confundir la destrucción de algunos ejemplares comerciales con la destrucción del patrimonio bibliográfico” y concluyen que en Catalunya “existen mecanismos de preservación pública que garantizan la conservación de obras a largo plazo”. Insisten en la necesidad de “encontrar un equilibrio entre la protección de los derechos de los creadores, la preservación del patrimonio cultural y la necesidad de que lenguas como el catalán tengan una presencia significativa en las tecnologías que configurarán el futuro”.

Experiencia previa en escaneo de códigos de barras o documentos, habilidades de mecanografía rápidas y precisas (se prefiere más de 60 palabras por minuto o más de 10.000 pulsaciones por hora) y capacidad para permanecer de pie durante un turno completo de ocho horas. Estos son algunos de los requisitos que pide PrepFort para ser un escaneador. Algo que no deja de llamar la atención pues en teoría esta empresa se dedica solo a recibir millones de paquetes globales y enviarlos hacia su destino final. Lo que viene a ser un proveedor privado de logística para terceros. Los libros que compra Zoom Books se envían a este destino. La oferta de trabajo, pública en internet, está caducada, seguramente porque ya se ha contratado a alguien, pero añadía alguna cláusula más que, si bien no era obligatoria, era “deseable”, como tener capacidad para agacharse y levantar hasta 18 kg con regularidad (¿pilas de libros?) o experiencia en procesamiento de libros, sistemas de bibliotecas y gestión de pedidos de comercio electrónico. Lara Gómez Ruiz

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EL NUEVO MUNDO DE PETER THIEL


La velocidad a la que van las cosas, la irrupción de la inteligencia artificial que lo está transformando todo, la delirante segunda presidencia de Donald Trump, las guerras y, en medio de todo eso, el empuje de una nueva espiritualidad que tiene en el cristianismo uno de sus arietes. Es como si se estuviera habitando una monstruosa crisis que no va a dejar títere con cabeza y que anuncia que viene algo radicalmente distinto, donde la democracia va a tener poco que contar. En ese escenario, Peter Thiel es uno de los protagonistas. Es el dueño de Palantir, la empresa que lidera el sector de la tecnología de guerra gracias a la inteligencia artificial, fue quien apoyó a Donald Trump para que llegara a la presidencia e iniciara su primer mandato —y del que se apartó porque no había llegado demasiado lejos—, y está detrás de la carrera de J. D. Vance, el político que enarbola su catolicismo como una seña de identidad.

“Sigo comprometido con la fe de mis años de adolescente: con la auténtica libertad humana, como precondición para el bien supremo”, escribe Thiel en una pieza de 2009 sobre la educación de un libertario, aludiendo a su particular manera de entender el cristianismo. Un poco después, remata: “Y lo que es más importante: ya no creo que libertad y democracia sean compatibles”. La cita la recoge el escritor y filósofo Jordi Ibáñez Fanés en un libro reciente, Apocalipsis y democracia (Tusquets), donde reflexiona y explora con urgencia sobre lo que está ocurriendo tras la segunda llegada de Trump al poder. Lo hace pegado rabiosamente al presente, utilizando luces largas para reflexionar sobre lo que se ha pensado en los últimos años sobre las cuestiones que aborda, con unas maneras que tienen algo de diario y que incorporan distintas consideraciones sobre lo que trata en las clases con sus alumnos. Cercanía y distancia, coraje para mirar las cosas de frente, y abundantes reflexiones que obligan a pensar en lo que está ocurriendo hoy. Pone los pelos de punta.

El Apocalipsis y el Anticristo son dos cuestiones sobre las que Thiel no ha dejado de pronunciarse en los últimos años, y ocupa un lugar central en este ensayo. Como también lo ocupan la tecnología, la idea del aceleracionismo, el papel que pueden tener en este desbarajuste algunos de esos hombres buenos que son católicos, el horror de lo que ocurre en Gaza, etcétera. Para frenar el Apocalipsis y derrotar al Anticristo, explica Ibáñez Fanés, lo que sugieren Thiel y sus amigos es poner la Máquina a toda pastilla para que reviente por dentro “el Estado social, el Estado compasivo y solidario, el cosmopolitismo activo y generoso, aquello que malévolamente se califica de buenismo (…), la filantropía y, por supuesto, lo que entendemos ahora por wokismo y el cuidado de las minorías de todas índole”.

Esa es la dirección hacia la que empuja Thiel al mando de una poderosísima empresa tecnológica, y procurando mirar al cristianismo para darle legitimidad a su proyecto. Ibáñez Fanés apunta que, en ese inquietante marco, “para dejar de ser decadentes, aburridos y putrefactos, tenemos que volvernos reaccionarios, devotos del autoritarismo y de los gobiernos duros, venerar a los nuevos tecnomagnates y declararnos partidarios de la nación fuerte”. Menudo panorama. Lo peor es que, al ir leyendo este magnífico y desolador trabajo, se llega a tener la impresión de que Trump es solo el telonero que ha venido a desbaratar las cosas con sus ocurrencias. Lo importante es lo que vendrá después. Ay.


 Peter Thiel (en la fotografia), tras una reunión con Javier Milei en la Casa Rosada el 23 de abril.Matias Baglietto (REUTERS)José Andrés Rojo en el País.En ‘Apocalipsis y democracia’, Jordi Ibáñez Fanés explora el proyecto del tecnomagnate: “Seguridad interior, hegemonía militar global, predominio en innovación tecnológica”.

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DIOS HA RESUCITADO


Ha querido la coincidencia que las pruebas de acceso en la universidad trataran el tema de Dios justo el día que el papa León XIV visitara Cataluña. Los estudiantes que han elegido Historia de la Filosofía (casi la mitad de los que se presentaban) han tenido que analizar la afirmación filosófica “Dios ha muerto” desde la perspectiva de dos autores de la filosofía occidental (Descartes y  Nietzsche)
Aquellos mal pensados dirán que la elección de la propuesta está vinculada a la visita del Santo Padre, que en el momento del examen era al ruego del Rosario a la Abadía de Montserrat. Pero la realidad es que no tiene nada que ver. Los enunciados de los exámenes se cerraron el 10 de enero, cuando no estaba anunciada la visita de León XIV en Barcelona. Aun así, su presencia ha reavivado el debate sobre la existencia de un ser infinito, inmutable, omnipotente, tal como lo concebía Descartes. Y otra: el abandono de los valores cristianos genera el colapso del sistema moral occidental, como defiende Nietzsche.

Nietzsche decía que la idea de Dios como fundamento absoluto de la verdad, la moral y el sentido del mundo había perdido su fuerza en la cultura occidental. No hablaba de la muerte literal de un ser divino, sino del colapso de un sistema de valores que había organizado la vida europea durante siglos.

Me atrevería a decir que, aunque sea temporalmente, esta semana, y por la gracia de León XIV y TV3, Dios ha resucitado, y Gaudí también.

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EL DERECHO A LA VIDA


El Papa lanzó un mensaje contra el aborto y la eutanasia en su intervención en el Congreso: "Toda vida debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural". Aunque no los ha mencionado de forma explícita, el pontífice ha criticado duramente estos derechos reconocidos en España ante el Congreso, sede de la soberanía nacional. "La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional, es una meta de civilización", ha recalcado.

 Hay debates que parecen sencillos porque se formulan en términos absolutos: vida o muerte, moral o inmoral, permitido o prohibido. Pero basta acercarse un poco a la experiencia real del sufrimiento para que esas categorías se vuelvan insuficientes, casi infantiles. Hablar de eutanasia sin hablar antes del dolor —del dolor extremo, del que desfigura la vida y la identidad— es como discutir sobre navegación sin haber visto nunca el mar.

Hay que imaginarse en la piel de quien ya no puede imaginar nada más que su propio tormento. En la piel de quien ha visto cómo la enfermedad va erosionando cada gesto, cada noche, cada respiro. O en la piel de quienes acompañan: parejas, hijos, amigos que asisten impotentes a un deterioro que no se detiene. No se trata de un ejercicio de empatía sentimental, sino de un acto de honestidad: nadie puede juzgar desde fuera lo que no ha vivido por dentro.

Por eso sorprende la ligereza con la que algunos se permiten evaluar el dolor ajeno, como si existiera una vara universal para medirlo. Como si el sufrimiento fuera un concepto moral y no una experiencia íntima, irrepetible, radicalmente personal. Antes que discutir sobre la eutanasia, habría que preguntarse si es moral —si es siquiera decente— opinar sobre cuánto debe aguantar otro ser humano.

La moral, en estos tiempos de consignas rápidas, se ha convertido en un territorio de trincheras. Pero la moral de verdad —la que se piensa, la que se duda, la que se contrasta con la vida— es esquiva y compleja. No basta con proclamar principios abstractos: hay que confrontarlos con la realidad concreta de quienes viven atrapados en un dolor que no cesa. Y ahí es donde muchos discursos se desmoronan.

En España, la eutanasia es un derecho reconocido por una ley aprobada en un parlamento plural. No es un capricho ideológico ni una ocurrencia de laboratorio: es la respuesta jurídica a una realidad humana que llevaba décadas pidiendo ser escuchada. Morir con dignidad no es una renuncia a la vida, sino la consecuencia lógica de haberla amado lo suficiente como para no querer verla reducida a una agonía interminable.

Quienes defienden este derecho no son “enemigos de la vida”, como a veces se caricaturiza. En todo caso, son quienes recuerdan que la vida no es solo respirar, sino poder vivir con sentido, con autonomía, con un mínimo de bienestar. Y que, cuando eso ya no es posible, la libertad de decidir el propio final forma parte del mismo respeto que exigimos para el resto de nuestra existencia. Al fin y al cabo, no fueron consultados en el momento de traerlos a este valle de lágrimas, y ya que así sucedió, tiene cada persona todo el derecho a decidir cuándo acabar con su vida.

Quizá el verdadero debate no sea sobre la eutanasia, sino sobre la humildad. Sobre aceptar que no somos jueces del dolor de nadie. Sobre entender que amar la vida también implica reconocer cuándo se ha vuelto insoportable. Y sobre recordar a los legisladores —a todos, sin excepción— que las leyes no se votan para tranquilizar conciencias, sino para proteger a quienes más lo necesitan.

MANIFIESTO

Quiero manifestar, desde
mi estado de conciencia
el deseo de escoger
el momento de marchar,
con las inconveniencias
que la petición comporta,
y como desconozco
a quien debo enviarla,
lo dejo por escrito
para que conste en acta,
en no haber conseguido
contactar con el responsable
auténtico, de mi llegada aquí.
Y al no ser posible, lo hago
entre otras cosas, porque
ya que no pude escoger
el momento de llegar,
sí que reclamo el derecho,
a decidir cuándo partir,
que no es mucho, puesto que,
el infractor, quien cometió
el primer acto de agravio,
sí se me permite y con todos
los respetos, no he sido yo.

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LA 'TOURNÉE' DEL PAPA

En 1932, Enrique Jardiel Poncela, uno de los novelistas más populares de su tiempo, publicó 'La tournée de Dios', una delirante sátira sobre la visita del mismísimo Dios a España. Vale la pena releerla, aunque sólo sea para recordar la libertad, la insolencia y el desenfado con que se escribía hace casi un siglo. Los escritores de entonces todavía se permitían el lujo de ser irreverentes con todo el mundo, empezando por Dios, siguiendo por los políticos y terminando por sus propios lectores. No parecían opositores al catastro ni responsables de cumplimiento normativo.

El libro sigue las andanzas del periodista Perico Espasa tras los pasos de Dios en su periplo español, dando cuenta del inagotable repertorio de simplezas, mezquindades y disparates que políticos, opinadores, burócratas, fanáticos y aprovechados son capaces de perpetrar con tal de obtener algún rédito político, mediático o personal de la visita del Ser Supremo.

Ni siquiera son capaces de resolver los aspectos más elementales de la logística. Como se trata de Dios, consideran natural alojarlo entre mármoles y pedrerías ornamentales. Lo instalan en el Cerro de los Ángeles o en una catedral inmensa, con una cama aparatosa, un pijama digno de una coronación y convenientemente expuesto a las corrientes de aire. A nadie parece ocurrírsele que el Todopoderoso, una vez encarnado, quizá agradeciera una habitación confortable y una manta. Como es fácil imaginar, Dios acaba bastante harto de la gira y de los españoles que se empeñan en organizarla. De hecho, sólo experimenta un momento de auténtico entusiasmo cuando le muestran unas hojas de afeitar Gillette. Entonces sonríe de oreja a oreja y exclama: “Hombre, esto sí que está bien”.

Viene esto a cuento de la visita del Papa, que hasta ahora había logrado la hazaña de pasar relativamente desapercibido. Tal vez se haya visto eclipsado por la facundia torrencial de su predecesor, que hacía parecer reservado incluso a Fidel Castro. O tal vez porque hasta hace un par de días parecía­ pertenecer a esa rara especie de personajes públicos que no consideran nece­sario emitir una opinión diaria sobre todos los asuntos del universo conocido.

Me sorprende la facilidad con que se atribuye al Pontífice autoridad técnica sobre cualquier asunto 

Pero no crean que no valoro las opiniones de los papas. Al contrario; cuando se dedican a lo suyo –la Santísima Trinidad, las horas de espera en el Purgatorio o la canonización de santa Teresita de Lisieux– los tengo por la máxima autoridad disponible. Otra cosa es si se adentran en los asuntos terrenales para exhortar al público en general con mensajes morales de consistencia muy dispar. Permítanme, aquí, poner un tanto en duda la sensatez de quienes consideran que el uso de preservativos en regiones de África devastadas por el sida es un “mal menor”; o condenan el aborto incluso en casos de violación; o pertenecen a una institución cuya gestión de los abusos sexuales ha sido tan ejemplar que lleva décadas pidiendo disculpas.

No niego que el Papa tenga autoridad moral. Lo que me sorprende es la facilidad con que se le atribuye autoridad técnica sobre cualquier asunto, lo que nadie espera ni del presidente del colegio de odontoestomatólogos ni del jefe de la Iglesia anglicana, mi admirado Carlos III. Basta con que opine sobre IA para que Sánchez, varios ministros y decenas de tertulianos queden cautivados por sus profundos argumentos. Cabe esperar otro tanto cuando se pronuncie sobre el percebe gallego o las dificultades de la alta velocidad ferroviaria española. Por eso, aun siendo León XIV matemático de formación –¡qué lejos quedan aquellos pescadores del mar de Galilea!–, no deja de sorprenderme la admiración que han suscitado sus reflexiones sobre los peligros de las nuevas tecnologías. Hasta donde alcanzo a entender, consisten en una colección de tópicos bienintencionados sobre las “personas humanas” y el “deber urgente de permanecer profundamente humanos”, que me recuerdan a Sofía Mazagatos y aquellas misses de los noventa que, preguntadas por su mayor deseo, respondían con sonrisa radiante: “La paz en el mundo”.

En cualquier caso, le deseo al ilustre visitante una feliz estancia en la ciudad y le recomiendo encarecidamente unos callos con cap i pota en el Santornemi. Quizá así consigamos que también él exclame, como el Dios de Jardiel al descubrir las cuchillas Gillette: “Hombre, esto sí que está bien”. Xavier Melero. La foto es de Xavi Furio.

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CATOLICISMO AEROSOL

  León XIV está intentando dos cosas: propulsar el catolicismo como una ética humanística de dimensión universal frente a los abismos de la disrupción tecnológica, una renovada oferta moral para el hombre de la calle, y a la vez mantener la unidad de la Iglesia de Roma, la última gran entidad universal realmente existente, en cuya base son cada vez más visibles los impulsos autorreferenciales, la fe vivida como una exaltación de la identidad personal, la musculatura del Yo. EnrIc Juliana a la Vanguardia.

Para convertir el catolicismo en la ética general de los que aún buscan sentido a la existencia, hay que escribir encíclicas como Magnifica humanitas. Para mantener la unidad eclesial es necesario renovar y conservar; ocuparse atentamente del gobierno de la Iglesia y no obsesionarse por el renovado atractivo de las misas en latín, convertidas en contraseña cultural de los católicos que más añoran el mundo de ayer, jóvenes muchos de ellos.

El catolicismo es una esfera y un mapa. Es un núcleo fuerte, rodeado por sucesivas capas de gente atenta: católicos poco practicantes, católicos nada practicantes, agnósticos interesados y ateos que un día pueden llegar a ser agnósticos si Donald Trump sigue insultando al Papa. Catolicismo practicante y catolicismo difuso forman hoy la mayor esfera religiosa del mundo, la más pacífica, la mejor articulada, la más heterogénea, y también la más influyente.

Esa esfera está encabezada desde hace trece años por eclesiásticos formados espiritualmente en las periferias pobres de Latinoamérica; primero, el jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio , arzobispo de Buenos Aires; después, el fraile agustino Robert Francis Prevost , nacido en Chicago, con estudios en Roma, forjado como obispo en Chiclayo, diócesis de la llanura norte del Perú, donde las playas son ventosas y el mar, verdoso.

Bergoglio sentía una instintiva aversión bonaerense ante el poder norteamericano. Prevost es estadounidense y conoce el paño. Si Dios concede larga vida a León XIV, la Iglesia de Roma puede que llegue a ser guiada por un periodo de treinta años por personas formadas en las venas abiertas de América Latina. Eso va a dejar huella.

La más genuina aportación de Latinoamérica al mundo actual son los dos últimos papas. La otra aportación es la zona franca que Javier Milei acaba de ofrecer a Peter Thiel para experimentar con la IA en Argentina sin límites y sin reglas. He ahí el mapa.

León XIII prestó atención a las cosas nuevas, pero no llegó a ver la revolución rusa ni conoció las escuadras fascistas. León XIV y quienes hoy le acompañan en la barca de Pedro empiezan a imaginar lo que ayer era inimaginable. El Papa ha viajado a España para hablar de ello de manera ­comprensible.

Prevost dio ayer una lección en el Congreso. Un discurso magnífico, bien articulado, en el que invitó a todos a levantar la mirada. Dio una pista inteligente a la España nacional: no hace falta que reivindiques a Hernán Cortés, no hace falta que vayas a México a chulear a Sheinbaum ; reivindica la Escuela de Salamanca, reivindica a Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional moderno.

A la izquierda le dijo: estamos de acuerdo en defender la paz y condenar la guerra; estamos de acuerdo sobre la inmigración, estamos de acuerdo en que la IA debe desarrollarse bajo regulación, pero la Iglesia católica sigue siendo contraria al aborto y a la eutanasia y defenderá sus posiciones en el campo de la educación. Completó ayer la advertencia lanzada el sábado en el Palacio Real, nada más llegar: que España no se estropee. No riñó a nadie y todos le aplaudieron.

Achicharrado por veinte años de absurda crispación, el Congreso se sintió dignificado. Todos aplauden al Papa porque llena un gran vacío de autoridad moral. El catolicismo –el catolicismo practicante y el catolicismo difuso– vuelve a tener un proyecto político, en el sentido más amplio. El catolicismo se propulsa hoy como un programa ético para el parque humano con máquinas de insegura lealtad. En 1945, el programa para una Europa en ruinas después de la derrota del fascismo llevaba el sello de la Democracia Cristiana. DC en tensión con el PC. Del interior de esa tensión surgió el gran despliegue del Estado social.

León XIV es democracia cristiana en formato aerosol.

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