Las pertenencias del hombre muerto en este rincón de la calle Torras y Bages de Badalona Tomas González/Shooting – Rosa M.Bosch a la vanguardia. El número de personas que viven a la intemperie en Barcelona es de unas 2.000, un 43% más que hace dos años, según constató la fundación Raíces al recuento organizado el pasado mes de diciembre.
Este martes, en Badalona, un hombre fue encontrado sin vida a tocar de la entrada de un parking de la calle Torras y Bages. Era hacia las dos del mediodía. Un vecino, que le había bajado una tasa de caldo, se dio cuenta de que aquel cuerpo inmóvil no lo era solo por cansancio o frío: era el acto final. Una muerte discreta, casi invisible, en un rincón de ciudad que muchos atraviesan sin mirar. La noticia existe, sí, pero no es portada en ninguna parte. No abre informativos, no enciende tertulias, no provoca indignación colectiva. Es una de aquellas muertes que pasan a los márgenes, literalmente bajo un puente —el de la C-31— donde decenas de personas sobreviven en tiendas de campaña, en una Badalona que es a la vez próspera y herida. Y cuando la vida se hace a los márgenes, la muerte también queda atrapada. No sabemos de quién es la culpa. Y quizás no hay un único responsable. Pero hay una responsabilidad difusa que nos atraviesa a todos: la de haber normalizado que haya personas viviendo en condiciones indignas a pocos metros de casa nuestra. La de haber convertido la precariedad extrema en un paisaje habitual. La de haber aceptado que hay vidas que no merecen ni un titular.
El gesto del vecino —una taza de caldo, un acto sencillo y profundamente humano— contrasta con la indiferencia estructural que rodea estas realidades. Es como si la compasión individual fuera el último hilo que todavía nos liga a una idea de comunidad, mientras las instituciones y los relatos públicos pasan de puntillas por encima de estas existencias frágiles. Pero no podemos quedarnos solo en la tristeza o en la impotencia. Este hombre, del cual no sabremos nunca el nombre, Ni qué es su historia que lo ha llevado hasta este triste final, merece al menos que su muerte nos interpele. Que nos obligue a mirar aquello que preferimos no ver. Que nos recuerde que una ciudad no es solo sus calles, sino también las vidas que transitan, las visibles y las invisibles.
Quizás no podemos señalar un culpable, pero sí que podemos recuperar la capacidad de conmovernos. Porque, al final, la dignidad de una comunidad se mesura en cómo trata sus más vulnerables. Quizás todo se reduce a esto: un hombre muerto en un rincón de una calle y una ciudad que sigue adelante. Una vida que se apaga sin ruido, sin titulares, sin nadie que se pare. No sabremos quién era. Pero su ausencia dice más de nosotros que cualquier diagnóstico social. Dice que hay vidas que pasan de largo, que hay muertos que no incomodan, que hay silencios que lo tapan todo. Y quizás el que nos falta es entender que no basta con un gesto puntual, por noble que sea. Que para evitar que otros acaben así harían falta muchas más tazas de caldo, muchas más manos, mucha más ciudad dispuesta a mirar de frente aquello que hoy todavía esconde a sus rincones.
En Badalona ha muerto algo más que un hombre. Arribas Castro decía que la ciudad es un millón de cosas. Pero la ciudad también es esta muerte. Y lo que hacemos —o no hacemos— con ella. Y es irónico, casi doloroso, que mientras nosotros decimos que queremos acoger, la única acogida real que ha tenido este hombre haya sido la de Dios, en unos momentos en que uno querría tener fe y creer que esto es posible, que todavía hay esperanza.

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