Un ser humano puede levantarse un día pensando en comerse el mundo, y cualquier accidente, insignificante o imprevisto, lo aparta definitivamente del paisaje. Es la fragilidad de la especie, cura de vanidades y estupideces.

     Viajeros esperan información en la estación de Atocha de Madrid tras el accidente de tren de Toledo. Victoria García.   

Al principio, cuando apenas sabíamos, las cosas se iban quedando antiguas muy despacio, pero después de los primeros muertos la vida entera se quedó de golpe suspendida, escribe Juan José Millás

Todo se quedó antiguo de repente: la visita al cardiólogo, la revisión de la caldera de gas, la cita con la fisio o el podólogo. Se quedó antigua la partida de cartas de los miércoles, la comida familiar de los jueves, el vermut con los amigos de los viernes y hasta el texto que tenía uno preparado para esta esquina del periódico se quedó de súbito obsoleto. Al principio, cuando apenas sabíamos, las cosas se iban quedando antiguas muy despacio, pero después de los primeros muertos la vida entera se quedó de golpe suspendida, antigua, igual que el tráfico rodado y los semáforos y el mobiliario urbano. La tarta de cumpleaños que tenías que recoger también se quedó antigua, se infartó, lo mismo que el siglo XXI. En los hospitales, los niños nos nacían antiguos y velábamos en los tanatorios cadáveres pretéritos.

Salías a la calle de un país antiguo, más antiguo con cada decena de muertos, pues se contaban por decenas. Muertos y muertas, quizá algún muertito, quizá alguna muertita, imposible saber lo que se encontraría debajo del acero encrespado, al rojo vivo. Se quedaron antiguas las películas y se suspendieron, por antiguos, los programas de la televisión, y se quedaron antiguos los recién casados y los divorciados recientes, no digamos el Ministerio de Transportes. Se había quedado antigua España entera, de norte a sur y de este a oeste, se había quedado antigua España, tan antigua y tan vieja como la tecnología aplicada sobre la que circulaban los trenes de la muerte que veníamos denominando, de manera pomposa, tal vez irresponsable, “de alta velocidad”.

Daban ganas de darse de baja. ¿De qué? De todo. Daban ganas de apostatar de todo. De apostatar de padre y de hijo y de contribuyente y de votante, estaba toda la nación medio muerta de asombro, aunque también de rabia, pues no podía ser de ninguna de las maneras que cada nueve meses tuviéramos que hacer un sacrificio a los diosecillos de la movilidad.