¿No será la memoria humana similar a esa corriente impetuosa de hielo, agua y rocas que ha devastado un valle al norte del Nepal? El tiempo es una corriente impetuosa de acontecimientos. Es, por ejemplo, como ese gran desbordamiento de novedades literarias que, con la corriente que la impulsa, nos llegan casi flotando este septiembre. El tiempo, en nuestros días, llega cargado de sucesos, y aún casi no hemos acabado de distinguir uno cuando ya hay otro en su lugar, y así todo el rato, nuestro tiempo lo arrastra y arrasa todo, y no se lleva bien con la posteridad.
Ya lo advirtió Roberto Bolaño cuando dijo que el oficio de escribir “está poblado de canallas y de tontos, y de gente que de verdad cree que por publicar un libro, ya pasa a la posteridad”. Aún no se había acuñado el término, pero había un cierto buenismo en sus palabras, compasión por los escritores. El malismo, que también existe, vamos a dejarlo para el inefable Louis Ferdinand Céline que en 1957 mostró en una entrevista nula compasión por sus colegas: “Un estilo es algo bien raro, monsieur. Hay uno o dos por generación. Miles de escritores, eso sí. Son unos pobres chapuceros. No tienen ningún interés. Se arrastran por las frases. Repiten lo que ha dicho el otro. Y es que el hombre es pesado, su espíritu es pesado, nunca ha dejado de ser pesado”
Del malismo regresemos al buenismo para decir que, si hemos encontrado en Bolaño compasión y hasta ternura hacia los ingenuos escritores, puede que las encontremos todavía más en unas palabras de su contemporánea Doris Lessing. Ella fue la que se dirigió a sus afligidos colegas para decirles que no era malo que siguieran diciendo que, sin ellos, la industria literaria no podría existir, que jamás perdieran de vista que todo el gran edificio de esa industria existía “gracias a esta personita tratada con condescendencia, menospreciada y mal pagada, que es el escritor”.
Personitas, canallas, tontos, pesados, chapuceros. ¡Pues sí que estamos bien! Es toda una sombría reunión, vaya escena goyesca que tengo ante mí. Me parece una imagen para verla a vista de pájaro, y no a vista de hombre. A vista de pájaro, evoca a personitas parecidas a puntitos negros que, desde lo alto de una atalaya del Prater vienés, contempla el personaje de Orson Welles en El tercer hombre.
Las palabras que allí arriba dice ese personaje, Harry Lime, no pueden ser más actuales y superan a las del propio Céline. No sé, pero creo estar viendo que, contra mi voluntad, me va arrastrando una corriente de fatalismo. Porque seguramente recuerdan a Harry Lime, desde su alta posición en la atalaya, quitando importancia a sus crímenes preguntando si alguien sentiría compasión en el caso de que los miles de personitas o “puntitos negros” que se mueven por abajo dejaran de vivir y eso a él le reportara una buena suma de dinero. Las palabras de Harry Lime no pueden sintetizar mejor la atmósfera criminal que nos envuelve: el descaro y la indecencia en todo su apogeo, el malismo puro y duro.
Enrique Vila-Matas en el País. Fotograma de la película 'El tercer hombre' (1949), con Joseph Cotten (izquierda) y Orson Welles.

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