Ceuta: Cuando la política abdica, las primeras víctimas son las personas. Un artículo de Ascensión Palomares Ruiz, catedrática defensora de los derechos humanos y presidenta de la Asociación Europea Liderazgo y Calidad de la Educación. En la foto: Un joven marroquí contempla a los flotadores utilizados por los migrantes para acceder a Ceuta a nado. Foto: Reduán/Ascensión Palomares.
"He dedicado más de cincuenta años de mi vida a la defensa de los derechos humanos, convencida de que la dignidad de la persona está por encima de cualquier ideología o interés político. Por eso no puedo permanecer en silencio ante lo que está ocurriendo en Ceuta. Conozco bien la ciudad. He participado en varias ocasiones como miembro de tribunales de tesis doctorales y siempre volvía. Religiones y tradiciones distintas coexistían con naturalidad. Junto a Melilla, representaba lo mejor de la España plural.
Por eso duele tanto ver su deterioro actual. El problema no son las personas que llegan. Ningún ser humano es enemigo por atravesar una frontera. Las migraciones han existido siempre y continuarán existiendo mientras haya guerras, miseria o desesperanza. El verdadero fracaso no es la inmigración, sino la ausencia de una política migratoria seria, estable y previsible.
Durante años, España ha vivido de parches: cambios legislativos constantes, regularizaciones extraordinarias, mensajes contradictorios y una preocupante falta de estrategia de Estado. Mientras tanto, Ceuta y Melilla han sido utilizadas con demasiada frecuencia como piezas en un tablero diplomático con Marruecos. Los resultados son ya visibles.
Llegan muchos jóvenes solos, sin proyecto vital, sin recursos ni formación. Ellos también son víctimas. Pero sería injusto olvidar a los de Ceuta: tienen derecho a vivir con tranquilidad, a sentirse seguros en sus barrios, a que sus hijos crezcan en un entorno de convivencia y no de tensión permanente. Tienen derecho a que sus gobernantes les expliquen qué está ocurriendo y cuál es el plan para evitar que la excepción se convierta en norma.
¿Cómo hemos permitido que una ciudad símbolo de integración llegue a esta situación? Y, sobre todo, ¿quién asume la responsabilidad política de este fracaso? El debate se ha polarizado de forma estéril. Para unos, cualquier crítica a la gestión migratoria es xenofobia. Para otros, todo emigrante es culpable de los problemas. Ambas visiones son falsas e injustas. La inmensa mayoría de quienes llegan buscan una vida mejor. La inmensa mayoría de los de Ceuta sólo quiere conservar la convivencia que durante décadas definió su ciudad.
Defender los derechos humanos no significa renunciar al Estado de derecho. Los derechos sólo se garantizan cuando el Estado protege sus fronteras, desmantela las mafias que trafican con personas, ordena los flujos y ofrece protección real a quienes cumplen los requisitos legales e internacionales. La solidaridad no es abrir las puertas para después abandonar a quienes llegan y quienes ya vivían allí. Trasladar a las ciudades fronterizas un problema que compite en el Estado y en la Unión Europea es injusto e insostenible. Ceuta necesita recursos, planificación y estrategia compartida. La paz social también es un derecho que debe protegerse. Decirlo no es ir contra los derechos humanos: es defender una sociedad democrática, segura y cohesionada, única garantía real de que los derechos siguen existiendo.
España debe construir cuanto antes una política migratoria basada en tres principios inseparables: humanidad con quienes sufren, firmeza frente a las mafias, y respeto escrupuloso a la legalidad. Gobernar no es reaccionar cuando la crisis estalla. Gobernar es anticiparse para que no estalle. Ceuta merece recuperar su sitio como símbolo de convivencia, respeto y esperanza. Sus ciudadanos merecen ser escuchados sin descalificaciones. Y quienes llegan merecen un sistema justo, humano y ordenado que les diga con claridad cuáles son sus derechos y también sus obligaciones. Después de más de medio siglo defendiendo los derechos de las personas, sigo creyendo lo mismo:
No existen derechos humanos sin dignidad. No existe dignidad sin justicia. Y no hay justicia sin orden. Cuando la política abdica de su responsabilidad, las primeras víctimas son siempre las personas. Todas las personas".
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