Hace años que la población de personas que duermen y viven en la calle no sólo aumenta sino que crea ciertas tensiones de territorio. Es una cruda realidad de la miseria que asimilamos con compasión, vergüenza y cierta aprensión. Ahora, además, muchas sucursales bancarias del barrio desaparecen y fortifican a los locales con blindajes acorazados para evitar su ocupación y esto ha roto el equilibrio entre la demanda y la oferta de espacio. Los vestíbulos de oficina bancaria y los rellanos de tiendas cerradas siguen siendo los espacios más concurridos por los que se han visto abocados a vivir de esta forma. De día, buscan bancos, parques y fuentes y asean su campamento improvisado nocturno acumulando cartones y mantas que, con una solidaridad clandestina, algún portero o conserje de la zona los guarda. La demanda de cartones es importante. Los utilizan para construir parapetos con alma de trinchera, que luchan contra el viento, la luz y la posible intromisión de noctámbulos violentos y con mala bebida. La arquitectura de estas estructuras improvisadas es imaginativa y práctica, pero también desesperada. Uno de los hombres que duerme cerca de casa, concretamente debajo, en la parte trasera que da a la plaza de Jaume Girabau, me comenta que gracias a la bonanza de este mes de noviembre, las noches son bastante llevaderas. Durante el día, pide cerca del mercado, pero existe mucha competencia. Y cuando no se sale, se va a un horno o a un supermercado y a veces le dan, además de monedas, comida para salvar un día sin demasiados horizontes ni expectativas. Últimamente suele parar frente al Supermercado Consum y pide con una elegancia y una dignidad poco común. No merece la pena recoger cartones - me dice -, él, que me vigila la bicicleta mientras voy a comprar al Consum. Pagan muy poco y mal, y aquí me saco lo justo para ir tirando. Nunca le he preguntado cuándo se saca al día, pero por el movimiento calculo que se debe ir a los 30 a 40 euros diarios, además le indiqué dónde hay unos bajos de Cáritas donde se puede abastecer de lo más necesario. Abdou es de Senegal y dice que no se puede quejar, ha encontrado una habitación en Ca N'Oriach a un precio asequible y ya no duerme en la calle.

El barrio asimila todos estos movimientos de supervivencia con cierta aprensión, sabiendo que son el síntoma de muchas cosas que no funcionan y, a la vez, el aviso de lo que podría pasarnos si perdiéramos los privilegios de falsa normalidad que todavía tenemos, y en el fondo, el temor a que cualquier noche nosotros podemos encontrarnos en su situación.