Los mejores análisis empiezan con la poesía; a fin de cuentas, al menos desde la Ilíada, casi todo empieza con ellaEl poeta Edmund Blunden hizo el suyo a propósito de aquella bárbara carnicería que fue la Primera Guerra Mundial cuando sentenció que ningún bando “había ganado o podía ganar la guerra. La guerra había ganado”. La misma guerra que en palabras del memo de Woodrow Wilson tenía que acabar con todas las guerras no solo fue el origen de la revolución soviética y del apocalipsis de 1945; fue una de las más estúpidas jamás libradas. Eso sí, la tontería supuso diez millones de soldados muertos, veinte millones de heridos y ocho millones de desaparecidos. Comparado con lo que tendría que venir, aún fue poca cosa.

Las razones que se dieron para desatar la catástrofe resultan tan ridículas hoy como en su día. Tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, Austria se negó a que la investigación del crimen se llevara a cabo por la policía serbia. Austria creía, con toda la razón, que esa policía estaba infiltrada por la misma organización terrorista que cometió el atentado. Por eso lanzó su célebre ultimátum: la represión del magnicidio debía dirigirse desde Austria y por funcionarios austriacos. Serbia se negó y Europa se inundó en sangre.

Las causas de la guerra de Ucrania son igualmente estúpidas. Y lo peor de todo es que esta agresión incalificable se desarrolla en las tristemente famosas “tierras de sangre”, un cinturón de muerte que va de los países bálticos al mar Negro y donde entre 1932 y 1945 murieron asesinadas (que no en combate) más de catorce millones de personas; una cifra que resulta casi inconcebible por su magnitud y que debía hacer esos lugares sagrados para cualquier europeo con un poco de vergüenza.

Cuando después de la destrucción y la ruina pasemos cuentas y veamos el precio que ha supuesto mantener la terminología del odio y la dialéctica de los bloques enfrentados, nos llevaremos las manos a la cabeza. Porque ni Ucrania, ni Putin, ni Europa ganarán la guerra. La guerra ganará. Y los cobardes y traidores que se cuestionan la escalada militar y piden con todas sus fuerzas el retorno a la diplomacia habrán tenido tanta razón como sus afines de hace un siglo, aunque su esfuerzo sea igualmente inútil. - Javier Melero - lavanguardia.com