"A veces, uno sospecha que no está solo dentro de sí mismo, como si cada gesto que hacemos proyectara una sombra que no se limita a seguirnos, sino que toma decisiones por su cuenta en otro plano de la vida. La física, que a menudo tiene intuiciones novelescas, ha llamado supersimetría. Imagina que cada partícula del baño no es una especie de doble oculto, transformada: donde hay materia, habría una especie de eco perteneciente al mundo de las fuerzas. Donde hay solidez, habría una vibración paralela. Donde hay algo que pesa, habría algo que roza la realidad como una pluma.
Estos dobles no aparecen, no se dejan fotografiar ni medir. Sabemos que están ahí porque las cuentas no nos salen del todo sin ellos. El universo tiene a primera vista pequeños descosidos que la supersimetría parchearía con un hilo invisible. Recuerdo entonces algunas decisiones de mi vida. Las que tomé y las que no. Por cada elección, alguien (aquel doble invisible) eligió la contraria. Mientras yo me quedaba, él se marchaba. Mientras yo callaba, él hablaba. No lo envidio, pero lo tengo en cuenta. Quizás gracias a él la suma de lo que soy resulta más equilibrada, aunque nunca llegue a conocerlo.Los físicos buscan estas partículas ocultas con grandes máquinas subterráneas porque explicarían el misterio de la materia oscura: esa parte de la realidad inaccesible en el ojo, aunque necesaria para la mente. Pero también podría ocurrir que la supersimetría no fuera una propiedad del universo, sino una necesidad nuestra: la de creer que nada está del todo solo ni del todo terminado. Si así fuera, la realidad estaría sostenida no solo por lo que existe, sino también por lo que falta. Y quizá por eso, cuando algo encaja demasiado bien, nos inquieta: intuimos que, en algún sitio, fuera de nuestro alcance, el doble imperfecto sigue intentando completar la historia".
Al leer este artículo de Juan José Millás, he recordado las predicciones de dos científicos sobre el efecto del colisionador de Hadrones cuando se puso en marcha en 2008 en Suiza, Según estos, tenía un 75% de posibilidades de generar un agujero negro que tragaría la tierra entera. El aparato es como una tuneladora de estas del metro de Barcelona, pero a la bestia, muy a lo bestia. Yo no entiendo de todas estas cosas y supongo que este par de científicos lo decían de buena fe, ya que si hubiera pasado, solo les serviría para decir a última hora, ¡ya lo decíamos!, pero al no ser así se diría que han quedado ligeramente desacreditados por una buena temporada. Y es que el acelerador lleva ya tiempo funcionando y de momento no ha pasado nada, ni se prevé que ocurra, aparte de costar unos dos mil millones de euros. De hecho sería el final perfecto y lo que se merecería una especie tan miserable y perjudicial como la nuestra, unos especímenes que quieren jugar a ser Dios, que se creen los dueños del universo y en un acto de suprema inconsciencia consiguieron que se les trague para siempre su propia obra, a ellos y al resto del planeta. Sería como una especie de no creación o de un big bang a la inversa, un digno final para unos indignos. Pero no desfallezcamos, que todavía existe un lugar para la esperanza: El futuro colisionador circular de CERN que Vorbella nos presenta, de momento, solo es un proyecto pendiente de ser aprobado. Quizás cuando esté terminado y en funcionamiento sí que nos tragará del todo.
Si me dejaran elegir, éste sería el final que escogería para los homínidos, desaparecer sin dejar el más mínimo rastro, como si nunca hubiéramos existido, no quedaría absolutamente nada de nuestro paso por aquí abajo, solo las ondas volando por el espacio que hemos ido esparciendo durante años y que, en caso de que alguien les captase, los llevarían a ningún sitio. Solo pediría como último deseo, escuchar las Walkirias de Wagner en el momento final de la desaparición total, lástima que no pudiera filmarlo Francis Ford Coppola.
La gracia del agujero negro es que no dejaría ningún rastro, sería como si jamás hubiéramos existido, y, como remachaba José Saramago: el Universo nunca sabría que Homer escribió la Ilíada y otro Homer, más importante aún, el Simpson, trabajaba en una central en Springfield.
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