En sendas entrevistas concedidas a la Vanguardia y Nació digital, Rafael Argullol alerta sobre un peligro más profundo que la autodestrucción física: la posibilidad de que perdamos nuestro sustrato ético y espiritual al convertirnos en “esclavos de nuestras criaturas” tecnológicas. Para Argullol, esta sumisión no vendría tanto de robots que nos esclavizan con violencia, sino de la erosión de los valores humanos esenciales cuando delegamos demasiadas responsabilidades en sistemas opacos y algorítmicos.
En Blade Runner, los replicantes, seres artificiales con memoria y emociones implantadas, reivindican su derecho a la vida más allá de los límites impuestos por los humanos. Roy Batty, líder de los replicantes, llega hasta su creador y le asesina al buscar una extensión de existencia. Este relato ejemplifica la paradoja de Argullol: el miedo no es solo que la máquina nos aniquile, sino que nos arrastre a una crisis de sentido en la que los límites entre creador y criatura se difuminan.
Para Argullol, nuestro tiempo no es simplemente el último capítulo de una historia, sino el primero en el que la naturaleza humana ha creado las condiciones de su propia desaparición. Primero fue la destrucción física -la bomba atómica- y después la destrucción espiritual -la delegación masiva de memoria, deseo y pensamiento en las máquinas. Esta es la tesis que vertebra su diagnóstico: vivimos en un mundo donde el hombre ya no teme a los dioses ni a la naturaleza, sino a sí mismo. Argullol afirma que los tiempos que vienen no muestran ningún rostro definido. Hay niebla, sí, pero también un ruido de fondo: el ascenso de la extrema derecha, la vuelta de los imperialismos, la saturación de un mundo que ha consumido demasiado y que ahora mira hacia Asia para entender que el péndulo histórico siempre oscila. Lo nuevo no es el conflicto —antiguo como la humanidad— sino la posibilidad de autodestrucción total.
La bomba atómica inaugurará una era en la que el realismo consiste en una hipótesis plausible. La IA, según Argullol, es la segunda fase de este proceso: ya no amenaza al cuerpo, sino a la mente. Reduce lo terrenal y convierte la conversación en una reliquia. Argullol lo formula con una incómoda lucidez: hemos entregado a las máquinas la memoria, la concentración e incluso el deseo.
Las universidades, dice, se han llenado de apáticos pendientes del fetichismo de las pantallas. La gente anda con una confianza delegada, como si lo que tiene en los demás fuera más sólido que el que tiene en sí misma. Los estudiantes no recuerdan ya los nombres de los personajes, ni saben distinguir una frase viva de una frase solo funcional. Este empobrecimiento de la lengua es, a su juicio, un empobrecimiento del pensamiento. Y aquí viene la alarma: si el lenguaje es la grieta, la grieta también es la capacidad de resistir.
Ante esto, Argullol no propone un retorno nostálgico al viejo humanismo, sino una resistencia neohumanista. Una defensa de la libertad y la dignidad que incorpore:
La revolución de las mujeres no como cuota, sino como reconfiguración profunda del mundo simbólico.
Una nueva relación con los animales —que rompa la lógica de la masacre y del dominio.
Una relación diferente con el planeta que supere el extractivismo occidental.
Un diálogo con otras tradiciones humanistas: hinduismo, pensamiento chino, islam, cosmologías que no separan al humano del cosmos.
Este neohumanismo no es un programa político, sino una actitud: resistir la total delegación de lo que nos hacía humanos y recuperar la capacidad de mirar, recordar, describir, pensar. Argullol no es apocalíptico. Es serio, pero no desesperado. Cree que todavía existen posibilidades de renacimiento, aunque Occidente ha ido perdiendo poder espiritual e intelectual. Necesita aliados, dice, porque el mundo ya no es suyo. Y quizá esto sea bueno: la saturación occidental abre la puerta a otras cosmologías, otras formas de vivir el tiempo, la naturaleza, el deseo.
La niebla del presente no es confianza; es advertencia. Nos dice que el futuro no está escrito pero tampoco garantizado. La IA no es un destino, sino una prueba. La memoria, el lenguaje y la capacidad de mirar al mundo son los últimos territorios que nos quedan. Argullol nos recuerda que el peligro no es la máquina sino la renuncia. La destrucción espiritual no es inevitable si somos capaces de resistir con lucidez, con ironía, con humanidad.

1 Comentarios
Pienso que hace tiempo que venimos siendo arrastrados a esa pérdida de valores y significados. Las máquinas nos han aportado comodidad, conocimiento, vida y trabajo más llevaderos, etc. pero a la vez hemos delegado demasiado en ellas. Se ha ido construyendo en nuestro cerebro una mentalidad que ha ido relajando el esfuerzo en cierto modo, la cooperación entre humanos, la ayuda entre vecinos, la creencia en nuestras propias fuerzas, y al ir delegando en exceso -tal vez no hay otra salida, no sé- en quienes controlan y poseen los bienes que compramos y en quienes gestionan la organización social y política de un Estado se van difuminando los viejos pero útiles y dignos valores. Ante cualquier problema se llama al seguro, por ejemplo, o se tira un objeto para comprar uno nuevo, etc. El voto electoral ya no se valora en función de intereses colectivos de clase, porque este concepto se ha difuminado aunque siga existiendo, hoy parecemos todos ricos. La comida de coco de lo mediático ha ido eliminando capacidad crítica. Con lo que se aplica de IA hasta las universidades se ven tocadas, etc.etc. Entiendo y participo de cierta desesperación de Argullol, pero no soy nada optimista. Así que cuando vengan mal pero muy mal dadas ya veremos la capacidad de reacción social. Ahí se manifiestan los valores y no solo en la respuesta del Estado y sus proyeccciones varias. Es que este tema es de muy largo debate y no acierto a más.
ResponderEliminar