Hay épocas en las que el tiempo avanza con la suavidad de una tarde templada, y otras en las que cada día parece anunciar un cambio brusco en el aire. En pleno invierno, esa sensación se intensifica: el frío vuelve todo más nítido, más silencioso, más frágil. Y en ese silencio aparece una emoción extraña, casi paradójica: la nostalgia anticipada. No echamos de menos lo que ya pasó, sino lo que aún está aquí, pero sentimos que pronto dejará de estarlo.
La nostalgia anticipada nace cuando el presente se vuelve demasiado frágil para sostenerse. Caminamos sobre rutinas que crujen como hielo fino. Todo sigue en su sitio, pero con la sensación de que basta un pequeño peso para que algo se quiebre. Las sociedades que vivieron antes de grandes rupturas históricas conocieron bien esta sensación. No sabían qué se avecinaba, pero intuían que el tiempo había cambiado de temperatura.
Quienes viven un momento histórico decisivo rara vez lo reconocen. No por falta de inteligencia, sino por una necesidad psicológica profunda: la ilusión de continuidad. Creemos que el mundo seguirá funcionando como siempre, que las instituciones resistirán, que los conflictos son ruidos pasajeros.
Quizá el rasgo más inquietante de una época de preguerra —entendida no como un conflicto armado, sino como un umbral histórico— es la pérdida del futuro. No porque no exista, sino porque deja de ser un horizonte y se convierte en una sombra.
Si hay un error que las generaciones anteriores cometieron una y otra vez es este: creer que la historia es un paisaje inmóvil y no una fuerza viva.
Pensaron que podían seguir con sus vidas privadas mientras lo público se congelaba. Que la política era un ruido lejano. Que la realidad no entraría en sus casas. Pero la historia siempre entra. A veces como brisa, a veces como ventisca. La sensación de preguerra que muchos perciben hoy no es un diagnóstico militar, sino un clima emocional. Es la intuición de que estamos en un tránsito: un mundo se enfría y otro aún no ha tomado forma. Y en ese interregno, como decía Gramsci, surgen los monstruos, pero también las posibilidades.
La pregunta no es qué va a pasar, sino cómo elegimos habitar este invierno. Podemos repetir los errores del pasado —la pasividad, la normalización, la ceguera voluntaria— o podemos asumir que la historia no es algo que nos ocurre, sino algo que también construimos. La nostalgia anticipada no tiene por qué ser paralizante. Puede ser una invitación a mirar el presente con más atención, a no dar nada por sentado, a recuperar la imaginación política y vital que tantas veces dejamos en manos ajenas.
Quizá este sea nuestro invierno antes de la tormenta. O quizá sea el invierno antes de algo completamente distinto. La diferencia dependerá, en parte, de lo que decidamos hacer con esta lucidez fría que nos acompaña.

"Quizá el rasgo más inquietante de una época de preguerra —entendida no como un conflicto armado, sino como un umbral histórico— es la pérdida del futuro. No porque no exista, sino porque deja de ser un horizonte y se convierte en una sombra."
ResponderEliminarMuy acertado pensamiento. Y no es el único de este artículo. Lo de la nostalgia anticipada, que en cualquier otra tesitura histórica, aun apacible, también se da, aquí, en este momento actual nos acucia a muchos y de manera radical, aguda.
La infamia del gobierno de la "libertad" ya no tiene nombre. Se descalifica, se retrata a sí mismo, el que quiera verlo en la sociedad de EEUU lo toca a diario. De cómo reaccione la sociedad dependemos también los demás, los de otros países, los europeos de confort...hasta ahora.
Totalmente de acuerdo. Vivimos una etapa de preguerra a todos los niveles.
ResponderEliminarUna frase tan contundente como acertada:
"Quizá el rasgo más inquietante de una época de preguerra es la pérdida del futuro. No porque no exista, sino porque deja de ser un horizonte y se convierte en una sombra."
Que la fuerza nos acompañe y los dioses nos sean propicios.