Esta mañana escuché en Rac1 un comentario que me dejó pensando. El motivo era un vídeo difundido por el Partido Popular en el que aparecían dirigentes y personas vinculadas al PSOE recreados mediante inteligencia artificial. Sus rostros eran reconocibles. Sus voces parecían auténticas. Sus palabras, sin embargo, nunca habían sido pronunciadas. La discusión no giraba tanto en torno al contenido político del vídeo como a una cuestión mucho más inquietante: ¿qué ocurrirá dentro de diez o quince años, cuando alguien se encuentre con esas imágenes fuera de contexto? ¿Cuántas personas serán capaces de distinguir una parodia política de una grabación real?
Tendemos a creer que veremos venir el engaño. Que una falsificación evidente seguirá siendo evidente para siempre. Pero la experiencia nos demuestra lo contrario. Nuestra memoria es mucho más frágil de lo que nos gusta admitir.
Durante siglos, para manipular la realidad hacía falta alterar fotografías, editar documentos o inventar testimonios. Era un trabajo laborioso. Hoy basta con un ordenador y un buen modelo de inteligencia artificial para fabricar un discurso nunca pronunciado, una escena que jamás existió o una confesión inventada con un grado de realismo que hace apenas unos años parecía ciencia ficción.
Lo verdaderamente preocupante no es que podamos ser engañados hoy. Es que podamos ser engañados mañana.
Dentro de unos años, es posible que el vídeo original haya desaparecido, que las aclaraciones periodísticas se hayan perdido y que sólo sobreviva un fragmento compartido miles de veces. Entonces alguien podría encontrarse con él y pensar: "Recuerdo haber visto esto". Y, en cierto modo, tendría razón. Lo habrá visto. Lo que no sabrá es que nunca ocurrió.
La paradoja es que este peligro afecta especialmente a quienes han crecido rodeados de tecnología. Existe una creencia muy extendida según la cual los nativos digitales poseen una capacidad innata para detectar engaños en internet. Sin embargo, diversos estudios apuntan precisamente en la dirección contraria. Algunos trabajos han concluido que los jóvenes de la generación Z tienen más dificultades para distinguir entre noticias verdaderas y falsas que generaciones de mayor edad.
Tal vez no sea una cuestión de inteligencia ni de formación. Quizá tenga que ver con el entorno informativo en el que vivimos. Las generaciones mayores crecieron en un mundo donde la información pasaba por un número limitado de filtros: periódicos, radios y cadenas de televisión. Los jóvenes actuales reciben cada día cientos de estímulos procedentes de TikTok, Instagram, YouTube, grupos de mensajería y plataformas donde la velocidad importa más que la verificación.
Nunca hemos tenido acceso a tanta información. Y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil saber qué merece nuestra confianza.
La llegada de la inteligencia artificial agrava todavía más este fenómeno. Ya no se trata únicamente de noticias falsas. Hablamos de pruebas falsas. De imágenes falsas. De audios falsos. De recuerdos potencialmente falsos. Quizá el gran desafío democrático de los próximos años no sea solo combatir la mentira, sino conservar la capacidad de demostrar qué es verdad. Porque cuando cualquier imagen pueda ser fabricada y cualquier voz pueda ser imitada, la pregunta dejará de ser si algo ha ocurrido realmente.
La pregunta será si aún somos capaces de creer en las pruebas cuando las tenemos delante. Y esa, me temo, es una amenaza mucho más profunda que cualquier vídeo electoral.

0 Comentarios