“La consciencia es la presencia de Dios en el hombre”, decía Víctor Hugo. Dejando a un lado la consideración religiosa, esta idea, que parece desligar la consciencia de cualquier origen material –como podría ser el cerebro- la podría suscribir la doctora Luján Comas. Esta especialista en anestesiología y reanimación, con más de 30 años de trayectoria en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona, encabeza un estudio –en el que participan 14 hospitales, entre ellos el Clínic de Barcelona, el hospital de Bellvitge o el Ramón y Cajal de Madrid- que pretende determinar qué ocurre con la consciencia de las personas que han estado clínicamente muertas y que, tras ser reanimadas, han vuelto a la vida. Algunas de ellas relatan, tras volver, que percibieron todo el proceso de su reanimación aún estando inconscientes. ¿Cómo es posible? Esa explicación es la que persigue la doctora Comas.
“La investigación [de nombre Proyecto Luz e impulsada por la Fundación Icloby] pretende demostrar que somos más que materia”, explica Comas a La Vanguardia. “Tenemos un concepto materialista de la existencia. Es decir, que cuando se para el cerebro, se acabó todo, no hay nada más. Pero parece que las experiencias cercanas a la muerte (ECM) registradas en hospitales –donde hay un diagnóstico de muerte que precisa de una reanimación- nos dicen lo contrario”, agrega.
En este sentido, recuerda que hay un porcentaje elevado de personas que relata que durante esos pocos minutos en los que se las estaba intentando reanimar y su cerebro no funcionaba (encefalograma plano) tuvieron “una consciencia más plena que cuando estaban conscientes”. Y no solo eso. Pudieron describir con precisión todo lo que ocurrió a su alrededor.
Pero, ¿cómo es posible si no tenían función cerebral? “Esta realidad no entra dentro de los parámetros que los médicos hemos estudiado en la carrera”, sostiene Comas. De ahí que se precise de otra explicación. Hoy –subraya- la ciencia no sabe qué ocurre con la consciencia cuando una persona está clínicamente muerta tras una parada cardiorespiratoria. “Pero hay muchos estudios que apuntan a la existencia de una consciencia no local”, alerta.
Vendría a ser la supraconsciencia de la que habla el doctor Manuel Sans Segarra –antiguo jefe del servicio de cirugía general y digestiva del hospital de Bellvitge- en su libro La supraconciencia existe: vida después de la vida. “Se le puede llamar supraconsciencia, campo cuántico, alma, vacío cuántico…”, reflexiona Comas.
Esta investigadora sospecha que el axioma que defiende que la consciencia es local, que es un subproducto del cerebro, no se ajusta a la realidad. “Estamos estudiando casos de personas en estado vegetativo, en coma, donde no hay función cerebral y en las que se ha visto que la consciencia está ahí y que simplemente no se puede manifestar”, esgrime. “Y esto apunta –prosigue- al concepto de consciencia no local, donde el cerebro sería como una antena, un receptor, una interfaz entre esa supraconsciencia y la consciencia local, la del cerebro”.
Este planteamiento hace trizas todos los esquemas, “pero que los rompa no quiere decir que no suceda”, subraya Comas. “Está pasando, y tenemos que averiguar por qué pasa. Tiene que haber una explicación”. Lo que está claro –enfatiza- es que las ECM no son fruto de una alucinación, “un fenómeno que no puede ocurrir a no ser que el cerebro esté activo”. Esgrime, además, que una alucinación nunca te cambia la vida hacia una vertiente más espiritual, “que no quiere decir religiosa”, y la persona que la padece acostumbra a no querer hablar de ella “porque no le deja buen cuerpo”.
Todo lo contrario ocurre con las ECM. “Tras una experiencia así la gente cambia su estilo de vida. Es decir, un fenómeno que, como mucho, dura dos minutos, les lleva a hacer esa transformación”, arguye Comas. “Y ese cambio no tiene por qué ser inmediato. Se ha visto que puede llevar unos años. Más del 70% se separa. Sienten más atracción por la vertiente espiritual del mundo que la material. Necesitan más contacto con la naturaleza, los animales, con otros seres humanos. Muchos cambian de trabajo”.
El Proyecto Luz consta de tres fases y hará un seguimiento de ocho años a cada uno de los 344 pacientes que participarán en la investigación. Algunos de los hospitales ya han acabado la primera fase, que se activa cuando el paciente –que acabará formando parte de la investigación- sufre una ECM. “Se trata de un estudio prospectivo, como cualquier ensayo clínico, y cuenta con un grupo de control”, arguye Comas. “No solo se estudia a las personas que han tenido una ECM, sino también a un grupo de pacientes que han sufrido una parada cardiorespiratoria pero sin describir una ECM”.
“Hay muchos que no relatan la ECM que vivieron en el primer año, pero sí la explican al segundo o al cabo de ocho años”, sostiene Comas. ¿Por qué razón? “Tienen miedo que los lleven al psiquiatra, que les den medicación… y es que esto ha pasado. Hay familiares que a veces les aconsejan que no lo expliquen, por las posibles consecuencias”.
Para validar que una persona ha tenido una ECM ha de cumplir siete de los 16 ítems de la escala Greyson, ideada en su día por el doctor Bruce Greyson, asesor científico del estudio y uno de los padres de este tipo de investigaciones.
Y para acabar Una ECM impactante:
Hay muchas historias que relatan personas que han vivido una ECM. De las que más impactó a la doctora Comas es la del neurocirujano, y profesor de la escuela de Medicina de Harvard durante 15 años, Eben Alexander, que también es uno de los asesores del Proyecto Luz. Él no creía en las ECM, hasta que una bacteria le afectó el cerebro en el 2008, dejándolo en coma. Tras una semana conectado al respirador, le dijeron a su mujer que lo iban a desconectar, y es que no había habido evolución alguna. Todo lo contrario: la bacteria le había destrozado toda la parte cognitiva del cerebro, por lo que de despertar, lo haría en una situación muy crítica. Su hijo escuchó la conversación que mantenían los médicos con su madre, y fue a la habitación de su padre para decirle -aunque estaba en coma- lo que iba a suceder y pedirle que no se marchara. Su padre despertó del coma. Se recuperó de una manera espectacular y relató unas vivencias increíbles que había experimentado mientras estaba sin función cerebral. Explicó que había entrado en contacto con una chica de 19 años, a la que describió detalladamente, que había sido su guía en todo momento y que le había dicho que tenía que volver, que todavía no era su momento. Se da la circunstancia de que Alexander es adoptado: sus padres biológicos lo dieron en adopción porque eran muy jóvenes cuando lo tuvieron. No obstante, tiempo después se casaron y tuvieron tres hijos, detalle que Alexander desconocía por completo. Cuatro meses después de su coma, recibió una foto de uno de sus tres hermanos biológicos, concretamente de la mayor. Resultó ser la chica que lo había acompañado durante su coma. De nombre Betsy, había fallecido a los 19 años, dos años antes de que él enfermara.
Este artículo de Josep Fita, fue publicado el 08/02/2025 y forma parte de la selección de las noticias más leídas por los suscriptores de La Vanguardia durante este 2025.

No sabe uno si creérselo o no. Yo prefiero que si estoy en coma alguien me diga el número del gordo de lotería para comprar todos los números.
ResponderEliminarNo es mala idea, aunque para comprarlos tiene que salir del coma Hay casos documentados de personas que han vivido una ECM, Miquel Cartisano cuenta una en un comentario en el bloc en catalán:
ResponderEliminarTot Barcelona08 de gener, 2026
Te voy a explicar otro caso, no es aproximativo, pero va por el camino.
A la muerte, tal como se le describe, la he visto dos veces, una con la Pepita, que quedó reflejada en un cuento de Navidad, y otra en una ocasión curiosa.
No había cumplido los veinte cuando una madrugada, a las 4:44 (hora que no se me olvidará), en la calle Tamarit, pican a la puerta de mi habitación. Pensé que era mi madre. Vuelven a picar con insistencia y yo digo en voz no muy alta:-¡pasa!. De pronto empiezo a tener un frio de aquellos gélidos, y sin abrirse la puerta traspasa una figura en forma de esqueleto con un manto de un blanco brillantísimo que alumbra toda la habitación, con una guadaña al hombro. y poco, sin caminar sino trasladándose como en una cinta, va moviendose hacia la pared contraria a la puerta, no sin antes mirarme con atención. Yo cagado, pero sabía que no soñaba porque tenía un frio de narices. La figura impávida sigue su curso y traspasa la pared contraria a la puerta de entrada. Desaparece.
El frio se va menguando.
Evidentemente ya no dormí aquella noche y a las seis me levanté para el trabajo. Piqué a la puerta de mi madre para decirle adiós, y ella me preguntó sino habia escuchado golpes a la noche. Le dije que no.
A la tarde, cuando vine del trabajo, la Pepita me dijo que el vecino de arriba había muerto de madrugada.
Esto es tan real como lo que me sucedió y es normal que uno piense lo que le de la gana, pero hay cosas que no son normales.