No creo demasiado en los análisis geopolíticos. El delirante final de Frankenstein nos ofrece más claves para entender el mundo de hoy que cualquier observación basada en la “facultad de discurrir el entendimiento”, como define la RAE el concepto razón. Ningún think tank fue capaz de intuir la irrupción de las primaveras árabes. Ni de imaginar que los talibanes llegarían a Kabul en solo tres semanas. Ni de sospechar que Bashar el Asad caería en once días. Ni de que Putin invadiría Ucrania. Ni de que los ucranianos resistirían como resisten. Ni de que un presidente de Estados Unidos amenazaría con arrebatar por la fuerza territorio de otro país de la OTAN.
No creo demasiado en los análisis geopolíticos porque ignoran el poder de la biología. ¿Acaso la historia de Europa, con la composición y descomposición de reinos e imperios, no es la historia de mortales coronados que funcionaban biológicamente bien –o mal– en la cama? Putin, por ejemplo, se hizo fotografiar hace un par de décadas cabalgando a pecho descubierto por paisajes siberianos. Eran los abdominales como hoja de ruta: la invasión de Ucrania empezó en esa ostentación muscular. Es como la obsesión del secretario de Guerra estadounidense, Peter Hegseth, con exhibir su musculatura en Twitter: la invasión del Ártico también empieza aquí. La carne como geopolítica. Cadáveres y electricidad: eran los elementos con los que experimentaba un inquietante científico inglés llamado Andrew Crosse. Afirmaba –hubiera fascinado a Peter Thiel o Elon Musk– haber creado pequeñas criaturas en forma de insectos que lograban andar y desenvolverse por sí mismas.
La escritora Mary W. Shelley asistió en 1814 a una de sus conferencias y, cuatro años más tarde, publicaba su novela Frankenstein o El moderno Prometeo , la historia de Víctor Frankenstein, un estudiante de Ciencias Naturales de la Universidad de Ingolstadt que –robando pedazos de cadáveres por los cementerios y recosiéndolos– consigue dar vida a un ser de apariencia humana, de dos metros y medio de altura y aspecto repulsivo.
En el instante mismo de su creación, Víctor comprende el profundo horror del experimento y acaba por abominar del monstruo. Pero el ser ya ha adquirido vida propia y sólo aspira al amor que los humanos le niegan. Pide a su creador que le fabrique una compañera vital y este lo rechaza aterrado.
La criatura asesina al hermano, al mejor amigo y a la prometida de Frankenstein, y el científico, encendido por el odio, inicia una delirante persecución del ser por el Ártico, “un viaje destructivo y casi sin fin, a través de las montañas de hielo del océano”.
Hay algo groenlandés en el creador de Frankenstein y algo monstruoso en Trump, empezando por un insondable narcisismo: “Una nueva especie me bendeciría como su creador y manantial originario; muchas naturalezas felices y excelentes me deberían el ser”, piensa el científico imaginando el éxito de su experimento.
Empezando con el narcisismo y siguiendo con la venganza. “Voy hacia los eternos hielos del norte, donde sufriréis el dolor del frío y el hielo, a los cuales soy insensible. (...) vuestro dolor satisfará mi odio eterno”, amenaza el monstruo. “Sólo la revancha me daba fuerzas, me calmaba, modelaba mis sentimientos”, confiesa su creador al perseguirlo. “Odio a mis oponentes y no quiero lo mejor para ellos”, declaró Trump en el funeral de Charlie Kirk.
Un año después –el próximo martes– de asumir por segunda vez la presidencia, y suturados hoy todos los pedazos biológicos del Prometeo MAGA , aparece ante nosotros un ser con el rostro de Trump recosido a las pupilas de Patel, al cerebro de Miller, al torso de Hegseth, a los brazos de Vance, a las piernas de Noem y recosido a diferentes dedos como el del embajador de Washington en Reikiavik: en este drama ártico, el jueves aseguró que Islandia también acabará integrada en Estados Unidos.
En la piel de la criatura falta por suturar al streamer Nick Fuentes, que un día cenó en Mar-a-Lago y que acaba de decir: “Mi problema con Trump no es que sea Hitler, mi problema con Trump es que no es Hitler”.
En esta historia tan hemisférica y brumosa, sin embargo, no está claro quién es quién. ¿Victor Frankenstein, creador del abominable ser, sería el votante trumpista? ¿Qué hay del resto de estadounidenses? ¿Y seguro que los europeos –tan encantados de habernos conocido– no hemos ayudado a recoser y suturar algún dedo del monstruo con esa superioridad moral con la que solemos mirar a los estadounidenses?
No creo demasiado en los análisis geopolíticos porque también ignoran la psiquiatría, disciplina híbrida elemental para interpretar estos tiempos de encriptados oligarcas y autócratas sin freno que hurgan por el hielo. Hombres raros buscando tierras raras. Más que en análisis sobre geopolítica, creo en análisis sobre geopolíticos, los CEO del mundo.
“Nunca podré encontrar simpatía en nadie”, se lamenta el monstruo de la mítica novela antes de desaparecer en el abismo. “La gente debería amarme, debería amarme mucho más de lo que me ama”, tuitea la criatura que ahora nos arrastra por el Ártico.
Todo, al final, se reduce al amor.

No estaría mal que el monstruo naranja acabara también su andadura en el ártico.
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