Ese mismo año, el correo trajo al ministro de Propaganda nazi un paquete insólito: la medalla del Nobel de Literatura otorgado en 1920 a Knut Hamsun. Se la enviaba el propio autor noruego, aparentemente con la esperanza de obtener, así, una audiencia con Hitler. No era una idea tan peregrina como pueda parecer. Si el Führer había sido, en su juventud, un pintor frustrado, también Goebbels tenía clavada la espinita de una carrera artística truncada; en su caso, como escritor. El gesto dio en el blanco. Goebbels aceptó el halago y Hamsun obtuvo su ansiada reunión con Hitler aquel mismo junio, en el palacete alpino del Berghof.
A priori, la afinidad con el Führer parecía garantizada. Hamsun estaba a favor de una confederación de pueblos germánicos, entre los que contaba a los noruegos, y había publicado en la prensa de su país encendidos textos de apoyo al Tercer Reich: “Los alemanes luchan por nosotros, y ahora están aplastando la tiranía de Inglaterra sobre nosotros y todos los neutrales”, escribió en 1940.
El novelista compartía, además, con los nazis su profundo racismo, expresado en términos nada sutiles. En su obra de juventud La vida espiritual de la América moderna (1889), un ensayo sobre sus viajes por Estados Unidos, Hamsun se queja del daño que, a su juicio, estaba haciendo el mestizaje a la joven nación: “Los negros son y seguirán siendo negros, una incipiente forma humana de los trópicos, órganos rudimentarios en el cuerpo de la sociedad blanca. En vez de fundar una élite intelectual, Estados Unidos ha establecido un criadero de mulatos”.
Todo ello a pesar de que, en aquel momento, no hacía ni veinticinco años que se había abolido allí la esclavitud y aún proliferaban leyes y prácticas abiertamente segregacionistas.
Pese a las concordancias, no hubo sintonía. Todo apunta a que la visita del octogenario noruego fue un tostón para Adolf Hitler. Hamsun venía a pedirle en persona que destituyera a Josef Terboven, jerifalte de la ocupación alemana en Noruega célebre por su brutalidad, una petición que el Führer no estaba, ni mucho menos, dispuesto a atender. Para mayor irritación del dictador, el abuelete le interrumpía constantemente, seguramente no por arrogancia ni por imprudencia, sino porque estaba sordo como una tapia.
Tampoco debió de hacerle gracia a Hitler que, entre las peticiones de Hamsun, figurara la de amnistiar a una serie de presos políticos noruegos, miembros de la resistencia por quienes el intelectual decidió interceder, pese a sus discrepancias ideológicas.
El intento de Hamsun de obtener la libertad para estos presos y de suavizar las condiciones de la ocupación alemana en Noruega cayó en saco roto. Ni siquiera fue bien recibido entre sus propios compatriotas, quienes, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, no le perdonaron su entusiasta colaboración con los nazis.
Se organizaron quemas públicas de sus obras en distintas ciudades noruegas. Sus antiguos lectores, defraudados, arrojaban ejemplares de sus novelas a través de la verja de su jardín, en señal de rechazo. Acusado inicialmente de alta traición, Hamsun se libró de la cárcel después de que se concluyera, tras una evaluación psiquiátrica, que padecía demencia. Esto le causó una indignación extrema, hasta el punto de que dedicaría su último libro a despotricar de jueces y psiquiatras. Su presunta pertenencia a Encuentro Nacional, el partido filonazi de Vidkun Quisling que ejerció como gobierno títere durante la invasión, le costó, eso sí, una astronómica multa de 325.000 coronas, más de 300.000 euros en términos actuales, si ajustamos la inflación.
Hamsun siempre negó haber militado en dicha organización, pero no le ayudó que tanto su esposa Marie, también escritora, como sus hijos Tore y Arild estuvieran afiliados. Arild, incluso, había combatido como voluntario para las Waffen-SS. De lo que jamás renegó el Nobel noruego fue de su admiración por Hitler. Cuando supo que el déspota alemán se había volado los sesos en un búnker de Berlín, Hamsun le dedicó este sentido panegírico: “Fue un guerrero, un guerrero por la humanidad y un profeta del evangelio de la justicia para todas las naciones”.

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