No es fácil entender lo que está pasando. La confusión es colosal en Occidente. Nos engulle una espiral de transformaciones tecnológicas (de internet a la IA), de desbarajuste económico (del crac del 2007-2008 a los aranceles de Trump), de cambios sociales (de la globalización a la precarización de las clases medias) y de mutaciones antropológicas: de la inmigración a la corriente antibinaria de la sexualidad, origen de una inacabable guerra cultural. A esa frenética espiral de cambios hay que sumar la cuestión climática, que suscita tanto respuestas apocalípticas como negacionistas.

El comportamiento de los líderes contribuye a la confusión. Trump no es el único, ni fue el primero: usan un lenguaje grosero, altivo, insultante. Un tono divisivo. También es determinante la manera de contar lo que está sucediendo, sea a través de las redes sociales, sea a través de los medios convencio­nales (radio, periódicos, televisión) que, atrapados en la lógica de las redes, tienden, como ellas, a hablar con es­tridencia de constantes peligros y terrores: enfermedades, plagas, inundaciones, accidentes, desgracias sin fin. La narración tremendista es tan fascinante y deslumbrante como deprimente.

La evolución dantesca de la información ha infectado la narración política, que describe los hechos como si la historia se desencuadernara a cada paso. Esto provoca dos reacciones opuestas, pero complementarias: o inhibición o fanatismo. Una parte de la población desconecta: no soporta ese clima horripilante, no puede vivir dominada por la histeria mediática. Ahora bien, si una parte de la población se inhibe por estrés histórico, la otra tiende al fanatismo, abducida por los relatos polarizadores y por los dilemas apocalípticos: “la democracia peligra”, “¡la civilización occidental se acaba!”, “¡la gran sustitución cultural ya se está produciendo!”. Después de unos años de hegemonía de la cultura universitaria y de las nuevas izquierdas, ahora la ola hegemónica es de derecha extrema.

Algunos factores concretos favorecen el fanatismo, además de los ya señalados. Nadie, salvo la derecha extrema, ha prestado atención a la problemática de los hombres separados de clase media o baja que pagan la vivienda de su exesposa y sus hijos mientras se encuentran solos, con graves dificultades para rehacer su vida. Lo mismo puede decirse de la crisis de la industrialización y del fracaso objetivo de la meritocracia en los entornos industriales. 

La crisis de Detroit es paradigmática de este fenómeno, tan bien estudiado por Michael Sandel en La tiranía del mérito. Mientras las izquierdas apelaban a la meritocracia, los obreros industriales eran abandonados, entraban en competición con los migrantes o con las minorías raciales y eran culpabilizados de su fracaso, además de sometidos a burla por su lenguaje y sus costumbres. Hillary Clinton perdió por eso: representaba el éxito económico y la superioridad cultural en un país con un altísimo número de fracasados a causa de las deslocalizaciones.

Redes y periodistas narran los hechos como si se desencuadernara la historia a cada paso

Trump, egocéntrico e ignorante, pero de gran inteligencia televisiva, sabe tocar la fibra de los blancos desheredados. La extrema derecha se dirige a los perdedores: hombres pobres, jóvenes resentidos, nacionalistas inquietos por la sustitución cultural, etcétera. Le costará mucho a la izquierda revertir esa ola. Sobre todo si no hace autocrí­tica: abandonaron a los obreros, se han dedicado a especular sobre las minorías, quieren aleccionar a todo el mundo sobre discutibilísimas teorías de género y son indiferentes al malestar de los sectores obligados a competir con los migrantes por escuela, sanidad, servicios sociales o vivienda.

En este contexto, los partidos políticos convencionales (derecha liberal, izquierdas) pierden seguidores, mientras la derecha populista bravuconea: hay demasiado ruido y demasiado tremendismo rebozando el malestar social y cultural. Quienes desean orden, serenidad y diplomacia no han entendido que han estado contribuyendo, por acción u omisión, a fabricar el malestar. Por eso pierden posiciones, mientras las nuevas derechas se envalentonan. La izquierda debe empezar por la autocrítica. Sin ella, la alarma sobre el fin de la democracia no servirá de nada. Será percibida como el discurso defensivo (e interesado) de los que no quieren que las cosas cambien. - Antoni Puigverd