Del Holocausto a Gaza o cómo el horror provoca más horror. Volver a la película 'Shoah', la obra maestra de Claude Lanzmann, ayuda a entender de dónde surge el horror que ha desfilado por las pantallas de la actualidad - Xavier Mas de Xaxàs Faus
Israel considera que, desde su fundación en 1948, libra una guerra existencial contra enemigos que no bajan las armas y que, por tanto, el uso de la fuerza contra ellos está más que justificado, ya que es en defensa propia y de manera proporcional a esta amenaza. La ONU, sin embargo, acusa a Israel de cometer un genocidio en Gaza, y la Corte Penal Internacional ha dictado orden de busca y captura para el primer ministro, Beniamin Netanyahu, acusado de cometer crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Volver a Shoah, el film de Claude Lanzmann sobre el genocidio del pueblo judío en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, ayuda a entender la actitud de Israel en un conflicto que parece irresoluble. La primera ministra Golda Meir dijo que, tras el Holocausto, Israel podía hacer lo que quisiera. La víctima definitiva de la historia cree, por tanto, que tiene carta blanca para aplastar a sus enemigos.
Leer los diálogos de esta película de diez horas de duración, que Galaxia Gutenberg ha publicado en castellano y Flâneur en catalán, es imprescindible para saber lo que los europeos nos hicimos los unos a los otros entre 1939 y 1945.
La Europa de hoy no se entiende sin Auschwitz ni Vichy, sin los campos de exterminio y sin los gobiernos que colaboraron con los nazis. Durante varias décadas después de la guerra, aquel horror estuvo cubierto por una densa capa de olvido. Que la ONU, a instancias sobre todo de Estados Unidos, aprobara la creación de Israel en 1948 ayudó a que la Europa aliada no asumiera su responsabilidad por el Holocausto y tampoco por la suerte del pueblo palestino.
Nadie quería recordar el exterminio de los judíos. Algunos por orgullo o vergüenza, otros por antisemitismo, muchos por oportunismo político y económico. Se temía que la memoria destruyera los frágiles mimbres que sostenían la nueva coexistencia.
Churchill, De Gaulle y Stalin hablaban de “víctimas del nazismo”, sin identificar a los judíos. Los que sobrevivieron al genocidio no fueron bienvenidos. Francia, Alemania, Bélgica y Holanda hicieron todo lo posible para que no recuperaran lo perdido y se marcharan a Israel o EE.UU. La creación de Israel en 1948 ayudó a que Europa no se hiciera responsable del Holocausto ni de la suerte de los palestinos
Los nazis y los colaboracionistas, por el contrario, fueron mayoritariamente perdonados o recibieron sentencias muy bajas. La reconstrucción de Alemania y de media Europa se hizo con su ayuda. Estaban presentes en la industria, la política y la administración.
El olvido de la Shoah se prolongó durante décadas. Alemania no tomó conciencia hasta mediados de la década de los sesenta, con los juicios de Francfort a decenas de nazis, pero fue la serie de televisión Holocausto (1979), la que abrió los ojos a los alemanes. Sin embargo, aún habrían de pasar 26 años para que un canciller asumiera que la culpa por el genocidio formaba parte de la identidad nacional de Alemania. Fue Gerhard Schroeder, en Auschwitz, en el 2005, con motivo del 60 aniversario de la liberación del campo. Ese mismo año, en Berlín, se inauguró un gran memorial a las víctimas de la Shoah.
Este recorrido del olvido a la memoria fue igual de lento y doloroso en Francia. El régimen de Vichy colaboró de manera voluntaria con el Tercer Reich. Fue el primer proveedor de mano de obra y alimentos, y envió a los judíos a los campos de exterminio sin que los nazis tuvieran que pedirlo. El presidente Mitterrand fue un colaborador de Vichy y protegió durante décadas a altos cargos de aquella administración. Klaus Barbie, alto oficial de las SS y la Gestapo, vivió tranquilamente en Francia hasta que fue juzgado en 1987. A partir de aquel proceso quedó claro que Vichy había sido Francia.
No hay sentimiento de culpa en quien acepta el más terrorífico de los servilismos a cambio de una vida inalterada
Dos años antes, en 1985, Claude Lanzmann, había provocado una gran consternación con Shoah, un documental que demostraba la naturalidad y la indiferencia con la que se perpetró el exterminio. Al poner cara y dar voz a los pocos judíos supervivientes, a varios criminales de guerra y a no pocos testigos, llegaba a la misma conclusión que Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. No hay sentimiento de culpa en quien acepta el más terrorífico de los servilismos a cambio de una vida inalterada. Fue esta culpa la que Europa ocultó durante los años de la prosperidad y la construcción de la comunidad económica. Francia y Holanda, por ejemplo, tardaron 50 años en admitir su responsabilidad en el genocidio de los judíos. El presidente Chirac y la reina Beatriz lo hicieron en 1995.
Shoah, tanto la película como el libro, arranca con Simon Srebrik, un hombre de mediana edad al que Lanzmann encuentra en Tel Aviv y al que convence para que regrese a Chelmno, la ciudad polaca en la que pasó la guerra. Tenía 13 años cuando los nazis, después de gasear a su madre, le conservaron la vida porque ganaba todas las carreras y cantaba con una voz muy dulce. Dos días antes de la llegada de los soviéticos, los nazis lo fusilaron, pero él sobrevivió y un médico ruso lo curó.
“No me creo que yo esté aquí –le dice Srebrik a Lanzmann en un paraje idílico de Chelmo-. No, no puedo creerlo. Aquí, estaba todo siempre tan tranquilo, siempre. Cuando cada día se quemaba a dos mil personas, judíos, estaba también tranquilo. Nadie gritaba. Cada uno hacía su trabajo. Era un lugar silencioso. Apacible. Como ahora.”
Simone de Beauvoir lo explica muy bien en el prefacio a la edición de Galaxia Gutenberg: “El gran arte de Lazmann consiste en hacer hablar a los lugares, resucitarlos a través de las voces y, más allá de las palabras, expresar lo indecible mediante los rostros”.
La obra termina con el testimonio de uno de los pocos supervivientes del gueto de Varsovia: “Yo soy el último judío –dice entre la devastación, de noche, solo y rodeado de cadáveres–. Voy a esperar la mañana. Voy a esperar a los alemanes”.
La película muestra entonces, como última imagen, un tren camino de las cámaras de gas. Es una metáfora sobre la crueldad del hombre que Lanzmann lanza hacia el futuro porque no hay duda de que los trenes del exterminio conectan la Shoah con Gaza, el horror de ayer con el de hoy.

Aunque es larga, muy larga, habrá que verla.
ResponderEliminarY sí sí, parece que algunos han cambiado los papeles, y de víctimas han pasado a verdugos.
La película entera no la he encontrado, este video dura 44 minutos.
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