En las tiendas Decathlon del norte de Francia han decidido dejar de vender canoas para evitar que los inmigrantes las utilicen para cruzar el canal de la Mancha y lleguen a Gran Bretaña. Lo que se vende como un producto para divertirse o esparcirse para una parte de la población, se convierte en el único transporte posible para otra parte, que tiene como objetivo principal sobrevivir. Francia y Gran Bretaña se lanzan los reproches pertinentes (el ejemplo claro que se hace menos ruido entre países respetables), pero la realidad es que una tienda de deportes acaba haciendo el papel secundario imprescindible para que la historia sea aún más impresionante. Como si no fuera suficiente con el drama a pelo. Me imagino este episodio en manos de Robert Guédiguian o de Aki Kaurismäki y me doy cuenta de que muchas veces la vida debes pensarlo como una película para que sea llevadera. O quizás es que las películas, como los libros, te hacen la compañía necesaria para no llegar a desesperarte ilimitadamente. Claro que hay quien se siente mucho mejor dando un paseo en canoa. Es evidente que la perspectiva es tan distinta como las situaciones que nos toca vivir.

De aquí a nada los dirigentes del mundo occidental harán un llamamiento al espíritu de Navidad y nos bendecirán con su arrogancia habitual, como si hubiéramos pedido nunca bendición alguna. Aún es peor cuando lo hacen los reyes y los príncipes. Pero lo harán porque la dignidad es un traje que siempre les viene grande. En las fronteras encontrarán otro sistema para cruzar los mares y saltar los muros, sea la época que sea. Con o sin epidemias. Como una sesión continua. No sé cuántas veces hay que ver la misma película, pero sí sé que sabiendo el principio y el final, no deja de hacer el mismo daño. -  Lo explica Natza Farré en l'ara.cat