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GENTRIFICACIÓN


Hubo un tiempo en que era agradable pasear por el barrio. Si uno frecuentaba los mismos espacios, solía encontrarse con vecin@s de toda la vida, con esas personas mayores a las que les encantaba hablar del pasado, que te hacían valorar los derechos que ellas mismas ayudaron a conquistar. Ahora, sencillamente, ya no están, fueron expulsados del barrio. La tienda de ultramarinos en la que solía encontrarme con ellas es ahora una tienda gourmet en la que venden mini salchichones en cucurucho a precio de jamón pata negra.  Vivir en el barrio se hizo imposible. Creímos que nunca nos llegaría, que eso sólo sucedía en el centro, pero el abismo avanzó con tanta rapidez que para cuando quisimos darnos cuenta, nuestro hogar era irreconocible.

La realidad que describo arriba no es una ficción. Es algo que cada vez más gente está viviendo. Compartir vivienda ya no es cosa de jóvenes recién independizad@s; de hecho, la mitad de las personas que sólo pueden alquilar una habitación tienen entre 30 y 50 años. Hace muchos años que venimos advirtiendo de ello, que colectivos como Left Rotation lanzaron la voz de alarma con sus proyectos, llegando a crear, incluso, el Museo de los Desplazados. Nadie escuchó y la gentrificación ha masacrado las ciudades.
El precio del alquiler no debería superar el 30% de los ingresos mensuales; con alquileres de zulos de 15 metros cuadrados a 700 euros al mes, ¿quién puede vivir? Se lo diré yo, nadie. Mientras, los barrios pierden su identidad, generando movimientos de desplazad@s que han de mudarse a otros núcleos urbanos o rurales -se vuelve al pueblo- porque su poder adquisitivo no puede competir con la oleada de gentrificación, con las recalificaciones y la apropiación ilegítima del espacio público.

La codicia no tiene límites: habitaciones partidas en dos para doblar o triplicar el número de inquilin@s que disfrutaran de estancias ciegas sin enchufes y aseo compartido; cientos de apartamentos turísticos porque los beneficios en negro, en el peor de los casos, se cuadruplican. Tanto es así, que comienzan a generalizarse los casos en los que el casero echa a l@s inquilin@s alegando que precisa la casa para vivir él o un@ de sus hij@s cuando, en realidad, pretende dar el salto al alquiler turístico y hacerse de oro.
En las zonas costeras la situación aún se agrava más, pues los alquileres de larga temporada -con precios cada vez más desorbitados- sólo cubren de septiembre a junio, destinando el verano al alquiler vacacional. Pasada la época estival, el inquilino puede regresar, pero habrá de buscarse la vida durante tres meses al año en los que, literalmente, se queda sin casa.
Esa es la realidad que vivimos en España, en la que comprar una vivienda es privativo y alquilar, también. La gentrificación y la turistificación se han apoderado de las ciudades ante la pasividad de las Administraciones Públicas y la codicia insana de quienes se benefician de ello. El derecho constitucional a una vivienda digna nunca ha importando a nuestros gobernantes.

Ni España Una, ni dos Españas, ni tresHace un año, Pablo Rodríguez Burón publicó Turistia, una distopía que cada vez es más reflejo de la sociedad actual. Imaginen: un país tan endeudado que decide, tras referendum, venderse a una gran corporación llamada Turistia Corp. A cambio de condonar la deuda, el país se convierte en un gigantesco destino turístico, con núcleos temáticos, en la tierra prometida del ocio y lal diversión.

Un país donde l@s ciudadan@s pasan a ser mer@s emplead@s de Turistia, dedicados a vivir por y para el turismo, para atender a todas las personas que visitan el país. Tanto es así, que ya ni siquiera se vive en las casas, pues éstas ahora son alojamientos turísticos; ahora se vive en hoteles y, a cambio de ser emplead@ de Turistia, se reciben tres comidas al día. Ni democracia representativa, ni democracia participativa: se da paso a la democracia corporativa… o, como uno de los personajes, el filósofo corporativo, Leonard Helfer, recuerda: “El día que se aprobó el Plan Turistia, muchas cosas empezaron a cambiar. Dejamos atrás para siempre una larga historia de enfrentamiento físico e intelectual. Ni España Una, ni dos Españas, ni tres: Turistia”.

¿De veras creen que la ficción dibujada por Rodríguez Burón están descabellada? Pues no y, en cierto modo, ya se está produciendo este proceso, lento, pero muy seguro y, cada vez, con más calado.
ONU Habitat también lleva tiempo advirtiendo de cómo “el actual modelo de desarrollo urbano ha fracasado en garantizar una buena vida a los ciudadanos”. Según concluyó en las jornadas celebradas el año pasado sobre Nuevas Soluciones Urbanas, “este modelo fomenta el beneficio financiero y la mercantilización de la ciudad a favor de una oligarquía financiera y a expensas de la mayoría de la población”. A las puertas de la huelga feminista del 8 de marzo, es importante destacar que este modelo también excluye a las mujeres, que tienen menos acceso a los espacios públicos, que les resta oportunidades.
Es hora de activar mecanismos para combatir la exclusión, para mejorar la calidad de vida que tenemos en nuestras ciudades. Asumido el fracaso se las Administraciones Públicas, las activas asociaciones de vecinos de los años 80 pueden ser la clave dela superviviencia. Como esos rebeldes de Turistia, que tratan de combatir su nueva realidad, las asociaciones vecinales, quizás, están llamadas a convertirse en las salvadoras de los barrios, en el antídoto contra la gentrificación y la turistificación… Merece la pena intentarlo. - David Bollero - publico.es

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