Se acerca el día en que las armas poseídas por la IA, carentes de ideología, lucharán entre ellas solo por el designio de destruirse por miedo a ser destruidas. Imagen diseñada por ordenador de un posible apocalipsis robótico. Bulgac (Getty Images) Manuel Vicent en El País. 

Ignoro si el desarrollo de la inteligencia artificial acabará con la humanidad dentro de cuatro años, como pronostican los profetas del mal. Puede que no desaparezca físicamente del mapa, pero es probable que dentro de un corto plazo de tiempo, la humanidad mute en una especie distinta, más allá del carbono. Estamos todavía en la fase de las curiosidades que la IA nos proporciona, la alucinante rapidez a la hora de resolver el problema matemático más intrincado, el hecho de que pueda leer en un par de segundos todo lo que se ha escrito desde Sócrates. Primero fue la curiosidad, después el asombro, luego el vértigo, pero todo va a cambiar en cuanto tengamos conciencia de que la IA conoce los secretos más íntimos de nuestro cerebro y tiene la capacidad de condenarnos a ser sus esclavos. Entonces se instalará entre los humanos la culpa colectiva de haber deseado ser como dioses, según la promesa que hizo a Eva la serpiente al pie del árbol del paraíso. Se acerca el día en que las armas poseídas por la IA, carentes de ideología, lucharán entre ellas solo por el designio de destruirse por miedo a ser destruidas, como hasta ahora han hecho los humanos. ¿De quién recibirán las órdenes las armas inteligentes? ¿Quién mandará en las retaguardias? En las guerras la gente se mata por miedo a que la maten. Lo mismo sucederá en los arsenales. Cinco años fían los científicos para que este tipo de humanidad desaparezca, en la que si vas al mercado las frutas serán todavía de verdad, los melones, los higos y los albaricoques; si un enamorado en la cama alarga la mano se encontrará con un cuerpo deseado de carne y hueso al que ama y reconoce por el tacto; si ves los telediarios comprobarás que los políticos idiotas de siempre no han mejorado y que nuestro destino está en manos de unos líderes mundiales que pugnan por parecerse al mono. Con suerte disponemos de un tiempo para degustar los placeres analógicos antes de convertirnos en esclavos.