Mi atención se distrae de lo que estoy mirando aburrido. No debería leer periódicos ni tragarme todo el alud de información diaria de radio y televisión que me vuelven inmune y que no hace más que avivar mi indolencia y lejana mirada a cualquiera de las desgracias que suceden diariamente en todas partes. Los muertos y los damnificados forman ya parte de un rutinario paisaje cotidiano que por reiterativo no me afecta, salvo que el número sea muy alto o la desgracia próxima. Nos han vacunado contra todo mal que no nos afecte a nosotros, y han creado la sociedad de la indiferencia ante los daños colaterales del día a día de un mundo egoístamente globalizado.