"People Have the Power". La recientemente galardonada con el Premio Princesa de Asturias, Patti Smith nos lo recuerda desde hace décadas: el poder está en la calle, la gente tiene el poder. Esta ha sido siempre la bandera de los grandes movimientos sociales a lo largo de la historia. Nacen cuando el sentimiento de injusticia se vuelve más fuerte que el miedo y cuando la ciudadanía, especialmente los jóvenes, deja de creer que las instituciones sean receptivas a sus demandas.
Es exactamente lo que está sucediendo hoy en buena parte de Europa. Francia vive últimamente episodios de tensión social y altercados de una intensidad que parecía impensable hace solo unas décadas. Detrás de las imágenes de contenedores quemados y enfrentamientos con la policía existe a menudo un malestar acumulado, una sensación de abandono y la percepción de que las reglas del juego ya no ofrecen oportunidades reales para una parte creciente de la población. Cuando las vías de representación pierden credibilidad, la calle termina ocupando el espacio que la política deja vacía.
En España, afortunadamente, la protesta relacionada con la vivienda se ha expresado hasta ahora de forma cívica y democrática. Las acampadas de Madrid y Barcelona no son una anécdota ni una moda pasajera. Son la señal de alarma de una generación que ve cómo el acceso a una vivienda digna se convierte en una misión casi imposible.
Y es precisamente aquí donde aparece la denostada generación Z. Durante años se ha repetido que era una generación individualista, hiperconectada pero desmovilizada, más preocupada por los algoritmos que por la realidad. Sin embargo, hoy son muchos de estos jóvenes los que lideran asambleas, organizan protestas y llenan plazas reclamando un futuro viable. Han entendido antes que nadie que la crisis de la vivienda no es solo un problema económico: es un obstáculo que impide emanciparse, formar a una familia o construir un proyecto de vida con unas mínimas garantías.
Cuando una sociedad acepta que sus jóvenes trabajen y, sin embargo, no puedan acceder a un hogar, está asumiendo una forma de fracaso colectivo. Y cuando ese fracaso se prolonga durante años, la indignación deja de ser una reacción puntual y se transforma en conciencia social.
Algunos intentarán desacreditar estas movilizaciones. Otros las reducirán a una protesta juvenil más. Pero se equivocan. Lo que está emergiendo es una demanda de dignidad. Una exigencia que cuestiona un modelo en el que un derecho básico se ha convertido demasiado a menudo en un objeto de especulación.
La historia nos enseña que los grandes avances sociales no suelen empezar en los despachos. Empiezan cuando la ciudadanía se organiza, expresa y obliga a los poderes públicos a reaccionar. La calle no sustituye a la democracia; a menudo la despierta. La pregunta es si los responsables políticos escucharán el mensaje a tiempo. Francia muestra qué puede ocurrir cuando el malestar se cronifica. Las acampadas de Madrid y Barcelona ofrecen, todavía, una oportunidad para que esa energía se traduzca en reformas y no en frustración. Porque cuando una generación entera llega a la conclusión de que el futuro se le escapa de las manos, el problema ya no es solo la vivienda. Es la confianza misma en el sistema. Y es entonces, cuando resuena con más fuerza que nunca, el viejo lema de Patti Smith: People Have the Power

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