Autores y autoras de ficción suelen coincidir en que sus obras son más leídas por hombres que por mujeres. Esta brecha se hace evidente incluso en el entorno del escritor. 
Veamos un ejemplo basado en las peripecias del novelista X. El tipo publica una novela antes de Sant Jordi. Sus familiares femeninas o sus amigas no solo la compran, sino que un buen número de ellas dará el siguiente paso: leerla. En cambio, los familiares y amigos hombres, con alguna digna excepción, se guardarán el libro de su allegado para el verano. ¿El motivo? La tendencia al utilitarismo: aquellos hombres que aún conservan el hábito de leer limitan su tiempo disponible a los ensayos. No es que renieguen de las novelas, ni que hayan perdido el interés por las historias; es que las consumen por otras vías, sobre todo, en las series.

Que nadie entienda ya las boutades o la ironía es una invitación a la autocensura

Volvamos a X. A pesar del buen propósito de llevarse el libro en la maleta, solo un par de sus amigos se lo leerán en las vacaciones. Justo entonces, X, que a estas alturas ya habrá asumido que el ciclo vital de su libro se ha acabado y que no lo compra nadie; que ningún editor extranjero se va a interesar por él; que apenas quedan ejemplares en las librerías y que su editorial ya ha pasado página, recibirá un whatsapp de su amigo M escrito desde Cadaqués, Segur de Calafell o la península de Samaná. Dirá: “Qué bueno tu libro, me ha encantado, espero que se venda mucho. Tienes que pedir que te lo traduzcan a otros idiomas”. “A buena hora”, pensará X, decepcionado, si es su primera novela; resignado, si ya ha fracasado con otras.

Por la información que maneja el sector, parece evidente que los niños nacen como lectores de ficción y que a lo largo de los años aprenden a dejar de serlo, mientras que las chicas persisten más tiempo. Los chicos no tienen culpa: en la vida de hoy, hay que oponer una resistencia heroica para no dejarse llevar por la citada tendencia al utilitarismo cada vez más acentuada. Aun así, es positivo que se lea, al menos, ensayo. La lectura pausada favorece la comprensión de los conceptos, mucho más el surfeo de pantallas.

Maratón de lectura de ‘Pedro Páramo’ en Guadalajara, México Francisco Guasco / EFE

Existe consenso en que leer ficción amplía la capacidad de expresar sentimientos, y sobre todo, la de entender los de los demás. Ese aprendizaje emocional no tiene equivalente en otros formatos de consumo de historias, porque es esa lectura sosegada la que permite asimilar esos conceptos que hacen a las personas reflexivas, empáticas y tolerantes.

Igual que hay peceras (más impenetrables que las burbujas) ideológicas, también las hay, cada vez más diferenciadas, de marco mental. No hay marcos mejores ni peores, pero sí diferentes. Y eso crea peligrosos desencuentros. Entre los lectores habituales de novelas, se da un paulatino aprendizaje de lo simbólico que enseña a contextualizar el significado de las palabras. 

Pero, hoy, la ironía, la metáfora, el sobreentendido, la boutade, el doble sentido o la elipsis son usos no literales del lenguaje para los que la nueva sociedad está cada vez menos preparada. No solo para emplearlos, sino también para descifrarlos.

Ejemplos como las lecturas absurdas que se hicieron de la boutade de Eduardo Mendoza sobre Sant Jordi y el dragón los tenemos a diario. También en el periodismo. Hay opinadores que están limitando el uso de la ironía porque, demasiadas veces, los lectores se toma en sentido peligrosamente literal lo que pretendía ser un recurso estilístico. Ante la evidencia de que cada vez hay más gente incapaz de reconocer el lenguaje irónico, algunos columnistas tienden a escribir más plano, no sea que injustamente les acusen de apoyar lo que precisamente tratan de rebatir. Y esto es una suerte de autocensura.

Porque, cada vez más, existirá la tentación de confinarse dentro de la propia pecera. De forma natural, se configurarán espacios seguros donde las personas que se formaron leyendo novelas y poesía puedan jugar a su antojo con las palabras sin que las expulsen del partido. Pero para blindar ese privilegio sería de gran ayuda contar con redes sociales reguladas, y este tema excede el marco de este artículo. Miquel Molina Muntané