En la política todo ha devenido tan sorprendente que ya nada sorprende. Si la primera presidencia de Trump (2017-2021) pilló a todo el mundo con el pie cambiado, empezando por el propio Trump, no se puede decir lo mismo de la segunda, que acaba de cumplir un añito.
Cuesta creer que entre la primera y la segunda hubo otro presidente, Joe Biden, que si es recordado es sólo porque de vez en cuando Trump lo saca de la chistera para acusarle de ser el culpable de los problemas que él no sabe resolver. Ya se sabe: Trump nunca se equivoca.
En 2021, la historiadora estadounidense Ruth Ben-Ghiat publicó Strongmen: Mussolini to the present, que es una especie de compendio de líderes autoritarios que a lo largo de un siglo han doblegado y castigado a sus pueblos y más allá de sus fronteras.
Son muchos, demasiados. Pero si durante un tiempo parecía que iban de capa caída y resultaban un tanto ridículos, ya no es así. Se mire por donde se mire, se está produciendo un resurgimiento de fachas y tiranos, sin que nadie sepa cual es la diferencia, si es que hay alguna, pues no son más que los insultos que se intercambien -y son intercambiables- en el patio de recreo de la nueva geopolítica.
Ben-Ghiat hace bien en elegir a Mussolini para arrancar su tesis, ya que fue con su fascismo el instigador de una nueva manera de hacer política sin escrúpulos ni moral. Reunía en su persona todos los rasgos de un déspota, pero supo ganar la confianza de millones de italianos fuesen de la clase social que fuesen, como un poco más tarde haría Hitler.
Según Ben-Ghiat, son al menos cuatro las características que comparten los tiranos a partir de Mussolini. La primera y fundamental es el nacionalismo, junto con la promesa de recuperar la grandeza perdida. Si antes había un imperio, pues habrá que recuperarlo. El MAGA no es otra cosa, como asimismo la guerra de Ucrania lanzada por Putin o las ansias otomanas de Erdogan.
La segunda pasa por las cada vez más sofisticadas técnicas de propaganda y la descarada utilización de falsedades para aplastar a los adversarios y confundir al electorado. Además, el auge de las dictaduras de los años veinte y treinta coincidió con el star system de Hollywood, que se basaba tanto en el carisma como en la inaccesibilidad de los héroes nacionales o de celuloide. Y en esto nunca andaba lejos la legendaria virilidad del mandatario o el actor, por mucho que fuese falsa, sin olvidar una fuerte dosis de misoginia.
En tercer lugar, está la corrupción. Nada nuevo bajo el sol. Cualquier régimen totalitario que se precie, sea de derechas, de izquierdas o teocrático, debe su continuidad a la eficacia de una red de sobornos y en su despiadada aplicación desde lo más alto.
La cuarta reside en la voluntad de utilizar la violencia contra cualquier manifestación de crítica o disidencia, sea contra el pueblo, protestas populares o díscolos opositores, que es lo que crea un clima de miedo e incertidumbre.
Al publicar su libro, Ben-Ghiat no podía ni imaginar que Trump volvería a mandar con una mayoría de votos nada despreciable y muy pero muy envalentonado a la hora de imponer su voluntad cueste lo que cueste. De modo que de nada sirvió su advertencia contra el retorno al poder de tiranos de manual, que es lo que es Trump y sus cada vez más numerosos imitadores que, como él -o Hitler-, ganan democráticamente en las urnas. Y en esto reside la mayor debilidad de la democracia, puesto que el voto ya no es garantía de nada, tal como seguramente veremos en las mid-term de noviembre.
Hay un sinfín de títulos advirtiéndonos de que esto podía pasar, pero ya ha pasado y aquí estamos, divididos, desorientados, muertos de miedo, a merced de la voluntad de los tiranos. Lo peor es que poco o nada hicimos para evitarlo. El otro día, Elon Musk llamó a Pedro Sánchez, entre otras lindezas, “tirano” y “fascista totalitario”, que muy probablemente es lo que piensa Sánchez de él. Hasta aquí hemos llegado. La hora de patio se extiende hasta noviembre.

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