Gautama el Buda, enseñaba la lección de la Rueda de la Codicia, a la que todos estamos sujetos, y nos aconsejaba liberarnos de todos los deseos para así, ya sin pasiones, entrar en la nada, a la que llamaba Nirvana.
Un día algunos de sus discípulos le preguntaron: «¿Cómo es esa Nada, Maestro? Todos quisiéramos liberarnos de nuestros apetitos, según aconsejas, pero explícanos si esta Nada en la que entraremos es algo parecido a esta fusión con toda la creación que se siente cuando, al mediodía, yace el cuerpo al agua, sin apenas pensamientos, indolentemente; o si es como cuando, apenas ya sin conciencia para cubrirnos con la manta, nos hundimos de repente en el sueño. Dinos, pues, si se trata de un Nada bueno y alegre o si esa Nada tuya no es, sino un Nada frío, vacío, sin sentido».
Buda se calló un largo rato. Luego dijo con indiferencia: «Ninguna respuesta hay por su pregunta». Pero por la noche, cuando se fueron, Buda, sentado todavía bajo el árbol del pan, a los que no le habían preguntado, les narró la siguiente parábola: "No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo era ya pasto de las llamas. Al acercarme me dije que le había advertido que aún había gente en el interior, ardiendo, incitándoles a que salieran rápidamente. Pero aquella gente no parecía tener prisa. Verdaderamente, amigos, a los que el suelo no le queme en los pies hasta el punto de desear gustosamente cambiarse de sitio, nada tengo que decirle". Así habló Gautama, Buda. Pero también nosotros, que no cultivamos el arte de la paciencia, sino más bien el arte de la impaciencia; nosotros, que con consejos de carácter terrenal incitamos al hombre a sacudir sus tormentos; nosotros pensamos, asimismo, que a quienes, viendo acercarse a las escuadrillas de bombarderos del capitalismo, todavía siguen preguntando cómo solucionaremos tal o cual cosa y qué será de sus huchas y de sus pantalones del domingo después de una revolución, a estos poco debemos decirles.
Este texto en prosa, es en realidad un poema de Bertolt Brecht, que podéis leer a continuación. Pensé en él en enterarme de que mientras ardía el techo del Bar Le Constellation de la estación Crans-Montana , muchos jóvenes que después murieron, en vez de huir del fuego, se entretenían en filmar el incendio con su móvil. Por cierto, el propietario del bar musical suizo Le Constellation, donde murieron 40 personas en el incendio en Nochevieja, ha sido detenido, según informan los medios suizos.
Parábola de Buda sobre la casa en llamas”
Gautama el Buda,
enseñaba la lección de la Rueda de la Codicia,
a la que todos estamos sujetos, y nos aconsejaba
liberarnos de todos los deseos para así,
ya sin pasiones, entrar en la Nada, a la que llamaba Nirvana.
Un día algunos de sus discípulos le preguntaron:
«¿Cómo es esa Nada, Maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestros apetitos, según aconsejas, pero explícanos
si esa Nada en la que entraremos
es algo semejante a esa fusión con todo lo creado
que se siente cuando, al mediodía, yace el cuerpo en el agua,
casi sin pensamientos, indolentemente; o si es como cuando,
apenas ya sin conciencia para cubrirnos con la manta,
nos hundimos de pronto en el sueño.
Dinos, pues, si se trata
de una Nada buena y alegre o si esa Nada tuya
no es, si no una Nada fría, vacía, sin sentido».
Buda calló largo rato. Luego dijo con indiferencia:
«Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta».
Pero a la noche, cuando se hubieron ido,
Buda, sentado todavía bajo el árbol del pan, a los que no le
habían preguntado
les narró la siguiente parábola:
«No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo
era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí
que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité
que el techo estaba ardiendo, incitándoles
a que salieran rápidamente.
Pero aquella gente no parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras el fuego le chamuscaba las cejas,
qué tiempo hacía fuera, si llovía,
si no hacía viento,
qué oportunidades había de conseguir otra casa,
y otras cosas parecidas.
Sin responder, di media vuelta y salí.
Esta gente, pensé,
se quemarán antes de dejar de preguntar.
Verdaderamente, amigos,
a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de
desear gustosamente
cambiarse de sitio, nada tengo que decirle».
Así habló Gautama, el Buda.
Pero también nosotros, que no cultivamos el arte de la paciencia
si no, más bien, el arte de la impaciencia;
nosotros, que con consejos de carácter terrenal
incitamos al hombre a sacudirse sus tormentos; nosotros
pensamos, asimismo, que a quienes,
viendo acercarse ya las escuadrillas de bombarderos del capitalismo,
aún siguen preguntando cómo solucionaremos tal o cual cosa
y qué será de sus alcancías y de sus pantalones domingueros
después de una revolución,
a esos poco tenemos que decirles.

Y si andamos discutiendo si son galgos o si son podencos, viene el lobo y nos come.
ResponderEliminarEs lo que les pasó a los jóvenes enganchados a su móvil.
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