Sergio Jiménez tenía 37 años cuando la pasada Nochevieja murió durante un degradante “reto” en directo, convirtiéndose en la primera víctima española de una viscosa y creciente tendencia global. Durante el reto que acabó con su vida, había consumido hasta seis gramos de cocaína en tres horas, además de cantidades ingentes de alcohol. Jiménez al parecer era una víctima perfecta: en varios artículos conocidos suyos contaban que era una persona con problemas de salud mental, en tratamiento psiquiátrico, y con necesidad de dinero. Simón Pérez, de quien ya se ha hablado largo y tendido, fue su cicerone en el mundo del streaming.

Hay juristas que hablan claramente de un posible delito de inducción, porque para entrar en ese supuesto penal no hace falta querer matar a alguien: basta con empujarle sabiendo que puede hacerse daño y no hacer nada por impedirlo. Y eso es justamente lo que hacían sus espectadores, engordar el incentivo perverso de que, cuanto más degradante sea el contenido, más lucrativo sea. Ha pasado con el propio Simón Pérez, con el francés Jean Pormanove (muerto en agosto) y con muchos otros: cuanto peor estás, más pagan los viewers; cuanto más te humillas o te destruyes, más atención recibes.

“Tranquilo, que ahora se levanta”, o “Solo está durmiendo la mona”, son algunos de los mensajes que el hermano de Jiménez, quien descubrió el cuerpo, pudo leer en la pantalla del ordenador, dado que algunos tuvieron el cuajo de escribir una vez que Jiménez ya se había desplomado. Los mensajes más críticos en redes sociales no dejan de señalar algo que no podemos obviar, por incómodo que sea, y es que todo esto no existiría sin público. Sin gente dispuesta a pagar cinco euros por ver a alguien drogarse hasta caer redondo, sin grupos que jalean, provocan y se burlan, sin espectadores que confunden anonimato con impunidad, nada de esto estaría pasando.

Internet se está convirtiendo en un parque temático de la degradación física, y cada día hay más vídeos de gente hinchándose a comida y medicamentos o vomitándose los unos a los otros tras abrir una lata del fétido pescado surströmming. Hace pocos meses la modelo de OnlyFans Bonnie Blue (que hace dos semanas fue detenida en Indonesia) dio la vuelta al mundo por un ímprobo reto que también se hizo viral: tener sexo con 1.000 hombres en 12 horas, evidentemente con la cámara delante. El mensaje, para el mundo y para las nuevas generaciones, queda claro: todo es susceptible de mercadeo en estos tiempos. Incluso hay un rumor que corre por las redes y resulta de lo más interesante: en EE UU hay apuestas sobre cuánto duran las conferencias de prensa de la Casa Blanca, y muchos señalan que la portavoz, Karoline Leavitt, está en el ajo porque justo cuando se acerca el límite de una apuesta corta abruptamente su comparecencia. Hay analistas que demuestran que se va justo cuando las pujas están más altas y el momento en el que se va se está haciendo más y más viral.

La espectacularización del sufrimiento ajeno es una práctica habitual desde hace milenios, pero hoy ese sufrimiento se vive en directo y tiene un potencial alcance mundial. Internet ha traído cosas buenas, pero también nos ha empapado de la pertinaz idea de que todo lo que pasa es susceptible de convertirse en contenido. Da igual que se trate de terremotos, de la lotería o de un nuevo escándalo de corrupción, todo se deglute de la misma aséptica manera y eso explica, por ejemplo, el éxito del modelo de exposición social de outsiders en ZonaGemelos o que minutos después de la captura de Maduro ya hubiera vídeos que recreaban con IA la entrada de las Delta Force en Miraflores o convirtieran al Maduro que todos hemos visto con los ojos vendados y cascos aislantes en pinchadiscos.

Cada vez más voces críticas abogan por la desconexión paulatina, pero la realidad se empecina en ir en la dirección contraria: vivimos en un mundo en el que todo es susceptible de convertirse en la excusa que tocaba ese día para generar contenido y alimentar al insaciable e insomne Moloch digital que nos rodea. Quizá ese sea el verdadero mal de nuestro tiempo, y no la geopolítica.