“Tirás la piedra y escondés la mano”, decían los adultos cuando, de niños, provocábamos un desastre sin asumir las consecuencias. Todas las semanas aparecen gurús informáticos que aseguran que la IA es peligrosa, que puede transformarse en una superinteligencia autónoma, que será capaz de matarnos. Preguntados que son acerca de cómo controlar lo que ellos mismos inventaron, dicen algo tan vago como que hay que poner un límite. ¿Quién lo hará? No se sabe. Ellos no. ¿Habrá alguien pensando en qué van a hacer los millones de seres que pierdan el trabajo gracias al invento? No alguien pensando en qué empleos tendrán, sino en cuál va a ser su reacción cuando se vean recluidos en un presente opaco, rodeados de robotitos que cobren los peajes y las comidas y los combustibles que ellos ya no puedan pagar. ¿Se cruzarán —nos cruzaremos— mansamente de brazos, resignados a una vida miserable o a la extinción? Quizás se subestima la ferocidad de la especie. Somos capaces de todo lo terrible. Pensamos poco en el futuro, que siempre será problema de otros. Años atrás, el zoológico de Buenos Aires se convirtió en ecoparque y muchos de los animales que lo habitaban fueron trasladados a santuarios. Ahora quedan pocos. Entre ellos, dos jirafas, Buddy y Ciro, padre e hijo, 20 y 10 años. Buddy llegó de cachorro. Ciro nació allí. Es probable que no abandonen nunca ese lugar (les queda mucho encierro: pueden vivir 30 años). La razón es ridícula y monstruosa: estos animales alcanzan los 4,2 metros de altura y los puentes que rodean la ciudad no superan los 3,9 metros. Su cuello no pasa por debajo de esas trampas de hormigón. Año tras año, las jirafas crecieron y, con cada centímetro, generaron a su alrededor, involuntariamente, una prisión invisible, un encierro perpetuo. Somos una especie maravillosa. Construimos nuestras propias cárceles, construimos las cárceles de otros. De ninguna se sabe cómo salir. 
Leila Guerriero en el País, la foto de Jirafas en un zoológico, es de picture alliance (dpa/picture alliance via Getty Images)