EL MÁSTIL DE LA SENYERA


Sus señorías, en este caso las valencianas deben aburrirse mucho y se pierden en discusiones bizantinas de aquellas de galgos o podencos, me vengo a referir a sus señorías y sus mujerías, porque no todo son señores en los Parlamentos en General, de hecho hay señores, señoras y Rita Barberá.

No deja de ser curioso, a la par que sorprendente, que el debate que ha permanecido abierto tras la celebración del 9 d´Octubre más reivindicativo que se recuerda – ahí está el discurso del president Ximo Puig – sea si es machista o no plantear que se aligere el peso del mástil de la Senyera . La idea la sugirió la concejala del Ayuntamiento de Valencia, Gloria Tello (Compromís), desde la premisa de que aligerar el mástil permitiría a algunas mujeres con menor complexión física poder llevar con orgullo un símbolo que pesa 18 kilogramos. De inmediato, la diputada autonómica socialista Mercedes Caballero, cargó contra la concejala acusándola, más o menos, de romper el principio de igualdad entre hombres y mujeres. “Es insultante que se pueda pensar que las mujeres no podemos portar la Senyera”, subrayó. Los hubo, incluso, que acusaron a la concejala de “falta de respeto” a la Senyera valenciana, explican en la Vanguardia de hoy.

Es cierto que abordar cualquier alteración en la forma y fondo de los símbolos y tradiciones, en esta o en cualquier otra cultura, es siempre terreno peligroso y exige extrema prudencia. Por eso son símbolos, porque son elementos físicos que concitan amplios afectos que remiten a sentimientos en ocasiones transmitidos durante siglos, de generación en generación. De alguna manera, somos lo que somos en relación a una serie de símbolos que definen nuestra identidad, incluso nuestra personalidad: por lo que su existencia supera el terreno de lo racional para entrar de lleno en el de la pasión. Debatir sobre las pasiones es, por ello, muy arriesgado, y los ejemplos, al respecto, abundan (¡la de guerras que se han fraguado sobre los símbolos!).

Pero cuesta entender que plantear una solución para que más valencianos y valencianas puedan portar la Senyera de “todos” haya recibido tan abruptas y, posiblemente, desproporcionadas críticas. Dirigidas, además, a cuestionar si la concejala alteraba la percepción de igualdad entre hombres y mujeres, poco menos que tildándola de machista. La crítica más dura ha sido de una política de izquierdas contra otra del mismo ámbito ideológico.

Si nuestra sociedad ha evolucionado hacia la igualdad entre los sexos es, justamente, para que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres en desarrollarse plenamente en todos los ámbitos. Es decir, no se trata de que las mujeres quieran ser iguales a los hombres, sino que ellas puedan participar en la sociedad, y en la gestión de sus recursos, con las mismas oportunidades; la conocida diferencia entre igualdad y equidad hace tiempo que da cuenta de estos matices. El machismo es, ante todo, un sistema que persigue que la mujer no pueda, justamente, ocupar los espacios que el hombre siempre ha considerado propios, así en la familia como en la sociedad, un sistema que cuestiona tanto la capacidad real como la legitimidad de las mujeres. Y que se ha alimentado muchas veces, como argumento o excusa, de la fuerza física (el músculo, al fin) para justificar que la mujer no podía o no puede realizar ciertas (muchas) actividades.

La inteligencia social, principalmente femenina, ha logrado que esas barreras musculares hayan sido superadas en espacios tan “masculinos” como el ejército, la policía o en equipos de rescate. Y en los casos en los que la diferencia de peso y masa muscular marca inevitablemente la desigualdad de competir en ciertas actividades (ahí están los deportes, como ejemplo) se ha asumido perfectamente la condición de hombre y mujer. Realidad que sucede entre los mismos hombres, pues también entre nosotros las condiciones de masa muscular y peso nos determina, especialmente en los deportes (y sé muy bien de lo que hablo), en qué podemos o no podemos igualarnos.

Que el mástil de la Senyera pueda tener menor peso no debería, por lo tanto, generar tanta alarma. El símbolo, en sí mismo, no se vería alterado en lo sustancial, y en lógica más personas, mujeres y hombres, tendrían seguramente más facilidad para llevarlo, que es el origen de esta polémica: el deseo de “otros” de participar en tan emblemático evento. Pero cualquier diálogo debe establecerse desde el máximo respeto y prudencia ante un símbolo tan importante para los valencianos. Cierto es que hay mujeres, como la diputada Mercedes Caballero, deportista y con capacidad física suficiente para tal empeño, y no es la única; pero esa no es condición que puedan tener todas las mujeres, y tampoco algunos hombres. Ni menos aún el argumento adecuado para aderezar este debate.

Por ello, que el peso del mástil de la Senyera se considere una “tradición” o “parte del símbolo” es incuestionable; pero si la historia nos ha enseñado algo es que las tradiciones y los símbolos pueden, bajo consenso y en un debate sereno, adaptarse a las demandas de las sociedades, que como tales evolucionan. Tal vez lo contrario, querer que todo siga igual en un ecosistema simbólico diseñado por los hombres hace muchos siglos, sea lo que permita perpetuar ciertas actitudes que, al fin, a quienes más perjudica es a las mujeres. Probablemente Gloria Tello no planteó el debate en los términos adecuados, pero la diputada socialista debería también haber tenido en cuenta que el alimento del que se nutre el machismo es, justamente, la resistencia a superar las iconografías diseñadas durante siglos por el hombre.

Ya pueden ver vuesas mercedes cómo se distraen las aburridas señorías y mujerías de las Cortes Valencianas, no sabrán como decían los de la trinca que en la cosa de los palos, no viene de un palmo.
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