“El agua siempre recupera sus escrituras” el territorio le pertenece al río, a la rambla o al cauce natural y este eventualmente reclama lo que es suyo...
 
La primera vez que los ciudadanos recibieron en sus móviles el desagradable pitido de una alerta fue hace tres años en Madrid ante el riesgo de inundaciones por una dana. Resultó que la tormenta no descargó en el centro de la capital como auguraban las predicciones (se desvió hacia Navalcarnero), y enseguida surgieron las críticas. Los más liberales lo consideraron una invasión de la privacidad, mientras que la izquierda se mofó del apocalipsis anunciado por el gobierno madrileño. Con la tragedia en la Comunidad Valenciana un año después, cuando la alerta llegó a los móviles demasiado tarde, cuando ya habían fallecido muchas de las 230 víctimas de aquel episodio, las ganas de chanza se desvanecieron por completo. Los ES-Alert siguen suscitando polémica, pero ya están aceptados.

Los primeros en utilizar este sistema fueron los japoneses (J-Alert) en el 2007. En ese país, la frecuencia de terremotos y tsunamis ha creado una conciencia social de disciplina ante los avisos de emergencia muy arraigada. En el 2012 lo adoptó EE.UU. (WEA), donde no son pocas las catástrofes naturales. Europa los ha impuesto como obligatorios desde el 2022. Y menos mal, porque el cambio climático está haciendo notar sus efectos de manera fehaciente en la meteorología mediterránea. Lo cierto es que el ES-Alert se ha convertido en una herramienta muy útil, por más que siempre hay quien discute su porcentaje de acierto o si se deben enviar más o menos. Eso no quita que el sistema suscite alguna reflexión sobre nuestro modelo de sociedad. Cuantos más instrumentos tenemos para anticipar los peligros, más temor nos provocan y más vulnerables nos sentimos. Las alertas nos inquietan al mismo tiempo que las incorporamos a la vida cotidiana, acostumbrándonos a un estado de emergencia permanente. No es la única paradoja. Con este tipo de alertas, ¿el Estado protector traspasa su responsabilidad al ciudadano?, ¿o bien nos hemos convertido en personas tan imprudentes que nos tienen que recordar lo que seguramente es de sentido común? Y, por último, ¿no es curioso que en el mundo más informado de la historia, con más medios de comunicación disponibles que nunca, sea preciso que nos metan un bocinazo para que nos enteremos de que se acerca una gota fría de aúpa?

María Dolores García García, la Vanguardia. La fotografia es de Manuel Bruque/EFE