Cuando entré en el Cinema Park con el fotógrafo Guillermo Cervera fue como entrar en otra dimensión - Plàcid Garcia-Planas en Cabaret Voltaire.

 Adolescentes y drogadictos entraban y salían sin importarles cuándo empezaba o terminaba la película. Porque cada movimiento de cadera era un guion. Cada canción, un argumento. No había principio ni final. El moho de la pared se había pegado como una ladilla al Rambo indio del cartel. Las butacas, la pantalla, todo estaba al borde de la podredumbre y la ensoñación.

El Cinema Park de Kabul –con su delicioso diseño de los años cincuenta– parecía una nave espacial aterrizada en un planeta equivocado.

“Nos traen las peores películas indias, y los días de cada día ya ve, el poco público son drogadictos que no saben dónde meterse”, se lamentaba su responsable. Les traían lo peor, incluso la suciedad incrustada en los carteles de las películas después de arrastrarse por los cines y el polvo de Asia Central. Era el año 2010, en plena ocupación occidental, y en la capital afgana había tres locales privados de proyección indescriptibles, que difícilmente encajarían con lo que entendemos por un cine. Y había dos cines tipo paradiso a la afgana, de propiedad pública: el Cinema Park, demolido por el gobierno prooccidental justo antes del regreso de los talibanes al poder, y el cine Ariana, derribado por el régimen teocrático hace apenas dos semanas.

Sobre los escombros del último cine de Kabul –un interesante edificio construido en los años sesenta– se levantará un anodino templo comercial trufado de tiendas, restaurantes, un hotel y una mezquita, ha anunciado el portavoz del municipio de Kabul. “Dado que ya no hay cines activos en Afganistán, no podemos dejar este edificio sin utilizar”, añade el portavoz talibán con un cinismo celestial: ¿cómo van a estar activos los cines si ellos mismos han prohibido la proyección de películas?

En Kabul, la nostalgia nunca es un error. “Entonces los cines estaban llenos de gente”, me recordaba el encargado del Cinema Park de su niñez: su padre trabajaba en un cine y él ayudaba vendiendo chuches por las butacas. “Viene poca gente. La electricidad se nos va. Estamos siempre solos”. El día en que fui se proyectaba Angaara , rodada en 1996 por Anil Ganguly, la historia de un ladronzuelo que se reencuentra con su padre entre el amor y los gángsters... En la pantalla, megarrayada, se veía una estación de autobuses nocturna, solitaria, y contra toda lógica aparecían decenas de rítmicos bailarines. De golpe. De la nada.

La ensoñación del Cinema Park era especialmente cósmica: pasó de acoger oraciones –el primer régimen talibán lo reconvirtió en mezquita– a acoger, entre celuloide y celuloide, la final de Mister Kabul body-building contest. Todo son ensoñaciones, empezando por la de los talibanes, que al resistirse a proyectar películas en una pantalla las acaban proyectando en su mente: el fundador de este surround integrista, el mulá Omar, solía soñar que cabalgaba sobre una gran serpiente que lo protegía, impepinable señal divina de su liderazgo y destino. Para los talibanes, los sueños son revelaciones de Dios, mensajes que guían sus acciones, potencian su fe y legitiman su lucha.

Ensoñaciones de reyes y princesas afganas: los primeros celuloides mudos en el país del burka se proyectaron en la intimidad del palacio del emir Habibulá. Y los primeros films públicos se proyectaron en Paghman, un pueblo del bajo Hindú Kush convertido en la capital de verano de la corte, con chalets al estilo europeo y campo de golf. Fue en este delirio arquitectónico donde, tras un viaje a París, el rey Amanulá mandó en 1928 levantar una pequeño Arco de Triunfo. La ensoñación era extrema: el rey abrió los jardines reales al público con la condición de que los afganos entraran con vestimenta occidental.

Los mulás derribaron de inmediato al rey como hoy han derribado el último cine de Kabul, fruto de otra ensoñación parisina: tras la caída de los talibanes, Francia reconstruyó el cine Ariana y el propio ministro de Cultura francés viajó a Kabul para inaugurar –¡qué guion!– lo que acaban de demoler.

Mi ensoñación afgana fue el Cinema Park, el mejor film que he visionado. Adolescentes y drogadictos (las chicas sólo existían en la pantalla) entraban y salían de la sala sin importarles cuándo empezaba o terminaba la película. Porque cada movimiento de cadera era un guion. Cada canción, un argumento. No había principio ni final. Cuando fallaba la electricidad, el generador no tenía fuerza para arrancar los dos proyectores indios y echaban mano de los rusos: dos viejos aparatos con trípodes de madera que parecían diseñados para proyectar documentales sobre la extracción de metales pesados en Yakutia... rrrrrrrrrrr... Y en ese instante mágico, la podredumbre, los adictos y la ensoñación eran testigos del milagro: la luz soviética atravesaba los rayados fotogramas indios y todo parecía posible en Kabul. En un país-burka, cualquier silueta de Bollywood descontrolaba la carne: la oscuridad del Cinema Park escondía inconfesados placeres. Porque hay cosas imposibles de derribar.