La última de las series coreanas que he visto en Netflix vuelve a poner a la humanidad en dificultades, porque ya es condición establecida en este tipo de relatos que lo que está por venir está siempre lleno de obstáculos. Estas historias de ciencia ficción tienen una necesidad primaria, de ansiedad anticipatoria que nos invade por ponernos en el peor escenario imaginable y así ir preparando nuestra adaptación futura, aunque como hemos visto con la Covid de poco nos ha servido, y eso que 'Contagio, de 'Steven Sodenbergh', - la película es del 2011 -, era un aviso premonitorio y muy real de la pandemia que hemos sufrido y estamos sufriendo.
La serie 'Un mar de tranquilidad', nos presenta un futuro en el que el agua es un bien tan escaso que está racionada, y sólo se accede con unas tarjetas que clasifican a las personas en castas según su estatus. Las colas ordenadas ante los surtidores de agua que se ven en la serie recuerdan las colas que se forman frente a los depósitos y fuentes de agua en África u otros lugares del tercer mundo.
Deberíamos empezar a tomar conciencia de que este futuro imaginado en la serie ya existe actualmente en muchas zonas del tercer mundo, sólo que no tenemos interés en enterarnos y nos limitamos como mucho a suscribirnos a alguna ONG para tranquilizar nuestra conciencia de occidentales acomodados.
Mientras miramos de reojo estas historias de ficción como si no fueran con nosotros, no somos conscientes de que en cualquier momento podemos encontrarnos con las mismas vicisitudes que los ciudadanos de estos países lejanos, incapaces de entender que los tenemos más cerca del que pensamos, seguimos instalados en nuestro hedonismo dentro de la ciudad alegre y confiada de Benavente (no la ciudad, sino el dramaturgo), donde los habitantes de la misma, confiando en sus líderes, continúan con su vida teniendo fe en su gobierno. Y así les va.
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