Villamanín, un municipio leonés conocido hasta la fecha por los esquiadores y los aficionados al ferrocarril, ha descubierto estas Navidades que el dinero no garantiza la felicidad y es capaz de dinamitar una comunidad con mayor eficacia que cualquier discrepancia ideológica. Bastó un error –cincuenta participaciones de la lotería vendidas de más– para que el gordo se convirtiera en una amenaza para la paz vecinal. El número salió premiado y la concordia se evaporó como la lluvia en el desierto. Javier Melero.

El caso, como casi todo lo humano, es de una simpli­cidad cruel. A causa de ese desliz hay vecinos con derecho a cobrar el premio y otros que, pese a haber pagado su participación, se quedan sin nada. En el pueblo, con ese gesto tan hidalgo de suplir las catástrofes en la gestión con apelaciones morales, se ha propuesto la salomónica solución de socializar el agujero para que todos los compradores cobren lo mismo, estuvieran o no respaldados por un décimo.

Contra lo que pudiera esperar cualquier seguidor de Kant, el remedio no ha generado un consenso inmediato. Desde las ciudades seguimos empeñados en idealizar los pueblos –cuanto más pequeños, mejor– como si fueran reservas éticas, lugares donde la convivencia no conoce fricciones y la solidaridad brota de forma espontánea. Arcadias que Rousseau habría descrito con entusiasmo pastoril. Villamanín nos recuerda una verdad menos confortable, la de que en los pueblos hay menos anonimato, no menos egoísmo; menos gente, no menos conflicto. El dinero no envenena más rápidamente en la ciudad, lo que ocurre es que esta deja más espacio para la huida, y se puede cambiar de acera sin que se note.

El dilema moral del asunto es tan evidente como incómodo. ¿Debe quien tiene derecho al premio renunciar a una parte en nombre de la convivencia futura, aceptando que la negligencia ajena se traduzca en una merma patrimonial propia? ¿O es más justo negarse y asumir que la paz social tiene un precio que no corresponde pagar a quien actuó correctamente? Por lo que se comenta estos días, hay vecinos dispuestos a pleitear durante años antes de aceptar lo que consideran una confiscación envuelta en buenas palabras. Y, por muy antipáticos que puedan parecer, sus argumentos no carecen de lógica.

En un pueblo, los conflictos no prescriben, fermentan; el resentimiento puede transmitirse como herencia

Admito que yo aceptaría el recorte sin dudas, y recomendaría a cualquiera hacer lo mismo. No por altruismo –esa virtud tan celebrada cuando sale gratis–, sino por puro cálculo racional. En una comunidad pequeña, los conflictos no prescriben, fermentan. El dinero se esfuma, el resentimiento, en cambio, puede transmitirse de generación en generación, como una herencia maldita. Pero cuanto más reflexiono sobre el asunto, menos evidente resulta esta postura. ¿Por qué han de recaer sobre mí los errores de los otros? ¿Desde cuándo la buena fe convierte a nadie en responsable subsidiario del infortunio ajeno?

La cuestión, y ahí reside su interés, reaparece con distintos disfraces en otros debates de hoy. Muchos propietarios lamentan sinceramente la situación de quienes no pueden acceder a una vivienda digna, pero ¿eso les obliga moralmente a aceptar la ocupación de sus inmuebles y asumir las consecuencias de un sistema fallido? ¿Deben suplir con resignación privada la incompetencia, en este caso pública? La solidaridad es una virtud loable que, cuando se impone como norma, se parece peligrosamente a una coartada.

Quizá por eso la propuesta de la Comisión de Fiestas de Villamanín ha suscitado tanta polémica. No porque sea absurda, sino porque refleja una verdad que preferimos ignorar. Que la convivencia, cuando exige sacrificios selectivos, deja de ser un valor abstracto y se convierte en una factura concreta. La actitud que se adopte en ese momento dice más de una comunidad que cualquier declaración de principios.Pero todo es preferible a llevar el conflicto a los tri­bunales. Allí solo esperan las consecuencias habituales: costes, demoras, desgaste personal y una cantidad final de dinero inferior a la que originó el problema. Y después de todo conviene recordar que el premio pasará. Los vecinos, en cambio, seguirán cruzándose cada día en la calle, en el bar, y en el silencio incómodo que dejan las disputas mal resueltas.