Me lo miro y me lo remiro. En el moratón que crece a lo largo de mi empeine izquierdo se perfila una cara. La hinchazón típica de un edema no es favorecedora, se le ven las mejillas un tanto rollizas. Pero está claro que es clavado al rostro de la Sábana Santa. Es una revelación. Confirmado: Jesucristo se ha vuelto a aparecer con su aspecto real para desmentir a Trump de Nazaret. Es importante que aparezca precisamente ahora, en la semana de los más grandes descubrimientos de la humanidad: M.R. es Mariano Rajoy y la homeopatía es humo. Trump se cree Dios, pero lo tiene muy crudo para hacer pasar gato por liebre. 

Alboroto en Twitter. El desengaño es enorme. Pese a esforzarse al máximo para colárnosla, Trump no es Jesucristo. Habríamos digerido mucho mejor la decepción de haber visto antes South Park. La serie nos demostró que Jesús y Trump eran dos por separado en aquel capítulo en el que Cristo advierte al pueblo de que el presidente podría cancelar la emisión si continúan con la protesta contra su gobierno. Por si persistían dudas sobre la no divinidad de Trump, poco después se acuesta con Satanás. El naranja se insinúa al rojo, pero este lo rechaza porque su pene es diminuto.

El ataque de South Park es infantil. Pueril. Pero les resulta útil, porque Trump tiene un ego infantil y le hiere en lo más hondo de su vanidad. El tamaño sí le importa y siempre le ha preocupado. La actriz porno Stormy Daniels también recurrió a esa menudencia para enfrentarse a él. O Marco Rubio, cuando era rival para liderar a los republicanos en las elecciones del 2016. Se dice que Trump tiene las manos pequeñas y Rubio fue con la chiquillada del dicho que asegura que quien así las tiene, poco mástil tiene para presumir. Obama le siguió el juego el año pasado.

Sin embargo, la suerte sonríe a Trump. Se le ha aparecido ahora en santidad Win McNamee, fotógrafo de Getty. Le ha hecho la foto de su vida: recién descendido del avión en el aeropuerto de Phoenix, posa con las piernas despatarradas, abiertas de par en par para atender a los periodistas, arrodillados algunos de ellos. La distancia obliga a tirar de micro con barra extensible. Su pose de poder y la perspectiva que toma McNamee dan la impresión de que el presidente posee un falo de cuatro metros. Aquí sí que no hay gato. Aquí hay liebre. “Magacock”, dice @mplpodcast305.

La foto no tiene trampa, no es IA. ¿Lo ridiculiza? Para todo el mundo sí. Para él no, porque encaja en su masculinidad alfa. Tantas veces le han dicho que no da la talla que seguro que le satisface ahora una imagen que lo figura como el vaquero con la más grande de las pistolas. Es cuestión de vanidad. También de esa masculinidad, que ha sacado a pasear, por ejemplo, con sus she's very hot a varias mujeres.

El moratón en el pie ha mutado. Se ha extendido y duele. Es hora de retirarse y enyesar. Pasarán unos días y el cuerpo absorberá la cara y se desvanecerá. No así la foto de McNamee. Trump ya la ha absorbido, ya se la ha hecho suya. Tan Cristo que se ve y no se siente crucificado. Esta burla, esta sátira no lo mata, porque él es la sátira. Àlex Tort Sagués en la vanguardia.