Sin embargo, lo que no ha explicado es que entre los 6.000 millones de espectadores había unos muy especiales en lugares como Manila, El Cairo, Chennai o Ternópil: los anotadores que han recogido los datos que han hecho “inteligente” el Mundial. En cada partido, estos espectadores anónimos se han pasado entre tres y cuatro horas golpeando a mano cada pase, cada entrada y cada rechazo: hasta tres mil acciones por partido. A los 48 países que han participado en el Mundial hay que añadir los de los anotadores de Europa del Este, África y el sur de Asia. Solo en Ternópil, en plena guerra de Ucrania, trabajan más de 100 anotadores. En el “éxito tan increíble” de este Mundial han contribuido los jugadores que hemos visto y los anotadores que no. Es la misma cadena que aguanta toda la IA generativa: para que un ingeniero de Silicon Valley pueda cobrar seis cifras, en Nairobi debe haber quien filtre el contenido tóxico de ChatGPT a menos de dos dólares por hora.
Es un modelo que funciona desde hace tiempo. Un anotador de Río de Janeiro explicaba que le pagan 60 euros la sesión por picar partidos de liga local y que, además, cobra en euros. Muchos son jugadores de estas ligas que redondean el sueldo catalogando los partidos de los demás. "Está bastante claro que los datos que registro son para las apuestas", admite. Las webs de apuestas necesitan datos en tiempo real para actualizar las cotizaciones mientras rueda la pelota: el mercado de analítica deportiva ya mueve cerca de seis mil millones de dólares al año. Convertir juego en datos y datos en juego es un negocio redondo, también para la FIFA.
En 1770, Wolfgang von Kempelen deslumbró las cortes de Europa con el “turco mecánico”, un autómata que jugaba al ajedrez y ganaba casi siempre; el truco era un jugador de carne y hueso escondido entre los engranajes. Dos siglos y medio después, el tablero es del tamaño de un estadio y el jugador escondido es un ejército de anotadores esparcidos por el mundo. - Josep Maria Ganyet, foto: Xavi Junio.

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