Llegué a un conocido lugar de descanso situado en las montañas, a orillas de un lago. Me esperaban merecidas vacaciones, luego decidí que esas vacaciones las pasaría en condiciones excelentes en todos los aspectos y no tenía la intención de ahorrar. Por desgracia, todos los cuartos en los hoteles de primera estaban ocupados y, como no tardé en comprobar, también en los hoteles de segunda. Al renunciar, primero al lujo y después incluso a la comodidad, entraba a los hoteles de tercera, pero sólo para oír en todos lados la misma respuesta: no hay.

Finalmente entré a un hotel que hasta entonces había excluido porque me parecía poco alentador, pero que en este momento era el único que me quedaba. El recepcionista estudió largo tiempo su libro y dijo:
—En esencia, no hay.
—¿Qué quiere decir: en esencia?—
Quiere decir que no hay cuartos ordinarios. Tenemos sólo un cuarto con una vista hermosa.
—¡Excelente! ¿Por qué no me lo dijo antes?
—Porque este cuarto tiene una vista extraordinariamente hermosa.
—¡Tanto mejor!
—La vista es tan extraordinariamente hermosa que el cuarto cuesta mucho.—¿Cuánto?
Dijo un precio realmente alto, en especial tratándose de un hotel de cuarta.Naturalmente, acepté, sin vacilar.
—Se paga por adelantado.No me extrañó, ya que los hoteles de baja categoría que tienen clientes de baja categoría ponen a veces esta condición. Que nadie me acompañara a mi cuarto ni me ayudara a cargar mi maleta, tampoco dejaba de ser normal. Recogí la llave y sólo al final del corredor encontré el número. Sin prestar atención al interior miserable, porque no esperaba nada mejor, fui de inmediato a la ventana y abrí la cortina. Apareció un patio obscuro, una pared enfrente de la ventana y unos cubos para la basura.Corrí a la recepción,
—¡Quiero hablar ahora mismo con el dueño!
—Yo soy el dueño.
—¿Esa era la hermosa vista? No sólo el cuarto está en la planta baja, no sólo del lado del patio; además, esa basura.
—¿A dónde miró usted?
—¡Cómo que a dónde! ¡Por la ventana
!—Permítame acompañarlo.
Lo seguí hasta el cuarto. Pero, en lugar de acercarse a la ventana, se detuvo frente al espejo, al que yo no había prestado atención. Un espejo grande, en el que los dos nos reflejábamos de pies a cabeza. Se apartó, y en el espejo quedó solamente mi reflejo.
—¿No es una vista hermosa? —preguntó.
—¡Exijo que me devuelva mi dinero!
—Usted es el primero que se queja.
—¡Y lo voy a demandar!
—Y perderá el proceso. Porque yo atestiguaré que su vista es la más hermosa del mundo y nadie me probará que pienso de otro modo. Y si usted tiene otra opinión, es su problema. Y por cierto que me extraña: ¿qué puede haber más hermoso que usted?
Tenía razón.
— Está bien, me quedo —dije.


La mosca y otros cuentos

Slawomir Mrozek,