Estos días, con la polémica en las portadas y los ánimos calentados, se ha podido reflexionar poco –o nada– sobre la exposición «Franco, Victoria, República. Impunidad y espacio urbano», que el Ayuntamiento de Barcelona ha inaugurado esta semana en el Centro Cultural del Born. Se trata de una exposición que tiene como objetivo denunciar la impunidad del franquismo no sólo durante la dictadura, sino también –y sobre todo– durante el régimen constitucional que llaman democracia. Las polémicas estatuas, una de Franco sobre un caballo y la de la Victoria, no están escogidas al azar.

Una, estuvo en el Castillo de Montuïc hasta 2008 la otra permaneció en Cinco De oros, ni más ni menos que en el cruce del Paseo de Gracia con Diagonal, coronando un obelisco fálico de dimensiones nada despreciables, hasta el año 2011. La exposición, la tenemos realmente en muchos edificios y calles de la ciudad y del país, donde restos de simbología fascista permanecen con más o menos ruido. Es esta (in)explicable permanencia en el tiempo de la simbología fascista la que debería haber generado polémica y llenar redes y titulares.

Si algo nos ha dejado clara la polémica es que las heridas no están cerradas y que las nuevas generaciones no ignoran lo que pasó. Pero también nos recuerda que la dictadura nunca ha pasado cuentas con la historia, ni con las víctimas de la guerra y de una represión, la franquista, que no terminó ni el 75 ni el 78.

Si pensamos en los cambios de regímenes en el mundo, a menudo nos vienen a la cabeza imágenes de estatuas tumbadas, muros derribados, monumentos atacados, pero aquí no. En España, y también en Barcelona, la simbología del régimen fascista que sembró el terror ha perdurado durante 40 años, y lo ha hecho porque sencillamente, la transición no supuso ninguna ruptura al respecto.

Los terratenientes que acumularon la riqueza confiscando los que perdieron la guerra ocupan ahora los sitios principales de los consejos de administración, un ministro franquista fundó el partido que hoy gobierna en España, los altos cargos ministeriales, que no cambian gobierne quien gobierne, parece que hayan heredado el cargo por puro linaje, y la monarquía sigue intacta por orden y gracia del Caudillo.

Los símbolos son eso, símbolos: representaciones que, en este caso, nos recuerdan que el viejo régimen sigue ahí y no se ha ido. Y quizás es también esto lo que molesta a mucha gente, especialmente a aquellos que participaron de aquella farsa por convicción, cobardía o miedo insuperable. Nos han puesto un espejo delante y hemos visto 40 años de impunidad desde la muerte en la cama del dictador, pero lejos de subsanar los errores con humildad, hemos preferido vapulear hacernos para un muñeco decapitado.

Y sí, eso es todo.

Xavier Monge  
eldiario.es
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Francesc Puigcarbó

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