LA CAPA - BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ

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"Todo el ganado que recorre nuestros montes es de raza pequeña: los animales grandes difícilmente subirían por los senderos de cabras. Las ovejas que tenemos no dan más que cuatro gotas de leche. Por la esquila, en primavera, también dan más o menos eso: cuatro puñados de lana. La hierba es tosca y rala.
Los rebaños han de pasarse el día escarbando. Desde que soy persona y tengo memoria, así es nuestro ganado. Como dice el Dos cigüeñas: «Esto no es Alemania, donde crían ovejas como elefantes».
Sin embargo, hace algún tiempo que trajeron esa oveja de cara negra, la de Pleven. Tiene un morro alargado como de caballo y patas grandes, al igual que sus pezuñas. Nosotros creíamos que, al empezar las lluvias, sus pezuñas se pudrirían en el barro y que contraería la fiebre aftosa. Las lluvias llegaron, los caminos se cubrieron de barro, la oveja de cara negra de Pleven se hundía en el barro hasta las rodillas, si bien sus pezuñas resultaron ser más fuertes que la piedra; no le dio ninguna  fiebre.  
Poco  a  poco  la  gente  empezó  a  renovar  los rebaños. Yo tenía algunas cabezas de las ovejas de antes, las vendí y compré de la raza de Pleven. La cara la tenían negra y las ubres también (aunque eran tan grandes como si fueran de cabra), pero su lana era blanca. Solo una de las ovejas era parda.
Al llegar la temporada de esquila, mi mujer me dijo: «Lázaro, ¿por qué no apartamos un vellón pardo y otro blanco para hacerte una capa? ¡Ya eres mayor, a tu edad no puedes ir sin capa!». Pues llevaba razón, de joven no parece adecuado llevar capa, pero a cierta edad uno no puede pasar sin ella. La verdad, yo ya tengo mis años: recuerdo dos terremotos y un eclipse solar. De modo que apartamos el vellón de la oveja parda junto con otro más. La parienta hiló la lana, montó el telar y tejió un paño grueso a franjas: un palmo blanco, un palmo pardo, luego otro palmo blanco... alternando así, hasta tejer lo que hacía falta para la capa. Llevé el paño al batán.
Davidko, el dueño, como es amigo mío (hicimos juntos la mili en los cuarteles de Sevlievo), enseguida puso el paño en la cuba. «¿Es para una capa?», me preguntó. «Sí, para una capa —le dije—, ya tengo edad, ¡no puedo seguir sin una!».
«Que sepas —me contestó Davidko—, que esta lana es perfecta para hacer capas. La oveja de antes no servía: ya podía yo batanarla como fuera, que no conseguía compactarla. En cambio, esta de la cara negra, con meterla un poquito en la cuba enseguida se apelmaza. ¡Incluso se podría llevar agua en el paño abatanado desde aquí hasta el monte sin que se escapara ni una gota! Además, por lo que veo, tu moza lo ha tejido bien tupido». «¿Moza? —le solté a Davidko—, ¡qué moza ni qué diablos! ¡Está más reseca que una teja y tú la llamas moza! Aunque para el telar... aún vale». «Bah —discrepó Davidko—, no te creas, la mía es gorda y no es gran cosa.  Demasiado  gorda  tampoco  es  bueno».  
«Llevas  razón —le dije—, no conviene que sea demasiado gruesa, aunque siempre es mejor que sea algo gordita. Ya ves: hasta una capa, que es la cosa más simple, procuras hacerla más gordita». «Así es —asintió Davidko—, lo de la capa es cierto».
Listo el paño, me marché al pueblo vecino para localizar a un sastre, porque en el nuestro no tenemos ninguno; allí, en cambio, tienen hasta dos. Uno de ellos hace prendas más finas, más modernas, les pone solapas y todo tipo de monerías, mientras que el otro es un poco a la antigua usanza. Me fui a este último. El hombre me felicitó por el paño, cosió la capa y al ir a recogerla, me soltó: «¡Menudo paño, Lázaro, se me quebraron todas las agujas! ¡Es que ni se dejaba clavar la aguja, ni se dejaba planchar!». «¡Ajá! Porque es de la oveja de cara negra, la de Pleven, y además Davidko es amigo mío; lo trabajó en el batán con esmero. Davidko y yo hicimos juntos la mili: compartimos por tres veces el calabozo, e incluso estuvimos bajo custodia». «Pues la verdad —dijo el sastre—, te lo ha hecho siguiendo el reglamento; yo también lo he cosido de primera, así que... quedarás contento».
Me cubrí con la capa... ¡vaya, me cayó como un guante!
Una franja blanca, otra parda, una blanca... y todo ello montado como está mandado, incluso la capucha casaba bien...."

LA CAPA, es el primer cuento de Abecedario de Pólvora del escritor búlgaro Yordán Radíchkov... si quereis leer la historia entera en PDF, la teneis aquí

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