Los primeros en utilizar este sistema fueron los japoneses (J-Alert) en el 2007. En ese país, la frecuencia de terremotos y tsunamis ha creado una conciencia social de disciplina ante los avisos de emergencia muy arraigada. En el 2012 lo adoptó EE.UU. (WEA), donde no son pocas las catástrofes naturales. Europa los ha impuesto como obligatorios desde el 2022. Y menos mal, porque el cambio climático está haciendo notar sus efectos de manera fehaciente en la meteorología mediterránea. Lo cierto es que el ES-Alert se ha convertido en una herramienta muy útil, por más que siempre hay quien discute su porcentaje de acierto o si se deben enviar más o menos. Eso no quita que el sistema suscite alguna reflexión sobre nuestro modelo de sociedad. Cuantos más instrumentos tenemos para anticipar los peligros, más temor nos provocan y más vulnerables nos sentimos. Las alertas nos inquietan al mismo tiempo que las incorporamos a la vida cotidiana, acostumbrándonos a un estado de emergencia permanente. No es la única paradoja. Con este tipo de alertas, ¿el Estado protector traspasa su responsabilidad al ciudadano?, ¿o bien nos hemos convertido en personas tan imprudentes que nos tienen que recordar lo que seguramente es de sentido común? Y, por último, ¿no es curioso que en el mundo más informado de la historia, con más medios de comunicación disponibles que nunca, sea preciso que nos metan un bocinazo para que nos enteremos de que se acerca una gota fría de aúpa?
María Dolores García García, la Vanguardia. La fotografia es de Manuel Bruque/EFE
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