Durante casi cuatro milenios, desde Hammurabi hasta los Convenios de Ginebra, los humanos hemos repetido una idea obstinada: incluso en la guerra debe haber límites. Una ficción moral, sí, pero una ficción necesaria. El principio fundacional —“impedir que los fuertes opriman a los débiles”— nació ya contaminado, escrito por un monarca que sabía perfectamente cómo se oprime. Y, sin embargo, seguimos aferrándonos a él porque la alternativa es demasiado oscura.
En lo que llevamos de 2026, los conflictos se han multiplicado y las violaciones del derecho internacional humanitario también. Gaza continúa siendo el epicentro de un terremoto ético global, pero no es el único. Ucrania, Sudán, Myanmar, Etiopía, Yemen, el Sahel… cada uno aporta su propio catálogo de horrores, como si el mundo compitiera por ver quién ignora más abiertamente las normas que dice respetar.
Gaza: la herida que no cierra - Tras el ataque de Hamás en octubre de 2023, ampliamente documentado como una sucesión de crímenes de guerra —asesinatos de civiles, torturas, violaciones, toma de rehenes, ataques indiscriminados— el conflicto entró en una fase aún más devastadora. En 2024 y 2025, Israel intensificó bombardeos, asedios y desplazamientos forzosos. La destrucción sistemática de infraestructura civil, hospitales, universidades y campamentos de refugiados ha sido denunciada por la ONU, Médicos Sin Fronteras y múltiples organismos independientes. La acusación de castigo colectivo sigue siendo central, así como el uso de municiones explosivas en zonas densamente pobladas, lo que contraviene los principios de distinción y proporcionalidad.
En 2024, la Corte Internacional de Justicia ordenó medidas cautelares para evitar un posible genocidio. En 2025, varios Estados solicitaron investigaciones adicionales sobre ataques a convoyes humanitarios y sobre el bloqueo prolongado de suministros esenciales. A día de hoy, ninguna de estas advertencias ha detenido la maquinaria bélica.
Ucrania: la guerra que se normalizó - La invasión rusa de Ucrania, iniciada en 2022, ha entrado en una fase de desgaste brutal. En 2024 y 2025 se documentaron ataques rusos contra infraestructuras civiles —centrales eléctricas, hospitales, bloques de viviendas— y el uso de minas antipersona en zonas agrícolas. Ucrania, por su parte, ha sido acusada de emplear municiones de racimo en áreas donde la presencia de civiles era probable. Ambos bandos han vulnerado normas esenciales, aunque la responsabilidad primaria recae en el agresor inicial. La impunidad, como siempre, se reparte según el tamaño del ejército.
Sudán, Myanmar, Etiopía: guerras sin cámaras, crímenes sin titulares. Mientras las potencias discuten sobre Gaza y Ucrania, otras guerras avanzan sin testigos. En Sudán, desde 2023, las fuerzas paramilitares RSF han cometido masacres étnicas, violaciones sistemáticas y desplazamientos masivos. En Myanmar, la junta militar continúa bombardeando aldeas y ejecutando opositores. En Etiopía, pese al acuerdo de 2022, siguen documentándose ejecuciones extrajudiciales y hambrunas inducidas. Son conflictos donde las leyes de la guerra existen solo en los informes de las ONG.
La hipocresía como combustible. Las potencias occidentales siguen proclamando su compromiso con el derecho internacional mientras lo violan o lo ignoran cuando les conviene. Estados Unidos continúa suministrando armas a países acusados de crímenes de guerra. La Unión Europea mantiene acuerdos con gobiernos responsables de torturas y desapariciones. Rusia y China denuncian la hipocresía occidental mientras bloquean resoluciones que podrían proteger civiles en otros conflictos.
El derecho internacional se ha convertido en un espejo roto: cada cual elige el fragmento que le favorece.¿Por qué seguir hablando de leyes que nadie cumple? Porque renunciar a ellas sería aceptar que la fuerza es la única moneda válida. Sería admitir que los civiles son daños colaterales inevitables, que los hospitales son objetivos legítimos, que los niños pueden morir sin que eso importe.
Las leyes de la guerra no son un lujo moral: son el último hilo que nos separa de la barbarie absoluta. Aunque se incumplan, aunque los poderosos escapen, aunque los tribunales internacionales avancen con la lentitud de un glaciar, nombrar los crímenes sigue siendo necesario.
Porque callar es colaborar. Porque la impunidad crece en silencio. Porque incluso una norma violada es mejor que ninguna norma. Y porque, si dejamos de exigir un mundo más justo, aceptamos vivir en uno que nadie elegiría.

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