Cientos de miles de niños y niñas están atrapados en el norte de Gaza, aislados del resto de la Franja. Más de 100.000 de ellos se encuentran en la gobernación de Gaza Norte, en riesgo inminente por las operaciones terrestres del ejército israelí. Rachael Cummings, directora humanitaria de Save the Children International en Gaza, escribe:¨uno de los miembros de mi equipo, un joven que vive con su familia en una zona fuertemente atacada, describe el terror que enfrenta: “Casi todas las noches, en las últimas horas de la tarde, escuchamos un sonido inconfundible: el zumbido de un helicóptero Apache. Es un sonido distintivo y aterrador. En cuanto lo oímos, sabemos que un misil está por caer. Lo único que podemos hacer es esperar, mirar la oscuridad y rezar para no ser el objetivo.”
Otro compañero, padre de un niño pequeño, compartió su dilema insoportable: “Cada vez que salgo de casa, no sé si volveré con mi familia... o si regresaré para encontrarlos muertos. Solo queremos que esta pesadilla termine.” Los trabajadores humanitarios están protegidos por el derecho internacional humanitario y, sin embargo, nos están matando. A finales de marzo, ataques israelíes mataron a empleados de UNOPS y de la organización médica Médicos Sin Fronteras.
Save the Children cuenta con más de 200 trabajadores en Gaza, casi todos desplazados. Cada uno de ellos trabaja bajo fuego, tomando decisiones desgarradoras para proteger a su familia mientras intenta brindar apoyo vital. Dos empleados de Save the Children —Ahmad Faisal Isleem Al-Qadi y Sameh Ewaida, ambos de 39 años— fueron asesinados por ataques aéreos israelíes el año pasado.
Los niños y niñas tienen derecho a protecciones especiales bajo el derecho internacional, además de las que ya se otorgan a los civiles. Pero en Gaza, algunos padres han tomado la desgarradora decisión de escribir el nombre de sus hijos e hijas y los datos de contacto de emergencia en su cuerpo. Su única esperanza es que, si sus hijos resultan heridos o asesinados, al menos puedan ser identificados.
Desde que entró en vigor la pausa en los combates el 19 de enero, vimos destellos de lo que podría ser la recuperación. Las familias regresaron a sus hogares destruidos e intentaron reconstruirlos. Las niñas y niños comenzaron a recibir alimentos, atención médica, incluso retomaron sus estudios. Las cicatrices mentales permanecían, pero hubo un brevísimo momento en el que pudieron dormir sin la amenaza de morir.
Como parte de la primera fase de la pausa, se liberaron rehenes israelíes y personas capturadas y detenidas palestinas, incluidos niños y niñas. La pausa estuvo lejos de ser perfecta, pero ofreció un atisbo de lo que podría ser la recuperación. Ese progreso ahora ha sido aniquilado. Incluso las guerras tienen leyes. Estas leyes son claras: los civiles deben ser protegidos, y se deben tomar todas las precauciones posibles para evitarles daño. Debemos actuar en el mejor interés de la infancia. No existe imperativo militar que justifique crímenes atroces. Y, sin embargo, vemos cómo estas leyes son ignoradas una y otra vez.
Ante semejante impunidad, solo queda un camino que pueda proteger a los niños y niñas de Gaza de una mayor devastación: un alto el fuego definitivo. La comunidad internacional debe utilizar todos los medios a su alcance para hacer cumplir el derecho internacional. Cualquier cosa por debajo de eso no es solo inacción: es complicidad.
Lo que está ocurriendo en Gaza no es una tragedia inevitable; es consecuencia de decisiones deliberadas. El aumento del número de muertos no es solo una cifra: son miles de vidas y futuros extinguidos, y un reflejo brutal de nuestro fracaso colectivo, una medida de cuánto nos hemos alejado de nuestra humanidad.
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