TRADUCIR O NO TRADUCIR


 He explicado en más de una ocasión que he dejado de leer, soy incapaz de concentrarme por más que me interese el texto. Se ve que es bastante normal a partir de cierta edad, agravado por la nueva manera que tenemos de comunicar e informarnos. Pero hace un tiempo descubrí una forma diferente de leer: traducir, en mi caso primero a Vila Matas y después a Bolaño. 

Traduciendo he aprendido a escuchar lo que normalmente dejo pasar. Talens decía que la poesía sirve para informar de nuestras negligencias, y quizá por eso traducir se le parece tanto: es una manera de descubrir en qué fallamos cuando leemos, en qué nos precipitamos, qué no vemos porque nos da pereza mirarlo. Cuando traducía a Vila‑Matas, me daba cuenta de que su ironía no se puede transportar sin que algo se rompa. Bolaño, cuya oscuridad no es un estilo, sino una advertencia. Traducirlos era poner mi lengua frente a un espejo que no perdona: cada decisión revelaba una omisión, cada matiz una distracción, cada frase una negligencia que la poesía —y la traducción— me obligaban a asumir.

Talens recuerda que traducir es escuchar la diferencia. Yo añado que es escuchar también las propias grietas. Porque en el diálogo con el otro, lo que más resuena no es su voz, sino la parte de la mía que no sabía que existía. Traduciendo, el mundo no se amplía: se hace más íntimo, más incómodo, más verdadero. Y en esa verdad hay siempre una sombra de culpa, una conciencia de que la lengua propia es menos precisa de lo que quisiéramos, menos valiente, menos atenta.

Quizá por eso sigo traduciendo, aunque sea mentalmente, incluso cuando no es necesario. Porque la traducción —como la poesía— es una forma de vigilancia. Una forma de recordarme que leer no es solo entender, sino escuchar lo que no queríamos escuchar. Que cada cultura es una respiración diferente, y que la mía, cuando vuelve de este ejercicio, ya no es exactamente la misma: es más porosa, más humilde, más consciente de sus negligencias. Debo decir que lo que no traduzco ya, son escritores y poetas sur americanos, se pierde demasiado bagaje en cada traducción. La traducción de 2.666 la tengo parada a la mitad y así me temo va a seguir.

Traducir es, en definitiva, una forma de hacernos responsables de lo que leemos. Y quizás también de lo que somos. Claro que Cioran decía que cambiar de idioma para un escritor es cómo escribir una carta de amor con un diccionario. Traducir o no Traducir, he aquí la cuestión.

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