Apuro el primer café del día en casa, donde todo funciona. Funciona el microondas, funciona el horno, funciona la cocina de gas y el frigorífico, funciona el ordenador y el wifi, e incluso la luz halógena de la cocina que me instaló el operario marroquí del manitas, mucho más profesional que su jefe. La civilización ya solo consiste en eso: en un conjunto de aparatos que responden cuando se les pulsa un botón. Hay lugares del mundo en los que se pulsa otro botón y un misil destruye un hospital, o mata a 85 niñas en una escuela.
Me avisa Nuri que el grifo de la pila de la cocina, gotea un poco, lo aprieto y parece que ya no gotea. Hay en ese goteo una incomodidad moral semejante a la que me producen las noticias. No es un desastre hidráulico; es algo peor: la metáfora de una conciencia dañada. Sé que debería sentir de otra manera lo que sucede lejos, aunque me angustia más lo que ocurre cerca. Las guerras llegan convertidas en subidas o bajadas de la Bolsa. Los muertos, traducidos en céntimos por litro. Y, sin embargo, mientras el café se enfría y la pantalla parpadea con titulares que ya han empezado a caducar, algo en mí se queda suspendido, como ese grifo que gotea cuando cree que nadie lo escucha. Afuera, la ciudad sigue su rutina de semáforos y persianas que suben, ajena al temblor remoto de los misiles. Aquí dentro, en esta cocina dócil y obediente, la vida continúa con la misma precisión con la que se enciende una bombilla. Pero bajo esa superficie doméstica late una pregunta que no sé responder: ¿cuánto de lo que ocurre lejos es también mío, aunque no quiera mirarlo?
El silencio vuelve a instalarse, espeso, casi incómodo. Lo dejo estar. Tal vez sea lo único honesto que puedo permitirme esta mañana: reconocer que el mundo se deshace a trozos y que yo, desde esta mesa limpia, apenas alcanzo a sentir el eco. Bebo el último sorbo de café, y en su amargor encuentro una verdad pequeña pero persistente: la impotencia también pesa, aunque no haga ruido, como el degoteo del grifo de la cocina.

2 Comentarios
Nos pasa un poco a todos, nos preocupa que el grifo gotee, que haya un día una granizada, que no podamos salir a la calle porque está lloviendo, que nos hayan subido unos céntimos la gasolina. Y a veces cualquier pequeño incidente doméstico lo convertimos en una tragedia hasta que miramos las noticias y vemos que lo nuestro no tiene importancia.
ResponderEliminarAsi és, nos quejamos de cualquier tonteria, y no somos conscientes de lo bien que estamos. No puedo quitarme de la cabeza estas niñas de la Escuela Shajarah Tayyebeh de Minab.
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