No es la pregunta, sino la respuesta la que incendia el edificio - Edmon Jabes
Hay mucha gente preocupada porque la tecnología hace demasiadas cosas, y asustada porque todo indica que hará cada vez más. Observan la herramienta como si fuera un ente autónomo con voluntad propia que está tramando un plan para acabar con todos nosotros. En el extremo opuesto están quienes creen que las máquinas solo son una combinación de tornillos inertes que, si causan algún daño, es por culpa del humano que las maneja. Estamos resolviendo este debate discutiendo si las máquinas son más o menos inteligentes, pero cada vez que centramos la conversación en esa supuesta inteligencia lo que estamos haciendo es antropomorfizar a la máquina y alimentar el sobreentendido de que las máquinas podrían tener alguna intención.
Richard Feynman explicaba que el conocimiento se demuestra con las respuestas, la inteligencia se demuestra con las preguntas, y la sabiduría se demuestra sabiendo cuándo hacer las preguntas. De ser así, las nuevas máquinas tienen mucho conocimiento y nosotros demostramos nuestra inteligencia al preguntar. Todo lo que hace la inteligencia artificial es consecuencia de una pregunta que le hemos formulado, así que en cierto modo seguimos al volante. Estamos eligiendo y decidiendo si armamos un sistema de inteligencia artificial para plegar proteínas o para tomar decisiones bursátiles, para planificar rutas logísticas o redactar textos. Hacemos las preguntas y nos apoyamos en herramientas para obtener respuestas.
Gracias a la inteligencia artificial, ahora es más fácil y rápido hacer preguntas. Hemos ampliado nuestra capacidad de preguntar y eso nos podría hacer más inteligentes, si fuera verdad que preguntamos con sentido. Lo que nos hace estúpidos no es la inteligencia artificial, sino que la utilicemos haciendo preguntas estúpidas. La IA es un potenciador que hará más capaces a los capaces y más inútiles a los inútiles, hará más competitivas a unas empresas y expulsará del mercado a otras. Lo cierto es que parece difícil que alguien, empresa o persona, renuncie a una herramienta que permite hacer preguntas.
Históricamente, nuestro sistema educativo nos ha evaluado por las respuestas. Juzgamos al alumno por cómo responde las preguntas del examen, pero no es habitual evaluar a alguien por las preguntas que hace. Eso solo pasa en las tesis doctorales, que plantean una hipótesis y la desarrollan, pero lo cierto es que seguimos juzgando a partir de respuestas, pese a llevar décadas hablando del desarrollo de competencias y actitudes. Tenemos un reto cultural: abandonar un modelo social, cultural y educativo centrado en las respuestas para ir hacia otro que ponga foco en las preguntas.
Es precisamente el método que Sócrates proponía para enseñar y aprender, hacer preguntas en lugar de dar respuestas directas, y de esta manera ayudar a las personas a pensar profundamente y llegar a sus propias conclusiones. Ahora que hemos ampliado nuestra capacidad de obtener respuestas, nos podemos centrar en lo realmente importante: saber hacer las preguntas. Genís Roca en la vanguardia.
