Es un diálogo que ha hecho fortuna en X. Se hace pasar por real, pero es totalmente inventado. Dejando al margen el tópico que reitera, en todo caso la escena dibuja algo parecido a la ceguera por inatención: estás tan concentrado en el procesamiento de un detalle fortuito y periférico, te atrapa tanto esa minuciosidad, que tu cerebro “borra” o ignora el acontecimiento central, aunque sea lo más importante. Roland Barthes lo llamaría punctum. La escena es la siguiente:
Ella: ¿Estás viendo aquel documental nuevo de asesinos en serie en Netflix?
Yo: Sí, acabo de empezar el episodio 3.
Ella: Páusalo a los 22 minutos y 14 segundos.
Yo: De acuerdo, pausado. Es la foto de la escena del crimen de la sala de estar.
Ella: ¿Ves las salpicaduras de sangre en la pared cerca de la chimenea?
Yo: Eh, sí. Es bastante macabra.
Ella: Mira justo a la izquierda de la chimenea. Mira donde la luz natural da en la pared.
Yo: Sí...
Ella: Este es exactamente el tono de verde salvia que quiero para el baño de invitados.
Punctum fortuito es el que experimenta desde hace semanas cualquiera en las redes ante la política. No nos interesa saber qué ha dicho Milei en Madrid; nos quedamos con su cintura del pantalón casi a la altura de las rodillas. Dejamos de escuchar a Junqueras; nos sorprendemos por sus kilos de menos. Miramos atentamente los ojos desnudos de Feijóo diciéndonos que funcionalmente ya no es miope, pero que anatop... anatop ap... anatómicamente sigue siéndolo. Sus discursos -de los tres- son ruido para nosotros.
¿De qué se habló cuando Pedro Sánchez compareció en la comisión del caso Koldo? Efectivamente, de sus gafas. No las habíamos visto nunca y ni las hemos vuelto a ver. Efecto “profesor” para liquidar el efecto “acusado”.
El extremo de este fenómeno se produce ante Netanyahu. Desde que empezó la guerra contra Irán, ha aparecido en varios vídeos. No ha interesado lo que dice. Nuestra atención se ha focalizado en aquel detalle técnico de las imágenes que nos lleva a pensar que no es Bibi quien aparece, sino la IA la que trabaja y, por lo tanto, que está muerto. Porque tiene seis dedos en una mano, sorbe el café y el líquido en el vaso no baja, el anillo de boda “desaparece” después de un gesto, los movimientos de los labios no encajan con el audio, su sombra se mueve a una velocidad diferente que el cuerpo, tiene dos orificios auditivos en la oreja izquierda.
Todo subjetivo, todo conjeturas, nada demostrado. Pero es evidente que el primer ministro de Israel ha conseguido (y ha provocado) que pasemos del punctum fortuito al punctum buscado por quien observa. Fijándonos y quedándonos en el detalle, somos como la mujer del diálogo de Netflix, pero deseando hallar el fallo en Matrix.
Todo ello conforma un escaparate de distracciones que aceptamos en beneficio de una desconexión total. Nuestra mirada puesta en el detalle es, en realidad, una manera de evasión. De la escenificación de Milei (Trump es quien le corrige y le sube el pantalón donde corresponde con un buen puñado de dólares), del teatro de Junqueras (spoiler: habrá presupuestos), del querer parecer Vox sin querer parecerlo de Feijóo. Pero también de la aún por justificar guerra en Irán. De sus horrores, de aquella escena criminal. Y francamente, conociendo el percal, mejor quedarse parado en el minuto 22 con 14 segundos y admirar el tono verde salvia. Àlex Tort Sagués

Lo que se dice coloquialmente: salir por peteneras.
ResponderEliminarSalud.