Se habla frecuentemente también del peligro de los “menas”, una denominación que enmascara que lo que hay detrás es una persona, un menor; se califica la llegada de extranjeros como de invasiones, con todo lo que la palabra implica; y se menciona la políticamente correcta inmigración ordenada como sinónimo disfrazado del concepto de que aquí no cabemos todos.
En todo caso, en esta tierra fértil de mitos que es la inmigración lo cierto es que los mantras circulan en las dos direcciones. Ni los inmigrantes roban trabajos, ni asaltan el estado del bienestar ni disparan la delincuencia, como argumenta la extrema derecha; pero tampoco la inmigración es igual de beneficiosa para todos, ni es la solución al envejecimiento de la población, como suelen esgrimir los defensores de la llegada de extranjeros. Dos mitos que no aguantan un análisis a fondo.
La semana pasada, un estudio de Funcas cuestionaba precisamente esta última afirmación. Que los inmigrantes sean la solución frente al envejecimiento de la población en España, que permitan hacer frente al invierno demográfico. Su conclusión es que la inmigración no corrige el desajuste de la demografía. Se queda en un mecanismo temporal que amortigua este desarreglo, pero válido para un plazo determinado y, además, con una intensidad cada vez menor. El efecto va languideciendo.
De entrada, el estudio sorprende al señalar que España no retiene a los extranjeros. De los casi 15 millones que llegaron entre 2002 y 2024, la mitad no se quedó. Es decir, que España atrae inmigrantes con gran eficacia, pero no los retiene de la misma forma, lo que retroalimenta los flujos de entrada. Pero más significativo es otro elemento: que la inmigración no está corrigiendo la caída de la fecundidad; que su contribución es substantiva, sí, pero solo en el corto plazo, dado que los inmigrantes se adaptan rápidamente al régimen autóctono de baja fecundidad.
Hay que partir de la constatación de que en España la población nacida en el extranjero ya no es joven, sino simplemente menos envejecida que la autóctona, y la brecha se va reduciendo. El impacto muy positivo hasta el momento en la solución al problema del envejecimiento ha tendido a crear la percepción de que es “un fenómeno esencialmente positivo y extrañamente exento de costes”, en palabras del informe. Una suposición que se salta el reconocimiento de los límites del modelo.
Es una conclusión que a nivel global ya recogía también un clásico en estos temas, el libro “Los mitos de la inmigración”, del sociólogo neerlandés Hein de Haas, que sintetiza lo que denomina como “22 falsos mantras sobre el tema que más nos divide”. Allí explica la lógica de que, aunque los inmigrantes sean relativamente jóvenes cuando llegan, también envejecen; de que muchos proceden de países en que los niveles de fecundidad también son bajos; y, finalmente, de que se adaptan rápidamente a los hábitos de planificación familiar y normas demográficas de sus sociedades de adopción.
Un segundo falso mantra sobre los efectos positivos de la inmigración es que beneficia a todo el mundo. La afirmación es muy matizable. En realidad, la distribución de sus beneficios es desigual y, para ser precisos, beneficia sobre todo a los ricos y menos a los trabajadores, como detalla Haas. Los que más ganan con su llegada son las personas con mayores ingresos, porque son los propietarios de empresas y los que obtienen el beneficio de su entrada en el mercado laboral, y son también los que forman los hogares que pueden permitirse contratar a personas que cuiden de sus mayores.
Lo que no es cierto es que la inmigración provoque un recorte masivo de salarios, porque en general no se compite por los mismos empleos. Solo puede aparecer una cierta competencia en la zona de los ingresos más bajos. Es el escenario de los penúltimos versus los últimos, los inmigrantes de oleadas anteriores respecto a los recién llegados, pero con efectos limitados. En definitiva, probablemente son más de 22 los mitos creados respecto a la inmigración, y claramente son mucho más numerosos los que exageran sus supuestos perjuicios que los que, como los dos analizados, agigantan sus beneficios. Se tiende mucho más a atribuir todo tipo de males a los inmigrantes.
Recordemos solo algunas de estas falsas percepciones, como la de que no necesitamos trabajadores inmigrantes, cuando la realidad es que, si hay un supuesto efecto llamada, este sería exclusivamente el de la demanda laboral, con una inmigración que va a remolque de las tendencias económicas, con solo un ligero desfase en el tiempo. Se le puede añadir el impulso económico que supone para la sociedad receptora. Es el caso de España, donde la llegada de trabajadores extranjeros ha potenciado un crecimiento muy por encima del del resto de Europa en los últimos años, y que seguirá en los próximos. Estamos en récord de afiliados extranjeros, según los datos de abril, y esta semana pasada la Airef apuntaba que España seguirá creciendo en los próximos años gracias a un millón de trabajadores extranjeros más.
Otro mito habitual es el de que roban trabajos y abaratan salarios, cuando la realidad es que lo que hacen es cubrir vacantes; o de que se supone que aumentan la delincuencia, con todos los estudios mostrando lo contrario si especificamos edades y condición social.
La inmigración es un fenómeno que continuará, que es necesario y que aporta muchos beneficios, pero que tiene sus límites, como es muy claro en el efecto solo temporal de frenar el envejecimiento de la sociedad; y también comporta problemas, no tanto económicos como sociales. Y ya sabemos que en la vida no todo es el PIB, ni en la del autóctono ni en la del foráneo. - Jaume Masdeu Burch

0 Comentarios