Una de las películas más taquilleras de los años 80 del siglo pasado fue, Regreso al futuro, en la que un joven, Marty McFly, viaja con una máquina del tiempo desde su presente, en 1985 al 1955 en el que se conocieron sus padres. Sólo 30 años conforman dos mundos bien distintos, marcados principalmente por diferencias socioculturales, pero no muchas en la tecnología al alcance de los personajes.
Si hiciéramos el mismo experimento con un viaje al mundo de 1996, el cambio estaría muy señalado en el campo de la tecnología. Especialmente porque en esa época se produjo la gran expansión de internet, la llegada de compañías como Google (Microsoft y Apple ya existían), las redes sociales y una transformación por la que hemos transitado del mundo analógico al digital.
En el caso de que un día dejara de funcionar internet –no pasará, pero crucemos los dedos– volveríamos a la Edad de Piedra, porque hemos depositado todo lo que sustenta nuestra sociedad en una infraestructura crítica que depende de un mantenimiento.
Todo esto viene a cuento del episodio 8 de la segunda temporada de la multipremiada serie The Pitt (HBO Max), que narra cómo transcurre con cruda realidad una jornada del servicio de urgencias de un hospital de Pittsburgh. En ese capítulo, ante una oleada de ciberataques, los responsables del hospital deciden desconectar todos los sistemas informáticos de forma preventiva, así que los médicos y enfermeras se ven obligados a replicar los paneles electrónicos con información de los pacientes en unas enormes pizarras que utilizaban en el pasado.
El personal médico más joven se queda aterrorizado. ¿Cómo pedir una radiografía o extender una receta? Papel, portafolios y buena organización. De repente, el mundo digital desaparece de la gestión de uno de los servicios fundamentales de la salud y solo los veteranos se sienten cómodos. De hecho, uno de ellos le dice a los más nuevos: “Tomáoslo como una aventura. Como si fuera Regreso al futuro ”. “O puede que Titanic ”, ironiza una de las jóvenes.
La emergencia informática obliga a reutilizar aparatos que llevaban muchos años en un trastero, como un fax. Cuando una de las jóvenes oye los pitidos característicos de un fax al enviar un documento, pregunta: “¿Qué es ese ruido?”. “Un ovni. “Invasión alienígena”, suelta con sorna la enfermera jefe.
Más tarde, se presenta en el hospital a colaborar como voluntaria una antigua enfermera jefa ya retirada y empieza a organizar el caos con una soltura que deja a todos boquiabiertos. Mientras los jóvenes intentan adivinar cómo poner tóner al fax al que se le ha acabado la tinta, ella coloca un documento y lo envía. Para enviar –otra lección– no hace falta imprimir. La tecnología ha definido muchas de las cosas que sabemos. O que ni sabemos que sabemos. Francesc Bracero Osuna

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