A uno solo le queda rezar para que lo entierren junto a Brassens, frente a la playa de Sète, o buscar refugio en algún sótano de Montmartre con Yves Montand cantando Les feuilles mortes entre el humo de los Gauloises. La Francia que muchos hemos amado venía a ser así: una conversación civilizada entre una canción y un vaso de pastís. Quizá por eso resulta especialmente doloroso contemplarla arder, reflexiona Javier - Una escena de la protesta en Burdeos el sábado pasado, foto de: Guillaume Pinon/EFE

El espectáculo se ha vuelto familiar. Una subida del gasóleo, la crisis de la vivienda, escuelas dejadas de la mano de Dios o cualquier otra chispa terminan desencadenando escenas de saqueos, incendios y ataques contra ayuntamientos o, con mayor frecuencia, tiendas de electrodomésticos. Un asco, qué quieren que les diga. Y en cuanto aparecen las llamas, vuelve la burra al trigo. Unos afirman que el problema es la inmigración y el fracaso de la integración. Otros responden que todo se reduce a la exclusión social. Ambos creen haber encontrado una explicación y ambos se equivocan, porque lo que arde en Francia no es una sola cosa. Son dos lenguas de fuego que confluyen y amenazan todo lo que hemos conocido.

Existe, está más que claro, un rechazo de los valores republicanos por parte de determinados sectores que consideran ilegítima la tradición laica francesa y la propia idea de una cultura común. Es un fenómeno real. Negarlo por corrección política resulta tan inútil como una danza para atraer la lluvia, e igual de eficaz. Esos grupos no aspiran a integrarse en la República, sino a vivir de ella al margen de ella o incluso contra ella, y fingir que ese problema no existe constituye una forma especialmente dañina de ceguera moral.

Pero también existe otro fuego, más antiguo de lo que se quiere admitir y probablemente más peligroso, que no nace de la ideología o la religión, sino de una decepción. Es el fuego de quienes llevan décadas oyendo hablar de los principios republicanos sin haber disfrutado de sus beneficios; aquellos para los que las promesas del Estado de bienestar son una fotografía en sepia. Camus dijo que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo, pero que la suya sabía que no lo lograría y que su tarea consistía en impedir que el mundo se deshiciera. La Francia contemporánea parece haber desistido incluso de esa ambición modesta.

Los partidarios de una explicación cultural ven islamismo donde solo hay frustración social

El error consiste en confundir ambos incendios. Los partidarios de una explicación exclusivamente cultural terminan viendo islamismo donde muchas veces solo hay frustración social, fracaso escolar y ausencia de horizontes. Los defensores de una explicación exclusivamente económica acaban viendo exclusión allí donde también existe una impugnación consciente y violenta de los valores de la República. Ambas simplificaciones permiten conservar intactas las propias certezas, que es una de las ocupaciones favoritas de los seres humanos y de las estatuas.

Houellebecq imaginó en Sumisión una Francia que renunciaba gradualmente a sí misma por cansancio moral. Finkielkraut advirtió en La identidad desdichada del riesgo de convertir la diversidad en una excusa para dejar de transmitir una herencia cultural compartida. Se puede discrepar de ambos, pero limitarse a despacharlos como racistas es una memez con balcones a la calle.

Eso sí, lo que los dos dejaron parcialmente sin resolver es otra cosa. La de si puede una sociedad exigir lealtad a unos valores que ella misma incumple de forma sistemática. Porque es verdad que en nombre del multiculturalismo se han tolerado prácticas incompatibles con la libertad individual. Matrimonios forzados, profesores y periodistas degollados, distintas formas de sometimiento de las mujeres o de presión comunitaria sobre las conciencias. Presentar todo ello como respeto a la diversidad no es tolerancia. Es abandono.

Pero abandono es igualmente construir suburbios de fealdad deprimente, escuelas sin recursos suficientes y mercados laborales capaces de producir ge­neraciones enteras de trabajadores pobres sin esperanza. Abandono es pedir confianza en unas instituciones que muchos ciudadanos solo conocen a través de la policía, los servicios sociales u oficinas de desempleo.

Francia lleva tiempo ardiendo. Quizá porque durante demasiado tiempo ha tratado dos problemas distintos como si fueran uno solo. O quizá porque, lo que es peor, ha fingido que ninguno de los dos existía. Más pronto que tarde, no existirán valores que defender. Ni nadie a quien acusar de nada. Ya somos el mundo de ayer.