La crítica de Juan Jesús Vivas al Gobierno español por “abandonar” a los ciudadanos de Ceuta ante la entrada de migrantes tiene un punto de ironía amarga. Porque él mismo, desde hace décadas, mantiene abandonados a más de 10.000 'ciudadanos españoles' que viven en el barrio de 'el Príncipe', en el sur de la ciudad. Un barrio que es Ceuta solo cuando conviene, pero desaparece del mapa cuando toca invertir, escuchar o dignificar.

El Príncipe es, desde hace décadas, un espacio olvidado: infraestructuras precarias, servicios insuficientes, inseguridad cronificada, ausencia de proyectos de cohesión y una sensación general de que la ciudad oficial prefiere mirar hacia otro lado. Es un barrio que solo existe en los discursos cuando conviene, pero que desaparece del mapa cuando toca invertir en ellos, escucharlo o integrarlo.  Un barrio al que ni la policía se acerca

Por eso sorprende —o quizás ya no— que Vivas reclame al Gobierno lo que él mismo no ha sido capaz de ofrecer a sus propios vecinos en sus 25 años de mandato. No puede denunciarse el abandono mientras se ejerce el abandono. No se puede exigir responsabilidad en Madrid mientras se perpetúa la desatención a un barrio que forma parte de Ceuta tanto como cualquier otro. La hipocresía, en política, es un recurso antiguo. Pero en este caso es tan evidente que cuesta disimular: Vivas, se presenta como protector de los ceutís ante la presión migratoria, pero ignora sistemáticamente una parte de su propia ciudadanía. Y esto, más que una contradicción, es una mala forma de gobernar.

En definitiva, el discurso del señor Vivas tiene un problema de coherencia: no se puede reclamar al Estado lo que uno mismo no practica. Y si hay un lugar donde el abandono es palpable, persistente e innegable, está en el Príncipe. Más hipocresía, imposible.