Impunemente me invaden las noticias que, cansinamente repite cada día la television, el rotativo en papel o su versión digital. De vez en cuando un elemento nuevo se incorpora uno, dos o tres días como mucho y desaparece tragado por la siguiente noticia. Ahora se ha complicado con el conflicto entre Afganistán y Pakistán, y sobre todo, EEUU y Bibi (que no Israel) contra Irán y el Líbano, e Irán contra trece países satélites, o las interminables guerras silenciadas africanas. Parece como si ninguna patera cruzara ya el mediterráneo y la Paz reinara en Gaza y Ucrania. Son noticias que entran y salen de portada según conviene a la línea editorial, que se pisan unas a otras. Lo he leído y escuchado atentamente pero he hecho como si no fuera conmigo, por que todo esto ocurre lejos de mi zona de confort.

Apuro el primer café del día en casa, donde todo funciona. Funciona el microondas, funciona el horno, funciona la cocina de gas y el frigorífico, funciona el ordenador y el wifi, e incluso la luz halógena de la cocina que me instaló el operario marroquí del manitas, mucho más profesional que su jefe. La civilización ya solo consiste en eso: en un conjunto de aparatos que responden cuando se les pulsa un botón. Hay lugares del mundo en los que se pulsa otro botón y un misil destruye un hospital, o mata a 85 niñas en una escuela.

Me avisa Nuri que el grifo de la pila de la cocina, gotea un poco, lo aprieto y parece que ya no gotea. Hay en ese goteo una incomodidad moral semejante a la que me producen las noticias. No es un desastre hidráulico; es algo peor: la metáfora de una conciencia dañada. Sé que debería sentir de otra manera lo que sucede lejos, aunque me angustia más lo que ocurre cerca. Las guerras llegan convertidas en subidas o bajadas de la Bolsa. Los muertos, traducidos en céntimos por litro. Y, sin embargo, mientras el café se enfría y la pantalla parpadea con titulares que ya han empezado a caducar, algo en mí se queda suspendido, como ese grifo que gotea cuando cree que nadie lo escucha. Afuera, la ciudad sigue su rutina de semáforos y persianas que suben, ajena al temblor remoto de los misiles. Aquí dentro, en esta cocina dócil y obediente, la vida continúa con la misma precisión con la que se enciende una bombilla. Pero bajo esa superficie doméstica late una pregunta que no sé responder: ¿cuánto de lo que ocurre lejos es también mío, aunque no quiera mirarlo?

El silencio vuelve a instalarse, espeso, casi incómodo. Lo dejo estar. Tal vez sea lo único honesto que puedo permitirme esta mañana: reconocer que el mundo se deshace a trozos y que yo, desde esta mesa limpia, apenas alcanzo a sentir el eco. Bebo el último sorbo de café, y en su amargor encuentro una verdad pequeña pero persistente: la impotencia también pesa, aunque no haga ruido, como el degoteo del grifo de la cocina.