El bar Le Constellation, en Crans-Montana, Suiza
Y mientras lo miro, no puedo evitar pensar que esto dice mucho más de nosotros que del accidente en sí. Siempre hemos tenido víctimas inocentes. Antes eran la peste, las guerras, las invasiones. Ahora son los errores técnicos, las negligencias, los sistemas que fallan. El progreso nos ha cambiado las amenazas pero no nos ha hecho invulnerables. Sólo ha transformado la forma en que morimos.
Pero existe una diferencia importante: hoy, la muerte es pública. Se retransmite, se comenta, se comparte, a veces en directo. La muerte ha dejado de ser un hecho íntimo para convertirse en un evento mediático.
Y esto tiene consecuencias. No todas las muertes tienen el mismo peso. No todas merecen el mismo espacio. No todas nos conmueven igual. Las víctimas de Crans-Montana son “muertos de primera”: con nombres y apellidos, con fotografías sonrientes que los medios recuperan. Su ausencia genera minutos de silencio, declaraciones institucionales, especiales informativos.
Mientras, a unos kilómetros de aquí, otras personas mueren en una patera sin que nadie sepa cómo se llamaban. Son "muertes de segunda": anónimas, lejanas, incómodas. No interrumpen ninguna programación. No despiertan ningún debate profundo. Son cifras que pasan de largo. 3000 personas ahogadas en el Mediterráneo el año pasado dan fe,
No escribo esto para restarle importancia a ninguna tragedia. La muerte siempre es injusta, siempre absurda, siempre dolorosa. Pero sí creo que cada accidente mediático nos pone un espejo delante. Nos muestra qué consideramos "nuestro" y qué consideramos "de los demás". Nos revela hasta qué punto nuestra empatía está condicionada por la proximidad, la cultura, el color de la piel o el precio del forfait.
Quizá el reto sea éste: ampliar el círculo. No dejar de llorar a las víctimas de Crans-Montana, sino ser capaces de llorar también a las demás. Las que no salen en los periódicos. Las que carecen de rostro. Las que carecen de voz. Porque, al final, la pregunta que nos hace la modernidad no es cómo morimos, sino a quien consideramos digno de ser llorado. Y quizás la respuesta más honesta —y más humana— es que todas las vidas deberían tener el mismo valor, aunque el mundo insista en recordarnos que no es así.

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